Ese barco

Un barco, ese barco. Ahí, en medio de la ladera del monte.

Sin un rasguño, perfecto, como si el mar hubiera desaparecido de golpe, como si se hubiera dado cuenta a mitad de la cuesta de que no tenía ruedas.

La imagen era de gran belleza, con esa eslora blanca destacando sobre el barro y la frondosidad del verde. La foto merecía lo inexplicable, lo justificaba.

Todo el pueblo fue a verlo nada más correrse la voz. A las pocas horas estaban todos pasmados, mirándolo desde la colina opuesta, rumoreando explicaciones y anticipando una exploración con los primeros voluntarios.

Los cinco que se acercaron comprobaron de inmediato las dimensiones del buque, mucho mayores de las imaginadas. La montaña sobre la que reposaba lo empequeñecía de lejos, pero de cerca se palpaba la magnitud de aquel trasatlántico.

No pudieron llegar arriba. Ni había escalera lo suficientemente alta ni nadie en el pueblo con la fuerza necesaria para escalar por la cadena del ancla. Uno llegó a la mitad. Casi se mata al bajar.

Treparon por la montaña para abordarlo desde arriba. Pudieron verlo, pero no había puente lo suficientemente largo para llegar a él. Vacío, nuevo, perfectamente colocado.

Estaban las tumbonas con las toallas, la piscina llena y funcionando, la barra del bar equipada.

Durante días, meses, hicieron todo lo posible por tratar de entrar a aquel barco. No lo lograron. Todo intento acababa más cerca que el anterior, pero siempre lejos del objetivo. Era más alto que cualquier idea que tuvieran, estaba más lejos que cualquier invento que sus herramientas pudieran fabricar.

Pasaron los años y ahí seguía. Igual de nuevo, igual de preparado, igual de inaccesible.

Acabaron asumiendo que no era el barco el que estaba donde no debía, sino que eran ellos los que habían fundado mal su pueblo. Otros -se convencieron- hubieran podido acceder. Pero ellos no.

Ellos estaban donde no debían, donde no podían.

Se fueron. Por no poder subir. Nunca supieron si otros lo intentaron, ni lo quisieron saber. Siguen buscando su sitio.

 

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