Los huesos

Desde la última vez que se había movido la tierra se rozaban.

Fue una de las caricias más lentas de la historia. Pasaron años hasta que aquel húmero terminó encontrando esa cadera. Ahora seguirían así el tiempo que no conocían ni podían medir. Tal vez les encontraran juntos o tal vez la tierra, esa que les cubría, volvería a separarlos.

Nunca supieron quienes eran. Ni siquiera si al que acariciaban era de su mismo sexo. No sabían ni el suyo.

Aquel húmero estaba prácticamente irreconocible. La bala que lo partió apenas seguía existiendo, su rastro se había ido deshaciendo hacia el olvido que seguramente deseaba quien la disparase.

No quería tampoco acercarse demasiado. Un abrazo demasiado fuerte contra aquella cadera podría descomponerlo por completo. Ella era mucho más robusta, más completa y mejor rodeada de otros huesos.

Reposaban juntos por decisión de quien les quiso ahí. No por gusto, no donde debían. Lo sabían porque ninguna voz familiar les habló nunca desde fuera, nadie les lloró cerca. Nada.

Tampoco supieron si habían sido nacionales o republicanos. No se lo dijeron, aunque algo de eso tuvieron que ser.

Había muchos más. Algunos más mezclados que ellos, otros, sufriendo el frío del agua filtrada apenas se distinguían de la tierra que los engullía.

Casi todos querían salir, ser leídos, vistos analizados. No lo recordaban ya, pero imaginaban que tenían algo que contar y con quién ir.

Mientras, ahí seguían. Juntos, sin nombre, rodeados de otros iguales. Si no cambiaba nada, al menos, seguiría acariciando aquella cadera.

Fachas y terroristas

Estamos rodeados.

Un ciudadano cualquiera que cometa la osadía de desconectarse de su cuenta de Netflix, HBO -o la que tenga- y sintonice sin querer las noticias quedará aterrado en cuestión de minutos. Segundos si es tan temerario que abre alguna de sus redes sociales.

Para unos, casi todo el mundo es facha. Para otros, son terroristas. A un lado tenemos a golpistas traidores, rebeldes y sediciosos armando un nuevo grupo terrorista para romper la patria. Al otro, fascistas siervos del IBEX, controlando un Estado opresor que encarcela a quien piensa diferente y acaba con las libertades.

Y todo esto mientras la mayoría social ni se entera. Es decir, que para estar en un momento tan tenso, más bien bélico, sorprende que la gente en cambio vaya a trabajar cada día, vaya a ver a sus hijos jugar al fútbol, salga el domingo de cañas y hasta pidan hipotecas para comprarse una casa.

Si esto ocurre es porque quienes están fuera de sitio son los políticos. De tener razón, la sociedad estaría enfrentada, en armas, en un escenario fraticida. Afortunadamente, vuelven a estar equivocados.

Quieren tensión, es legítimo, pero se les está yendo de las manos. No puede ser que cualquiera sea terrorista. Eso es muy serio. Conocemos bien a los terroristas, les tememos lo suficiente como para acusar de tal cosa a cualquier chica independentista que se detenga. No llamen a todo terrorismo, o nos quedaremos sin forma de llamar a quienes de verdad lo fueron y lo son.

Porque si lo mezclamos todo, va a ser difícil que los más pequeños entiendan lo terrible que fue ETA, por ejemplo. Si crecen creyendo que levantar las barreras de un peaje es un acto terrorista jamás temerán de verdad a asesinos como los de Miguel Ángel Blanco. Los iguala por abajo, los hace buenos, hasta los justifica.

Tampoco puede ser que haya tantos fachas. Que los hay, pero son pocos. Sí, afortunadamente.

Flaco favor nos hacemos si les hacemos creer que son más de los cuatro que quedan. Y también pervertimos el término.

Si llamamos facha a un Almirante de la Armada de 1909, reconocido como héroe, menudo favor para los verdaderos fachas. ¿Eran fachas entonces “los últimos de Filipinas”? Les podríamos llamar muchas cosas. Fueron demasiado inocentes, leales, ilusos, valientes. Incluso podríamos llamarles patriotas con mal tono, como para que sonara a insulto. Igual eran nacionalistas. ¿Pero fachas? Si ni siquiera existían…

Todo es un síntoma. Es marcar la diferencia, es separarnos. Los que no son los míos son directamente el peor de los enemigos. O conmigo o facha, o me das la razón o terrorista.

¿Qué hacemos los que no creemos que Cervera fuera facha? ¿Los que no vemos terrorismo en levantar unas barreras de un peaje, aunque no nos guste?

Es lo de siempre. ¿Qué hacemos los que nos sentimos igual de felices ondeando la bandera de España que no ondeándola? ¿Los que no creemos que sea buena la independencia de Cataluña pero queremos que se hable sobre ello sin miedo?

¿Somos unos terroristas fachas?

Y lo peor para los actuales partidos: ¿A quién votamos?

 

 

Alberto Sotillos Villalobos.

 

Perdido

Se despertó en la playa.

No como en las películas -con el agua de las olas golpeando suavemente su cara-, sino en plena arena, al sol. Le picaba todo el cuerpo, tenía sed y la arena húmeda por alguna lluvia reciente le impedía poder librarse fácilmente de ella.

No podía haber sido una borrachera, vivía a kilómetros de la playa y recodaba haberse ido a dormir temprano. Podrían haberle robado porque no tenía ni su cartera ni su móvil, pero estando en pijama la teoría era simplemente una más.

Ni una marca en su cuerpo. Ningún golpe, rasguño o rojo más allá del roce de la arena. No le dolía la cabeza, no estaba mareado. Nada.

Empezó a recorrer la playa sin caminar demasiado. De lado a lado hasta que entendió que lo más lógico era salir de ella. Atravesó algunas palmeras, se adentró en una pequeña selva baja y siguió caminando.

A los diez minutos no encontró más que otra playa. Supuso, a pesar de lo ilógico de la situación, que estaba en una isla. Se dispuso a recorrerla y lo confirmó.

Pequeña, era muy pequeña. Un paraíso de tener un pequeño hotel, un buffet y unas hamacas. Calmó su sed con algo de agua de lluvia acumulado en algunas hojas y no gastó un segundo en gritar. Había visto mar y más mar mirase donde mirase.

Tampoco trató de hacer señales de auxilio, ni intentó hacer una hoguera más que para calentarse. De haber pasado alguna patrulla de rescate hubiera pasado desapercibido.

No se pellizcó. Si era un sueño prefería vivirlo. Era su sueño.

Muy cerca de llegar

No había camino más largo, agotador, asfixiante.

La suela de las zapatillas, reblandecidas por el calor, dejaban pasar las puntiagudas formas de cada una de las piedras que iba pisando y sus pies, igualmente desbordados, no impedían que los ángulos más pronunciados acabaran tocando hueso.

Las piernas le picaban aunque hacía ya kilómetros que había dejado de agachare para rascarlas. Demasiado esfuerzo para un placer tan frugal.

No había en cambio líneas rectas en su espalda. Toda ella era una gran curva que desde la mitad del recorrido ya descendía. Un desastre empresarial, una caída de acciones, una falta total de progresión en las ventas.

Sus cejas estaban desbordadas. Demasiado sudor para filtrar, separar de los ojos. Tampoco ayudaban ahí arriba las manos, que tan sólo colgaban de forma pendular a cada lado. Una sujetaba un bastón, para que el cerebro pensara que recibía ayuda externa. Mentira.

Como lo de que ya estaban llegando. No se llegaba. Nunca. Desde que había dejado de preguntarlo habían recorrido tres veces lo prometido.

La promesa lo valía. Supuestamente, porque no había estado.

Pero le habían hablado de aquella maravilla, aunque desde bocas que tampoco lo habían pisado.

Él era diferente. Lo había dejado todo para ir, tenía la fuerza, las ganas y la desesperación por hacerlo. Si no llegaba no llegaría nadie.

En esa promesa, en aquel camino, se desplomó. Caminó hasta que pudo, llegó tan lejos como la promesa de aquel paraíso le dejaba ir. Ni un paso más.

Un muerto más en el camino.