Vinimos por el peor camino

Seguro que lo recuerdan. Cuando todas las formas empezaron a desaparecer.

Entonces era crispación. La palabra de moda, la más utilizada, la clave de todas las tertulias. Y tenía un nombre que destacaba sobre todos; Jimenez Losantos.

Por aquel entonces se pasó de hacer críticas duras a insultos burdos, gracietas y a llenar la política de apodos hirientes. Bambi, Maricomplejines,…

De ahí la cosa fue subiendo y no precisamente de nivel. Mientras Federico seguía ampliando su diccionario de insultos la sociedad se crispaba cada vez más, polarizándose más visceral que ideológicamente.

De golpe, ya no estábamos en desacuerdo, directamente odiábamos. En los platós se abucheaba al tertuliano de un lado y otro y -dependiendo del programa- hasta se le insultaba desde el público mientras hablaba (créanme).

De las opiniones pasamos a los “zascas”, a la humillación, a los titulares en los que alguien “destrozaba” al otro. Entre medias Twitter, claro.

Con todo revuelto llega el esplendor de los casos de corrupción en España, con escándalos diarios y de ahí pasamos al 15M (¿Alguien lo recuerda?) donde la distancia se abre al máximo, “no nos representan” y “lo llaman democracia y no lo es”.

Podríamos decir que todos estábamos enfadados con todos. Mucho y de forma muy intensa.

Y llega Podemos. Nos explica que el problema es que en realidad esto es una batalla entre los de arriba y los de abajo. Nos dicen que la derecha es mala, claro, pero que el PSOE también, porque “PSOE y PP, la misma mierda es”.

No era perfecto el PSOE, desde luego, así que un incipiente Pablo Iglesias lo pone en su diana diaria y contra él dispara sus ataques; “No están en los desahucios”, “El PSOE envía a la policía contra la gente de la PAH”, “al que practica la política le tiene que afectar algo”, “Les da igual que haya sanidad mejor o peor”, “El PSOE vive en los Consejos de Administración”, “El PSOE hace recortes porque no les afectan”, “Ya me dirás lo que sufre Rubalcaba”, “No pasa nada por romper una vitrina de un McDonalds”... Seguro que les vienen a la cabeza algunos reproches más.

El PSOE pasó a ser tan malo como el PP, porque todos eran casta frente a “la gente normal”.

De tal forma que ya no sólo estábamos enfrentados los de izquierdas con los de derechas sino que además había que saber quién era de los de arriba para odiarle. Vertical y horizontalmente pasamos a estar todos enfrentados.

Fue hace muy poco cuando llegamos al punto más alto de enfrentamiento, cuando generamos tanto odio, tantos cordones sanitarios, tantos enemigos, tantos fascistas, tantos perroflautas, tantos bolivarianos, batasunos, franquistas, filoetarras,…

Mientras, el Parlamento se fragmentaba con los nuevos partidos, llevándonos irremediablemente a la situación actual. Desaparecen las mayorías absolutas, nuevos partidos entran en las Cortes y parlamentariamente están forzados a llegar a unos acuerdos justo cuando más se odian, desprecian e insultan entre ellos.

Elecciones, repetición de elecciones, moción de censura, elecciones, repeti… Gobierno de Cooperación, Coalición, elecciones.

Resulta que no hay más remedio que pactar. Pero es ciertamente difícil hacerlo con quien hacías responsable de todos los males apenas diez días antes. A izquierda y derecha, que este desastre está muy repartido.

Ciudadanos no adelanta al PP, VOX no lo remata y Podemos se desinfla ante la centenaria maquinaria socialista. Difícil pacto en la Comunidad de Madrid o Murcia, para tesis doctoral la Presidencia del Gobierno.

Pablo Iglesias quiere ministerios. Porque no se fía del PSOE. El PSOE no se fía de Podemos, entre otras cosas, porque para qué quiere ministerios. Los dos llevan años insultándose, incluso seguían haciéndolo cuando la realidad les mostraba la necesidad de entenderse. Bueno, lo siguen haciendo ahora después de cada reunión privada (esas que iban a desaparecer) en la que supuestamente están negociando.

Van a pasar años y muchos sapos van a tener que ser tragados hasta que aprendamos a pactar. Ayudaría mucho que los que pactaran hoy no fueran los mismos que se insultaban ayer. Es difícil que Rivera llegue a acuerdos con Sánchez, como que este último lo haga con Casado. No les digo nada de Iglesias con el resto.

Si se fueran los que nos han traído hasta aquí, tras agradecerles sus servicios, sería más fácil que el relevo continuara la marcha.

Eso, o volveremos a lo de antes, porque lo que es incompatible poco dura. O nos odiamos todos y se reparte al 50% en un bipartidismo tradicional o empezamos a entendernos y salvamos de la desaparición a este nuevo escenario de más partidos, más pluralidad y más debate.

Que los que mandan elijan, o elegiremos nosotros (entre las pocas opciones que nos queden).

 

Lo mezclamos todo

Y lo hacemos mal.

Fue inútil advertir que estas Elecciones Municipales eran municipales y no Generales. Se veía venir, de lejos, pero caímos de lleno en el error.

Tratamos de corregirlo, especialmente allí donde hemos podido colaborar y asesorar, pero la avalancha superó toda expectativa y un mes después, se votó lo que se había ya votado.

El error no acaba ahí, sigue con los pactos. Los partidos tratan de hacer grandes acuerdos que incluyan gobiernos negociados por “packs”. 20 alcaldías por un lado a cambio de otras 10 de más peso y presupuesto.

Hasta se negocian municipios a cambio de Comunidades, Diputaciones, etc. Como si fueran intercambiables, como si diera lo mismo todo porque sólo se mide en cantidad.

¿Resultado? Amenazas de mociones de censura a las 24h de formar gobiernos. Es de récord.

Además, este desastre en la negociaciones tiene un ingrediente extra que termina de convertir la política local en un destino de dimensiones épicas; los odios viscerales.

Esos que no tienen sentido, ni razón o motivo pausado y meditado.

Bildu es ETA, VOX es facha, Cs es colaboracionista de los fachas, el PSOE un aliado del comunismo etarra y el PP blanqueadores de los fachas. Así todos los días.

Y del nivel general se traspasa tal cual al municipio. A esos municipios donde la gente ha votado más por la persona que por el partido.

Igual les parece raro que lo escriba, pero si pudiera hacer una lista abierta de personas para que gobiernen mi municipio habría del PSOE, de Podemos, de Ciudadanos y hasta del PP o VOX.

Acusar a un partido que pacta con uno o con otro en un municipio, sin saber siquiera qué municipio es, no es más que un reduccionismo al absurdo.

Prefiero la altura de miras de Valls, fíjense, que no puede haber dejado más claro a Colau el motivo de que fuera ella la votada, con el fiel reflejo en la plaza donde tomaba la vara de mando.

Tal es la mezcla caótica, que el Gobierno de la Comunidad de Madrid depende del cumplimiento de un pacto en el Ayuntamiento de Madrid. Un pacto secreto, tanto, que revelarlo se usa como amenaza. Es un buen resumen…

Cada elección es diferente, cada municipio igual. La política está para que en ella exista toda posibilidad, hablando. “No se firma la paz con los amigos, se firma con los enemigos”, es una frase que se repite varias veces en una conocida serie y es cierta.

Que Podemos llegue a un acuerdo con VOX no tiene que ser necesariamente una mala noticia, puede ser más bien lo contrario. Forzosamente debe haber espacios comunes, de acuerdo, de mejora de una calle, de instalación de un parque nuevo, de solicitar un nuevo centro de salud.

A nivel municipal eso es lo que importa, aunque ahora es lo que menos está importando.

Si me lo permiten, como votante, valoraré los pactos por los resultados que hayan tenido, no por el hecho de que se hayan producido.

 

 

 

Mira, me da igual

Pudiera parecer que estamos tan hartos de la política, que hasta hemos decidido volver a votar a los mismos de siempre.

En su momento nos enfadamos con ellos, ahora ya los asumimos como inevitables porque nos hemos rendido. Política y socialmente hemos entendido que nuestros dirigentes son los que son, que hacen lo que hacen y que poco más se puede esperar.

No es dramático. Siempre ha habido varias vías de activismo político, una es a través de los partidos políticos y otras en forma de diferentes organizaciones, como sociedad civil, y está creciendo con fuerza esta última.

No tanto en forma de ONG o asociación concreta, sino en una creciente conciencia colectiva que está dejando a los partidos absolutamente de lado.

Mientras VOX se indigna por los pocos metros cuadrados que tiene de despachos en el Congreso, mientras el PSOE explica lo que es un “Gobierno de Cooperación”, mientras Ciudadanos nos dice que no negocia con los que negocia, el PP se come sus palabras sobre los gobiernos de perdedores y mientras Podemos se empeña en pedir sillones, los ciudadanos se alejan cada vez más de ellos porque eso les da igual.

Incluso les da un poco lo mismo “el procés”, si me permiten decirlo.

Resulta que lo que más está motivando a la sociedad ahora, lo que no les da igual, es eliminar el plástico. Así de sencillo.

¿Hay algún partido hablando de eso? No. ¿Espera la sociedad que los partidos hablen de eso? Tampoco.

La distancia no solo es tan grande como viene siendo habitual, sino que ahora ya ni se espera ni se intenta que se reduzca.

Resulta que no hay quien coma ya pescado sin sentir que está ingiriendo dos kilos de plástico, no dejamos de ver paraísos costeros arruinados por la acumulación de basura y el gigante transparente y sólido sigue creciendo por momentos.

Es -y se percibe como- lo suficientemente grave como para que “oye mira, es que el resto me da igual”. Así que los políticos a lo suyo, a que se entretengan, a que la caguen lo menos posible, porque se espera poco o nada de ellos. Si hay riesgo de que la cosa empeore mucho hay movilización suficiente, pero si el riesgo baja, “allá ellos”.

Supuestamente, a los partidos, les debería preocupar esta distancia, este estar tan lejos de representar los intereses reales de la ciudadanía. Pero no, por lo visto ellos lo han asumido igual y por su parte, mientras les dejemos hacer, lo nuestro “les da igual”.

Todos contentos. Al fin y al cabo desilusionarse no es más que esperar aquello de quien no te lo va a dar.

Ser rico, hoy.

Leí el otro día -disculpad que no recuerde dónde- una frase magnífica:

“Dentro de poco, todos querremos tener nuestros 15 minutos de anonimato”

Hay tratados de filosofía de 500 páginas que no logran decir tanto. Se me quedó grabada, claro, como tantas frases, como le pasa a Salvador (Sí, no dejéis de leer Mejor no Saberlo 😉 )

De esa frase a este artículo está el tiempo dedicado a reflexionar sobre ella y tratar de corregir en mi cabeza -una vez más- prioridades y deseos. De lo que se espera lograr a lo que finalmente se consigue cambiar hay un largo camino, pero paso a paso.

Ser rico hoy es que no te tenga que conocer casi nadie para poder ganarte la vida. Ni networking, ni redes sociales, ni CVs (bueno, esto último no es un síntoma de nuevo rico, más bien uno habitual).

He pensado en los que más dinero tienen y apenas existen, apenas un nombre y un apellido en informaciones realmente especializadas.

Sin ser tan ricos hay otros a mitad de camino que no tienen smartphone. Son tan ricos, en realidad tan importantes, que la gente les llama a un fijo. Como yo dependa de que me tengan que localizar a mi y suponga el más mínimo esfuerzo, no pago el alquiler.

Se puede ser rico y tener Facebook, Instagram o incluso Twitter, siempre y cuando no lo lleves tú. Pero mejor no tenerlos. Para ser realmente poderoso no hay que estar en Redes. Yo estoy en todas.

Poder apagar el móvil, poder irte de vacaciones sin fecha de vuelta, no mirar un mail si no estás en horario laboral,… Esos lujos son los de verdad, los que no se pueden pagar con dinero.

Pero no todo es inalcanzable, hay una esperanza. Para eso llevo semanas dándole vueltas.

Se puede ser casi rico. Que no está mal. Y es relativamente sencillo.

Basta con frenar, con ir desconectando. Cada minuto en silencio ganado es como un éxito en la Bolsa. Irse un fin de semana sin avisar son dos días de reuniones con el CEO del que depende tu ascenso.

En realidad ser rico es hacer pocas cosas. Comer, dormir y….

Vamos, que un ascenso hoy es ganar menos dinero y lograr más tiempo. Esta parte sí que la tengo clarísima. Trabajar en lo que te gusta se llama tener un hobby, el resto es por dinero.

Desaparezcamos más, demos menos importancia a casi todo y aburrámonos. Menudo lujo es aburrirse, la última vez que lo logramos éramos niños, nuestros padres nos mantenían, nos pagaban la comida, la casa y lo que necesitáramos. Si eso no es un lujo…

Antes decíamos que el dinero no da la felicidad, ahora podemos ampliarlo:

“El dinero no te hace rico”.

De nuevo, bipartidismo

La política rara vez es justa. Ni internamente, ni en los procesos electorales.

¿Recuerdan a Tomás Gómez enfrentándose a la privatización del servicio de lavandería de los hospitales públicos? Pues lo hizo, en incontables ocasiones, en los propios hospitales. Entonces ni caso, hoy, en cambio, los medios se escandalizan por los resultados de aquello. La privatización siguió, Tomás Gómez no.

Pero este recuerdo, casi melancólico, es una pequeña anécdota de esas injusticias que tienen muchas más vertientes.  Por ejemplo, estas últimas elecciones municipales han sido muy injustas con los partidos locales.

Partidos centrados en mejorar su municipio, sin más aspiraciones que sus barrios, sus vecinos. Son probablemente la mejor opción para un municipio (seguro que hay alguna excepción) y lo digo con conocimiento de causa. He trabajado con muchos de ellos, tengo grandes amigos que se desviven por su pueblo, que dedican horas desinteresadamente por mejorar sus calles y que están fuera de las guerras políticas porque su único interés es hacer las cosas bien.

Lo lógico, coincidirán conmigo, es que nada mejor para un municipio que ser gobernado por quienes se van a dedicar en cuerpo y alma a mejorarlo porque no tienen intención alguna en “ir subiendo” en el partido.

Pues no ha sido así. Han resistido, sí, pero su representación se ha visto muy reducida por una tendencia que está resurgiendo.

Vuelve el bipartidismo.

Probablemente no sea tan puro como el que veníamos teniendo hasta el 15M (qué recuerdos) pero vuelve. En el espacio de la izquierda Podemos no ha logrado configurar un espacio propio mayor que aquel que ya tuvo IU en sus buenos momentos y a la derecha -ciertamente ahora más fragmentada- se empieza a notar la debilidad electoral de VOX al no haber logrado hacer el sorpasso al PP en “provincias”.

No se ha conseguido romper el bipartidismo en aquellas circunscripciones donde se reparten dos, tres o cuatro diputados. Y si estuvo en algún momento un poco amenazado ya nada queda. El peor PP ha resistido, únicamente superado por el PSOE.

Habrá más diversidad en las ciudades, al menos durante un tiempo, pero más allá de las grandes zonas urbanas PP y PSOE copan toda representación posible.

El votante es muy injusto y busca seguridad. Durante unos años llegó a estar tan harto que se olvidó de sus miedos e hizo temblar el turno pacífico, pero aquello pasó. La oportunidad se va cerrando cada vez más y -olvidada la corrupción- vuelve a crecer el PSOE y no tardará en recuperarse el PP.

Al fin y al cabo tienen una solidez estructural inmensa, la memoria del votante es absolutamente reducida y su capacidad de perdón infinita.

No me olvido de Ciudadanos. Puede hacer que esta vuelta al bipartidismo sea más lenta y menos profunda. O puede ir diluyéndose si el votante empieza a dudar de su utilidad, de su capacidad de inclinar la balanza hacia ambos lados en vez de hacia el mismo siempre.

Seguimos lejos de las mayorías absolutas, pero veremos subir los porcentajes de voto de PP y PSOE cada vez más, y más, y más…

Así no se puede, Podemos

Se dijo que los nuevos partidos envejecían demasiado rápido y había algo de cierto en ello.

En el caso de Podemos el envejecimiento, mas que prematuro, era esencial. Iba en su propia construcción. El planteamiento de un partido abierto, en círculos, de abajo a arriba -de existir- apenas duro unos meses frente al liderazgo ilimitado de Pablo Iglesias.

Sobre él se construyó la dirección, el partido, los Congresos, las papeletas, las campañas y el relato. Los círculos daban vueltas mientras él dirigía.

En campaña funciona, al menos durante unas pocas campañas. Una figura potente, mediática y con un discurso interesante al espectador/votante resulta crucial en estos tiempos.

El riesgo es quedarse en esa construcción y no ampliar la base. Es una columna muy sólida, pero una pata no sostiene una mesa si lo que la rodea empieza a moverse, soplar viento y la empujan con un poco, tan solo un poco, de fuerza.

Sin escuderos con espacio para crecer, alianzas más solidas y coherentes y concentrando una y otra vez todo el discurso, el espacio y los errores, lo que estamos viendo era inevitable.

Cuando cae su relato cae el del partido, justo cuando no quedaba nadie para construir uno nuevo. Cae, además, en periodo electoral. Y no hay más, porque se le dijo al votante que todo era Pablo Iglesias.

Para colmo, quedan los muy fieles. Un mal común en los partidos “viejos”. Quedan los que quedan, que ya dice mucho.

Son normalmente los más fieros con cualquier posible crítica (no la hicieron en su momento, no la van a hacer ahora) y los máximos defensores del líder, haga lo que haga. Los enemigos son todos los demás y no dudan en sucumbir a la máxima de la derrota; “si tanto quieren a nuestro líder fuera, es que es el mejor”. “Pues que se lo queden”, responden los votantes a gritos en las urnas.

Pasó como el más moderado en el debate. Ni más ni menos que el más moderado, con lo que había sido. Le dejaron que lo fuera, le sabían irrelevante. Nadie ataca al que nada aporta, pero no lo vio entonces, porque sólo escuchó que había ganado el debate. Lo ganó, básicamente porque al resto le importaba poco que lo hiciera, pues bastante centrados estaban en que no lo ganara quien sí les podía perjudicar.

Pablo Iglesias no supo irse, ni ahora saben cómo quitarle. Los que quedan no quieren hacerlo y los que sí quieren ya están fuera.

La pena es que Podemos era mucho y podía ser mucho más. Iglesias logró que incluso quienes poco confiábamos en él, admirásemos su capacidad de convencer al votante aún sin entender que fuera posible. Abrió una ventana de oportunidad enorme que se quedó completamente solo sujetándola. Y se la van cerrando, claro. Porque menudo es el PSOE para cerrar ventanas ajenas.

Poca solución queda, pues el problema no es envejecer rápido, sino hacerlo mal.

Mientras, sus militantes seguirán empeñados en que “son los poderes económicos, mediáticos, las cloacas o incluso las tropas imperiales” los que están acabando con Iglesias, sin ver que son sus votantes los que se han ido. Porque las cloacas no le votaron, ni los poderosos, pero los demás sí. Y ya no.

 

PD. Como ven, es posible describir los problemas  de Podemos sin siquiera hablar de Galapagar, porque desgraciadamente es una cuestión de fondo, que supera las formas (y eso que las formas dan para un hundimiento en sí mismo)

El final

Difícilmente te gustará un final. Los finales no existen, no son reales.

La vida no tiene un final, así que crearlo para una serie, un libro o un cuento es y será siempre lo más falso de cada historia creada.

Tú lo hubieras hecho de otra forma, claro. Porque tú has interpretado la historia desde tu perspectiva. Lo mismo que han hecho todos los que han pasado por ella. Cada uno mira desde un sitio diferente y sólo esa distinta posición ya nos hace ver lo narrado de forma única.

Habrá un personaje que te haya dicho más que otro, una despedida a la que habrías dedicado más tiempo que a otra. Un cambio de frases del guión, un momento más épico, más justo, más memorable. ¿Por qué?

Poner un final es decidir dejar de contar la historia, no  hacer que la historia acabe. Si quiere luego el lector puede continuarla, u olvidarla. O esperar a que el autor decida si quiere seguir contando o ya terminó porque sus personajes transmitieron lo que quiso decir.

Y no es fácil. Yo llevo meses sin poder escribir una línea decente porque no logro saber si Salvador tiene algo más que contar o no.

Hay finales mejores, cerrados, abiertos, peores pero todos son irreales porque no son nunca un final. A una muerte le siguen llantos, a una boda sexo o peleas, a un nacimiento pañales, a una coronación problemas.

Pero cuando lo que va a pasar es ya “otra historia” decidimos poner un punto. Por poner algo, porque la coma en realidad manda.

Aunque si es por quejarse, nada que decir. Somos la mejor generación para eso. Hasta recogemos firmas para que otros cambien un final que no nos ha gustado. Lo de escribirlo nosotros, ya otro día.

Lo dicho, el final no existe. Es tan arbitrario como el resto de la historia, con sus momentos altos y bajos, con sus incoherencias e inexactitudes. Y le faltarán cosas, claro. Porque se cuenta algo, no todo.

Intenten narrarlo todo, les deseo suerte.

Agencia Instagram

Maravilloso recorrer esas calles. Porque eran feas y sucias en realidad, pero en las fotos no podían salir mejor.

La comida cara y escasa, pero fotogénica también.

Estaba siendo una viaje maravilloso, en un lugar físicamente espantoso pero virtualmente perfecto. Su felicidad era inmensa porque parecía serlo.

Recibía más corazones que nunca, más mensajes directos, más comentarios. Llegó a destacado varias veces. Insuperable.

Irrelevante no haber visto un monumento sin la pantalla del móvil delante, de no haberse tumbado en los bancos de aquel parque que ni siquiera necesitó filtros.

Fueron las vacaciones soñadas. Sin el incordio de tener que visitar, escuchar, convivir. Sólo fotos, una tras otra. La agencia hasta ponía, además del guía, un ayudante para hacer las fotos.

Así, mientras a su lado la gente sacaba ese horripilante palo de selfie, ella podía decir tantas veces como quisiera a aquel ayudante que le sacara una foto más.

Para colmo era pionera, early adopter, first. Descubrió la agencia en Instagram, se arriesgó y se lanzó. La propuesta era cautivadora.

Iban a pasar por los hoteles más caros, por las cafeterías más lujosas, las salas más reconocidas, los lugares más top sin tener que dormir en ellos, tomar nada en ellas, aprender nada ni llegar a verlo.

Foto, foto, foto.

Todo el lujo ahí delante, como si fuera suyo. No podía dar más envidia.

Y la felicidad le duró semanas. Tenía más fotos de las que pudo subir durante el viaje así que esa dosificación alargaba interminablemente su alegría.

Repetiría seguro, daba igual a dónde.

Días así.

Encerrado en una habitación por horas. En soledad.

Fuera, ruido. Mucho. De gritos, de goles, de limpieza y de vida cotidiana.

Haciendo nada, preocupándose, con el agobio de no hacer, de no escribir, de no ganar.

Pasan las horas como condenas, juicios de lo poco hecho, de lo mal hecho, de lo poco productivo.

Salir igual que se entró, pero con menos tiempo. Con el cansancio de no haber hecho cuando se tenía que hacer.

Un día y otro, esperando a que llegue no se sabe bien qué.

Con los problema acumulándose, sin aplastar pero sin desaparecer. Con más llamadas en la lista, con más mails a la espera de recibir.

No es tan grave, pero pesa.

Ya cambiará el ritmo, ya habrá otros momentos. Buenos, incluso.

Ver la guerra

Llevaban sin avanzar ni retroceder prácticamente dos años. En medio, un pueblo completamente arrasado, sin vida, con casas que se mantenían en pie de forma incomprensible.

Había ventanas sin suelo, tejados sin pilares, puertas que no llevaban a sala alguna.

Y se suponía que luchaban por invadirlo, tomarlo, por poner la bandera de su trozo de país. Un par de meses más y no quedaría un solo muro que pudiera hacer de mástil ni nada de lo que tomar posesión pero ahí seguían, incansables.

Los dos generales se conocían. Justo un año antes del inicio de aquella guerra civil la hija de uno se había casado con el hijo del otro. Se llevaban de maravilla, compartían fines de semanas en el campo cazando y esperaban con ganas el primer nieto.

Ahora, tras dos años obligados a matar al otro, o al menos a los suficientes de los suyos, únicamente lograban verse a escondidas cada muchos meses.

El frente era infernal, pero con todos los ejércitos apuntando al mismo sitio, bastaba con irse unos kilómetros a un lado u a otro para encontrarse. Al principio con peluca y maquillaje, más tarde tal y como salían de sus campamentos.

Se fueron enfrentando lo suficiente como para estar cerca de odiarse. Al principio se abrazaban, más tarde se empezaron a recriminar los muertos de unos y otros. Aquella sería la última reunión, el último intento.

Las anteriores solo habían incrementado la tensión. Ya ni hablaban de sus hijos, para no hacer la guerra más grande, pero deseaban matarse para poder terminar aquel espanto. Ninguno se ofreció a rendirse, así que para pedirlo por última vez, acordaron verse. Si no había cesión, cargarían al día siguiente hasta que el último soldado cayera.

Llegaron a la misma casa abandonada, sacaron la misma botella de Whisky de debajo del carbón de la chimenea y se sentaron en la pequeña mesa que había sobrevivido en aquel salón.

Se chillaron, insultaron, hicieron recuento de bajas, de tácticas e incursiones inmorales, de trato a los prisioneros, de sus madres con los insultos correspondientes y -por fin- de sus hijos.

Se gritaron por ellos. Por no saber nada de dónde estaban. Se culparon mutuamente. El primer silencio al mencionarlos no duró lo suficiente. A los pocos segundos el recuerdo no fue más que nueva munición.

La botella vacía facilitó el enfrentamiento. El primer puñetazo llegó con los dos todavía sentados. El otro saltó la mesa para devolverlo. Desde el suelo, con sus navajas se cortaron tanto como pudieron.

Sus uniformes, al principio tan distintos, acabaron teñidos del mismo rojo sangre. Apenas se les distinguía, apenas dejaban de golpearse un segundo.

Uno dejó de moverse. Por fin un golpe efectivo. No generó compasión.

Más rabia y más ira. Los pulgares de quien ganaba aplastaron las cuencas de los ojos de su enemigo hasta sacárselos.

Gritó a verlos en su mano. Al volver en sí reconoció de golpe al padre de su yerno. Eran sus ojos azules.

Volvió la ira y la rabia, ahora contra él mismo. No imaginaba cómo compensar lo hecho, cómo volver a la vida, a aquella en la que eran familia.

Se arrancó los suyos. Quería pagarse con la misma moneda, con el mismo dolor. Dejó de ver, pero siguió sintiendo en sus manos los cuatro ojos. Húmedos, blandos.

Sentía morirse, le fallaban las fuerzas. No quiso que nadie encontrara aquella escena, con cuatro ojos en sus manos. No iba a dejar esa herencia.

Aplastó a tientas ojos en cada cuenca y cayó desmayado. Creyó que muerto.

Despertó en el hospital de campaña. Otra vez en el frente, otra vez vivo. Reconocía vagamente donde estaba, pero no entendía lo ocurrido.

Le explicaron el rescate, cómo les encontraron, qué el General enemigo también fue rescatado con vida, que cada ejército pactó llevarse al suyo, que seguía la guerra, que habían seguido muriendo, que qué órdenes daba.

Pidió unos minutos a solas. En el baño se llenó las manos de agua y se lavó la cara. No veía lo que sentía, cómo si una extraña miopía hubiera aparecido de golpe. Pensó que no podía ser más normal, teniendo en cuenta sus recuerdos.

Se miró al espejo y de golpe entendió todo. Esos ojos azules no eran los suyos.

Estuvo paralizado hasta que alguien, desde fuera, preguntó si estaba bien.

Salió. Veía a sus soldados como enemigos. Le daba miedo lo que veía, aunque su cuerpo no podía estar más relajado. El frente no podía ser más incoherente. Sus ojos le enseñaban aliados donde había ametralladoras disparándole y rivales entre quienes le ayudaban para agacharse y evitar las balas.

El horror de aquella guerra volvió a ser real, cercano, terrible. Veía morir y de golpe todos eran de los suyos. No había ya otros. Unas muertes las lloraba, otras las sentía en el corazón. De golpe todas le dolían, le machacaban.

Gritó un alto el fuego tan fuerte que se cumplió. Sólo con las balas viniendo de un lado salió de su posición y caminó recto hacía donde veía a sus soldados. Le rozaron tres, una le impactó en el hombro. Siguió andando y cesaron también las balas que le llegaban de cara.

Por primera vez en dos años silencio en las ruinas. En lo que una vez fue la plaza de aquel pueblo, tras los escombros del campanario, su amigo.

De cerca, se miraron, se reconocieron en el otro y se abrazaron.

No hubo un disparo más.