Hay que atacar al Gobierno

Cada queja, ataque y petición al Gobierno es una buena noticia. Reclamarle, ponerle a parir, incluso pedir dimisiones es, en estos momentos de crisis, un maravilloso síntoma de que lo importante sigue en pie.

La alternativa es peor. Teman, de verdad, cuando no haya menciones a lo mal que lo hacen unos u otros porque entonces estaremos al borde del caos absoluto. Cuando a nadie le importe lo que haga o deje de hacer el Gobierno (nacional, local, el que sea) -esperemos que no lleguemos a eso- se habrá acabado todo tal y como lo conocemos.

Estamos mal, pasándolo como no lo habíamos pasado en años, pero la máquina sigue en marcha incluso cuando casi todo está parado. Eso es tan bueno, que casi no nos damos cuenta. Nuestro sistema social y político está resistiendo y hay que lograr que siga haciéndolo.

Toca dar las gracias por seguir teniendo oposición y porque puedan dedicarse a atacar y fiscalizar al Gobierno. Dar las gracias porque los medios sigan, incluso los que venden bulos. Aunque el motor no sea ahora mismo el mejor del mundo, es un lujo que siga carburando casi en modo normal.

Todo lo malo que estamos viendo es en realidad un buen síntoma, no debemos olvidarlo.

El resto, como sociedad, vamos también a seguir cometiendo errores, por perfectos que nos creamos. Somos, por naturaleza, seres sociales habituados al exterior y llevamos casi un mes encerrados así que no tratemos de ser maravillosos.  Tratemos de aguantar porque esto no es normal. Así de sencillo, no estamos hechos para esto.

Vamos a criticar, vamos a creernos los bulos, nos vamos a indignar, vamos a gritar contra los políticos, contra los vecinos que pasean a sus perros, vamos a desesperarnos, a tener ansiedad, a ir un día a comprar el periódico aunque no sea esencial. Es normal porque cada uno tiene su lucha, hace lo que puede, como puede. Igual que los gobiernos.

No se pueden hacer bien las cosas cuando todo está mal, porque ni siquiera las hacíamos perfectas cuando todo estaba bien.

Critiquemos y aprendamos a ser criticados. El Gobierno no lo va a hacer bien, nosotros tampoco todo el rato y no pasa nada por decirlo, por desahogarse un poco. Lo importante es que juntos sigamos manteniendo ese frágil pacto social que apenas vemos pero del que dependemos todos.

Sintamos la fuerza de la solidaridad, la esperanza de que cada vez estamos más cerca del final y de que esto pasará.

Porque poder decir “a estos no les vuelvo a votar”, convencidos de que es cierto y que ocurrirá, vale oro. Significa que todo lo importante sigue en pie.

 

Seremos diferentes

Más despacio, menos cosas, más sencillo.

Cuando íbamos más rápido, más cosas hacíamos y más complicadas parecían.

Frenazo, de golpe. No somos uno, somos montones, una sociedad entera. Tanto que lo que hacemos tiene consecuencias inmediatas en el otro y viceversa. Resulta que nuestra salud, la de la gente que amamos, depende de lo que otros hagan, de lo responsables que sean, de la empatía que tengan.

Despertamos en sociedad, tras un sueño individual largo y profundo. Un despertar abrupto, como no podía ser de otra forma.

Lo que se daba por supuesto cierra, lo que nos permitía escaparnos se ha vuelto peligroso, contagioso. Y no podemos vernos, justo cuando creíamos que no hacía falta que lo hiciéramos.

Ahora echamos de menos, descubrimos lo vacío que es un mensaje en el móvil, lo ausente de una videollamada. Vamos a apreciar todo aquello que nos parecía una herencia atrasada de una vieja sociedad no adaptada todavía al online.

Y lo contrario. Porque sí se puede trabajar más desde casa, sí se puede abrir menos y tener más tiempo. Porque sí se puede contaminar menos, muchísimo menos, con medidas realmente efectivas. Menos reuniones por reunirse, perderemos ese mal hábito. El trabajo, por proyecto,  no por tiempo. No se nos va a olvidar que se puede.

Conocer al empresario. Al local y al grande. Descubrir que están mucho más cerca de lo que creíamos y sentir lo que nos necesitan. Un consumo consciente, que permite el trabajo a quienes hemos visto perderlo o llorar por mantenerlo.

Innovar, adaptarse. Nos toca volver a hacer cosas en vez de comprarlas.

Seremos diferentes, pues es lo que nos sucede cuando vivimos aquello que creíamos que no viviríamos. El mundo cambia, como cuando cambia al tener un hijo. Pero de golpe y a la vez, todos.

Ese todos nuevo, fortalecido. La realidad demostrando lo conectados que estábamos cuando menos queríamos verlo. Puede que incluso entendamos a los que huían de otros virus, con otras formas, hacia nuestras fronteras.

Aquí estamos, cuidando lo que hacemos por los nuestros y por los otros. Al alza la ética y una nueva moral social cuando más bajo cotizaba, cuando no aparecía ni en las apuestas.

Guardemos y cuidemos esta experiencia de lo público, del esfuerzo común y del sentirse una parte esencial del todo. Nunca dejó de ser así, ni cuando éramos incapaces de verlo porque no aparecía en nuestros móviles. Siempre, sin excepción, lo que hacemos individualmente tiene un eco en la sociedad. Estaba costando enseñarlo, hacerlo ver, hasta ahora.

Volvemos a vernos con ganas de volver a vernos.

Igual nos cura el Coronavirus

Egosimo, superviviencia, sálvese quien pueda. A por mascarillas, terminemos con las existencias de papel higiénico, vaciemos los supermercados, colapsemos las urgencias y exijamos la devolución de todo nuestro dinero, cancelemos las reservas, encerrémonos en nuestras cuevas.

Y por un virus que ni nos convierte en zombis, ni nos convierte en monstruos malditos.

Nos hemos acercado demasiado al caos por demasiado poco y eso es mucho más preocupante que el Coronavirus.

Es en situaciones como estas – cuando se toman medidas para controlar un virus y hacer bajar la tasa de contagiados y no para evitar la extinción de la civilización humana- cuando precisamente se debería haber actuado con un compromiso doblemente social, en vez de estar a un paso del saqueo de tiendas.

No es ya la necesidad de comprender que debemos dejar las mascarillas para quienes de verdad lo necesitan, o que no hay necesidad alguna de hacer compras para meses de aislamiento estando precisamente así expuestos en sitios cerrados con más gente, es entender que estamos ante un momento que exige un esfuerzo solidario compartido.

Objetivamente estamos lejísimos de llegar al punto de “sálvese quien pueda”. Si llega, yo les aviso, que soy devorador insaciable de series y películas apocalípticas. Estamos más bien en una situación donde el caos sólo puede darse por una creación voluntaria nuestra. Si se da es por nosotros, no porque el virus tenga capacidad de crearlo.

Es decir, estamos creando socialmente unos síntomas críticos para un virus que por sí mismo no es capaz de provocarlo.

El colapso de la Bolsa es social y la posible quiebra de empresas igual. Eso no lo va a hacer el virus, lo haremos nosotros si seguimos cayendo en esta espiral paranoica.

Si una empresa que nos presta servicios se queda sin posibilidad de prestarlos precisamente por las medidas tomadas en favor del control del contagio está en nuestra mano el compromiso social de no exigirles más de lo que la propia empresa pueda dar.

El Gobierno, por malo que sea, tiene capacidad para ir frenando la expansión del virus. Sabe del riesgo de colapso del sistema sanitario, de sus límites y las medidas que puede ir tomando. En cambio ningún gobierno, por bueno que sea, puede hacer frente a una situación de caos general provocada por el egoísmo y el afán irracional de supervivencia.

Porque somos una sociedad y mientras actuemos como tal podemos reaccionar. Si nos convertimos en individuos aislados luchando unos contra otros ahí no cabe ni estado, ni gobierno ni nada. Les aseguro que lo echaríamos de menos porque ahí crecen los peores virus.

Viene bien recordad que las medidas que estamos “sufriendo” son preventivas (¡por fin las hay!) y no resultado del descontrol de la enfermedad. Se trata de evitar llegar al punto crítico, luego no hemos llegado todavía.

Seamos sociales, más sociedad, aunque sea mejor no estar en contacto durante unos días.

Es el momento de ver más al otro sin que esté delante. De ver a quien realmente necesita la mascarilla, de ver a las personas mayores que no pueden ir a hacer la compra luchando contra masas vaciando los supermercados y de ver a los empresarios que van a tener que cubrir unas pérdidas por el bien de todos.

Pensemos más en el otro que en nosotros y el Coronavirus pasará a la historia. La respuesta individual es inútil, debe ser social, colectiva, coordinada.

Una pena que nos haya pillado esto en un momento general tan individualista, en horas tan bajas como sociedad que facilita su expansión hasta el infinito. Es cierto, pero quien sabe, igual el Coronavirus nos acaba curando ese mal. Si no lo logra curar, ahí sí que vamos a sufrir…

Todo es mucho menos

Hasta los 65 no logró tener  la butaca que siempre quiso, la que había visto en tantas películas malas y en las casas de los amigos de sus padres, cuando era pequeño, frente a una ventana o una chimenea.

Una plaza, orejón, blandito. En realidad se sentía como un trono pero irremediablemente hortera. Las probó de diseño, pero no era lo mismo. Porque no era para leer, ni para ver la tele ni mucho menos para conversar con otros. Era para estar. Y estar necesita poca floritura, sólo facilidades para seguir estando.

Ese lugar para la siesta que tanto tiempo le había costado tener estaba ya, quince años después, prácticamente descolorido y adaptado a sus formas. Donde uno estaba doblado, el otro igual. Esas butacas son pura simbiosis.

Ahora era un espacio de verdadera filosofía. Esos minutos de reflexión, entre terminar la comida y desaparecer en el sueño correspondiente, acumulados, habían formado todo un tratado sobre la vida.

De lo que se arrepentía, de lo que le quedaba y sobre lo que apenas ya soportaba. Tenía claro que había trabajado demasiado y para satisfacciones esencialmente vacías en el tiempo. Haber sido el mejor no le había hecho mejorar al mismo nivel, en realidad casi a ninguno. Toda una vida arriba del todo y ahora le importaba una mierda.

Tuvo mucho, esencialmente todo aquello que ahora no necesitaba nada. En su momento creyó que sí, que más adelante se aprovecharía todo lo acumulado. Pero no, la verdad es que no. Algo el dinero, pero en realidad menos de lo calculado y sudado.

Ahora quería tiempo y ganas, justo aquello que gastó en lograr todo lo que ahora no necesitaba. Un desastre organizativo de vida. No le parecía un mal particular, mas bien algo especialmente extendido.

En cambio, no olvidaba un viaje. Ni el más corto de ellos, ni el más irrelevante. Esos cubrían sus recuerdos con una intensidad mayor que cuando los vivió. La mente, al menos la suya, eran grandes imágenes guardadas, fijas, inolvidables.

Dunas infinitas sobre las que trepaban sus hijos, océanos brillantes en los que entrar tiritando de frío, pueblos llenos de colores con iglesias incoherentes, aquella cerveza en la calle de atrás del Zócalo, ver el sol bañarse desde Oia…

Su conclusión, tras asumir que la misión de su cerebro y su cuerpo era sobrevivir lo máximo posible, era que aquellos y sólo aquellos recuerdos son los que nos mantienen vivos, los que dan sentido precisamente a seguir. No había espacio ahora para recordar cómo ganó su primer millón a pesar de sus intentos, pero sí para esa barbacoa en la cima de una colina en Cantabria, aquel enero abrasador.

Y no era algo nuevo. No era cosa del sofá, ni de los años. Ahora simplemente tenía más tiempo para verlo y entenderlo, pero cuando cerraba los ojos con 30, con 40 o con 50 y no se quedaba inmediatamente dormido por el cansancio, estaban las mismas imágenes.

Eso somos, pensó. Y luego ronquidos.

 

 

El barco

Flotando estaba. Nadie recordaba desde cuando, porque nadie que estuviera vivo lo estaba al zarpar.

No seguía las corrientes, iba a su propia deriva, no a la que le marcaban las olas. Ni el motor funcionaba. Navegaba por donde lo hacía, sin más. De vez en cuando se acercaba a alguna orilla y desde ahí podía ser visto, ser fotografiado y subido a Instagram.

Así que existir existía, incluso sin tener razón, sentido o identificación alguna. Vivo no estaba, ni vivía allí nadie porque jamás vieron persona alguna al timón, o en sus cubiertas. Tampoco era tan grande como para que alguien  pasara años enteros sin salir de los imaginados camarotes.

No encontraron armador que reconociera tan obra, ni bote parecido en otros mares u océanos. Quien trató de copiarlo, en base a la mera observación desde lejos, logró hacerlo, pero sus obras jamás sobrevivieron a la botadura.

No podía flotar, estaba mal hecho, decían los mayores expertos. Pero ahí seguía, negando con cada ola que rompía las teorías más asentadas de la más pura y elemental física.

Se alejaba de quien se acercaba, nunca se supo si casual o intencionado. Visto desde abajo, cuando enviaron para ello a un submarino, no podía ser más normal.

Pasaba de moda cada cierto tiempo porque no había más que lo que había. Un barco que flota sin destino, sin sentido y sin motivo para hacerlo pasaba de portada a sucesos a la misma velocidad a la que se alejaba de las playas donde era avistado.

A pesar de eso seguía. Navegaba igual de perdido cuando estaba en portada de los diarios que cuando desaparecía del papel y los telediarios. Tampoco eso afectaba.

Unos jóvenes científicos lanzaron un cohete al espacio para seguir su trayecto, actualizado segundo a segundo. Desde una web veías siempre dónde estaba, si querías.

Años después asumieron que no iba a ningún lado. Tardaron en asumirlo, porque no estaban preparados para entender que una trayectoria iniciada no tuviera destino. Es decir, que se movía por moverse, que iba por ir.

El satélite dejó de funcionar, pero el barco siguió navegando.

Sin tener por qué hacerlo, sin tener a dónde ir, sin venir de ninguna parte, sin tener motivo para flotar, sin servir para más que estar, ser y navegar.

 

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Si lees todo esto, es que se puede.

Actualizamos nuestros móviles, las aplicaciones que usamos, el ordenador y hasta la televisión.

Es a lo que nos hemos acostumbrado, a que cada cierto tiempo las herramientas que manejamos a diario tengan mejoras, corrijan errores, ofrezcan más posibilidades y nos permitan hacer más cosas. Es una lucha constante por adaptarse a las nuevas necesidades, por competir con otras aplicaciones y por satisfacernos como clientes. A cambio les damos nuestra privacidad, tiempo y uso absoluto de la memoria de nuestros teléfonos, pero ese es otro debate.

Mientras estamos acostumbrados a este ritmo de mejora y adaptación constante en todo aquello con lo que compartimos nuestro día a día, nuestros sistemas de participación y acción política siguen quietos. Sin modificación, sin actualización, sin corrección de errores.

Por encima de todo ese entorno político está nuestra democracia, una que compartimos en formas semejantes con el resto de países de nuestro entorno y que, como la nuestra, están sufriendo problemas parecidos.

Su fórmula, absolutamente innovadora en su momento y que tanta fuerza transformadora tuvo en la construcción de los estados modernos, no es capaz de expandirse hoy a nuevos países y ahí donde está presente, su intensidad es cada vez menor.

Nos sirvió mucho porque se renovó. No inventamos la democracia, pero se adaptó a las necesidades políticas de un momento político y social (y económico) muy concreto. Un momento que no se da, por ejemplo, en los países donde la primavera árabe fue incapaz de asentar este sistema y que no se da tampoco ahora en nuestros países, donde está implantada.

La democracia que conocemos y que valoramos -por los éxitos conseguidos- lleva mucho tiempo sin ser exportable. Nos sirvió a nosotros, pero hoy tratamos de hacer llegar el mismo “producto” a otros sin entender la cantidad de cambios que ha habido entre un momento y otro. Intenten usar un cable de conexión de una consola de videojuegos de 1980 a una que haya salido este año.  No es que el cable no funcione, es que no es compatible con el resto de piezas.

El problema es más grande de lo que parece, porque allí donde no se logra asentar una democracia funcional surgen parches, “empalmes”, nada estables y que provocan no pocos cortocircuitos.

No es solamente que no podamos exportar ya nuestro modelo de democracia -algo que nos pone en riesgo porque era nuestro mejor arma en defensa internacional- es que además presenta graves deficiencias de funcionamiento en nuestros propios países. Sigamos con el símil; tenemos un sistema operativo relativamente obsoleto, con puertos de entrada y salida poco compatibles con los nuevos accesorios (jóvenes) y mucha dificultad para ejecutar nuevos programas (nuevos partidos, control más directo, transparencia, listas abiertas,…).

Los comandos usan un lenguaje demasiado codificado, no hay espacio de memoria para actualizaciones fundamentales y apagar y encender no puede ser nunca una opción viable.

Es fundamental renovar nuestra democracia, para adaptarla a unas nuevas necesidades y al cambio completo en la forma de relacionarnos con los demás y con las instituciones.

No es una cuestión meramente modernizadora, eso debería llegar por propia inercia (menos papel, más accesibilidad, relación digital sencilla con la administración y un infinito etcétera), es una reforma de fondo, que está unida a una serie de valores y compromisos que han variado en nuestra sociedad.

La España de 1970 y 1980 compartía unos valores políticos basados en una relación más estrecha entre sus individuos, una memoria reciente de las alternativas políticas, el relato de la guerra y el hambre más próximo y una concepción del trabajo y el ocio que no se puede comparar con la de alguien nacido en 2002.

La sociedad impregnaba de un compromiso político a sus jóvenes, el debate estaba en cualquier lado, la televisión era densa, los medios lentos y profundos, los políticos recientes y el camino a construir y seguir, difícil pero conocido .

Hoy la distracción del ocio es imperante, un opio esparcido sin medida. La velocidad que nos ha permitido correr tanto nos ha quitado el tiempo de reflexión y llegamos a debates médicos y científicos que determinarán el futuro entero de nuestra especie sin que podamos influir. Ni siquiera nos da tiempo a decidir si el planeta está al borde de la destrucción o no, así que seguimos cargándonoslo mientras se plantea el debate.

Firmamos online para cambiar las cosas, escribimos allí donde nuestra reflexión tarda en desaparecer lo mismo que en leerse 140 caracteres o dónde la contestación es un simple click a un “like”.

Y en política el atropello por exceso de velocidad es similar. Cuando descubrimos que nos han mentido sobre “A”, ya se está debatiendo sobre “B”, habiéndonos formado una opinión con lo dicho sobre “A”. Y ese plazo de tiempo para saltar de un tema a otro puede durar solo una mañana.

Dado que es poco probable que el ritmo baje y volvamos a la velocidad de 1980, lo sensato es asentar una serie de valores fundamentales que debemos estipular como sociedad. Una labor que irremediablemente tendremos que hacer, en coherencia con este tiempo, de forma rápida pero separándola del partidismo y la mentira.

Es tiempo de un proyecto nuevo. Eso es una democracia, un valor común que debe enseñarse, que debe ser esencial en la educación, en los medios y en casa para que haya un espacio en la sociedad que sea de todos y nos permita hacer los cambios esenciales.

Porque será clave determinar entre todos objetivos y medios para su consecución.

Hay que redefinir el valor del voto, lo que conlleva y su fuerza (tal vez deba ser más vinculante), hay que valorar nuevas formas de representación (seguimos con la directa o añadimos puestos por sorteo), hay que establecer de forma nítida el peso de los partidos políticos (¿seguimos dejando que determinen el resto de poderes o abrimos formas de listas abiertas y candidatos independientes?) y hay que definir los canales de participación y decisión (voto telemático directo para decisiones relevantes, facilidad o no de referéndums, procesos revocatorios, manifestaciones online).

Ante retos tan profundos como los que tendremos que afrontar en breve, como si los robots con IA deben o no pagar impuestos (¿y votar?) o cómo establecemos un sistema de pensiones y seguridad social ante seres humanos híbridos (con partes mecanizadas), más nos vale utilizar este tiempo, ahora, para asegurarnos poder ser parte de la toma de decisiones y que no acaben decidiendo por nosotros aprovechándose de las malas actualizaciones de nuestro sistema operativo…

De no hacer los cambios necesarios, ni los usuarios querrán usar este sistema (se olvidarán de lo bien que funcionaba) ni los dirigentes pelearán por defenderlo porque para algunos, cualquier otra opción es mejor, como ya estamos viendo con propuestas “simplificadoras” de la actual democracia.

Si queremos seguir siendo parte -esa sería la primera pregunta- debemos fomentar la creación de las herramientas necesarias para poder hacerlo y dejar de dar al botón de “recordar mañana”.

Sexo y lo que diga VOX

No entremos en sus debates, no usemos sus palabras, no caigamos en su agenda. Mejor el vacío, mirar a otro lado, silenciar los gritos.

Perfecto, hay teorías que afirman que eso ha funcionado más de una vez y en su justa medida, sin duda tiene efecto. Pero no nos pasemos… de listos.

Hay temas y debates que creíamos superados, como creíamos erradicadas ciertas enfermedades y ahí están de nuevo, infectando a gente. A ningún médico se le ocurriría tratar los nuevo contagios cambiando el nombre al virus, negando sus síntomas u obviando sus consecuencias. Lo que hará es sacar de nuevo las vacunas que tan bien funcionaron en el pasado y se pondrá como loco a usarlas.

Con Vox es algo parecido. La libertad sexual, la libertad de los hijos, la educación, los valores, la moral, el amor libre, el placer, la masturbación y un largo etcétera que teníamos superado resulta que de nuevo se pone en duda.

Por agotador que parezca tener que volver a hablar de esos temas, no puede haber mejor escenario. Nos habíamos creído que por educar a una generación el resto heredaría lo aprendido y nos confiamos, porque siempre hay y habrá terraplanistas que crecen en nuestro silencio, en nuestra soberbia y exceso de confianza.

Fíjense si son buenos temas que en el pasado ya vencimos argumentalmente en ellos. ¿Cómo aceptar que la libertad sexual es un tema de agenda de Vox? Eso sí que sería perder en la casilla de salida.

Lo que toca es esforzarse de nuevo. Debatir del Pin parental todo lo que haga falta, hasta que se muestre y demuestre lo que de verdad es. Toca incidir de nuevo en el amor, de quien quiera hacia quien quiera. Que esa libertad no es privada, que es pública. Que no tenemos que ser libres encerrados en casa o en un armario, que nuestra libertad es una expresión social y que ejercerla no ataca ninguna otra salvo aquellas que desean cercenarla.

Nada me hace más feliz que debatir de temas con aristas, filosóficos. Un placer que la política vuelva a ello tras tantos años de debates agotados y agotadores.

Al fin y al cabo son temas que siempre deberían estar en activo, porque atañen a lo que somos y a cómo nos relacionamos. Debatir sobre ellos nos perfeccionan y nos adaptan mejor a la situación del momento.

La ausencia de estos debates en el espacio de la mayoría provoca que queden en los extremos. No es cuestión de igualarlos, pero ahí es donde dejamos de sentirnos representamos los muchos y son los pocos los que nos hacen posicionarnos más en contra que a favor.

Cuando eso pasa, el espacio común se rompe y hasta Vox puede sacar rédito de aquello que estaba superado. La respuesta no es lo contrario, es volver al escenario común previamente configurado.

Negar las propuestas de Vox, por ser claros, no pasa por abrazar a quienes nos plantean una supuesta heterosexualidad que oprime solo por existir, o que las relaciones heterosexuales normalizadas son la recreación histórica del machismo dominante. No es necesario ir corriendo a la necesidad de la penetración anal al hombre para igualar las formas de relaciones sexuales.

Lo resolvimos bien en su momento. Seamos libres y respetuosos. El que quiera y disfrute de una relación heterosexual que lo haga. Que añada todos los tipos y formas de penetración que mutuamente deseen.

Quieres quieran otros tipos de relaciones, que lo hagan. Que las disfruten.

Y así nos respetamos todos, sin decir al resto cómo deben ser, follar y disfrutar o cómo no deben hacerlo.

En ese punto, en ese respeto a la libertad de cada uno, Vox se disuelve porque no es más que una reacción en negativo a una acción que, a priori se plantea en positivo, pero que en demasiadas ocasiones se ha excedido.

Educación, información, respeto y libertad. Y al sexo a disfrutar.

El pin parental

Son ilusos. O les gusta engañarse. No hay más explicación ante esta tendencia por implementar un “control” sobre lo que se les explica a nuestros hijos en el colegio.

Ese supuesto pin es la exageración al absurdo de la hipocresía de buena parte de la sociedad actual, falsamente preocupada por desconocidos adoctrinamientos en las aulas y que se escuda en la libertad de los padres como mantra absolutorio de semejante chaladura.

No hay duda sobre la potestad de los padres a educar a sus hijos como mejor consideren. Se les puede decir que Dios existe, se les puede enseñar que vale más el dinero que la palabra, se les puede hacer ver que los libros son inútiles, nos pueden ver día y noche pegados al móvil, pueden ver cómo casi no se habla en la mesa, pueden aprender de nosotros a insultar, a denostar, a humillar y a culpar a otros. Somos libres de cometer todos les errores posibles y no hablarles nunca de la ética, ni de la empatía, ni de la solidaridad.

Es más, pueden ver la televisión, ver a nuestros políticos actuar (sin pin, por cierto) y a nosotros mismos comportándonos como trogloditas.

Podemos, por tanto, transmitirles todos los valores que queramos sin que nadie lo impida.

Ahora bien, creer que eso da derecho a evitar que en el colegio se enseñen las cosas como son, trasciende la libertad individual de los padres. Yo les puedo decir a mis hijos que fue su abuelo quien descubrió América, que yo mismo inventé la bombilla y hasta les puedo asegurar que los hombres tienen pene y las mujeres vagina, pero no debería esperar que la realidad cambie por mis deseos.

Negarle a un hijo el conocimiento sobre la diversidad sexual es como negarle la posibilidad de conocer las raíces cuadradas. Es más, a lo largo de su vida probablemente acaben usando más lo aprendido sobre diversidad, que las raíces cuadradas.

Los poderes públicos no pueden tolerar que se denomine adoctrinamiento a la mera explicación de la realidad. Contar que los seres humanos se pueden amar indistintamente de su sexo está al nivel de que el dividendo es igual al divisor por el cociente más el resto.

De la misma forma que espero que la educación forme en matemáticas, física, lengua, biología, etc. a nuestros hijos, espero que lo haga con cuestiones sexuales puramente objetivas. “El clítoris está aquí y se estimula así, la penetración es así, todas estas zonas son o pueden ser erógenas, esta práctica tiene estos riesgos, esta otra estos otros, las relaciones sexuales requieren de una voluntad compartida, aquellas prácticas sexuales que se hagan con el consentimiento mutuo y conociendo los riesgos son válidas,…..”

El espacio de los padres no es un pin que evite conocer la realidad, es trabajar con sus hijos los hechos ciertos. Si tras estudiar en el colegio la Guerra Civil los padres luego quieren contar a sus hijos que que fue algo necesario para frenar al comunismo están en su derecho. Pueden decirle lo que quieran de los rojos, de los republicanos, de los fachas o de las Brigadas Internacionales, pero no tienen ningún derecho a evitar que se explique que la Guerra Civil ocurrió, lo que supuso y cómo acabó.

El pin parental es, por tanto, la mayor forma de adoctrinamiento en tanto evita a nuestros hijos poder formar su propia opinión con la mayor cantidad de recursos posibles. Es evitar la realidad a los hijos por una falta de argumentos que en casa puedan negar la diversidad sexual. Es negar la homosexualidad como algo real creyendo que así se evita. Es reconocer que los argumentos morales de esos padres no se sostienen ante la evidencia de lo real.

Y de eso no tienen ninguna culpa ni los profesores, ni las escuelas, ni las asociaciones, ni los comunistas, ni los podemitas, ni los rojos, ni los depravados. La moral es cosa suya, es su labor transmitirla, es su trabajo hacer frente a las contradicciones que pueda tener sin que sea el Estado el que saque las castañas del fuego. Ejerza su libertad como padre, ya que tanto lo reclama, pero de la posibilidad a su hijo de tener herramientas suficientes para ejercer la suya.

Porque usted, como padre, tiene derecho a engañar a su hijo en su casa o a tratar de ocultarle la realidad -allá su conciencia-, pero no a que la sociedad colabore en su mentira o reste posibilidades a la formación de su hijo para que pueda ser igual de libre que usted.

Institucionalizados

Nuestra democracia está en mejor forma que nunca. Cuando más la acusaban de débil y frágil, su maquinaria lenta y constante ha logrado mutar a sus enemigos sin apenas inmutarse.

Lejos de romperse España, el “sistema” acaba de asimilar, de golpe, a un número considerable y variopinto de políticos que hasta hace bien poco sólo defendían su ruptura, denostaban sus logros y amenazaban a ese supuesto régimen con su fin inmediato. El asalto a los cielos fue anunciado.

Aquellos que durante años fomentaron la ruptura y se valieron de llevar al extremo los fallos de nuestra democracia para justificar su demolición, hoy llaman Rey al Rey, se integran perfectamente en esas estructuras del Estado que señalaban como corruptas, callan ante nombramientos que apenas hace unas semanas ejemplificaban la podredumbre del régimen político y pasan a vivir exactamente como aquellos  a los que señalaban por vivir bien.

Sin hacer nada extraordinario, más bien algo tan cotidiano en una democracia como es la formación de un Gobierno, todas las voces que clamaban por un nuevo sistema han pasado a ser parte activa del mismo.

Con su sueldos, con sus prebendas, con sus títulos, con sus despachos, con su todo. Todo lo que antes resultaba, por lo visto, insoportable.

No es negativo, todo lo contrario. Salvo que no haya sido un cambio por convicción. Es decir, si han descubierto las bondades del sistema, lo útil que resulta para los españoles y lo extraordinaria que es nuestra democracia en el mundo nada que objetar. Se confundían entonces, cuando decidieron proclamar los fallos del sistema como si fueran fallos sistémicos. Nada que ver una cosa con la otra…

Si es una trampa y en realidad se han colado en las entrañas del sistema para acabar con él desde dentro, el peligro es mayor, pero lo cierto es que lo disimulan perfectamente. Si es esto, chapó por la actuación y se merecen derruir lo que consideren necesario.

Tiene pinta, a riesgo de equivocarme, de ser lo primero. De haber descubierto que la reforma es más efectiva que la ruptura. Esto es una alegría suficientemente grande como para olvidar todas las broncas que durante años nos han soltado acusándonos de ser poco menos que “colaboracionistas” con una especie de Estado opresor mandado por las élites a las que servíamos gustosos por un puñado de privilegios.

Ahora, a ellos, la institución les ha absorbido, fagocitado, convertido en parte del sistema.

Si no se olvidan de los errores que había que solucionar, de aquello que en sus primeros mítines era tan terrible y hacen por cambiarlo, no quedará menos que seguir felicitándose porque nuestra democracia, cuál organismo vivo, sigue regenerándose.

 

¿Cómo parar a VOX?

Resulta que faltan pocos días para unas elecciones en las que un partido de ultraderecha puede lograr ser tercera fuerza en España.

Y así, de golpe, entra el pánico y las prisas. Las manos a la cabeza, la desesperación, las llamadas urgentes al voto útil para frenarles y la habitual táctica de llenar las redes sociales de ataques a “esos fachas”.

Entras a leer tweets, posts en Facebook, artículos y todos están en lo mismo. Hasta se aplaude -desde la izquierda- a Aitor Esteban por no darle la mano a Espinosa de los Monteros. Una y otra vez leemos “que al fascismo ni agua”, “no se debate con fachas”, “se debe ilegalizar a la ultraderecha”, “no deberían tener espacio en los medios”,… y un largo etcétera.

Pero resulta que los ciudadanos que han dado el paso de votar a VOX lo han dado sabiendo que en Twitter les llaman fascistas, que son mediáticamente la denominada ultraderecha, que son clasistas y  todo eso a pesar de haberles visto poco o nada en televisión.

Parar a Vox obviando su existencia, silenciándolo, negándole la presencia en un debate o -ya en el extremo- ilegalizando el partido es como vencer a una enfermedad negándose a hacerse los análisis pertinentes, no tomándose la medicación para no aceptar su existencia o prohibiendo por ley que las enfermedades maten.

Puestos a seguir con el simil, de lo poco efectivo que tenemos es la vacunación. Y eso lleva tiempo.

Hay que empezar con un calendario de vacunación desde una edad temprana, ofreciendo dosis controladas de su populismo (y de otras versiones igual de peligrosas) y entrenando a nuestro cuerpo a generar argumentos y valores que impidan la propagación del virus. Construir una moral sólida, unos principios de solidaridad entrenados y puestos a prueba…

Hay que estar en contacto con ellos, conocerlos y debatir primero en entornos seguros en vez de encerrarnos en grupos de amigos (reales o en Redes Sociales) donde sólo se piensa lo mismo. Aquello de leer otros medios o escuchar otras radios ayuda. Si surgen dudas, toca volver a repasar textos clásicos, salir de viaje, conocer otras realidades. Pero no obviarlos ni quedarnos en un mero señalamiento. Decir “son malos” es tan efectivo como decirle a un niño que no toque algo. Todos sabemos como acaba.

De la misma forma es fundamental no pasarse, no acabar en el misticismo de la maldad absoluta. Porque, ahora sí, disculpen el simil usado, no es una enfermedad que mata. No es el mal absoluto formado por gente malvada que quiera acabar con todo.

Esa descripción, esa reducción al absurdo es -y vuelvo- como tomar antibióticos para parar un virus. Lo único que se logra es fortalecerlo.

Vox se basa en verdades, sobre las que construye su realidad interesada. Señala problemas reales y aplica soluciones simplistas señalando enemigos externos. Pero tanto las verdades como los problemas que señalan existen.

Su éxito, por tanto, no es la maldad intrínseca, es la ausencia de respuestas mejores para dichos problemas o la incapacidad para haber sabido explicar de forma convincente respuestas más complejas y efectivas.

Hay que reconocer los problemas y hay que evitar una política rápida, irreflexiva, donde el titular breve copa y tapa un análisis profundo. Más claro; debemos dejar de jugar en su campo y con su balón.

Hay que tener la pelota. Posesión, y que corran tras ella en vez de ir al contacto directo en cada jugada. Va a salir un partido más aburrido para las televisiones, eso seguro, pero nos van a meter menos goles.

Por último, hay que ser firme pero respetuoso. Porque si dejamos de dar la mano a quien no deja de ser un vecino, otro español, un compatriota, estamos separándonos y ahí nos vuelven a ganar. Odiar nos viene fatal, debilita nuestras defensas y su discurso en cambio se refuerza. (Ya saben; el desconocimiento del otro lleva el miedo y… el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento y el sufrimiento lleva al lado oscuro)

No son enemigos, ni esencialmente malas personas. Asumamos que quieren lo mejor para este país, como el resto. Hablemos más, mucho más. Sin parar. Hagamos más preguntas, pidamos más respuestas.

¿Cómo harían ustedes eso? ¿Y si siguen saltando el muro de 25 metros de altura en Melilla qué hacemos? ¿Y cómo garantizamos la cobertura sanitaria universal? ¿Si no damos asistencia a los inmigrantes no acabará siendo más costoso por propagación de enfermedades, acceso a urgencias, etc? ¿Cómo van a definir quiénes pueden entrar y quienes no? ¿Qué van a hacer con quienes se sienten nacionalistas y respetan la Constitución? ¿Y si entre todos los españoles queremos cambiar lo que es España?

Se me ocurren infinitas preguntas. Muchas de ellas no me las han podido responder nunca porque en demasiadas ocasiones dicen barbaridades que no se sostienen con un mínimo de debate. Pero indignarse ante una barbaridad y no contestar por suponer que se responde sola o porque nos sintamos “manchados” por tener que considerarla es dejarla en el aire, flotando hasta los oídos de quien, tal vez, no sepa responderla.

Y claro, tengamos nosotros respuestas sin obviar los problemas, sin negarlos y sin miedos a la corrección pública. Como tener una izquierda que hable de España con orgullo, por ejemplo. No sólo de lo maravillosa que es nuestra Sanidad pública, ni lo buenos que somos en donaciones y transplantes. También una que defienda su historia, reconozca su pasado y dé el valor de ser español a quienes lo son y a quienes quieren serlo.

Asumir que en cosas tienen razón, tener buenos amigos de Vox o tomar unas cañas no es “normalizar el fascismo”, ser “colaboracionista del mal” o cosas parecidas. Es poder plantearles otro punto de vista, es mostrarles otras realidades y soluciones y hasta demostrarles nuestra oposición a lo que proponen por el daño que podrían hacer.

Porque estamos todos en lo mismo. Porque al final queremos cosas simples como ver más a nuestros hijos, mejorar en el trabajo, vivir mejor, quedar con los amigos, jugar un partido, tomar una copa el viernes… y si hay cosas esenciales que nos unen y las fortalecemos, les costará más incidir en lo que nos separa y aprovecharse de ello.