Política lamentable

No parece quedar sitio para la política en España. Estaba maltrecha antes del 15M, con aquellos gritos sobre lo poco que representaban a la sociedad los políticos de entonces, pero desde aquello la tendencia ha sido a peor.

Los nuevos partidos crecieron nutriéndose del odio a lo anterior, responsabilizando de todo a la vieja clase política y prometiendo un futuro bondadoso y cercano que iba a cambiar todo para bien.

Pero siguieron enfadados. Siguen enfadados. Ahora incluso se enfadan desde el Gobierno.

Sinceramente, no han aportado ningún tono nuevo, más bien han enturbiado más las relaciones y lejos de ser una opción balsámica que facilitara acuerdos, han añadido nuevas torres cainitas desde las que soltar poco más que golpes y mamporros.

No se puede soportar el clima actual político en España. Es insultante, amoral, cutre, zafio y destructivo.

Da igual si hay una pandemia global o si estamos entrando en la mayor crisis económica en siglos, que desde los escaños se siguen abofeteando con los restos guerracivilistas de padres, abuelos y títulos.

Tal es así, que unos acusan a los otros de ser instigadores, justificadores y promotores de la violencia para normalizar su propia respuesta violenta como “legítima defensa”. Trato de no hacerlo, pero me viene a la cabeza un momento parecido, relatos de un escenario prebélico que se excusaba en las mismas patrañas.

Si eso es todo lo que pueden aportar los políticos hoy, estando como estamos, debemos concluir que sus capacidades y talentos son lamentables.

La pregunta que no(s) hacemos

Las grandes palabras esconden una realidad más oscura, sucia y complicada. En política, lógicamente, el uso de estas palabras es esencial.

Pero la política lleva a la gestión. Cuando una campaña (de comunicación) termina y los pactos se cierran hay un ganador, alguien al que le toca tomar decisiones. En España se actúa como si se siguiera en campaña, pero en realidad eso no es posible cuando hay que gobernar. No estar en el gobierno, que es otra cosa.

La división política en España gira ahora en torno a un debate de dos grandes ejes; Sanidad o Libertad. No entremos en la justicia o injusticia del uso de los términos, asumamos que irremediablemente así están sobre el tablero.

La cuestión de la Sanidad recae en el eje de la izquierda ideológica casi de forma automática y porque la gestión de la derecha en España de tal sector no es un fuerte para ellos. Así, el concepto del cuidado, de sanar, de salud es la bandera de “los unos”.

“Los otros” han tomado la de la Libertad. La libertad para salir a la calle, la de tomar nuestros riesgos, la de poder abrir comercios, la de no atender a las recomendaciones de este Gobierno. Este concepto no es tan espontáneo, pero tiene una fácil asociación con un liberalismo económico que sin duda lo respalda.

A simple vista es un debate, como decía, de grandes ideas. Salud o Libertad. ¿Qué va antes? Dos o tres tratados de filosofía podríamos hacer.

Pero no está ahí el debate. Esos términos con los que se combate en público esconden la pelea real, la que todos conocemos pero también nos negamos.

¿Cuántos muertos diarios son aceptables, normales, como para volver a abrir todo?

En eso estamos. Seguimos creyendo que no nos pasará a nosotros, que ha estado cerca, pero que estamos a salvo, que es cosa de mayores y débiles. Por mucho que las evidencias y los médicos nos dicen lo contrario, creemos -como grupo- que estamos más a salvo de lo que nos cuentan.  No estamos tan asustados como para pensar únicamente en nuestras vidas.

El enfrentamiento no es de Libertad o Sanidad Púbica, la pelea está en cuántas personas muertas al día son aceptables para volver al trabajo, para volver a los colegios, para abrir las tiendas y los bares.

Así de crudo. Hasta el Gobierno, que lógicamente preferirá que la apertura llegue cuanto más cerca del cero estemos (y su gestión debe ir encaminada a ello), tiene que asumir que muy probablemente salvar a todos pueda ser a la vez la condena de toda la economía y lo que eso supone.

La situación ideal de cero muertos y economía abierta no se va a dar, desgraciadamente. Ya nos lo han dicho con otras palabras; aplanar la curva, desescalada, cifras estabilizadas, salimos “con” la pandemia y no “de” la pandemia, nueva normalidad…

Ahora estamos en la guerra sobre quién define la balanza hacia un lado u otro, aprovechando la (mala) gestión de unos y otros por tener que tomar esta decisión desde un punto tan alejado del ideal (0 muertos, todos activos)

Si escuchan, es fácil de ver en los argumentos de los debates:

“Ninguna vida vale más que un negocio que cierra”

“Hay que permitir a la gente trabajar, muchas familias no tienen ya para comer”

“No me ha matado el virus y me va a matar el hambre”

“Se puede recuperar un trabajo pero no a un ser querido”

“No vamos a dejar nadie atrás”

“He tenido que cerrar mi negocio y no puedo pagar el alquiler”

Podemos incluso estar de acuerdo con todas ellas a la vez. Nosotros, pero el que gobierna tiene que elegir. Porque la nueva normalidad (fíjense qué bonito) es volver a salir a la vida, asumiendo que unos cuántos morirán por ello (fíjense lo terrible que oculta).

Las responsabilidades políticas tienen que ver con lo mencionado antes. Hay países que tomarán esta decisión más cerca de “todas las vidas salvadas” y otros más lejos. Por muchos factores, sí,  pero también por cómo han gestionado la crisis.

Anexo esperanzador: Nuestra salud no depende exclusivamente de la decisión del Gobierno. Usted puede extremar las precauciones, usted puede decidir irse a un lado de esa balanza. Usted puede mantener la distancia social, usar mascarilla… Podemos hacer que la decisión sea lo menos dolorosa posible poniendo todo de nuestra parte por no arriesgar la vida de nadie o podemos salir a manifestarnos con cacerolas en plena pandemia.

Anexo 2: Seguro comparto con la mayoría de los lectores la indignación por estar así, por estar viendo esta pelea. Y el miedo, el miedo de que al final uno no sea tan fuerte y le toque. Pero todos los países están en la misma pregunta y algunos, en la respuesta…

Una filloa pendiente.

Este texto nunca debió ser leído más que por una persona.

Esa persona debía memorizarlo y a ser posible, en gallego. Era lo justo, lo correcto.  Su espacio no es este, no se tecleó para aparecer en una pantalla, encerrado, sino para disfrutar de una fiesta abierta, en la que el esfuerzo de cientos de vecinos hacen que la Filloa de Muimenta sea tanto como merece.

Ahora más que nunca se notan las diferencias importantes, las distancias, lo que perdemos. Claro que pensamos en la familia, claro que no tenemos más remedio que acordarnos del trabajo, pero en la ecuación faltan piezas importantes.

Compartir tiempo juntos. Esa era la ideal central de un pregón que no podré dar hoy, pero que espero me reserven para más adelante y así no perder el honor de poder ser parte de A Festa da Filloa de Muimenta. Poner voz a la dedicación diaria que conlleva, a la apetitosa acumulación de filloas y al compromiso de tantos por mantener viva una tradición tan esencial es un regalo que espero poder compartir lo antes posible con todos ellos.

Vamos a necesitar más que nunca recuperar estos momentos, para volver a sentirnos juntos. Para volver a saber que el paladar no reconoce distancias, sino que se deleita con los sabores. Fácil, si hablamos de filloas.

Estar uno al lado del otro, para mejorar al resto. Es algo que ya sabíamos hacer mucho antes de que una pandemia nos pusiera a prueba y es precisamente lo que nos está robando en estos días así que no cejemos en el empeño de recuperar lo que es nuestro, lo que nos hace ser como somos.

Me pidieron brevedad para el pregón, y voy a respetarlo incluso por escrito.

Celebremos la fiesta, compartamos nuestra comida, bailemos la música que suene y no olvidemos que dentro de poco estaremos rebosantes de felicidad… y de filloas.

Yo, el primero.

#Filloa #FestaFilloa #FestaFilloaMuimenta

La novela que no sale

Qué rematadamente difícil es escribir una novela cuando deseas hacerlo pero se ahoga en la primera fracción de segundo, cuando desaparece nada más haber aterrizado.

No va, incluso cuando se la fuerza como a un motor. Ni escribiendo a trozos, ni saltando a artículos, ni metiendo aceite con breves relatos para que fluya.

No está apagado, es peor. Se puede seguir escribiendo, pero sin que se cuente lo que en realidad se desea narrar. Hay que contar algo, pero qué. El cómo está, se ha probado y aún pudiendo perfeccionarlo -siempre- no se olvida.

El vacío de pensar que no hay nada que contar, cuando es lo que apenas sabes hacer medio bien. Se puede dejar de ser, aún sabiendo hacerlo.

Poder describir un momento, la luz que lo acompaña y los ruidos que lo dotan de sentido. Esas manos apoyadas en el sofá, con el mando de la televisión agarrado por inercia. En la televisión dibujos que les han obligado a poner en inglés, lo que hace que su interés baje por minutos pero que compiten todavía contra cualquier otra nada en la que les ha metido la cuarentena interminable. Paseo de ida y vuelta al desayuno frío que sigue en la mesa porque el porque el pequeño no termina nunca y de nuevo ante la pantalla, para joder al mayor. Gritos, empujones y el mando más agarrado que nunca. Ser mayor es tener ese mando.

Y se puede describir para nada, como ahora. Que es lo peor. Trozos que acaban acumulándose en olvidos, en breves emociones de que casi esa vez sí.

Acción, todo es movimiento y las cosas que van pasando, te dices. Pero pueden ocurrir y que tampoco sean nada, como casi todo lo que ocurre últimamente.

Y eso que el labio le sangraba, sumándose a un rostro descompuesto por los golpes. Apoyado en los codos, primero el brazo derecho y luego el izquierdo, de nuevo en pie. Apenas le podía ver ya, lo justo para esquivar de nuevo un par de golpes que sabía le llevaban a la trampa de otro que impactaría sobre él. Tal cual. Dejó no solo de ver, sino de sentir. Se ahorró el duro contacto contra el suelo y el ruido de su tabique al crujir por completo.

Abandonado, se levantó cuando por un extraño motivo sus ojos se abrieron un instante, borrosos, pegados y limitados por la inflamación de sus pómulos y la nariz. Ni cartera, ni reloj, ni móvil. No esperaba menos.

Llegó a la calle principal dando más asco que pena; lo notó por la ausencia total de ayuda. Se tiró sobre un par de personas, que se negaron a servir siquiera de apoyo. No le importó demasiado, pero en una de esas caídas la rodilla no sonó  bien.

Cojo siguió, como podría yo seguir narrando su historia. Con el mismo poco sentido, las mismas pocas probabilidades de llegar a algún sitio y con menos todavía de que alguien evite que este nuevo texto caiga al suelo.

Otra vez que no, que nada. Puede que no lo noten, pero esto es agobiante.

 

Después, seguiremos igual

Si el coronavirus pasa, si realmente pasa, es muy probable que nada cambie.

No seremos una sociedad diferente, no se alterarán por completo nuestras costumbres, no habrá un renacimiento en nuestras formas de convivencia.

Si pasa, nos olvidaremos del vecino con el que aplaudimos porque volveremos a no tener casi nada en común, volveremos como locos a nuestras rutinas, no nos pondremos más mascarillas y llenaremos los bares. Será cuestión de tiempo. Salvo que después de este coronavirus venga otro y otro de manera seguida, salvo que a partir de ahora vivamos luchando contra un virus nuevo de forma constante, no vamos a cambiar.

Cambiar hábitos y costumbres lleva vidas enteras. Un mes -dos meses, tres meses- encerrados está muy lejos de hacer que una sociedad cambie, sobre todo cuando hablamos de comportamientos esenciales.

No vamos a ser mejores. Ni peores. Es mentira que no valoremos la Sanidad. A la Sanidad la valoramos muchísimo, más cuando hay una crisis, pero de aquí a que volvamos a votar habrá otro foco de atención.

No se nos olvidará lo ocurrido, tendrá más espacio en los discursos de campañas cercanas, pero nos diremos que ya ha pasado, que hay más cosas, que ahora el problema es otro. Como siempre.

Si fuéramos de otra forma, si como sociedad se actuara aprendiendo a la primera no habríamos llegado a este punto tan desastroso. Hay que presuponer que seguiremos contaminando, usando el coche, dejando el teletrabajo abandonado. Bueno, tal vez teletrabajemos más, pero porque la tendencia ya estaba iniciada, la costumbre nueva estaba ya en marcha y esto ha sido un acelerante.

No es pesimismo, es evitar lamentos cuando salgamos. Es rebajar la épica, para que el golpe no sea tan duro. Ahí fuera no ha cambiado nada, ni nosotros lo suficiente salvo que -una vez que pase- nos lo propongamos. Pero será, de ser, una decisión colectiva que está por venir y que conlleva hacer un cambio, no creer que lo vivido lo ha sido.

Lo que más durará será el miedo y las -terribles- consecuencias económicas. Justo los dos factores que menos tienden a hacer a las sociedades mejores en conjunto.

En ese día de mañana seremos igual de egoístas, de superfluos, de apasionados por los futbolistas, por Instagram, por la moda, por las playas y las terrazas. Mandaremos al distanciamiento social, día a día, cada vez más lejos mientras nos vamos acercando.

Porque es lo que somos, es a lo que tendemos.

Este confinamiento quedará en las pequeñas cosas, en las imperceptibles, pero no en las grandes. Quedará en ese extra de latas de conservas que compraremos por si acaso, en ese lavado de manos un poco más intenso, aunque se vaya haciendo menos frecuente. En taparnos un poco más al toser, en saludarnos un poco más afectuosamente en el bloque si nos cruzamos. Casi todas, cuestiones individuales no sociales.

Hasta la economía, luchará por volver a lo que sabe.

La prueba es que no es la primera vez que pasa.

Foto: Desinfectando a Pericles. Murió en 429 AC, por una epidemia.

 

Hay que atacar al Gobierno

Cada queja, ataque y petición al Gobierno es una buena noticia. Reclamarle, ponerle a parir, incluso pedir dimisiones es, en estos momentos de crisis, un maravilloso síntoma de que lo importante sigue en pie.

La alternativa es peor. Teman, de verdad, cuando no haya menciones a lo mal que lo hacen unos u otros porque entonces estaremos al borde del caos absoluto. Cuando a nadie le importe lo que haga o deje de hacer el Gobierno (nacional, local, el que sea) -esperemos que no lleguemos a eso- se habrá acabado todo tal y como lo conocemos.

Estamos mal, pasándolo como no lo habíamos pasado en años, pero la máquina sigue en marcha incluso cuando casi todo está parado. Eso es tan bueno, que casi no nos damos cuenta. Nuestro sistema social y político está resistiendo y hay que lograr que siga haciéndolo.

Toca dar las gracias por seguir teniendo oposición y porque puedan dedicarse a atacar y fiscalizar al Gobierno. Dar las gracias porque los medios sigan, incluso los que venden bulos. Aunque el motor no sea ahora mismo el mejor del mundo, es un lujo que siga carburando casi en modo normal.

Todo lo malo que estamos viendo es en realidad un buen síntoma, no debemos olvidarlo.

El resto, como sociedad, vamos también a seguir cometiendo errores, por perfectos que nos creamos. Somos, por naturaleza, seres sociales habituados al exterior y llevamos casi un mes encerrados así que no tratemos de ser maravillosos.  Tratemos de aguantar porque esto no es normal. Así de sencillo, no estamos hechos para esto.

Vamos a criticar, vamos a creernos los bulos, nos vamos a indignar, vamos a gritar contra los políticos, contra los vecinos que pasean a sus perros, vamos a desesperarnos, a tener ansiedad, a ir un día a comprar el periódico aunque no sea esencial. Es normal porque cada uno tiene su lucha, hace lo que puede, como puede. Igual que los gobiernos.

No se pueden hacer bien las cosas cuando todo está mal, porque ni siquiera las hacíamos perfectas cuando todo estaba bien.

Critiquemos y aprendamos a ser criticados. El Gobierno no lo va a hacer bien, nosotros tampoco todo el rato y no pasa nada por decirlo, por desahogarse un poco. Lo importante es que juntos sigamos manteniendo ese frágil pacto social que apenas vemos pero del que dependemos todos.

Sintamos la fuerza de la solidaridad, la esperanza de que cada vez estamos más cerca del final y de que esto pasará.

Porque poder decir “a estos no les vuelvo a votar”, convencidos de que es cierto y que ocurrirá, vale oro. Significa que todo lo importante sigue en pie.

 

Seremos diferentes

Más despacio, menos cosas, más sencillo.

Cuando íbamos más rápido, más cosas hacíamos y más complicadas parecían.

Frenazo, de golpe. No somos uno, somos montones, una sociedad entera. Tanto que lo que hacemos tiene consecuencias inmediatas en el otro y viceversa. Resulta que nuestra salud, la de la gente que amamos, depende de lo que otros hagan, de lo responsables que sean, de la empatía que tengan.

Despertamos en sociedad, tras un sueño individual largo y profundo. Un despertar abrupto, como no podía ser de otra forma.

Lo que se daba por supuesto cierra, lo que nos permitía escaparnos se ha vuelto peligroso, contagioso. Y no podemos vernos, justo cuando creíamos que no hacía falta que lo hiciéramos.

Ahora echamos de menos, descubrimos lo vacío que es un mensaje en el móvil, lo ausente de una videollamada. Vamos a apreciar todo aquello que nos parecía una herencia atrasada de una vieja sociedad no adaptada todavía al online.

Y lo contrario. Porque sí se puede trabajar más desde casa, sí se puede abrir menos y tener más tiempo. Porque sí se puede contaminar menos, muchísimo menos, con medidas realmente efectivas. Menos reuniones por reunirse, perderemos ese mal hábito. El trabajo, por proyecto,  no por tiempo. No se nos va a olvidar que se puede.

Conocer al empresario. Al local y al grande. Descubrir que están mucho más cerca de lo que creíamos y sentir lo que nos necesitan. Un consumo consciente, que permite el trabajo a quienes hemos visto perderlo o llorar por mantenerlo.

Innovar, adaptarse. Nos toca volver a hacer cosas en vez de comprarlas.

Seremos diferentes, pues es lo que nos sucede cuando vivimos aquello que creíamos que no viviríamos. El mundo cambia, como cuando cambia al tener un hijo. Pero de golpe y a la vez, todos.

Ese todos nuevo, fortalecido. La realidad demostrando lo conectados que estábamos cuando menos queríamos verlo. Puede que incluso entendamos a los que huían de otros virus, con otras formas, hacia nuestras fronteras.

Aquí estamos, cuidando lo que hacemos por los nuestros y por los otros. Al alza la ética y una nueva moral social cuando más bajo cotizaba, cuando no aparecía ni en las apuestas.

Guardemos y cuidemos esta experiencia de lo público, del esfuerzo común y del sentirse una parte esencial del todo. Nunca dejó de ser así, ni cuando éramos incapaces de verlo porque no aparecía en nuestros móviles. Siempre, sin excepción, lo que hacemos individualmente tiene un eco en la sociedad. Estaba costando enseñarlo, hacerlo ver, hasta ahora.

Volvemos a vernos con ganas de volver a vernos.

Igual nos cura el Coronavirus

Egosimo, superviviencia, sálvese quien pueda. A por mascarillas, terminemos con las existencias de papel higiénico, vaciemos los supermercados, colapsemos las urgencias y exijamos la devolución de todo nuestro dinero, cancelemos las reservas, encerrémonos en nuestras cuevas.

Y por un virus que ni nos convierte en zombis, ni nos convierte en monstruos malditos.

Nos hemos acercado demasiado al caos por demasiado poco y eso es mucho más preocupante que el Coronavirus.

Es en situaciones como estas – cuando se toman medidas para controlar un virus y hacer bajar la tasa de contagiados y no para evitar la extinción de la civilización humana- cuando precisamente se debería haber actuado con un compromiso doblemente social, en vez de estar a un paso del saqueo de tiendas.

No es ya la necesidad de comprender que debemos dejar las mascarillas para quienes de verdad lo necesitan, o que no hay necesidad alguna de hacer compras para meses de aislamiento estando precisamente así expuestos en sitios cerrados con más gente, es entender que estamos ante un momento que exige un esfuerzo solidario compartido.

Objetivamente estamos lejísimos de llegar al punto de “sálvese quien pueda”. Si llega, yo les aviso, que soy devorador insaciable de series y películas apocalípticas. Estamos más bien en una situación donde el caos sólo puede darse por una creación voluntaria nuestra. Si se da es por nosotros, no porque el virus tenga capacidad de crearlo.

Es decir, estamos creando socialmente unos síntomas críticos para un virus que por sí mismo no es capaz de provocarlo.

El colapso de la Bolsa es social y la posible quiebra de empresas igual. Eso no lo va a hacer el virus, lo haremos nosotros si seguimos cayendo en esta espiral paranoica.

Si una empresa que nos presta servicios se queda sin posibilidad de prestarlos precisamente por las medidas tomadas en favor del control del contagio está en nuestra mano el compromiso social de no exigirles más de lo que la propia empresa pueda dar.

El Gobierno, por malo que sea, tiene capacidad para ir frenando la expansión del virus. Sabe del riesgo de colapso del sistema sanitario, de sus límites y las medidas que puede ir tomando. En cambio ningún gobierno, por bueno que sea, puede hacer frente a una situación de caos general provocada por el egoísmo y el afán irracional de supervivencia.

Porque somos una sociedad y mientras actuemos como tal podemos reaccionar. Si nos convertimos en individuos aislados luchando unos contra otros ahí no cabe ni estado, ni gobierno ni nada. Les aseguro que lo echaríamos de menos porque ahí crecen los peores virus.

Viene bien recordad que las medidas que estamos “sufriendo” son preventivas (¡por fin las hay!) y no resultado del descontrol de la enfermedad. Se trata de evitar llegar al punto crítico, luego no hemos llegado todavía.

Seamos sociales, más sociedad, aunque sea mejor no estar en contacto durante unos días.

Es el momento de ver más al otro sin que esté delante. De ver a quien realmente necesita la mascarilla, de ver a las personas mayores que no pueden ir a hacer la compra luchando contra masas vaciando los supermercados y de ver a los empresarios que van a tener que cubrir unas pérdidas por el bien de todos.

Pensemos más en el otro que en nosotros y el Coronavirus pasará a la historia. La respuesta individual es inútil, debe ser social, colectiva, coordinada.

Una pena que nos haya pillado esto en un momento general tan individualista, en horas tan bajas como sociedad que facilita su expansión hasta el infinito. Es cierto, pero quien sabe, igual el Coronavirus nos acaba curando ese mal. Si no lo logra curar, ahí sí que vamos a sufrir…

Todo es mucho menos

Hasta los 65 no logró tener  la butaca que siempre quiso, la que había visto en tantas películas malas y en las casas de los amigos de sus padres, cuando era pequeño, frente a una ventana o una chimenea.

Una plaza, orejón, blandito. En realidad se sentía como un trono pero irremediablemente hortera. Las probó de diseño, pero no era lo mismo. Porque no era para leer, ni para ver la tele ni mucho menos para conversar con otros. Era para estar. Y estar necesita poca floritura, sólo facilidades para seguir estando.

Ese lugar para la siesta que tanto tiempo le había costado tener estaba ya, quince años después, prácticamente descolorido y adaptado a sus formas. Donde uno estaba doblado, el otro igual. Esas butacas son pura simbiosis.

Ahora era un espacio de verdadera filosofía. Esos minutos de reflexión, entre terminar la comida y desaparecer en el sueño correspondiente, acumulados, habían formado todo un tratado sobre la vida.

De lo que se arrepentía, de lo que le quedaba y sobre lo que apenas ya soportaba. Tenía claro que había trabajado demasiado y para satisfacciones esencialmente vacías en el tiempo. Haber sido el mejor no le había hecho mejorar al mismo nivel, en realidad casi a ninguno. Toda una vida arriba del todo y ahora le importaba una mierda.

Tuvo mucho, esencialmente todo aquello que ahora no necesitaba nada. En su momento creyó que sí, que más adelante se aprovecharía todo lo acumulado. Pero no, la verdad es que no. Algo el dinero, pero en realidad menos de lo calculado y sudado.

Ahora quería tiempo y ganas, justo aquello que gastó en lograr todo lo que ahora no necesitaba. Un desastre organizativo de vida. No le parecía un mal particular, mas bien algo especialmente extendido.

En cambio, no olvidaba un viaje. Ni el más corto de ellos, ni el más irrelevante. Esos cubrían sus recuerdos con una intensidad mayor que cuando los vivió. La mente, al menos la suya, eran grandes imágenes guardadas, fijas, inolvidables.

Dunas infinitas sobre las que trepaban sus hijos, océanos brillantes en los que entrar tiritando de frío, pueblos llenos de colores con iglesias incoherentes, aquella cerveza en la calle de atrás del Zócalo, ver el sol bañarse desde Oia…

Su conclusión, tras asumir que la misión de su cerebro y su cuerpo era sobrevivir lo máximo posible, era que aquellos y sólo aquellos recuerdos son los que nos mantienen vivos, los que dan sentido precisamente a seguir. No había espacio ahora para recordar cómo ganó su primer millón a pesar de sus intentos, pero sí para esa barbacoa en la cima de una colina en Cantabria, aquel enero abrasador.

Y no era algo nuevo. No era cosa del sofá, ni de los años. Ahora simplemente tenía más tiempo para verlo y entenderlo, pero cuando cerraba los ojos con 30, con 40 o con 50 y no se quedaba inmediatamente dormido por el cansancio, estaban las mismas imágenes.

Eso somos, pensó. Y luego ronquidos.

 

 

El barco

Flotando estaba. Nadie recordaba desde cuando, porque nadie que estuviera vivo lo estaba al zarpar.

No seguía las corrientes, iba a su propia deriva, no a la que le marcaban las olas. Ni el motor funcionaba. Navegaba por donde lo hacía, sin más. De vez en cuando se acercaba a alguna orilla y desde ahí podía ser visto, ser fotografiado y subido a Instagram.

Así que existir existía, incluso sin tener razón, sentido o identificación alguna. Vivo no estaba, ni vivía allí nadie porque jamás vieron persona alguna al timón, o en sus cubiertas. Tampoco era tan grande como para que alguien  pasara años enteros sin salir de los imaginados camarotes.

No encontraron armador que reconociera tan obra, ni bote parecido en otros mares u océanos. Quien trató de copiarlo, en base a la mera observación desde lejos, logró hacerlo, pero sus obras jamás sobrevivieron a la botadura.

No podía flotar, estaba mal hecho, decían los mayores expertos. Pero ahí seguía, negando con cada ola que rompía las teorías más asentadas de la más pura y elemental física.

Se alejaba de quien se acercaba, nunca se supo si casual o intencionado. Visto desde abajo, cuando enviaron para ello a un submarino, no podía ser más normal.

Pasaba de moda cada cierto tiempo porque no había más que lo que había. Un barco que flota sin destino, sin sentido y sin motivo para hacerlo pasaba de portada a sucesos a la misma velocidad a la que se alejaba de las playas donde era avistado.

A pesar de eso seguía. Navegaba igual de perdido cuando estaba en portada de los diarios que cuando desaparecía del papel y los telediarios. Tampoco eso afectaba.

Unos jóvenes científicos lanzaron un cohete al espacio para seguir su trayecto, actualizado segundo a segundo. Desde una web veías siempre dónde estaba, si querías.

Años después asumieron que no iba a ningún lado. Tardaron en asumirlo, porque no estaban preparados para entender que una trayectoria iniciada no tuviera destino. Es decir, que se movía por moverse, que iba por ir.

El satélite dejó de funcionar, pero el barco siguió navegando.

Sin tener por qué hacerlo, sin tener a dónde ir, sin venir de ninguna parte, sin tener motivo para flotar, sin servir para más que estar, ser y navegar.

 

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