Sexo y lo que diga VOX

No entremos en sus debates, no usemos sus palabras, no caigamos en su agenda. Mejor el vacío, mirar a otro lado, silenciar los gritos.

Perfecto, hay teorías que afirman que eso ha funcionado más de una vez y en su justa medida, sin duda tiene efecto. Pero no nos pasemos… de listos.

Hay temas y debates que creíamos superados, como creíamos erradicadas ciertas enfermedades y ahí están de nuevo, infectando a gente. A ningún médico se le ocurriría tratar los nuevo contagios cambiando el nombre al virus, negando sus síntomas u obviando sus consecuencias. Lo que hará es sacar de nuevo las vacunas que tan bien funcionaron en el pasado y se pondrá como loco a usarlas.

Con Vox es algo parecido. La libertad sexual, la libertad de los hijos, la educación, los valores, la moral, el amor libre, el placer, la masturbación y un largo etcétera que teníamos superado resulta que de nuevo se pone en duda.

Por agotador que parezca tener que volver a hablar de esos temas, no puede haber mejor escenario. Nos habíamos creído que por educar a una generación el resto heredaría lo aprendido y nos confiamos, porque siempre hay y habrá terraplanistas que crecen en nuestro silencio, en nuestra soberbia y exceso de confianza.

Fíjense si son buenos temas que en el pasado ya vencimos argumentalmente en ellos. ¿Cómo aceptar que la libertad sexual es un tema de agenda de Vox? Eso sí que sería perder en la casilla de salida.

Lo que toca es esforzarse de nuevo. Debatir del Pin parental todo lo que haga falta, hasta que se muestre y demuestre lo que de verdad es. Toca incidir de nuevo en el amor, de quien quiera hacia quien quiera. Que esa libertad no es privada, que es pública. Que no tenemos que ser libres encerrados en casa o en un armario, que nuestra libertad es una expresión social y que ejercerla no ataca ninguna otra salvo aquellas que desean cercenarla.

Nada me hace más feliz que debatir de temas con aristas, filosóficos. Un placer que la política vuelva a ello tras tantos años de debates agotados y agotadores.

Al fin y al cabo son temas que siempre deberían estar en activo, porque atañen a lo que somos y a cómo nos relacionamos. Debatir sobre ellos nos perfeccionan y nos adaptan mejor a la situación del momento.

La ausencia de estos debates en el espacio de la mayoría provoca que queden en los extremos. No es cuestión de igualarlos, pero ahí es donde dejamos de sentirnos representamos los muchos y son los pocos los que nos hacen posicionarnos más en contra que a favor.

Cuando eso pasa, el espacio común se rompe y hasta Vox puede sacar rédito de aquello que estaba superado. La respuesta no es lo contrario, es volver al escenario común previamente configurado.

Negar las propuestas de Vox, por ser claros, no pasa por abrazar a quienes nos plantean una supuesta heterosexualidad que oprime solo por existir, o que las relaciones heterosexuales normalizadas son la recreación histórica del machismo dominante. No es necesario ir corriendo a la necesidad de la penetración anal al hombre para igualar las formas de relaciones sexuales.

Lo resolvimos bien en su momento. Seamos libres y respetuosos. El que quiera y disfrute de una relación heterosexual que lo haga. Que añada todos los tipos y formas de penetración que mutuamente deseen.

Quieres quieran otros tipos de relaciones, que lo hagan. Que las disfruten.

Y así nos respetamos todos, sin decir al resto cómo deben ser, follar y disfrutar o cómo no deben hacerlo.

En ese punto, en ese respeto a la libertad de cada uno, Vox se disuelve porque no es más que una reacción en negativo a una acción que, a priori se plantea en positivo, pero que en demasiadas ocasiones se ha excedido.

Educación, información, respeto y libertad. Y al sexo a disfrutar.

El pin parental

Son ilusos. O les gusta engañarse. No hay más explicación ante esta tendencia por implementar un “control” sobre lo que se les explica a nuestros hijos en el colegio.

Ese supuesto pin es la exageración al absurdo de la hipocresía de buena parte de la sociedad actual, falsamente preocupada por desconocidos adoctrinamientos en las aulas y que se escuda en la libertad de los padres como mantra absolutorio de semejante chaladura.

No hay duda sobre la potestad de los padres a educar a sus hijos como mejor consideren. Se les puede decir que Dios existe, se les puede enseñar que vale más el dinero que la palabra, se les puede hacer ver que los libros son inútiles, nos pueden ver día y noche pegados al móvil, pueden ver cómo casi no se habla en la mesa, pueden aprender de nosotros a insultar, a denostar, a humillar y a culpar a otros. Somos libres de cometer todos les errores posibles y no hablarles nunca de la ética, ni de la empatía, ni de la solidaridad.

Es más, pueden ver la televisión, ver a nuestros políticos actuar (sin pin, por cierto) y a nosotros mismos comportándonos como trogloditas.

Podemos, por tanto, transmitirles todos los valores que queramos sin que nadie lo impida.

Ahora bien, creer que eso da derecho a evitar que en el colegio se enseñen las cosas como son, trasciende la libertad individual de los padres. Yo les puedo decir a mis hijos que fue su abuelo quien descubrió América, que yo mismo inventé la bombilla y hasta les puedo asegurar que los hombres tienen pene y las mujeres vagina, pero no debería esperar que la realidad cambie por mis deseos.

Negarle a un hijo el conocimiento sobre la diversidad sexual es como negarle la posibilidad de conocer las raíces cuadradas. Es más, a lo largo de su vida probablemente acaben usando más lo aprendido sobre diversidad, que las raíces cuadradas.

Los poderes públicos no pueden tolerar que se denomine adoctrinamiento a la mera explicación de la realidad. Contar que los seres humanos se pueden amar indistintamente de su sexo está al nivel de que el dividendo es igual al divisor por el cociente más el resto.

De la misma forma que espero que la educación forme en matemáticas, física, lengua, biología, etc. a nuestros hijos, espero que lo haga con cuestiones sexuales puramente objetivas. “El clítoris está aquí y se estimula así, la penetración es así, todas estas zonas son o pueden ser erógenas, esta práctica tiene estos riesgos, esta otra estos otros, las relaciones sexuales requieren de una voluntad compartida, aquellas prácticas sexuales que se hagan con el consentimiento mutuo y conociendo los riesgos son válidas,…..”

El espacio de los padres no es un pin que evite conocer la realidad, es trabajar con sus hijos los hechos ciertos. Si tras estudiar en el colegio la Guerra Civil los padres luego quieren contar a sus hijos que que fue algo necesario para frenar al comunismo están en su derecho. Pueden decirle lo que quieran de los rojos, de los republicanos, de los fachas o de las Brigadas Internacionales, pero no tienen ningún derecho a evitar que se explique que la Guerra Civil ocurrió, lo que supuso y cómo acabó.

El pin parental es, por tanto, la mayor forma de adoctrinamiento en tanto evita a nuestros hijos poder formar su propia opinión con la mayor cantidad de recursos posibles. Es evitar la realidad a los hijos por una falta de argumentos que en casa puedan negar la diversidad sexual. Es negar la homosexualidad como algo real creyendo que así se evita. Es reconocer que los argumentos morales de esos padres no se sostienen ante la evidencia de lo real.

Y de eso no tienen ninguna culpa ni los profesores, ni las escuelas, ni las asociaciones, ni los comunistas, ni los podemitas, ni los rojos, ni los depravados. La moral es cosa suya, es su labor transmitirla, es su trabajo hacer frente a las contradicciones que pueda tener sin que sea el Estado el que saque las castañas del fuego. Ejerza su libertad como padre, ya que tanto lo reclama, pero de la posibilidad a su hijo de tener herramientas suficientes para ejercer la suya.

Porque usted, como padre, tiene derecho a engañar a su hijo en su casa o a tratar de ocultarle la realidad -allá su conciencia-, pero no a que la sociedad colabore en su mentira o reste posibilidades a la formación de su hijo para que pueda ser igual de libre que usted.

Institucionalizados

Nuestra democracia está en mejor forma que nunca. Cuando más la acusaban de débil y frágil, su maquinaria lenta y constante ha logrado mutar a sus enemigos sin apenas inmutarse.

Lejos de romperse España, el “sistema” acaba de asimilar, de golpe, a un número considerable y variopinto de políticos que hasta hace bien poco sólo defendían su ruptura, denostaban sus logros y amenazaban a ese supuesto régimen con su fin inmediato. El asalto a los cielos fue anunciado.

Aquellos que durante años fomentaron la ruptura y se valieron de llevar al extremo los fallos de nuestra democracia para justificar su demolición, hoy llaman Rey al Rey, se integran perfectamente en esas estructuras del Estado que señalaban como corruptas, callan ante nombramientos que apenas hace unas semanas ejemplificaban la podredumbre del régimen político y pasan a vivir exactamente como aquellos  a los que señalaban por vivir bien.

Sin hacer nada extraordinario, más bien algo tan cotidiano en una democracia como es la formación de un Gobierno, todas las voces que clamaban por un nuevo sistema han pasado a ser parte activa del mismo.

Con su sueldos, con sus prebendas, con sus títulos, con sus despachos, con su todo. Todo lo que antes resultaba, por lo visto, insoportable.

No es negativo, todo lo contrario. Salvo que no haya sido un cambio por convicción. Es decir, si han descubierto las bondades del sistema, lo útil que resulta para los españoles y lo extraordinaria que es nuestra democracia en el mundo nada que objetar. Se confundían entonces, cuando decidieron proclamar los fallos del sistema como si fueran fallos sistémicos. Nada que ver una cosa con la otra…

Si es una trampa y en realidad se han colado en las entrañas del sistema para acabar con él desde dentro, el peligro es mayor, pero lo cierto es que lo disimulan perfectamente. Si es esto, chapó por la actuación y se merecen derruir lo que consideren necesario.

Tiene pinta, a riesgo de equivocarme, de ser lo primero. De haber descubierto que la reforma es más efectiva que la ruptura. Esto es una alegría suficientemente grande como para olvidar todas las broncas que durante años nos han soltado acusándonos de ser poco menos que “colaboracionistas” con una especie de Estado opresor mandado por las élites a las que servíamos gustosos por un puñado de privilegios.

Ahora, a ellos, la institución les ha absorbido, fagocitado, convertido en parte del sistema.

Si no se olvidan de los errores que había que solucionar, de aquello que en sus primeros mítines era tan terrible y hacen por cambiarlo, no quedará menos que seguir felicitándose porque nuestra democracia, cuál organismo vivo, sigue regenerándose.

 

¿Cómo parar a VOX?

Resulta que faltan pocos días para unas elecciones en las que un partido de ultraderecha puede lograr ser tercera fuerza en España.

Y así, de golpe, entra el pánico y las prisas. Las manos a la cabeza, la desesperación, las llamadas urgentes al voto útil para frenarles y la habitual táctica de llenar las redes sociales de ataques a “esos fachas”.

Entras a leer tweets, posts en Facebook, artículos y todos están en lo mismo. Hasta se aplaude -desde la izquierda- a Aitor Esteban por no darle la mano a Espinosa de los Monteros. Una y otra vez leemos “que al fascismo ni agua”, “no se debate con fachas”, “se debe ilegalizar a la ultraderecha”, “no deberían tener espacio en los medios”,… y un largo etcétera.

Pero resulta que los ciudadanos que han dado el paso de votar a VOX lo han dado sabiendo que en Twitter les llaman fascistas, que son mediáticamente la denominada ultraderecha, que son clasistas y  todo eso a pesar de haberles visto poco o nada en televisión.

Parar a Vox obviando su existencia, silenciándolo, negándole la presencia en un debate o -ya en el extremo- ilegalizando el partido es como vencer a una enfermedad negándose a hacerse los análisis pertinentes, no tomándose la medicación para no aceptar su existencia o prohibiendo por ley que las enfermedades maten.

Puestos a seguir con el simil, de lo poco efectivo que tenemos es la vacunación. Y eso lleva tiempo.

Hay que empezar con un calendario de vacunación desde una edad temprana, ofreciendo dosis controladas de su populismo (y de otras versiones igual de peligrosas) y entrenando a nuestro cuerpo a generar argumentos y valores que impidan la propagación del virus. Construir una moral sólida, unos principios de solidaridad entrenados y puestos a prueba…

Hay que estar en contacto con ellos, conocerlos y debatir primero en entornos seguros en vez de encerrarnos en grupos de amigos (reales o en Redes Sociales) donde sólo se piensa lo mismo. Aquello de leer otros medios o escuchar otras radios ayuda. Si surgen dudas, toca volver a repasar textos clásicos, salir de viaje, conocer otras realidades. Pero no obviarlos ni quedarnos en un mero señalamiento. Decir “son malos” es tan efectivo como decirle a un niño que no toque algo. Todos sabemos como acaba.

De la misma forma es fundamental no pasarse, no acabar en el misticismo de la maldad absoluta. Porque, ahora sí, disculpen el simil usado, no es una enfermedad que mata. No es el mal absoluto formado por gente malvada que quiera acabar con todo.

Esa descripción, esa reducción al absurdo es -y vuelvo- como tomar antibióticos para parar un virus. Lo único que se logra es fortalecerlo.

Vox se basa en verdades, sobre las que construye su realidad interesada. Señala problemas reales y aplica soluciones simplistas señalando enemigos externos. Pero tanto las verdades como los problemas que señalan existen.

Su éxito, por tanto, no es la maldad intrínseca, es la ausencia de respuestas mejores para dichos problemas o la incapacidad para haber sabido explicar de forma convincente respuestas más complejas y efectivas.

Hay que reconocer los problemas y hay que evitar una política rápida, irreflexiva, donde el titular breve copa y tapa un análisis profundo. Más claro; debemos dejar de jugar en su campo y con su balón.

Hay que tener la pelota. Posesión, y que corran tras ella en vez de ir al contacto directo en cada jugada. Va a salir un partido más aburrido para las televisiones, eso seguro, pero nos van a meter menos goles.

Por último, hay que ser firme pero respetuoso. Porque si dejamos de dar la mano a quien no deja de ser un vecino, otro español, un compatriota, estamos separándonos y ahí nos vuelven a ganar. Odiar nos viene fatal, debilita nuestras defensas y su discurso en cambio se refuerza. (Ya saben; el desconocimiento del otro lleva el miedo y… el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento y el sufrimiento lleva al lado oscuro)

No son enemigos, ni esencialmente malas personas. Asumamos que quieren lo mejor para este país, como el resto. Hablemos más, mucho más. Sin parar. Hagamos más preguntas, pidamos más respuestas.

¿Cómo harían ustedes eso? ¿Y si siguen saltando el muro de 25 metros de altura en Melilla qué hacemos? ¿Y cómo garantizamos la cobertura sanitaria universal? ¿Si no damos asistencia a los inmigrantes no acabará siendo más costoso por propagación de enfermedades, acceso a urgencias, etc? ¿Cómo van a definir quiénes pueden entrar y quienes no? ¿Qué van a hacer con quienes se sienten nacionalistas y respetan la Constitución? ¿Y si entre todos los españoles queremos cambiar lo que es España?

Se me ocurren infinitas preguntas. Muchas de ellas no me las han podido responder nunca porque en demasiadas ocasiones dicen barbaridades que no se sostienen con un mínimo de debate. Pero indignarse ante una barbaridad y no contestar por suponer que se responde sola o porque nos sintamos “manchados” por tener que considerarla es dejarla en el aire, flotando hasta los oídos de quien, tal vez, no sepa responderla.

Y claro, tengamos nosotros respuestas sin obviar los problemas, sin negarlos y sin miedos a la corrección pública. Como tener una izquierda que hable de España con orgullo, por ejemplo. No sólo de lo maravillosa que es nuestra Sanidad pública, ni lo buenos que somos en donaciones y transplantes. También una que defienda su historia, reconozca su pasado y dé el valor de ser español a quienes lo son y a quienes quieren serlo.

Asumir que en cosas tienen razón, tener buenos amigos de Vox o tomar unas cañas no es “normalizar el fascismo”, ser “colaboracionista del mal” o cosas parecidas. Es poder plantearles otro punto de vista, es mostrarles otras realidades y soluciones y hasta demostrarles nuestra oposición a lo que proponen por el daño que podrían hacer.

Porque estamos todos en lo mismo. Porque al final queremos cosas simples como ver más a nuestros hijos, mejorar en el trabajo, vivir mejor, quedar con los amigos, jugar un partido, tomar una copa el viernes… y si hay cosas esenciales que nos unen y las fortalecemos, les costará más incidir en lo que nos separa y aprovecharse de ello.

 

 

 

Bombillas, nada más.

La luz que parpadea es molesta porque está entre medias de lo que debe ser. Aceptamos una bombilla que funciona y comprendemos la que se funde. O se es una cosa u otra, pero la fase intermedia es pura ansiedad.

¿Se va a arreglar? ¿Cuándo se fundirá? ¿Puedo hacer algo para que esté de una vez definida?

Puede estar así semanas enteras, tintineando. Recordando cada día que no es ni deja de ser. Cambiarla antes de tiempo es forzar un devenir que evitamos por ahorro, pereza o esperanza en una solución espontánea .

No estamos preparados para la indefinición, para los espacios de cambio. Nos provocan nerviosismo, nos hace ser más irritables. No asumimos que las bombillas además de estar encendidas o apagadas pueden estar tiritando. Es parte de su ser, aunque no nos resulte inútil.

Sería mucho más sencillo si las bombillas no dudaran, si nunca tuvieran espacios intermedios. Literalmente blanco o negro. Eso nos relajaría mucho más. Disfrutaríamos cuando está encendida y nos enfadaríamos cuando se apagase. O al revés, otros disfrutarán más de esa bombilla apagada que brillando. O puede que dependa del momento, pero nunca en medio.

De eliminarse esa fase intermedia, las bombillas encendidas se diferenciarían con mucha facilidad de las apagadas, las podríamos dividir en grupos, separarlas en cajas. Sabríamos lo que haría una y otra si las enroscásemos en un casquillo. Una predecibilidad perfecta, completamente en calma.

En cambio las bombillas siguen una y otra vez demostrando que pueden parpadear, por mucho que lo señalemos como un error, un fallo, una putada.

Pero es que, a veces, no se puede estar de otra forma. Porque ni se está encendido ni se está apagado.

Ni en un lado ni en otro, por mucho que le den algunos al interruptor para tratar de forzar el devenir, para tratar de hacer a la bombilla huir de ese espacio al que ha llegado tras estar muchas veces encendida y otras tantas apagada.

 

Choque de realidades y pingüinos

No es sencillo convencer a cinco personas para ir a hacer un homenaje a un bolardo. Hagan la prueba si quieren. Imaginen convencer a 300.

No es una caricatura, es un pequeño síntoma de un problema de dimensiones más que considerables y cuyos frutos, al jugar siempre con la interpretación interesada de la realidad, maduran a veces de forma difícil de digerir.

Crear una realidad colectiva tan grande, con tantas incoherencias pero tan sólida al mismo tiempo, es sin lugar a dudas el mayor éxito del independentismo. Además es un paso imprescindible para crear un relato que justifique lo que se necesite en cualquier momento y oportunidad. Si lo piensan, se parece mucho a una creencia religiosa.

Mantenerlo en el tiempo también es un esfuerzo enorme, especialmente cuando de manera diaria su realidad choca frontalmente con la “general”, por llamarlo de alguna forma.

Con la publicación de la sentencia del “Procés” este choque de realidades ha provocado lo que podríamos llamar finamente “espacios de incompatibilidad social”. Es decir, que realidades tan distintas no pueden convivir con normalidad ante un hecho puntual que determina la veracidad de una frente a la otra.

Esto lleva a una serie de reacciones fácilmente identificables entre las partes:

  1. La rebelión contra la sentencia. No cabe la posibilidad de asumir lo que dice, la mera existencia pasa a ser una prueba irrefutable de su propia realidad. España es un Estado fascista, si hace falta, con tal de no flaquear en la construcción de mi marco mental. En realidad ninguna opción hubiera sido válida, puesto que venía del enemigo. La absolución total hubiera sido muestra de cómo les han reprimido sin motivo, una sentencia más dura hubiera enfurecido sus ánimos y la sentencia como tal es igual de mala porque al fin y al cabo les condena. Su situación es la más delicada y la que más provoca escenarios “tensos” al sentirse atacados. Para colmo las contradicciones en su grupo aumentan, se fracciona más y permite espacios de mayor radicalidad.
  2. El “se ha quedado corta”. Aquí entran aquellos que siempre desean más de lo que hay. Esperaban que la sentencia no sólo determinara una realidad contrastable, sino que generara una nueva más activa, la justificara y saltara directamente contra la opuesta con voluntad activa de eliminarla. “Son golpistas que deben estar siempre en la cárcel, esa violencia es terrorismo, quieren romper España,…”
  3. La pena. Una zona intermedia muy habitada por la comodidad que representa, especialmente en medios de comunicación, referentes sociales, etc. Se asume que el choque de realidades existe, forman parte de una de ellas pero comprenden la existencia de la otra y desearían que existiera una convivencia pacífica que no es posible. Esperan que todo sirva para evitar llegar al espacio de conflicto, incluso lamentan que una herramienta tan acotada como es la Justicia haga aquello que debe hacer y no lo que debería poder hacer. Saben que la solución implica pasar por zonas de más conflicto (ya sea verbal, político, social…) y lo evitan. Creen firmemente en la posibilidad de que ante cada pico de tensión se vuelva a la calma sin avanzar realmente hacia ningún lado. “Así no se arregla nada, estamos peor que ayer, no deberíamos haber llegado a este punto,…”
  4. El hastío. Personas que perfectamente han podido estar durante algún tiempo inmersas en las distintas realidades, que incluso han pasado en algún momento por la fase de “la pena” y que finalmente han asumido la existencia del problema y tratan de evitar sus consecuencias. Se reconocen claramente en la realidad mayoritaria, conocen la contraria y a pesar de compartir “pena” por todo ello, se han separado emocionalmente y su principal preocupación es el hartazgo que les provocan las consecuencias del choque de realidades. Les parece bien el diálogo, las reformas, el 155 y, si hace falta, que la policía cargue. Cualquier cosa menos alargar indefinidamente la situación. Valoran positivamente la sentencia, no les entristece especialmente, les alegra que no haya sido usada para otra cosa (así lo sienten) y esperan pacientes que su número crezca de manera natural, de la misma forma que ellos llegaron a formar parte de dicho grupo.

 

Como todo ahora tiene una repercusión electoral, aunque se podría terminar aquí el artículo, podemos entrar en el morbo. ¿Cómo afecta entonces todo esto a las elecciones?

Se pueden imaginar que la reacción 1 es claramente independentista, de ahí la fuerza de la transversalidad que han logrado en Cataluña entre derecha e izquierda. Beneficiados ERC, CuP (qué casualidad que se presente a estas Generales, ¿no?) y Torra.

La reacción 2 es prioritariamente VOX, pero con espacios compartidos con el PP. Porque ahora veremos que Casado no renuncia a votos de otros grupos ya que este espacio si bien es grande, no lo suficiente. Parte de Ciudadanos igual, a caballo entre esta reacción y otra.

La 3, de ser algo, es Podemos, Más País, Comunes, Colau y un trozo del PSOE. Sólo un trozo porque Sánchez se mueve mucho. Originalmente es el espacio de los socialistas (electoralmente hablando, conviene recordarlo) pero no suele estar demasiado premiado en momentos de gran polarización. Por eso el PSOE mantiene un pie aquí, especialmente  por el peso mediático en las tertulias y por los referentes que lo defienden.

Reacción 4. Un espacio creciente. Es decir, el maná para los partidos ante unas elecciones. Aquí viene Casado, aunque no Cayetana. Viene Rivera para que no le vean demasiado en la 2, donde rivaliza con un pez mucho más definido. Y lleva llamando a la puerta Sánchez desde que supo que se repetían elecciones. No es un espacio mediáticamente favorable, pues eso está más copado por la reacción de “pena”, pero saben del caladero de votos que representa. Ningún partido está definido aquí, así que viene a ser la Antártida electoral. Todos ponen sus bases, pero no pertenece a ninguno.

Para colmo, es un espacio difícil, ya que el mismo hartazgo generado ante las dos realidades es compartido hacia los responsables y actores principales de dichas realidades. Es decir, el votante del 4 no siente especial afinidad por esos partidos que no dejan de querer visitarles. Son, por decirlo de alguna manera, los pingüinos, que bastante tienen con soportar el frío, buscar comida y cuidar a sus polluelos.

El último superhéroe

Desde fuera era absolutamente normal e irrelevante, contratado al peso.

Como el resto, sabía que la felicidad estaba bastante cerca, que bastaba con mandarlo todo a la mierda, echarle huevos y cambiar su monótona rutina por una casa maravillosa en alguno de esos pueblos de la España vaciada. Los cálculos daban perfectamente y con mucho menos podría vivir mucho más.

En cambio, en 1970 -o incluso en 1980- hubiera sido un héroe. De los de verdad, de los que tienen poderes, de los de las películas. De haber sido necesario incluso se hubiera puesto calzoncillos sobre los pantalones y una capa del color que fuera necesario.

Por tener, tenía hasta su Kryptonita. Pero una real, no un trauma infantil ni una depresión por problemas de identidad.

Un héroe obvio, sin problemas más allá de combatir la maldad, la tiranía y los desastres naturales. Le gustaban sus poderes, los disfrutaba y podría haber sido protagonista de maravillosas películas y cómics.

Pero nació tarde. Cuando descubrió ser un superhéroe estaba rodeado de antihéroes. Mientras que él sonreía por la calle, disfrutaba de un helado y se iba de cañas con sus amigos, quienes copaban las series de fantasía eran personajes destruidos por su soledad, hundidos por su pasado, atormentados por los abusos sufridos en su infancia.

Trató siempre de hacer las cosas bien, de ser perfecto. Para eso sabía que era un héroe. Mientras, los caóticos monopolizaban la fama. Robaban, insultaban, maltrataban a sus parejas, decían tacos, despreciaban a la gente, odiaban al Gobierno, se cagaban en la policía, conducían temerariamente y… eran adorados.

Por eso acabó trabajando en aquella oficina ultracompartimentada. Creció en una sociedad inmune a sus poderes, obsesionada con la imperfección de aquellos antihéroes en los que se reconocían. Todos se había olvidado de los supehéroes, de la ambición y el esfuerzo de querer ser como ellos, de luchar por mejorarse y salvar el mundo. Mucho más fácil convivir con héroes con los mismo defectos, miedos e inseguridades, que no te obligan a mejorar, que simplemente te exigen tener una mínima evolución, un resquicio de empatía como gran acto de bondad.

Frente a eso, su velocidad era ofensiva, su fortaleza un abuso, su visión de Rayos-x una violación de la intimidad, su capacidad para volar un peligro, su exagerada masculinidad algo absolutamente inapropiado. Nadie quería sentir la obligación moral de imitarlo, de ser conscientes -por comparación- de sus individualistas vidas. Lo que pedían es que no existiera, no verlo.

Imposible encajar. Convivía en un mundo donde las virtudes eran defectos y los defectos virtudes así que madrugaba cada mañana, fichaba y volvía a su casa tras 8 horas delante de un ordenador.

Tirado en el sofá, se ponía alguna serie.

Imaginad que os voto

Por arte de magia me olvido de todo, dejo de saber quienes sois, lo que habéis hecho, dicho y dejado de decir.

Llego nuevo al escenario político, soy de izquierdas y estoy dispuesto a creerme las promesas. Todas, por incongruentes que sean.

O mejor, me convenzo a mi mismo de que la responsabilidad de todo lo ocurrido es nuestra, de los ciudadanos. O de la derecha, los fachas, que es más fácil todavía. Cualquiera menos vosotros, a quienes decido dotar de un aire virginal, un aura de bondad espontánea.

Si lograra abstraerme a ese nivel, si naciera hoy en España de golpe a mis 34 años y tuviera que votar, miraría sin dudarlo a PSOE, Podemos o Más País. Parece obvio y sensato dudar entre ellos a la hora de decidir a quién votar.

Así que, llegados a este utópico punto de partida, no tendría más remedio que basarme en lo que viera desde aquí.

Entraría en Twitter, claro, y vería cientos de cuentas de Podemos insultar a Errejón. Ya se empieza a complicar la cosa, y eso que soy nuevo.

Vería a algunos del PSOE atacar a Errejón y otros a Podemos. No mejora la cosa.

Pero estamos en campaña, me digo, para seguir en positivo.

No vería ninguna propuesta concreta de Más País. Mi preocupación crece de nuevo. Leería que quieren facilitar un Gobierno Progresista, sin entorpecer su formación pero sin darlo gratis. Empiezo a confundirme y me planteo que para eso voto directamente al PSOE.

Voy directo a las encuestas, para optimizar mi posible voto. Nada, ni una mayoría clara. Cualquiera de esos tres van a tener que pactar sí o sí. Estoy convencido de que lo harán, que para eso no tengo recuerdo alguno.

Vuelvo a las redes, a la calle, al debate en las televisiones. Resulta que el PSOE me dice que no puedo votar a Podemos porque siempre que pueden impiden un acuerdo con el PSOE. Ni idea de lo que hablan, pero por lo enfadados que están me los creo, que es a lo que he venido, a creerme todo.

Estoy casi seguro de votar al PSOE. Pero escucho a Podemos y resulta que la culpa de todo es de Pedro Sánchez. Me lo creo también, claro.

Así que van a tener que pactar si quieren gobernar, pero lo que me dicen es que no lo harán bajo ningún concepto o no sumando los diputados suficientes. Es más, percibo rápidamente que no es sólo estrategia, hay más odio que asesores. Estos no van a pactar, se oye en mi cabeza.

Todos me dicen que les crea a ellos, que para hacerlo me acuerde de lo que hicieron en el pasado. Pero algo me dice que si vine hasta aquí, queriendo olvidarme de todo, sería por algo.

Así que a pesar de no recordar nada, de estar dispuesto a creerme lo que digan y de querer votarles, resulta que acabo en lo mismo…

¿Y ahora qué hago?

 

¿Quedan partidos políticos?

En estos momentos sería justo definir a la mayoría de las agrupaciones políticas electorales como “movimientos políticos” más que como partidos.

Sin estructuras internas consolidadas, sin espacios territoriales propios, sin pluralidad de liderazgos, sin corrientes críticas, sin rivalidades, sin primarias…

En parte por la atomización de los partidos tradicionales, causada por la desafección y la desilusión, estamos ante un escenario de movilidad constante. Un supuesto partido político se presenta a unas elecciones bajo unas siglas u otras sin necesidad de reflexión debate o análisis más allá del impacto electoral.

Si la marca Errejón tira más que la marca Iglesias-Montero simplemente se vuelcan las lealtades sin ningún tipo de estrés ni tensión interna.

No existe fricción en buena medida por la falta de militancia tradicional. Un partido “tradicional” -pensemos en el PSOE de Felipe González-, se apoyaba en una masa de militantes activos y comprometidos que no tolerarían movimientos tan rápidos. Cada paso que esos partidos daban requerían de tiempo, mucho tiempo.

Tal vez por esa difícil capacidad de adaptación fueron quedando relegados, en evidencia con el 15M y diluidos con el paso del tiempo.

Ante un escenario político tan voluble (provocado y causal al mismo tiempo) la maquinaria de los partidos tradicionales sufre demasiado. Una militancia crítica con espacios para debatir (Congresos nacionales o regionales, Comités orgánicos, etc) no es compatible con cambios de posición de la dirección en menos de 24 horas -siendo generosos-.

En cambio, movimientos basados en grandes liderazgos (mediáticos) que se agrupan en torno a un nombre son mucho más flexibles. No existe como tal el debate, simplemente se sigue al líder. No es una militancia, es un “follow”, un fenómeno fan.

Si el líder cambia, los seguidores cambian. No van a tener lugar donde debatir porque no forman parte de un partido, son parte de un movimiento.

Es fácil de ver en Podemos, fácil de ver también ahora con Errejón, pero similares características vemos en el PSOE, con el “hiperliderazgo” de Sánchez, Ciudadanos con Rivera y hasta en el PP con Casado (en menor medida porque no ha habido una evolución tan drástica) o con Vox.

Sánchez llegó a la Secretaría General del PSOE prometiendo que toda decisión importante pasaría por las bases y acabó ofreciendo votar a sus militantes sobre acuerdos ya firmados. Iglesias prometió democracia casi directa y acabó sometiendo a referéndum si debía quedarse con el chalet o no.

Errejón ha sido elegido a mano alzada, cono todo decidido, Rivera ni se acuerda de la limitación de mandatos.

Por no haber, ya no hay ni críticos. No da tiempo, ni se les espera. El que quiera debatir que se vaya a Twitter y grite a las paredes.

Lo mismo y nada

Normalmente, cuando coincide el detalle con el todo, es que se ha llegado a la máxima expresión de un momento.

Ahí tenemos a Pedro Sánchez, que es Presidente. Es Presidente del Gobierno, pero gobernar no gobierna. De todos los meses que lleva y los que le quedan, el tiempo en funciones -reales o tácitas- supera con creces la mayoría simple.

Así que es, pero poco puede hacer, avanzar, legislar, aprobar,…

Ese es el detalle, el todo es la situación política. Como en el caso de Sánchez, el resto también son, pero apenas hacen. Son lo mismo, que es como ser nada.

Años lleva España sin política, sin cambios, modelos o propuestas y en vez de eso se mantiene en un espasmo electoral sin fin.

Nadie es Gobierno, pero tampoco oposición. Unos porque no logran llegar a acuerdos que les ponga en la obligación de tener que hacer aquello que el nombre requiere y los otros porque tampoco saben quién manda más entre los que menos mandan ni tienen nada real a lo que oponerse, pues nada se hace.

Vivimos en lo mismo desde hace ya demasiado. Cierto que hace años ya se advertía de los mismo, pues daba la sensación de que todos estaban siempre en campaña, pero al menos entre unas elecciones y las siguientes se formaban gobiernos.

Lo de entonces era un problema a medio plazo. Se decía que nadie en España hacía política pensando en las siguientes generaciones, que no se presentaban modelos de país a largo plazo y que no daba tiempo a saber qué queríamos ser, pero al menos sí se hacía algo en el corto plazo.

No fuimos a mejor. ¡Quién volviera hoy a la política cortoplacista! Ahora ni siquiera existen los plazos.

España está en inercia. No porque nos dieran un gran empujón y sigamos aprovechando esa fuerza, más bien por un seguir caminando monótono, por no parar, por un “ya que estamos” que es realmente nuestro.

Ningún viento es bueno para quien no sabe a dónde quiere ir, dicen las frases de autoayuda, así que imagen como será lo de seguir avanzando por el mero hecho de hacerlo. Sin siquiera ir, simplemente “estar yendo”.

Políticamente es difícil saber cómo evoluciona un momento así, pero socialmente es más claro. La apatía es terriblemente mala. Se asocia de maravilla con la desidia, con la pereza, con el desánimo. Calculen el retraso que puede suponer para un país tener semejantes motores.

Hace falta tener Gobierno. Hacen falta ministros cometiendo errores y aciertos. Hace falta una oposición, aunque sea mala.

Hace falta dejar de hablar de los políticos para poder hablar de sus políticas.