¿Cómo parar a VOX?

Resulta que faltan pocos días para unas elecciones en las que un partido de ultraderecha puede lograr ser tercera fuerza en España.

Y así, de golpe, entra el pánico y las prisas. Las manos a la cabeza, la desesperación, las llamadas urgentes al voto útil para frenarles y la habitual táctica de llenar las redes sociales de ataques a “esos fachas”.

Entras a leer tweets, posts en Facebook, artículos y todos están en lo mismo. Hasta se aplaude -desde la izquierda- a Aitor Esteban por no darle la mano a Espinosa de los Monteros. Una y otra vez leemos “que al fascismo ni agua”, “no se debate con fachas”, “se debe ilegalizar a la ultraderecha”, “no deberían tener espacio en los medios”,… y un largo etcétera.

Pero resulta que los ciudadanos que han dado el paso de votar a VOX lo han dado sabiendo que en Twitter les llaman fascistas, que son mediáticamente la denominada ultraderecha, que son clasistas y  todo eso a pesar de haberles visto poco o nada en televisión.

Parar a Vox obviando su existencia, silenciándolo, negándole la presencia en un debate o -ya en el extremo- ilegalizando el partido es como vencer a una enfermedad negándose a hacerse los análisis pertinentes, no tomándose la medicación para no aceptar su existencia o prohibiendo por ley que las enfermedades maten.

Puestos a seguir con el simil, de lo poco efectivo que tenemos es la vacunación. Y eso lleva tiempo.

Hay que empezar con un calendario de vacunación desde una edad temprana, ofreciendo dosis controladas de su populismo (y de otras versiones igual de peligrosas) y entrenando a nuestro cuerpo a generar argumentos y valores que impidan la propagación del virus. Construir una moral sólida, unos principios de solidaridad entrenados y puestos a prueba…

Hay que estar en contacto con ellos, conocerlos y debatir primero en entornos seguros en vez de encerrarnos en grupos de amigos (reales o en Redes Sociales) donde sólo se piensa lo mismo. Aquello de leer otros medios o escuchar otras radios ayuda. Si surgen dudas, toca volver a repasar textos clásicos, salir de viaje, conocer otras realidades. Pero no obviarlos ni quedarnos en un mero señalamiento. Decir “son malos” es tan efectivo como decirle a un niño que no toque algo. Todos sabemos como acaba.

De la misma forma es fundamental no pasarse, no acabar en el misticismo de la maldad absoluta. Porque, ahora sí, disculpen el simil usado, no es una enfermedad que mata. No es el mal absoluto formado por gente malvada que quiera acabar con todo.

Esa descripción, esa reducción al absurdo es -y vuelvo- como tomar antibióticos para parar un virus. Lo único que se logra es fortalecerlo.

Vox se basa en verdades, sobre las que construye su realidad interesada. Señala problemas reales y aplica soluciones simplistas señalando enemigos externos. Pero tanto las verdades como los problemas que señalan existen.

Su éxito, por tanto, no es la maldad intrínseca, es la ausencia de respuestas mejores para dichos problemas o la incapacidad para haber sabido explicar de forma convincente respuestas más complejas y efectivas.

Hay que reconocer los problemas y hay que evitar una política rápida, irreflexiva, donde el titular breve copa y tapa un análisis profundo. Más claro; debemos dejar de jugar en su campo y con su balón.

Hay que tener la pelota. Posesión, y que corran tras ella en vez de ir al contacto directo en cada jugada. Va a salir un partido más aburrido para las televisiones, eso seguro, pero nos van a meter menos goles.

Por último, hay que ser firme pero respetuoso. Porque si dejamos de dar la mano a quien no deja de ser un vecino, otro español, un compatriota, estamos separándonos y ahí nos vuelven a ganar. Odiar nos viene fatal, debilita nuestras defensas y su discurso en cambio se refuerza. (Ya saben; el desconocimiento del otro lleva el miedo y… el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento y el sufrimiento lleva al lado oscuro)

No son enemigos, ni esencialmente malas personas. Asumamos que quieren lo mejor para este país, como el resto. Hablemos más, mucho más. Sin parar. Hagamos más preguntas, pidamos más respuestas.

¿Cómo harían ustedes eso? ¿Y si siguen saltando el muro de 25 metros de altura en Melilla qué hacemos? ¿Y cómo garantizamos la cobertura sanitaria universal? ¿Si no damos asistencia a los inmigrantes no acabará siendo más costoso por propagación de enfermedades, acceso a urgencias, etc? ¿Cómo van a definir quiénes pueden entrar y quienes no? ¿Qué van a hacer con quienes se sienten nacionalistas y respetan la Constitución? ¿Y si entre todos los españoles queremos cambiar lo que es España?

Se me ocurren infinitas preguntas. Muchas de ellas no me las han podido responder nunca porque en demasiadas ocasiones dicen barbaridades que no se sostienen con un mínimo de debate. Pero indignarse ante una barbaridad y no contestar por suponer que se responde sola o porque nos sintamos “manchados” por tener que considerarla es dejarla en el aire, flotando hasta los oídos de quien, tal vez, no sepa responderla.

Y claro, tengamos nosotros respuestas sin obviar los problemas, sin negarlos y sin miedos a la corrección pública. Como tener una izquierda que hable de España con orgullo, por ejemplo. No sólo de lo maravillosa que es nuestra Sanidad pública, ni lo buenos que somos en donaciones y transplantes. También una que defienda su historia, reconozca su pasado y dé el valor de ser español a quienes lo son y a quienes quieren serlo.

Asumir que en cosas tienen razón, tener buenos amigos de Vox o tomar unas cañas no es “normalizar el fascismo”, ser “colaboracionista del mal” o cosas parecidas. Es poder plantearles otro punto de vista, es mostrarles otras realidades y soluciones y hasta demostrarles nuestra oposición a lo que proponen por el daño que podrían hacer.

Porque estamos todos en lo mismo. Porque al final queremos cosas simples como ver más a nuestros hijos, mejorar en el trabajo, vivir mejor, quedar con los amigos, jugar un partido, tomar una copa el viernes… y si hay cosas esenciales que nos unen y las fortalecemos, les costará más incidir en lo que nos separa y aprovecharse de ello.

 

 

 

¿Quedan partidos políticos?

En estos momentos sería justo definir a la mayoría de las agrupaciones políticas electorales como “movimientos políticos” más que como partidos.

Sin estructuras internas consolidadas, sin espacios territoriales propios, sin pluralidad de liderazgos, sin corrientes críticas, sin rivalidades, sin primarias…

En parte por la atomización de los partidos tradicionales, causada por la desafección y la desilusión, estamos ante un escenario de movilidad constante. Un supuesto partido político se presenta a unas elecciones bajo unas siglas u otras sin necesidad de reflexión debate o análisis más allá del impacto electoral.

Si la marca Errejón tira más que la marca Iglesias-Montero simplemente se vuelcan las lealtades sin ningún tipo de estrés ni tensión interna.

No existe fricción en buena medida por la falta de militancia tradicional. Un partido “tradicional” -pensemos en el PSOE de Felipe González-, se apoyaba en una masa de militantes activos y comprometidos que no tolerarían movimientos tan rápidos. Cada paso que esos partidos daban requerían de tiempo, mucho tiempo.

Tal vez por esa difícil capacidad de adaptación fueron quedando relegados, en evidencia con el 15M y diluidos con el paso del tiempo.

Ante un escenario político tan voluble (provocado y causal al mismo tiempo) la maquinaria de los partidos tradicionales sufre demasiado. Una militancia crítica con espacios para debatir (Congresos nacionales o regionales, Comités orgánicos, etc) no es compatible con cambios de posición de la dirección en menos de 24 horas -siendo generosos-.

En cambio, movimientos basados en grandes liderazgos (mediáticos) que se agrupan en torno a un nombre son mucho más flexibles. No existe como tal el debate, simplemente se sigue al líder. No es una militancia, es un “follow”, un fenómeno fan.

Si el líder cambia, los seguidores cambian. No van a tener lugar donde debatir porque no forman parte de un partido, son parte de un movimiento.

Es fácil de ver en Podemos, fácil de ver también ahora con Errejón, pero similares características vemos en el PSOE, con el “hiperliderazgo” de Sánchez, Ciudadanos con Rivera y hasta en el PP con Casado (en menor medida porque no ha habido una evolución tan drástica) o con Vox.

Sánchez llegó a la Secretaría General del PSOE prometiendo que toda decisión importante pasaría por las bases y acabó ofreciendo votar a sus militantes sobre acuerdos ya firmados. Iglesias prometió democracia casi directa y acabó sometiendo a referéndum si debía quedarse con el chalet o no.

Errejón ha sido elegido a mano alzada, cono todo decidido, Rivera ni se acuerda de la limitación de mandatos.

Por no haber, ya no hay ni críticos. No da tiempo, ni se les espera. El que quiera debatir que se vaya a Twitter y grite a las paredes.

Vinimos por el peor camino

Seguro que lo recuerdan. Cuando todas las formas empezaron a desaparecer.

Entonces era crispación. La palabra de moda, la más utilizada, la clave de todas las tertulias. Y tenía un nombre que destacaba sobre todos; Jimenez Losantos.

Por aquel entonces se pasó de hacer críticas duras a insultos burdos, gracietas y a llenar la política de apodos hirientes. Bambi, Maricomplejines,…

De ahí la cosa fue subiendo y no precisamente de nivel. Mientras Federico seguía ampliando su diccionario de insultos la sociedad se crispaba cada vez más, polarizándose más visceral que ideológicamente.

De golpe, ya no estábamos en desacuerdo, directamente odiábamos. En los platós se abucheaba al tertuliano de un lado y otro y -dependiendo del programa- hasta se le insultaba desde el público mientras hablaba (créanme).

De las opiniones pasamos a los “zascas”, a la humillación, a los titulares en los que alguien “destrozaba” al otro. Entre medias Twitter, claro.

Con todo revuelto llega el esplendor de los casos de corrupción en España, con escándalos diarios y de ahí pasamos al 15M (¿Alguien lo recuerda?) donde la distancia se abre al máximo, “no nos representan” y “lo llaman democracia y no lo es”.

Podríamos decir que todos estábamos enfadados con todos. Mucho y de forma muy intensa.

Y llega Podemos. Nos explica que el problema es que en realidad esto es una batalla entre los de arriba y los de abajo. Nos dicen que la derecha es mala, claro, pero que el PSOE también, porque “PSOE y PP, la misma mierda es”.

No era perfecto el PSOE, desde luego, así que un incipiente Pablo Iglesias lo pone en su diana diaria y contra él dispara sus ataques; “No están en los desahucios”, “El PSOE envía a la policía contra la gente de la PAH”, “al que practica la política le tiene que afectar algo”, “Les da igual que haya sanidad mejor o peor”, “El PSOE vive en los Consejos de Administración”, “El PSOE hace recortes porque no les afectan”, “Ya me dirás lo que sufre Rubalcaba”, “No pasa nada por romper una vitrina de un McDonalds”... Seguro que les vienen a la cabeza algunos reproches más.

El PSOE pasó a ser tan malo como el PP, porque todos eran casta frente a “la gente normal”.

De tal forma que ya no sólo estábamos enfrentados los de izquierdas con los de derechas sino que además había que saber quién era de los de arriba para odiarle. Vertical y horizontalmente pasamos a estar todos enfrentados.

Fue hace muy poco cuando llegamos al punto más alto de enfrentamiento, cuando generamos tanto odio, tantos cordones sanitarios, tantos enemigos, tantos fascistas, tantos perroflautas, tantos bolivarianos, batasunos, franquistas, filoetarras,…

Mientras, el Parlamento se fragmentaba con los nuevos partidos, llevándonos irremediablemente a la situación actual. Desaparecen las mayorías absolutas, nuevos partidos entran en las Cortes y parlamentariamente están forzados a llegar a unos acuerdos justo cuando más se odian, desprecian e insultan entre ellos.

Elecciones, repetición de elecciones, moción de censura, elecciones, repeti… Gobierno de Cooperación, Coalición, elecciones.

Resulta que no hay más remedio que pactar. Pero es ciertamente difícil hacerlo con quien hacías responsable de todos los males apenas diez días antes. A izquierda y derecha, que este desastre está muy repartido.

Ciudadanos no adelanta al PP, VOX no lo remata y Podemos se desinfla ante la centenaria maquinaria socialista. Difícil pacto en la Comunidad de Madrid o Murcia, para tesis doctoral la Presidencia del Gobierno.

Pablo Iglesias quiere ministerios. Porque no se fía del PSOE. El PSOE no se fía de Podemos, entre otras cosas, porque para qué quiere ministerios. Los dos llevan años insultándose, incluso seguían haciéndolo cuando la realidad les mostraba la necesidad de entenderse. Bueno, lo siguen haciendo ahora después de cada reunión privada (esas que iban a desaparecer) en la que supuestamente están negociando.

Van a pasar años y muchos sapos van a tener que ser tragados hasta que aprendamos a pactar. Ayudaría mucho que los que pactaran hoy no fueran los mismos que se insultaban ayer. Es difícil que Rivera llegue a acuerdos con Sánchez, como que este último lo haga con Casado. No les digo nada de Iglesias con el resto.

Si se fueran los que nos han traído hasta aquí, tras agradecerles sus servicios, sería más fácil que el relevo continuara la marcha.

Eso, o volveremos a lo de antes, porque lo que es incompatible poco dura. O nos odiamos todos y se reparte al 50% en un bipartidismo tradicional o empezamos a entendernos y salvamos de la desaparición a este nuevo escenario de más partidos, más pluralidad y más debate.

Que los que mandan elijan, o elegiremos nosotros (entre las pocas opciones que nos queden).

 

Lo mezclamos todo

Y lo hacemos mal.

Fue inútil advertir que estas Elecciones Municipales eran municipales y no Generales. Se veía venir, de lejos, pero caímos de lleno en el error.

Tratamos de corregirlo, especialmente allí donde hemos podido colaborar y asesorar, pero la avalancha superó toda expectativa y un mes después, se votó lo que se había ya votado.

El error no acaba ahí, sigue con los pactos. Los partidos tratan de hacer grandes acuerdos que incluyan gobiernos negociados por “packs”. 20 alcaldías por un lado a cambio de otras 10 de más peso y presupuesto.

Hasta se negocian municipios a cambio de Comunidades, Diputaciones, etc. Como si fueran intercambiables, como si diera lo mismo todo porque sólo se mide en cantidad.

¿Resultado? Amenazas de mociones de censura a las 24h de formar gobiernos. Es de récord.

Además, este desastre en la negociaciones tiene un ingrediente extra que termina de convertir la política local en un destino de dimensiones épicas; los odios viscerales.

Esos que no tienen sentido, ni razón o motivo pausado y meditado.

Bildu es ETA, VOX es facha, Cs es colaboracionista de los fachas, el PSOE un aliado del comunismo etarra y el PP blanqueadores de los fachas. Así todos los días.

Y del nivel general se traspasa tal cual al municipio. A esos municipios donde la gente ha votado más por la persona que por el partido.

Igual les parece raro que lo escriba, pero si pudiera hacer una lista abierta de personas para que gobiernen mi municipio habría del PSOE, de Podemos, de Ciudadanos y hasta del PP o VOX.

Acusar a un partido que pacta con uno o con otro en un municipio, sin saber siquiera qué municipio es, no es más que un reduccionismo al absurdo.

Prefiero la altura de miras de Valls, fíjense, que no puede haber dejado más claro a Colau el motivo de que fuera ella la votada, con el fiel reflejo en la plaza donde tomaba la vara de mando.

Tal es la mezcla caótica, que el Gobierno de la Comunidad de Madrid depende del cumplimiento de un pacto en el Ayuntamiento de Madrid. Un pacto secreto, tanto, que revelarlo se usa como amenaza. Es un buen resumen…

Cada elección es diferente, cada municipio igual. La política está para que en ella exista toda posibilidad, hablando. “No se firma la paz con los amigos, se firma con los enemigos”, es una frase que se repite varias veces en una conocida serie y es cierta.

Que Podemos llegue a un acuerdo con VOX no tiene que ser necesariamente una mala noticia, puede ser más bien lo contrario. Forzosamente debe haber espacios comunes, de acuerdo, de mejora de una calle, de instalación de un parque nuevo, de solicitar un nuevo centro de salud.

A nivel municipal eso es lo que importa, aunque ahora es lo que menos está importando.

Si me lo permiten, como votante, valoraré los pactos por los resultados que hayan tenido, no por el hecho de que se hayan producido.

 

 

 

De nuevo, bipartidismo

La política rara vez es justa. Ni internamente, ni en los procesos electorales.

¿Recuerdan a Tomás Gómez enfrentándose a la privatización del servicio de lavandería de los hospitales públicos? Pues lo hizo, en incontables ocasiones, en los propios hospitales. Entonces ni caso, hoy, en cambio, los medios se escandalizan por los resultados de aquello. La privatización siguió, Tomás Gómez no.

Pero este recuerdo, casi melancólico, es una pequeña anécdota de esas injusticias que tienen muchas más vertientes.  Por ejemplo, estas últimas elecciones municipales han sido muy injustas con los partidos locales.

Partidos centrados en mejorar su municipio, sin más aspiraciones que sus barrios, sus vecinos. Son probablemente la mejor opción para un municipio (seguro que hay alguna excepción) y lo digo con conocimiento de causa. He trabajado con muchos de ellos, tengo grandes amigos que se desviven por su pueblo, que dedican horas desinteresadamente por mejorar sus calles y que están fuera de las guerras políticas porque su único interés es hacer las cosas bien.

Lo lógico, coincidirán conmigo, es que nada mejor para un municipio que ser gobernado por quienes se van a dedicar en cuerpo y alma a mejorarlo porque no tienen intención alguna en “ir subiendo” en el partido.

Pues no ha sido así. Han resistido, sí, pero su representación se ha visto muy reducida por una tendencia que está resurgiendo.

Vuelve el bipartidismo.

Probablemente no sea tan puro como el que veníamos teniendo hasta el 15M (qué recuerdos) pero vuelve. En el espacio de la izquierda Podemos no ha logrado configurar un espacio propio mayor que aquel que ya tuvo IU en sus buenos momentos y a la derecha -ciertamente ahora más fragmentada- se empieza a notar la debilidad electoral de VOX al no haber logrado hacer el sorpasso al PP en “provincias”.

No se ha conseguido romper el bipartidismo en aquellas circunscripciones donde se reparten dos, tres o cuatro diputados. Y si estuvo en algún momento un poco amenazado ya nada queda. El peor PP ha resistido, únicamente superado por el PSOE.

Habrá más diversidad en las ciudades, al menos durante un tiempo, pero más allá de las grandes zonas urbanas PP y PSOE copan toda representación posible.

El votante es muy injusto y busca seguridad. Durante unos años llegó a estar tan harto que se olvidó de sus miedos e hizo temblar el turno pacífico, pero aquello pasó. La oportunidad se va cerrando cada vez más y -olvidada la corrupción- vuelve a crecer el PSOE y no tardará en recuperarse el PP.

Al fin y al cabo tienen una solidez estructural inmensa, la memoria del votante es absolutamente reducida y su capacidad de perdón infinita.

No me olvido de Ciudadanos. Puede hacer que esta vuelta al bipartidismo sea más lenta y menos profunda. O puede ir diluyéndose si el votante empieza a dudar de su utilidad, de su capacidad de inclinar la balanza hacia ambos lados en vez de hacia el mismo siempre.

Seguimos lejos de las mayorías absolutas, pero veremos subir los porcentajes de voto de PP y PSOE cada vez más, y más, y más…

¿Y los jóvenes, qué?

No es una encuesta, no verán porcentajes, ni estimación de escaños, ni va ganando uno u otro.

Las conclusiones que se exponen de manera sintetizada a continuación son el resultado de un trabajo de campo cualitativo realizado a lo largo de tres semanas en 8 provincias españolas conversando con más de 1.500 jóvenes de entre 18 y 30 años.

La información se ha extraído de conversaciones espontáneas, en sus propios grupos de amigos y en sus espacios (Universidades públicas, terrazas, bares y parques). Son respuestas no dirigidas ante preguntas no relacionadas de manera directa.

Se ha valorado la información obtenida sobre percepciones electorales, posicionamiento y definición política ante las Elecciones Generales del 28A.

Conclusiones más relevantes:

  • Se ha podido comprobar un patrón de voto que se repite de forma significativa:

-Van a votar a VOX (Expresado de forma nítida y significativamente elevada)

-Van a votar contra VOX (Temen la aparición y subida del partido de Abascal como algo real ante lo que deben actuar)

-Van a votar a PACMA (Más allá de la dualidad anterior)

  • El votante de VOX es un votante/militante. Es decir, no es un joven “de derechas” que duda entre PP, Cs o VOX. Es alguien convencido de ser y votar a VOX por motivos “fundamentales”. Ejerce liderazgo entre su grupo de amigos, es extrovertido, el primer en hablar, disfruta del debate y proclama su voto porque se siente respaldado por su entorno para hacerlo. No es una voz minoritaria ni contestataria con el grupo, es la predominante en su grupo.
  • El votante que reacciona ante VOX no quiere que se disperse el voto. Se decanta por el PSOE por descarte, no por ilusión o interés real. Votarán al PSOE para que no gane VOX, partido del que hablan con expresiones vinculadas a “temor”, especialmente en el caso de las mujeres. Saben, por su entorno, que el votante de VOX no es nada minoritario.
  • El votante “Contra VOX” está decepcionado con Podemos. No ve que sea útil votarles. Es la segunda opción para aquellos que por algún motivo no van a votar al PSOE ni quieren a VOX pero significativamente minoritario (excepto en provincias como Alicante, Pontevedra,…)
  • Otro problema fundamental para Podemos es que el votante de izquierdas no está preocupado (en estas elecciones) por “parar a los bancos” o “parar a los poderes económicos ocultos”. Lo que quieres es parar a VOX, y para eso funciona mejor el PSOE, básicamente porque el discurso de Podemos no encaja en su preocupación Nº1
  • Es cierto también que no hay posicionamiento claro en favor o en contra de Pedro Sánchez/PSOE. No surge de manera espontánea defensa de nada “hecho” por el Gobierno ni crítica (por parte de los votantes de izquierdas). “Hay que votar al PSOE, visto lo visto” es el argumento con el que justifican el cierre de su voto.
  • Cs no aparece como actor político entre los jóvenes. No quiere decir que no tenga votantes, pero no forma parte del debate, no genera interés, no esta en juego ni provoca defensas o críticas emocionales.
  • El votante de PACMA es joven, en muchos casos va a ir a votar por primera vez y se decanta por esa opción precisamente para evitar entrar en la dicotomía mayoritaria. Es un votante que dice en alto su voto, realmente decidido, que apenas sufre desgaste por voto útil hacia el PSOE. Los jóvenes valoran lo sencillo y claro de su mensaje aunque critican, eso sí, que ha aumentado su “radicalidad”.
  • Apenas hay menciones a la situación económica o laboral. Sí a la defensa de derechos (Por un lado) y a la defensa de España (por otro)
  • Resulta muy difícil tratar de extraer un estereotipo del votante joven de VOX atendiendo a los habituales parámetros de imagen. Lo mismo va con camisa y náuticos (los menos) que están tomando botellines, fumando porros y con camiseta y vaqueros (los más).
  • Hay un número muy relevante de jóvenes (de izquierdas) con derecho a voto que, queriendo votar, no saben por quién hacerlo. Son un grupo que no quiere que gane VOX, pero para quienes ese único argumento -todavía- no les ha llevado a definir su voto. De manera indirecta expresan que “al final habrá que hacerlo (En referencia a PSOE o Podemos)” pero en cierto modo se resisten, esperando que de alguna manera aparezcan posibilidades mejores.

El posicionamiento “contra VOX” es especialmente significativo entre las mujeres y se refieren a dicho partido en numerosas ocasiones con expresiones de temor real “nos van a fundir”, “van a acabar con todo”, “como ganen, estamos jo***as”, etc

Por el contrario las mujeres de derechas se ubican más en una posición cercana al PP en edades más elevadas (cerca de los 30) mientras que las más jóvenes (en el espectro ideológico de la derecha) comparten grupo de amigos, charla y debate con VOX. Si bien es cierto que de manera pública no mencionan su apoyo a VOX de forma tan abierta como sus compañeros masculinos, no se sienten incómodas con verles defender las propuestas de VOX aunque se mantienen en silencio y eluden el debate si te trata de conocer más su opinión.

 

Conclusiones asociadas:

  • El desconocimiento sobre el sistema electoral es enorme. Apenas se entiende lo que significa la circunscripción, a quién votan, que lista tendrán en su provincia, cómo se va a repartir cada escaño. Queda simplificado a que “cuantos menos partidos haya, mejor”.
  • Por sorprendente que pueda parecer, hay una confusión más que relevante sobre qué elecciones son las siguientes.
  • El debate sobre las armas propuesto por VOX no ha sido positivo para ellos y apenas ha tenido repercusión entre sus votantes.
  • De manera general tienen el sistema democrático perfectamente asumido, a pesar de la voluntad de concentrar el voto ven bien que más partidos se presenten.

 

Consideraciones finales:

¿Significa esto que VOX va a ganar las Generales? NO

¿Significa esto que el PP no existe? NO

¿Significa esto que el PSOE logrará la victoria aplastante? NO

Son consideraciones cualitativas. Surgen de la conversación, del debate, de lo que comentan. Cualquier intento de extrapolar a términos cuantitativos lo aquí expuesto corre enorme riesgo de error.

El valor de estas consideraciones y conclusiones son de fondo. ¿Qué se debate? ¿Qué está moviendo hacia un voto u otro? ¿Qué significa para los jóvenes un partido u otro? ¿Qué determinará su decisión final ante la urna?

Se trata del valor del mensaje, de lo que está llegando, de lo que no, de lo que está en la agenda, de lo que no parece que vaya a estar, de lo relevante, de lo que está en la opinión diaria.

Que no es poco…