Diario de un perro en pandemia

Esta gente no sale. Los saco cuando puedo, pero tiran y tiran para volver.

Nunca los entendí bien, nunca supe para qué se iban tanto si había comida, agua y calor en casa, pero ahora menos. No tienen término medio.

Hoy nos paró la policía. Todo el mundo lleva como una bolsa en la boca, así que no se les entiende nada, pero no pude llegar al césped ese que tenemos tan cerca de casa, así que no nos hemos movido de nuestra acera. Veinte pasos a un lado, veinte para el otro. He terminado meando por aburrimiento.

Al resto de perros los veo poco y de lejos, así que no es cosa de los míos, están raros todos. Se alejan unos de otros y hay muchos menos. Eso es bueno, porque hay menos ruido y la calle está más limpia. Se agradece.

Creo que muchos humanos se han ido, porque no les veo desde hace días. No se bien a dónde ni porqué, pero no están. Ni hay saludos cariñosos ni caricias, claro.

Así que en casa les sigo más que nunca, no sea que les de también por desaparecer. De la cocina al cuarto, del cuarto al salón y al baño, porque no me dejan, pero yo lo intento. Aunque no tengan ventanas ahí, prefiero no fiarme.

Visitas tampoco hay, nadie viene a vernos. Por mi mejor, me pone nerviosa tanto niño gritando por la casa -bastante tengo con los míos-, pero es raro. Otro motivo para pensar que algo les está pasando, que temen la calle y que por eso no salen, por si no pueden volver, como les ha pasado a los otros.

Yo, lo veo todo igual. En realidad mejor. Huele incluso mejor, hay más pájaros y menos golpes al suelo, que ya apenas tiembla. También menos cosas enormes de esas con ruedas que tanto temo desde que me pasó una por encima.

Total, que ahora que es cuando menos miedo da la calle, no se atreven a salir. Raros, están raros. Más de lo habitual.

Tampoco me pienso estresar demasiado. Sigue habiendo agua, comida, cojines y están conmigo.

Escribir

Escribía con gritos en forma de coro constante. Imposible acallarlos, suavizarlos, moderarlos.

Haber puesto el ordenador al lado de la televisión que tiene la Play no había sido buena idea, al menos esa tarde. Igual el fallo era suyo, por tratar de escribir cuando se juega. Recordó aquello de que tampoco se debía trabajar cuando se bebía.

Igual esa era la mejor salida. Una cerveza y a esconderse al cuarto. Pero las cervezas saben bien al sol, en verano. O en un día de nieve, pero bien abrigado, con guantes. En casa, solo, era una bebida demasiado fría. Para una copa mejor esperar un rato más.

La pelea estaba perdida. Le ganaban a ruido y hasta en número. Dos contra uno y con más energía y volumen de voz del que ni cabreado podría igualar.

Aún así se mantuvo firme, tecleando. Repasaba cada frase escrita para revertir las letras que había pulsado en orden incorrecto, para añadir las que se había comido y para volver a construir las frases inconexas, fruto de la nula posibilidad de concentración.

A la vez llegaban mensajes por Telegram, Whastapp y hasta por Facebook. Todos los que no habían llegado mientras estaba tirado en el sofá hacía apenas cuarenta minutos, cuando hubiera podido disfrutar respondiéndolos.

A pesar de ello siguió escribiendo, hasta que decidió, él, cuando debía poner el último punto.