Quiero luchar

La cita era a las 12:25.

12 días, 3 horas y 45 minutos después de que le hicieran las pruebas por esa masa tan rara que habían visto.

Días de infierno, lentos como la peor de la clases de universidad. Ni respondió a las llamadas, ni a los mensajes ni a quienes querían hablar en casa.

Perdidos, malgastados. Como le dijeran que se confirmaba la peor de las opciones, además tendría que deprimirse más por todo ese tiempo llorado.

No quería morir, no quería. De ninguna manera. No, por favor, mientras se dejaba caer al suelo en su habitación.

Mezclaba angustia, ansiedad. Una desesperación como jamás pensó que podría existir.  Y encerrada, enfadada, sin querer ver a sus hijos.

El dolor de una muerte que sentía le iban a confirmar, que ya estaba sentenciada. Y eso que le decían que no, que también podría no ser nada, o poco, o malo pero vencible.

No podía fiarse de ellos, de nadie. Porque no era capaz.

A las 13:10 seguía esperando. Ni siquiera miraba la hora, sólo a la pared. Podría haberla gastado, aclarado la pintura azul de tanto fijarse en un mismo punto.

El día antes ya no había llorado nada. Estaba gastada, vacía.

Su mujer la llevó del brazo tras encontrarla dormida en el suelo. La había duchado, vestido y dado de desayunar sin signo alguno de que ella estuviera ahí. Ahora igual, sentada a su lado pero sin sentirse cerca.

No fue consciente cuando dijeron su nombre. Sus ojos se centraron en el doctor. Abiertos, inmensos, secos y rojos.

– “No es tan malo como parecía. Está ahí, pero vas a poder luchar contra él”

Su rostro mutó por completo, destrozando en pedazos aquella rigidez para poder esbozar una sonrisa.

– “Quiero luchar”

 

Ver la guerra

Llevaban sin avanzar ni retroceder prácticamente dos años. En medio, un pueblo completamente arrasado, sin vida, con casas que se mantenían en pie de forma incomprensible.

Había ventanas sin suelo, tejados sin pilares, puertas que no llevaban a sala alguna.

Y se suponía que luchaban por invadirlo, tomarlo, por poner la bandera de su trozo de país. Un par de meses más y no quedaría un solo muro que pudiera hacer de mástil ni nada de lo que tomar posesión pero ahí seguían, incansables.

Los dos generales se conocían. Justo un año antes del inicio de aquella guerra civil la hija de uno se había casado con el hijo del otro. Se llevaban de maravilla, compartían fines de semanas en el campo cazando y esperaban con ganas el primer nieto.

Ahora, tras dos años obligados a matar al otro, o al menos a los suficientes de los suyos, únicamente lograban verse a escondidas cada muchos meses.

El frente era infernal, pero con todos los ejércitos apuntando al mismo sitio, bastaba con irse unos kilómetros a un lado u a otro para encontrarse. Al principio con peluca y maquillaje, más tarde tal y como salían de sus campamentos.

Se fueron enfrentando lo suficiente como para estar cerca de odiarse. Al principio se abrazaban, más tarde se empezaron a recriminar los muertos de unos y otros. Aquella sería la última reunión, el último intento.

Las anteriores solo habían incrementado la tensión. Ya ni hablaban de sus hijos, para no hacer la guerra más grande, pero deseaban matarse para poder terminar aquel espanto. Ninguno se ofreció a rendirse, así que para pedirlo por última vez, acordaron verse. Si no había cesión, cargarían al día siguiente hasta que el último soldado cayera.

Llegaron a la misma casa abandonada, sacaron la misma botella de Whisky de debajo del carbón de la chimenea y se sentaron en la pequeña mesa que había sobrevivido en aquel salón.

Se chillaron, insultaron, hicieron recuento de bajas, de tácticas e incursiones inmorales, de trato a los prisioneros, de sus madres con los insultos correspondientes y -por fin- de sus hijos.

Se gritaron por ellos. Por no saber nada de dónde estaban. Se culparon mutuamente. El primer silencio al mencionarlos no duró lo suficiente. A los pocos segundos el recuerdo no fue más que nueva munición.

La botella vacía facilitó el enfrentamiento. El primer puñetazo llegó con los dos todavía sentados. El otro saltó la mesa para devolverlo. Desde el suelo, con sus navajas se cortaron tanto como pudieron.

Sus uniformes, al principio tan distintos, acabaron teñidos del mismo rojo sangre. Apenas se les distinguía, apenas dejaban de golpearse un segundo.

Uno dejó de moverse. Por fin un golpe efectivo. No generó compasión.

Más rabia y más ira. Los pulgares de quien ganaba aplastaron las cuencas de los ojos de su enemigo hasta sacárselos.

Gritó a verlos en su mano. Al volver en sí reconoció de golpe al padre de su yerno. Eran sus ojos azules.

Volvió la ira y la rabia, ahora contra él mismo. No imaginaba cómo compensar lo hecho, cómo volver a la vida, a aquella en la que eran familia.

Se arrancó los suyos. Quería pagarse con la misma moneda, con el mismo dolor. Dejó de ver, pero siguió sintiendo en sus manos los cuatro ojos. Húmedos, blandos.

Sentía morirse, le fallaban las fuerzas. No quiso que nadie encontrara aquella escena, con cuatro ojos en sus manos. No iba a dejar esa herencia.

Aplastó a tientas ojos en cada cuenca y cayó desmayado. Creyó que muerto.

Despertó en el hospital de campaña. Otra vez en el frente, otra vez vivo. Reconocía vagamente donde estaba, pero no entendía lo ocurrido.

Le explicaron el rescate, cómo les encontraron, qué el General enemigo también fue rescatado con vida, que cada ejército pactó llevarse al suyo, que seguía la guerra, que habían seguido muriendo, que qué órdenes daba.

Pidió unos minutos a solas. En el baño se llenó las manos de agua y se lavó la cara. No veía lo que sentía, cómo si una extraña miopía hubiera aparecido de golpe. Pensó que no podía ser más normal, teniendo en cuenta sus recuerdos.

Se miró al espejo y de golpe entendió todo. Esos ojos azules no eran los suyos.

Estuvo paralizado hasta que alguien, desde fuera, preguntó si estaba bien.

Salió. Veía a sus soldados como enemigos. Le daba miedo lo que veía, aunque su cuerpo no podía estar más relajado. El frente no podía ser más incoherente. Sus ojos le enseñaban aliados donde había ametralladoras disparándole y rivales entre quienes le ayudaban para agacharse y evitar las balas.

El horror de aquella guerra volvió a ser real, cercano, terrible. Veía morir y de golpe todos eran de los suyos. No había ya otros. Unas muertes las lloraba, otras las sentía en el corazón. De golpe todas le dolían, le machacaban.

Gritó un alto el fuego tan fuerte que se cumplió. Sólo con las balas viniendo de un lado salió de su posición y caminó recto hacía donde veía a sus soldados. Le rozaron tres, una le impactó en el hombro. Siguió andando y cesaron también las balas que le llegaban de cara.

Por primera vez en dos años silencio en las ruinas. En lo que una vez fue la plaza de aquel pueblo, tras los escombros del campanario, su amigo.

De cerca, se miraron, se reconocieron en el otro y se abrazaron.

No hubo un disparo más.

Cambio de ojos

Le despertaron a gritos.

Así había sido desde que comenzó la guerra. Gritos, ruido, gritos, órdenes, gritos, disparar, cubrirse, dormir, volver a empezar.

Estaba harto. Ya apenas sentía miedo, desde hacía semanas la tripa no le molestaba, no rugía ni le recordaba la descomposición en la que todos estaban.

Al principio le dijeron que vería cosas horribles, que las pesadillas le acompañarían y fue cierto un tiempo. No dejaba de ver el horror que provocaban sus éxitos con el fusil, ni lo desastroso de una mala cobertura a sus compañeros. Había visto derramarse más sangre de la que creía que cabía en un cuerpo, caras de dolor verdadero, del que desea la muerte.

Todo lo había visto con sus ojos. Pero no solo la guerra. Desde que nació siempre había ocurrido lo mismo. De golpe se angustió tanto como para no escuchar más gritos a su alrededor.

“Siempre viendo todo desde la misma perspectiva, siempre yo, siempre mis ojos”. Sólo había visto el mundo desde dentro de su cuerpo, todo era en realidad una sombra en una cueva. La luz venía de su cabeza, los colores, las explicaciones.

El pensamiento le presionó tanto el pecho como la primera vez que vio la trinchera.

Llevaba toda su vida viendo siempre a través de los mismos ojos. Sólo había visto el mar desde donde él estuviera, sólo había visto a sus novias desde su cuerpo, con sus ojos. Todo el mundo había sido visto por él.

Entendió lo que le llevaba a creerse tan especial. Por mucha empatía que tuviera, sus ojos iban a estar siempre en sus cuencas, conectados al mismo cerebro y poniéndole a él primero, por delante, lo más importante.

La angustia creció hasta convertirse en claustrofobia. Se sintió encerrado en su cuerpo, atado a verlo todo desde ahí. No podía ver más que aquello que sus ojos le dejaran observar.

No pudo soportarlo. El silbido de las balas le recordaron de golpe dónde estaba.

Volvió a ver con sus ojos. Sangre de nuevo, un arma en sus manos y gritos.

Miró a todos los demás. Sus ojos estaban en otros sitios, viendo otras cosas que él no veía. Le veían a él, desde fuera, cuando él sólo se podía mirar desde sus propios ojos. Preso de nuevo.

Se sintió un desconocido. Nuca se había observado de verdad, desde fuera, como realmente debía ser.

Pudo ser la locura de la guerra, pero no lo aguantó más.

Salió de la trinchera hacía la fosa de cadáveres mientras le gritaban. Buscó un cuerpo conocido. Fue sencillo.

Le arrancó los ojos, se arrancó los suyos y los cambió. Apretó hasta meterlos en sus cuencas, gritando de dolor.

Durante ese rato no vio nada. Le pareció hasta relajante. Cuando terminó vio de nuevo todo.

Otros ojos, pero para ver lo mismo. Desde el mismo sitio. A pesar de que habían visto una vida diferente, ahora veían la misma.

Probó con otros ojos. Probó con ojos de mujer, de niño, incluso a ponerse un ojo de una persona y otro de otra.

Estaba bañado en sangre y seguía preso. Sólo podía ver desde donde estaba, desde lo que era, desde lo que ya había visto. Podía ver más, ver lo que nunca había visto, pero jamás podría hacerlo siendo otro.

La oscuridad llegó por una bala. Imposible saber si propia o ajena.

Le daba lo mismo

De fondo sonaba flamenco. Una de esas canciones que crees que te sabes, pero de la que apenas puedes tararear el estribillo.

Le hizo perderse la conversación de su mesa. Nunca había logrado mantener la concentración cuando se colaba música. Desconectaba, se iba con ella. Por eso odiaba ir a discotecas y bares. Era como estar sordo ante los demás.

Cada tres frases asentía, cada menos si le miraban. Ni el más mínimo esfuerzo estaba dedicando a enterarse de lo que decían.

Hasta que no salieron a la calle, tras pagar las cañas, no volvió a la conversación. Se alegró de que apenas hubiera avanzado. Les había dejado hablando de los límites de la libertad de expresión y ahí seguían, debatiendo sobre la legalidad -o no- de quemar fotos de Juan Carlos, Felipe, Sofía o Letizia.

No tuvo ganas de participar. Pensó que simplemente era algo que él no haría ni le gustaba ver a pesar de su activa militancia republicana.

Como seguía sin posicionarse,  a pesar de las cada vez más recurrentes miradas de uno y otro cuando terminaban un argumento, el debate seguía empatado. Sus dos amigos se pisaban la palabra, con cada vez mayores gestos con las manos, en una escalada infinita de ideas, ejemplos y supuestos que casi nunca venían al caso.

Se dio cuenta de que esperaban de él una decisión final, que cual árbitro decidiera quien ganaba.  Cada uno de ellos buscaba ese dos contra uno que él podía darles.

Se negó a hacerlo. Lo hubiera hecho de haber visto que aquello serviría para convencer al otro, pero a esas alturas sólo esperaban vencer.

Buscó una excusa para irse sin acompañarles y tras lograrlo recorrió varias manzanas en silencio, sin rumbo, perdiéndose por su propia ciudad.

Se sentó en un banco más para frenar sus pensamientos que sus pies. Hubiera podido seguir caminando, pero no podía seguir pensando.

Le asfixiaba la idea de no saber dónde posicionarse, de no haber querido ni podido dar la razón a uno o a otro. Le daba igual y eso le suponía un peso terrible.

¿Cómo podía darle lo mismo que quemar una fotografía fuera o no libertad de expresión? No se entendía. Siempre había vivido la política y la actualidad con pasión y ahora, de golpe, nada de eso le indignaba tanto como para moverse.

Siguió allí sentado. Llegó a darse pena, a enfadarse a preocuparse, pero no logró recuperar esa pasión por la lucha que hasta entonces le caracterizaba.

Cuando sintió frío se levantó, entró a una tienda para comprar pipas y se fue a casa a seguir viendo su serie en Netflix.