Ver la guerra

Llevaban sin avanzar ni retroceder prácticamente dos años. En medio, un pueblo completamente arrasado, sin vida, con casas que se mantenían en pie de forma incomprensible.

Había ventanas sin suelo, tejados sin pilares, puertas que no llevaban a sala alguna.

Y se suponía que luchaban por invadirlo, tomarlo, por poner la bandera de su trozo de país. Un par de meses más y no quedaría un solo muro que pudiera hacer de mástil ni nada de lo que tomar posesión pero ahí seguían, incansables.

Los dos generales se conocían. Justo un año antes del inicio de aquella guerra civil la hija de uno se había casado con el hijo del otro. Se llevaban de maravilla, compartían fines de semanas en el campo cazando y esperaban con ganas el primer nieto.

Ahora, tras dos años obligados a matar al otro, o al menos a los suficientes de los suyos, únicamente lograban verse a escondidas cada muchos meses.

El frente era infernal, pero con todos los ejércitos apuntando al mismo sitio, bastaba con irse unos kilómetros a un lado u a otro para encontrarse. Al principio con peluca y maquillaje, más tarde tal y como salían de sus campamentos.

Se fueron enfrentando lo suficiente como para estar cerca de odiarse. Al principio se abrazaban, más tarde se empezaron a recriminar los muertos de unos y otros. Aquella sería la última reunión, el último intento.

Las anteriores solo habían incrementado la tensión. Ya ni hablaban de sus hijos, para no hacer la guerra más grande, pero deseaban matarse para poder terminar aquel espanto. Ninguno se ofreció a rendirse, así que para pedirlo por última vez, acordaron verse. Si no había cesión, cargarían al día siguiente hasta que el último soldado cayera.

Llegaron a la misma casa abandonada, sacaron la misma botella de Whisky de debajo del carbón de la chimenea y se sentaron en la pequeña mesa que había sobrevivido en aquel salón.

Se chillaron, insultaron, hicieron recuento de bajas, de tácticas e incursiones inmorales, de trato a los prisioneros, de sus madres con los insultos correspondientes y -por fin- de sus hijos.

Se gritaron por ellos. Por no saber nada de dónde estaban. Se culparon mutuamente. El primer silencio al mencionarlos no duró lo suficiente. A los pocos segundos el recuerdo no fue más que nueva munición.

La botella vacía facilitó el enfrentamiento. El primer puñetazo llegó con los dos todavía sentados. El otro saltó la mesa para devolverlo. Desde el suelo, con sus navajas se cortaron tanto como pudieron.

Sus uniformes, al principio tan distintos, acabaron teñidos del mismo rojo sangre. Apenas se les distinguía, apenas dejaban de golpearse un segundo.

Uno dejó de moverse. Por fin un golpe efectivo. No generó compasión.

Más rabia y más ira. Los pulgares de quien ganaba aplastaron las cuencas de los ojos de su enemigo hasta sacárselos.

Gritó a verlos en su mano. Al volver en sí reconoció de golpe al padre de su yerno. Eran sus ojos azules.

Volvió la ira y la rabia, ahora contra él mismo. No imaginaba cómo compensar lo hecho, cómo volver a la vida, a aquella en la que eran familia.

Se arrancó los suyos. Quería pagarse con la misma moneda, con el mismo dolor. Dejó de ver, pero siguió sintiendo en sus manos los cuatro ojos. Húmedos, blandos.

Sentía morirse, le fallaban las fuerzas. No quiso que nadie encontrara aquella escena, con cuatro ojos en sus manos. No iba a dejar esa herencia.

Aplastó a tientas ojos en cada cuenca y cayó desmayado. Creyó que muerto.

Despertó en el hospital de campaña. Otra vez en el frente, otra vez vivo. Reconocía vagamente donde estaba, pero no entendía lo ocurrido.

Le explicaron el rescate, cómo les encontraron, qué el General enemigo también fue rescatado con vida, que cada ejército pactó llevarse al suyo, que seguía la guerra, que habían seguido muriendo, que qué órdenes daba.

Pidió unos minutos a solas. En el baño se llenó las manos de agua y se lavó la cara. No veía lo que sentía, cómo si una extraña miopía hubiera aparecido de golpe. Pensó que no podía ser más normal, teniendo en cuenta sus recuerdos.

Se miró al espejo y de golpe entendió todo. Esos ojos azules no eran los suyos.

Estuvo paralizado hasta que alguien, desde fuera, preguntó si estaba bien.

Salió. Veía a sus soldados como enemigos. Le daba miedo lo que veía, aunque su cuerpo no podía estar más relajado. El frente no podía ser más incoherente. Sus ojos le enseñaban aliados donde había ametralladoras disparándole y rivales entre quienes le ayudaban para agacharse y evitar las balas.

El horror de aquella guerra volvió a ser real, cercano, terrible. Veía morir y de golpe todos eran de los suyos. No había ya otros. Unas muertes las lloraba, otras las sentía en el corazón. De golpe todas le dolían, le machacaban.

Gritó un alto el fuego tan fuerte que se cumplió. Sólo con las balas viniendo de un lado salió de su posición y caminó recto hacía donde veía a sus soldados. Le rozaron tres, una le impactó en el hombro. Siguió andando y cesaron también las balas que le llegaban de cara.

Por primera vez en dos años silencio en las ruinas. En lo que una vez fue la plaza de aquel pueblo, tras los escombros del campanario, su amigo.

De cerca, se miraron, se reconocieron en el otro y se abrazaron.

No hubo un disparo más.

Desapareció

Por fin encontró la manera de ser invisible.

Seguía sin ser una misión sencilla, debía dejar muchas cosas atrás, pero la oportunidad merecía la pena.

Lo descubrió casi sin querer, con un cambio del algoritmo de Facebook. Algo provocó que sus amigos dejaran de ver sus publicaciones. Pasó de superar siempre los cincuenta “me gusta” a no pasar de un par de ellos.

Al principio le molestó y le entristeció. Se iba la fama, la repercusión, su supuesta importancia en el mundo. De golpe ya nadie veía -o a nadie le importaban- sus publicaciones, sus disertaciones sobre la política o sus chistes gráficos. Nada.

De la angustia pasó a la irremediable aceptación y de ahí a ver la oportunidad esperada.

Aquel sueño infantil que la madurez le había hecho olvidar estaba ante sí, a escasos golpes de ratón.

Desapareció de Facebook, cerró Instagram, olvidó Twitter. Le costó, física y emocionalmente, sacar su SIM del iPhone para volver a meterla en un viejo Nokia.

A la semana dejó también ese móvil en un cajón. Desenchufó el router de casa y desconectó el fijo.

Al mes nadie sabía que seguía existiendo. Le seguían viendo por la calle, pero ya solo tenía un nombre, vacío de cualquier identidad. No era nadie, nadie sabía qué hacía, dónde estaba ni qué deseaba comprar.

Se volvió invisible para Google, para Amazon, para Facebook. Apple no pudo seguir rastreando sus movimientos.

Los nuevos ojos, los que hoy son capaces de ver, eran incapaces de encontrarle.

Desapareció.