Después, seguiremos igual

Si el coronavirus pasa, si realmente pasa, es muy probable que nada cambie.

No seremos una sociedad diferente, no se alterarán por completo nuestras costumbres, no habrá un renacimiento en nuestras formas de convivencia.

Si pasa, nos olvidaremos del vecino con el que aplaudimos porque volveremos a no tener casi nada en común, volveremos como locos a nuestras rutinas, no nos pondremos más mascarillas y llenaremos los bares. Será cuestión de tiempo. Salvo que después de este coronavirus venga otro y otro de manera seguida, salvo que a partir de ahora vivamos luchando contra un virus nuevo de forma constante, no vamos a cambiar.

Cambiar hábitos y costumbres lleva vidas enteras. Un mes -dos meses, tres meses- encerrados está muy lejos de hacer que una sociedad cambie, sobre todo cuando hablamos de comportamientos esenciales.

No vamos a ser mejores. Ni peores. Es mentira que no valoremos la Sanidad. A la Sanidad la valoramos muchísimo, más cuando hay una crisis, pero de aquí a que volvamos a votar habrá otro foco de atención.

No se nos olvidará lo ocurrido, tendrá más espacio en los discursos de campañas cercanas, pero nos diremos que ya ha pasado, que hay más cosas, que ahora el problema es otro. Como siempre.

Si fuéramos de otra forma, si como sociedad se actuara aprendiendo a la primera no habríamos llegado a este punto tan desastroso. Hay que presuponer que seguiremos contaminando, usando el coche, dejando el teletrabajo abandonado. Bueno, tal vez teletrabajemos más, pero porque la tendencia ya estaba iniciada, la costumbre nueva estaba ya en marcha y esto ha sido un acelerante.

No es pesimismo, es evitar lamentos cuando salgamos. Es rebajar la épica, para que el golpe no sea tan duro. Ahí fuera no ha cambiado nada, ni nosotros lo suficiente salvo que -una vez que pase- nos lo propongamos. Pero será, de ser, una decisión colectiva que está por venir y que conlleva hacer un cambio, no creer que lo vivido lo ha sido.

Lo que más durará será el miedo y las -terribles- consecuencias económicas. Justo los dos factores que menos tienden a hacer a las sociedades mejores en conjunto.

En ese día de mañana seremos igual de egoístas, de superfluos, de apasionados por los futbolistas, por Instagram, por la moda, por las playas y las terrazas. Mandaremos al distanciamiento social, día a día, cada vez más lejos mientras nos vamos acercando.

Porque es lo que somos, es a lo que tendemos.

Este confinamiento quedará en las pequeñas cosas, en las imperceptibles, pero no en las grandes. Quedará en ese extra de latas de conservas que compraremos por si acaso, en ese lavado de manos un poco más intenso, aunque se vaya haciendo menos frecuente. En taparnos un poco más al toser, en saludarnos un poco más afectuosamente en el bloque si nos cruzamos. Casi todas, cuestiones individuales no sociales.

Hasta la economía, luchará por volver a lo que sabe.

La prueba es que no es la primera vez que pasa.

Foto: Desinfectando a Pericles. Murió en 429 AC, por una epidemia.

 

Hay que atacar al Gobierno

Cada queja, ataque y petición al Gobierno es una buena noticia. Reclamarle, ponerle a parir, incluso pedir dimisiones es, en estos momentos de crisis, un maravilloso síntoma de que lo importante sigue en pie.

La alternativa es peor. Teman, de verdad, cuando no haya menciones a lo mal que lo hacen unos u otros porque entonces estaremos al borde del caos absoluto. Cuando a nadie le importe lo que haga o deje de hacer el Gobierno (nacional, local, el que sea) -esperemos que no lleguemos a eso- se habrá acabado todo tal y como lo conocemos.

Estamos mal, pasándolo como no lo habíamos pasado en años, pero la máquina sigue en marcha incluso cuando casi todo está parado. Eso es tan bueno, que casi no nos damos cuenta. Nuestro sistema social y político está resistiendo y hay que lograr que siga haciéndolo.

Toca dar las gracias por seguir teniendo oposición y porque puedan dedicarse a atacar y fiscalizar al Gobierno. Dar las gracias porque los medios sigan, incluso los que venden bulos. Aunque el motor no sea ahora mismo el mejor del mundo, es un lujo que siga carburando casi en modo normal.

Todo lo malo que estamos viendo es en realidad un buen síntoma, no debemos olvidarlo.

El resto, como sociedad, vamos también a seguir cometiendo errores, por perfectos que nos creamos. Somos, por naturaleza, seres sociales habituados al exterior y llevamos casi un mes encerrados así que no tratemos de ser maravillosos.  Tratemos de aguantar porque esto no es normal. Así de sencillo, no estamos hechos para esto.

Vamos a criticar, vamos a creernos los bulos, nos vamos a indignar, vamos a gritar contra los políticos, contra los vecinos que pasean a sus perros, vamos a desesperarnos, a tener ansiedad, a ir un día a comprar el periódico aunque no sea esencial. Es normal porque cada uno tiene su lucha, hace lo que puede, como puede. Igual que los gobiernos.

No se pueden hacer bien las cosas cuando todo está mal, porque ni siquiera las hacíamos perfectas cuando todo estaba bien.

Critiquemos y aprendamos a ser criticados. El Gobierno no lo va a hacer bien, nosotros tampoco todo el rato y no pasa nada por decirlo, por desahogarse un poco. Lo importante es que juntos sigamos manteniendo ese frágil pacto social que apenas vemos pero del que dependemos todos.

Sintamos la fuerza de la solidaridad, la esperanza de que cada vez estamos más cerca del final y de que esto pasará.

Porque poder decir “a estos no les vuelvo a votar”, convencidos de que es cierto y que ocurrirá, vale oro. Significa que todo lo importante sigue en pie.

 

Diario de un perro en pandemia

Esta gente no sale. Los saco cuando puedo, pero tiran y tiran para volver.

Nunca los entendí bien, nunca supe para qué se iban tanto si había comida, agua y calor en casa, pero ahora menos. No tienen término medio.

Hoy nos paró la policía. Todo el mundo lleva como una bolsa en la boca, así que no se les entiende nada, pero no pude llegar al césped ese que tenemos tan cerca de casa, así que no nos hemos movido de nuestra acera. Veinte pasos a un lado, veinte para el otro. He terminado meando por aburrimiento.

Al resto de perros los veo poco y de lejos, así que no es cosa de los míos, están raros todos. Se alejan unos de otros y hay muchos menos. Eso es bueno, porque hay menos ruido y la calle está más limpia. Se agradece.

Creo que muchos humanos se han ido, porque no les veo desde hace días. No se bien a dónde ni porqué, pero no están. Ni hay saludos cariñosos ni caricias, claro.

Así que en casa les sigo más que nunca, no sea que les de también por desaparecer. De la cocina al cuarto, del cuarto al salón y al baño, porque no me dejan, pero yo lo intento. Aunque no tengan ventanas ahí, prefiero no fiarme.

Visitas tampoco hay, nadie viene a vernos. Por mi mejor, me pone nerviosa tanto niño gritando por la casa -bastante tengo con los míos-, pero es raro. Otro motivo para pensar que algo les está pasando, que temen la calle y que por eso no salen, por si no pueden volver, como les ha pasado a los otros.

Yo, lo veo todo igual. En realidad mejor. Huele incluso mejor, hay más pájaros y menos golpes al suelo, que ya apenas tiembla. También menos cosas enormes de esas con ruedas que tanto temo desde que me pasó una por encima.

Total, que ahora que es cuando menos miedo da la calle, no se atreven a salir. Raros, están raros. Más de lo habitual.

Tampoco me pienso estresar demasiado. Sigue habiendo agua, comida, cojines y están conmigo.

Seremos diferentes

Más despacio, menos cosas, más sencillo.

Cuando íbamos más rápido, más cosas hacíamos y más complicadas parecían.

Frenazo, de golpe. No somos uno, somos montones, una sociedad entera. Tanto que lo que hacemos tiene consecuencias inmediatas en el otro y viceversa. Resulta que nuestra salud, la de la gente que amamos, depende de lo que otros hagan, de lo responsables que sean, de la empatía que tengan.

Despertamos en sociedad, tras un sueño individual largo y profundo. Un despertar abrupto, como no podía ser de otra forma.

Lo que se daba por supuesto cierra, lo que nos permitía escaparnos se ha vuelto peligroso, contagioso. Y no podemos vernos, justo cuando creíamos que no hacía falta que lo hiciéramos.

Ahora echamos de menos, descubrimos lo vacío que es un mensaje en el móvil, lo ausente de una videollamada. Vamos a apreciar todo aquello que nos parecía una herencia atrasada de una vieja sociedad no adaptada todavía al online.

Y lo contrario. Porque sí se puede trabajar más desde casa, sí se puede abrir menos y tener más tiempo. Porque sí se puede contaminar menos, muchísimo menos, con medidas realmente efectivas. Menos reuniones por reunirse, perderemos ese mal hábito. El trabajo, por proyecto,  no por tiempo. No se nos va a olvidar que se puede.

Conocer al empresario. Al local y al grande. Descubrir que están mucho más cerca de lo que creíamos y sentir lo que nos necesitan. Un consumo consciente, que permite el trabajo a quienes hemos visto perderlo o llorar por mantenerlo.

Innovar, adaptarse. Nos toca volver a hacer cosas en vez de comprarlas.

Seremos diferentes, pues es lo que nos sucede cuando vivimos aquello que creíamos que no viviríamos. El mundo cambia, como cuando cambia al tener un hijo. Pero de golpe y a la vez, todos.

Ese todos nuevo, fortalecido. La realidad demostrando lo conectados que estábamos cuando menos queríamos verlo. Puede que incluso entendamos a los que huían de otros virus, con otras formas, hacia nuestras fronteras.

Aquí estamos, cuidando lo que hacemos por los nuestros y por los otros. Al alza la ética y una nueva moral social cuando más bajo cotizaba, cuando no aparecía ni en las apuestas.

Guardemos y cuidemos esta experiencia de lo público, del esfuerzo común y del sentirse una parte esencial del todo. Nunca dejó de ser así, ni cuando éramos incapaces de verlo porque no aparecía en nuestros móviles. Siempre, sin excepción, lo que hacemos individualmente tiene un eco en la sociedad. Estaba costando enseñarlo, hacerlo ver, hasta ahora.

Volvemos a vernos con ganas de volver a vernos.

Igual nos cura el Coronavirus

Egosimo, superviviencia, sálvese quien pueda. A por mascarillas, terminemos con las existencias de papel higiénico, vaciemos los supermercados, colapsemos las urgencias y exijamos la devolución de todo nuestro dinero, cancelemos las reservas, encerrémonos en nuestras cuevas.

Y por un virus que ni nos convierte en zombis, ni nos convierte en monstruos malditos.

Nos hemos acercado demasiado al caos por demasiado poco y eso es mucho más preocupante que el Coronavirus.

Es en situaciones como estas – cuando se toman medidas para controlar un virus y hacer bajar la tasa de contagiados y no para evitar la extinción de la civilización humana- cuando precisamente se debería haber actuado con un compromiso doblemente social, en vez de estar a un paso del saqueo de tiendas.

No es ya la necesidad de comprender que debemos dejar las mascarillas para quienes de verdad lo necesitan, o que no hay necesidad alguna de hacer compras para meses de aislamiento estando precisamente así expuestos en sitios cerrados con más gente, es entender que estamos ante un momento que exige un esfuerzo solidario compartido.

Objetivamente estamos lejísimos de llegar al punto de “sálvese quien pueda”. Si llega, yo les aviso, que soy devorador insaciable de series y películas apocalípticas. Estamos más bien en una situación donde el caos sólo puede darse por una creación voluntaria nuestra. Si se da es por nosotros, no porque el virus tenga capacidad de crearlo.

Es decir, estamos creando socialmente unos síntomas críticos para un virus que por sí mismo no es capaz de provocarlo.

El colapso de la Bolsa es social y la posible quiebra de empresas igual. Eso no lo va a hacer el virus, lo haremos nosotros si seguimos cayendo en esta espiral paranoica.

Si una empresa que nos presta servicios se queda sin posibilidad de prestarlos precisamente por las medidas tomadas en favor del control del contagio está en nuestra mano el compromiso social de no exigirles más de lo que la propia empresa pueda dar.

El Gobierno, por malo que sea, tiene capacidad para ir frenando la expansión del virus. Sabe del riesgo de colapso del sistema sanitario, de sus límites y las medidas que puede ir tomando. En cambio ningún gobierno, por bueno que sea, puede hacer frente a una situación de caos general provocada por el egoísmo y el afán irracional de supervivencia.

Porque somos una sociedad y mientras actuemos como tal podemos reaccionar. Si nos convertimos en individuos aislados luchando unos contra otros ahí no cabe ni estado, ni gobierno ni nada. Les aseguro que lo echaríamos de menos porque ahí crecen los peores virus.

Viene bien recordad que las medidas que estamos “sufriendo” son preventivas (¡por fin las hay!) y no resultado del descontrol de la enfermedad. Se trata de evitar llegar al punto crítico, luego no hemos llegado todavía.

Seamos sociales, más sociedad, aunque sea mejor no estar en contacto durante unos días.

Es el momento de ver más al otro sin que esté delante. De ver a quien realmente necesita la mascarilla, de ver a las personas mayores que no pueden ir a hacer la compra luchando contra masas vaciando los supermercados y de ver a los empresarios que van a tener que cubrir unas pérdidas por el bien de todos.

Pensemos más en el otro que en nosotros y el Coronavirus pasará a la historia. La respuesta individual es inútil, debe ser social, colectiva, coordinada.

Una pena que nos haya pillado esto en un momento general tan individualista, en horas tan bajas como sociedad que facilita su expansión hasta el infinito. Es cierto, pero quien sabe, igual el Coronavirus nos acaba curando ese mal. Si no lo logra curar, ahí sí que vamos a sufrir…

Todo es mucho menos

Hasta los 65 no logró tener  la butaca que siempre quiso, la que había visto en tantas películas malas y en las casas de los amigos de sus padres, cuando era pequeño, frente a una ventana o una chimenea.

Una plaza, orejón, blandito. En realidad se sentía como un trono pero irremediablemente hortera. Las probó de diseño, pero no era lo mismo. Porque no era para leer, ni para ver la tele ni mucho menos para conversar con otros. Era para estar. Y estar necesita poca floritura, sólo facilidades para seguir estando.

Ese lugar para la siesta que tanto tiempo le había costado tener estaba ya, quince años después, prácticamente descolorido y adaptado a sus formas. Donde uno estaba doblado, el otro igual. Esas butacas son pura simbiosis.

Ahora era un espacio de verdadera filosofía. Esos minutos de reflexión, entre terminar la comida y desaparecer en el sueño correspondiente, acumulados, habían formado todo un tratado sobre la vida.

De lo que se arrepentía, de lo que le quedaba y sobre lo que apenas ya soportaba. Tenía claro que había trabajado demasiado y para satisfacciones esencialmente vacías en el tiempo. Haber sido el mejor no le había hecho mejorar al mismo nivel, en realidad casi a ninguno. Toda una vida arriba del todo y ahora le importaba una mierda.

Tuvo mucho, esencialmente todo aquello que ahora no necesitaba nada. En su momento creyó que sí, que más adelante se aprovecharía todo lo acumulado. Pero no, la verdad es que no. Algo el dinero, pero en realidad menos de lo calculado y sudado.

Ahora quería tiempo y ganas, justo aquello que gastó en lograr todo lo que ahora no necesitaba. Un desastre organizativo de vida. No le parecía un mal particular, mas bien algo especialmente extendido.

En cambio, no olvidaba un viaje. Ni el más corto de ellos, ni el más irrelevante. Esos cubrían sus recuerdos con una intensidad mayor que cuando los vivió. La mente, al menos la suya, eran grandes imágenes guardadas, fijas, inolvidables.

Dunas infinitas sobre las que trepaban sus hijos, océanos brillantes en los que entrar tiritando de frío, pueblos llenos de colores con iglesias incoherentes, aquella cerveza en la calle de atrás del Zócalo, ver el sol bañarse desde Oia…

Su conclusión, tras asumir que la misión de su cerebro y su cuerpo era sobrevivir lo máximo posible, era que aquellos y sólo aquellos recuerdos son los que nos mantienen vivos, los que dan sentido precisamente a seguir. No había espacio ahora para recordar cómo ganó su primer millón a pesar de sus intentos, pero sí para esa barbacoa en la cima de una colina en Cantabria, aquel enero abrasador.

Y no era algo nuevo. No era cosa del sofá, ni de los años. Ahora simplemente tenía más tiempo para verlo y entenderlo, pero cuando cerraba los ojos con 30, con 40 o con 50 y no se quedaba inmediatamente dormido por el cansancio, estaban las mismas imágenes.

Eso somos, pensó. Y luego ronquidos.

 

 

Si lees todo esto, es que se puede.

Actualizamos nuestros móviles, las aplicaciones que usamos, el ordenador y hasta la televisión.

Es a lo que nos hemos acostumbrado, a que cada cierto tiempo las herramientas que manejamos a diario tengan mejoras, corrijan errores, ofrezcan más posibilidades y nos permitan hacer más cosas. Es una lucha constante por adaptarse a las nuevas necesidades, por competir con otras aplicaciones y por satisfacernos como clientes. A cambio les damos nuestra privacidad, tiempo y uso absoluto de la memoria de nuestros teléfonos, pero ese es otro debate.

Mientras estamos acostumbrados a este ritmo de mejora y adaptación constante en todo aquello con lo que compartimos nuestro día a día, nuestros sistemas de participación y acción política siguen quietos. Sin modificación, sin actualización, sin corrección de errores.

Por encima de todo ese entorno político está nuestra democracia, una que compartimos en formas semejantes con el resto de países de nuestro entorno y que, como la nuestra, están sufriendo problemas parecidos.

Su fórmula, absolutamente innovadora en su momento y que tanta fuerza transformadora tuvo en la construcción de los estados modernos, no es capaz de expandirse hoy a nuevos países y ahí donde está presente, su intensidad es cada vez menor.

Nos sirvió mucho porque se renovó. No inventamos la democracia, pero se adaptó a las necesidades políticas de un momento político y social (y económico) muy concreto. Un momento que no se da, por ejemplo, en los países donde la primavera árabe fue incapaz de asentar este sistema y que no se da tampoco ahora en nuestros países, donde está implantada.

La democracia que conocemos y que valoramos -por los éxitos conseguidos- lleva mucho tiempo sin ser exportable. Nos sirvió a nosotros, pero hoy tratamos de hacer llegar el mismo “producto” a otros sin entender la cantidad de cambios que ha habido entre un momento y otro. Intenten usar un cable de conexión de una consola de videojuegos de 1980 a una que haya salido este año.  No es que el cable no funcione, es que no es compatible con el resto de piezas.

El problema es más grande de lo que parece, porque allí donde no se logra asentar una democracia funcional surgen parches, “empalmes”, nada estables y que provocan no pocos cortocircuitos.

No es solamente que no podamos exportar ya nuestro modelo de democracia -algo que nos pone en riesgo porque era nuestro mejor arma en defensa internacional- es que además presenta graves deficiencias de funcionamiento en nuestros propios países. Sigamos con el símil; tenemos un sistema operativo relativamente obsoleto, con puertos de entrada y salida poco compatibles con los nuevos accesorios (jóvenes) y mucha dificultad para ejecutar nuevos programas (nuevos partidos, control más directo, transparencia, listas abiertas,…).

Los comandos usan un lenguaje demasiado codificado, no hay espacio de memoria para actualizaciones fundamentales y apagar y encender no puede ser nunca una opción viable.

Es fundamental renovar nuestra democracia, para adaptarla a unas nuevas necesidades y al cambio completo en la forma de relacionarnos con los demás y con las instituciones.

No es una cuestión meramente modernizadora, eso debería llegar por propia inercia (menos papel, más accesibilidad, relación digital sencilla con la administración y un infinito etcétera), es una reforma de fondo, que está unida a una serie de valores y compromisos que han variado en nuestra sociedad.

La España de 1970 y 1980 compartía unos valores políticos basados en una relación más estrecha entre sus individuos, una memoria reciente de las alternativas políticas, el relato de la guerra y el hambre más próximo y una concepción del trabajo y el ocio que no se puede comparar con la de alguien nacido en 2002.

La sociedad impregnaba de un compromiso político a sus jóvenes, el debate estaba en cualquier lado, la televisión era densa, los medios lentos y profundos, los políticos recientes y el camino a construir y seguir, difícil pero conocido .

Hoy la distracción del ocio es imperante, un opio esparcido sin medida. La velocidad que nos ha permitido correr tanto nos ha quitado el tiempo de reflexión y llegamos a debates médicos y científicos que determinarán el futuro entero de nuestra especie sin que podamos influir. Ni siquiera nos da tiempo a decidir si el planeta está al borde de la destrucción o no, así que seguimos cargándonoslo mientras se plantea el debate.

Firmamos online para cambiar las cosas, escribimos allí donde nuestra reflexión tarda en desaparecer lo mismo que en leerse 140 caracteres o dónde la contestación es un simple click a un “like”.

Y en política el atropello por exceso de velocidad es similar. Cuando descubrimos que nos han mentido sobre “A”, ya se está debatiendo sobre “B”, habiéndonos formado una opinión con lo dicho sobre “A”. Y ese plazo de tiempo para saltar de un tema a otro puede durar solo una mañana.

Dado que es poco probable que el ritmo baje y volvamos a la velocidad de 1980, lo sensato es asentar una serie de valores fundamentales que debemos estipular como sociedad. Una labor que irremediablemente tendremos que hacer, en coherencia con este tiempo, de forma rápida pero separándola del partidismo y la mentira.

Es tiempo de un proyecto nuevo. Eso es una democracia, un valor común que debe enseñarse, que debe ser esencial en la educación, en los medios y en casa para que haya un espacio en la sociedad que sea de todos y nos permita hacer los cambios esenciales.

Porque será clave determinar entre todos objetivos y medios para su consecución.

Hay que redefinir el valor del voto, lo que conlleva y su fuerza (tal vez deba ser más vinculante), hay que valorar nuevas formas de representación (seguimos con la directa o añadimos puestos por sorteo), hay que establecer de forma nítida el peso de los partidos políticos (¿seguimos dejando que determinen el resto de poderes o abrimos formas de listas abiertas y candidatos independientes?) y hay que definir los canales de participación y decisión (voto telemático directo para decisiones relevantes, facilidad o no de referéndums, procesos revocatorios, manifestaciones online).

Ante retos tan profundos como los que tendremos que afrontar en breve, como si los robots con IA deben o no pagar impuestos (¿y votar?) o cómo establecemos un sistema de pensiones y seguridad social ante seres humanos híbridos (con partes mecanizadas), más nos vale utilizar este tiempo, ahora, para asegurarnos poder ser parte de la toma de decisiones y que no acaben decidiendo por nosotros aprovechándose de las malas actualizaciones de nuestro sistema operativo…

De no hacer los cambios necesarios, ni los usuarios querrán usar este sistema (se olvidarán de lo bien que funcionaba) ni los dirigentes pelearán por defenderlo porque para algunos, cualquier otra opción es mejor, como ya estamos viendo con propuestas “simplificadoras” de la actual democracia.

Si queremos seguir siendo parte -esa sería la primera pregunta- debemos fomentar la creación de las herramientas necesarias para poder hacerlo y dejar de dar al botón de “recordar mañana”.

Mis amigos fachas

Ayer estuve con Adela Cortina y Manuela Carmena -que obviamente no son las que dan sentido al título de este artículo-, escuchando sus palabras sobre cómo cuidar la Democracia.

Carmena ha abierto un nuevo espacio de debate, de pensamiento. Eso que otros llaman Think Tank. Lo ha hecho precisamente para eso, para pensar en cómo cuidar entre todos este sistema político que tanto nos da, dio y dará si los planes de Carmena resultan. No se puede negar lo necesario de un espacio así en estos momentos en los que un mal paso nos puede llevar, sin notarlo, a perder lo ganado en siglos de enfrentamientos.

Como pueden imaginar se dijeron cosas realmente interesantes, especialmente referidas a la forma de combatir la desigualdad que era el tema concreto de este diálogo. Yo me voy a quedar con una parte más concreta de esa charla, algo de fondo y a lo que Adela Cortina, como bien hace, le puso el nombre que tiene, el que le dio Aristóteles; La Amistad Cívica.

La recuperada propuesta es sencilla, aunque defendida por pocos. Ayer sí estuvo en boca de Cortina y Carmena y qué mejor ocasión para aprovechar ese empuje y darle desde aquí más espacio.

Se trata de llevarnos bien. De tener las ideas que queramos tener pero saber que es posible la amistad y la convivencia porque estamos en lo mismo. Ahí entran mis amigos fachas.

Lo de fachas es una simplificación, especialmente en un momento como este en el que en política se ha llamado facha a casi todo el mundo, pero sirve para darle la carga emocional necesaria.

No tiene mérito tener amistad con un socialdemócrata, ni siquiera con un liberal. Eso lo hace cualquiera. La clave es el extremo. Tener amigos fachas y más que fachas.

Yo los tengo. En Vox, en el PP, en Falange y en los sitios más insospechados. Aquello en lo que no coincidimos políticamente no podemos estar más alejados, pero en todo momento soy consciente de que quieren lo mejor para todos. Comparten las ganas de vivir tranquilos, de poder tener y mejorar en el trabajo, de comprar una casa, de irse de vacaciones, de poder ahorrar dinero y comprarse algún capricho.

La amistad cívica es ser conscientes de que compartimos el mismo espacio y que los adversarios en el campo ideológico son eso, adversarios. Si fueran enemigos -y esto es lo que algunos quieren hacernos creer- habría que combatirles hasta eliminarlos.

Yo no quiero eliminar a nadie, por facha que sea. Quiero convivir, porque será un éxito compartido basado en el respeto mutuo y en la empatía. Fíjense todo lo que hay dentro de esa frase; Convivir, respeto y empatía.

Con esos pilares la política sería por necesidad otra cosa completamente distinta a la actual. Sería un espacio para llegar a acuerdos, para señalar las coincidencias, para progresar. Un progreso compartido.

Estoy seguro que a esa política volveríamos muchos. A esa, sí.

Sexo y lo que diga VOX

No entremos en sus debates, no usemos sus palabras, no caigamos en su agenda. Mejor el vacío, mirar a otro lado, silenciar los gritos.

Perfecto, hay teorías que afirman que eso ha funcionado más de una vez y en su justa medida, sin duda tiene efecto. Pero no nos pasemos… de listos.

Hay temas y debates que creíamos superados, como creíamos erradicadas ciertas enfermedades y ahí están de nuevo, infectando a gente. A ningún médico se le ocurriría tratar los nuevo contagios cambiando el nombre al virus, negando sus síntomas u obviando sus consecuencias. Lo que hará es sacar de nuevo las vacunas que tan bien funcionaron en el pasado y se pondrá como loco a usarlas.

Con Vox es algo parecido. La libertad sexual, la libertad de los hijos, la educación, los valores, la moral, el amor libre, el placer, la masturbación y un largo etcétera que teníamos superado resulta que de nuevo se pone en duda.

Por agotador que parezca tener que volver a hablar de esos temas, no puede haber mejor escenario. Nos habíamos creído que por educar a una generación el resto heredaría lo aprendido y nos confiamos, porque siempre hay y habrá terraplanistas que crecen en nuestro silencio, en nuestra soberbia y exceso de confianza.

Fíjense si son buenos temas que en el pasado ya vencimos argumentalmente en ellos. ¿Cómo aceptar que la libertad sexual es un tema de agenda de Vox? Eso sí que sería perder en la casilla de salida.

Lo que toca es esforzarse de nuevo. Debatir del Pin parental todo lo que haga falta, hasta que se muestre y demuestre lo que de verdad es. Toca incidir de nuevo en el amor, de quien quiera hacia quien quiera. Que esa libertad no es privada, que es pública. Que no tenemos que ser libres encerrados en casa o en un armario, que nuestra libertad es una expresión social y que ejercerla no ataca ninguna otra salvo aquellas que desean cercenarla.

Nada me hace más feliz que debatir de temas con aristas, filosóficos. Un placer que la política vuelva a ello tras tantos años de debates agotados y agotadores.

Al fin y al cabo son temas que siempre deberían estar en activo, porque atañen a lo que somos y a cómo nos relacionamos. Debatir sobre ellos nos perfeccionan y nos adaptan mejor a la situación del momento.

La ausencia de estos debates en el espacio de la mayoría provoca que queden en los extremos. No es cuestión de igualarlos, pero ahí es donde dejamos de sentirnos representamos los muchos y son los pocos los que nos hacen posicionarnos más en contra que a favor.

Cuando eso pasa, el espacio común se rompe y hasta Vox puede sacar rédito de aquello que estaba superado. La respuesta no es lo contrario, es volver al escenario común previamente configurado.

Negar las propuestas de Vox, por ser claros, no pasa por abrazar a quienes nos plantean una supuesta heterosexualidad que oprime solo por existir, o que las relaciones heterosexuales normalizadas son la recreación histórica del machismo dominante. No es necesario ir corriendo a la necesidad de la penetración anal al hombre para igualar las formas de relaciones sexuales.

Lo resolvimos bien en su momento. Seamos libres y respetuosos. El que quiera y disfrute de una relación heterosexual que lo haga. Que añada todos los tipos y formas de penetración que mutuamente deseen.

Quieres quieran otros tipos de relaciones, que lo hagan. Que las disfruten.

Y así nos respetamos todos, sin decir al resto cómo deben ser, follar y disfrutar o cómo no deben hacerlo.

En ese punto, en ese respeto a la libertad de cada uno, Vox se disuelve porque no es más que una reacción en negativo a una acción que, a priori se plantea en positivo, pero que en demasiadas ocasiones se ha excedido.

Educación, información, respeto y libertad. Y al sexo a disfrutar.

El pin parental

Son ilusos. O les gusta engañarse. No hay más explicación ante esta tendencia por implementar un “control” sobre lo que se les explica a nuestros hijos en el colegio.

Ese supuesto pin es la exageración al absurdo de la hipocresía de buena parte de la sociedad actual, falsamente preocupada por desconocidos adoctrinamientos en las aulas y que se escuda en la libertad de los padres como mantra absolutorio de semejante chaladura.

No hay duda sobre la potestad de los padres a educar a sus hijos como mejor consideren. Se les puede decir que Dios existe, se les puede enseñar que vale más el dinero que la palabra, se les puede hacer ver que los libros son inútiles, nos pueden ver día y noche pegados al móvil, pueden ver cómo casi no se habla en la mesa, pueden aprender de nosotros a insultar, a denostar, a humillar y a culpar a otros. Somos libres de cometer todos les errores posibles y no hablarles nunca de la ética, ni de la empatía, ni de la solidaridad.

Es más, pueden ver la televisión, ver a nuestros políticos actuar (sin pin, por cierto) y a nosotros mismos comportándonos como trogloditas.

Podemos, por tanto, transmitirles todos los valores que queramos sin que nadie lo impida.

Ahora bien, creer que eso da derecho a evitar que en el colegio se enseñen las cosas como son, trasciende la libertad individual de los padres. Yo les puedo decir a mis hijos que fue su abuelo quien descubrió América, que yo mismo inventé la bombilla y hasta les puedo asegurar que los hombres tienen pene y las mujeres vagina, pero no debería esperar que la realidad cambie por mis deseos.

Negarle a un hijo el conocimiento sobre la diversidad sexual es como negarle la posibilidad de conocer las raíces cuadradas. Es más, a lo largo de su vida probablemente acaben usando más lo aprendido sobre diversidad, que las raíces cuadradas.

Los poderes públicos no pueden tolerar que se denomine adoctrinamiento a la mera explicación de la realidad. Contar que los seres humanos se pueden amar indistintamente de su sexo está al nivel de que el dividendo es igual al divisor por el cociente más el resto.

De la misma forma que espero que la educación forme en matemáticas, física, lengua, biología, etc. a nuestros hijos, espero que lo haga con cuestiones sexuales puramente objetivas. “El clítoris está aquí y se estimula así, la penetración es así, todas estas zonas son o pueden ser erógenas, esta práctica tiene estos riesgos, esta otra estos otros, las relaciones sexuales requieren de una voluntad compartida, aquellas prácticas sexuales que se hagan con el consentimiento mutuo y conociendo los riesgos son válidas,…..”

El espacio de los padres no es un pin que evite conocer la realidad, es trabajar con sus hijos los hechos ciertos. Si tras estudiar en el colegio la Guerra Civil los padres luego quieren contar a sus hijos que que fue algo necesario para frenar al comunismo están en su derecho. Pueden decirle lo que quieran de los rojos, de los republicanos, de los fachas o de las Brigadas Internacionales, pero no tienen ningún derecho a evitar que se explique que la Guerra Civil ocurrió, lo que supuso y cómo acabó.

El pin parental es, por tanto, la mayor forma de adoctrinamiento en tanto evita a nuestros hijos poder formar su propia opinión con la mayor cantidad de recursos posibles. Es evitar la realidad a los hijos por una falta de argumentos que en casa puedan negar la diversidad sexual. Es negar la homosexualidad como algo real creyendo que así se evita. Es reconocer que los argumentos morales de esos padres no se sostienen ante la evidencia de lo real.

Y de eso no tienen ninguna culpa ni los profesores, ni las escuelas, ni las asociaciones, ni los comunistas, ni los podemitas, ni los rojos, ni los depravados. La moral es cosa suya, es su labor transmitirla, es su trabajo hacer frente a las contradicciones que pueda tener sin que sea el Estado el que saque las castañas del fuego. Ejerza su libertad como padre, ya que tanto lo reclama, pero de la posibilidad a su hijo de tener herramientas suficientes para ejercer la suya.

Porque usted, como padre, tiene derecho a engañar a su hijo en su casa o a tratar de ocultarle la realidad -allá su conciencia-, pero no a que la sociedad colabore en su mentira o reste posibilidades a la formación de su hijo para que pueda ser igual de libre que usted.