El barco

Flotando estaba. Nadie recordaba desde cuando, porque nadie que estuviera vivo lo estaba al zarpar.

No seguía las corrientes, iba a su propia deriva, no a la que le marcaban las olas. Ni el motor funcionaba. Navegaba por donde lo hacía, sin más. De vez en cuando se acercaba a alguna orilla y desde ahí podía ser visto, ser fotografiado y subido a Instagram.

Así que existir existía, incluso sin tener razón, sentido o identificación alguna. Vivo no estaba, ni vivía allí nadie porque jamás vieron persona alguna al timón, o en sus cubiertas. Tampoco era tan grande como para que alguien  pasara años enteros sin salir de los imaginados camarotes.

No encontraron armador que reconociera tan obra, ni bote parecido en otros mares u océanos. Quien trató de copiarlo, en base a la mera observación desde lejos, logró hacerlo, pero sus obras jamás sobrevivieron a la botadura.

No podía flotar, estaba mal hecho, decían los mayores expertos. Pero ahí seguía, negando con cada ola que rompía las teorías más asentadas de la más pura y elemental física.

Se alejaba de quien se acercaba, nunca se supo si casual o intencionado. Visto desde abajo, cuando enviaron para ello a un submarino, no podía ser más normal.

Pasaba de moda cada cierto tiempo porque no había más que lo que había. Un barco que flota sin destino, sin sentido y sin motivo para hacerlo pasaba de portada a sucesos a la misma velocidad a la que se alejaba de las playas donde era avistado.

A pesar de eso seguía. Navegaba igual de perdido cuando estaba en portada de los diarios que cuando desaparecía del papel y los telediarios. Tampoco eso afectaba.

Unos jóvenes científicos lanzaron un cohete al espacio para seguir su trayecto, actualizado segundo a segundo. Desde una web veías siempre dónde estaba, si querías.

Años después asumieron que no iba a ningún lado. Tardaron en asumirlo, porque no estaban preparados para entender que una trayectoria iniciada no tuviera destino. Es decir, que se movía por moverse, que iba por ir.

El satélite dejó de funcionar, pero el barco siguió navegando.

Sin tener por qué hacerlo, sin tener a dónde ir, sin venir de ninguna parte, sin tener motivo para flotar, sin servir para más que estar, ser y navegar.

 

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Ese barco

Un barco, ese barco. Ahí, en medio de la ladera del monte.

Sin un rasguño, perfecto, como si el mar hubiera desaparecido de golpe, como si se hubiera dado cuenta a mitad de la cuesta de que no tenía ruedas.

La imagen era de gran belleza, con esa eslora blanca destacando sobre el barro y la frondosidad del verde. La foto merecía lo inexplicable, lo justificaba.

Todo el pueblo fue a verlo nada más correrse la voz. A las pocas horas estaban todos pasmados, mirándolo desde la colina opuesta, rumoreando explicaciones y anticipando una exploración con los primeros voluntarios.

Los cinco que se acercaron comprobaron de inmediato las dimensiones del buque, mucho mayores de las imaginadas. La montaña sobre la que reposaba lo empequeñecía de lejos, pero de cerca se palpaba la magnitud de aquel trasatlántico.

No pudieron llegar arriba. Ni había escalera lo suficientemente alta ni nadie en el pueblo con la fuerza necesaria para escalar por la cadena del ancla. Uno llegó a la mitad. Casi se mata al bajar.

Treparon por la montaña para abordarlo desde arriba. Pudieron verlo, pero no había puente lo suficientemente largo para llegar a él. Vacío, nuevo, perfectamente colocado.

Estaban las tumbonas con las toallas, la piscina llena y funcionando, la barra del bar equipada.

Durante días, meses, hicieron todo lo posible por tratar de entrar a aquel barco. No lo lograron. Todo intento acababa más cerca que el anterior, pero siempre lejos del objetivo. Era más alto que cualquier idea que tuvieran, estaba más lejos que cualquier invento que sus herramientas pudieran fabricar.

Pasaron los años y ahí seguía. Igual de nuevo, igual de preparado, igual de inaccesible.

Acabaron asumiendo que no era el barco el que estaba donde no debía, sino que eran ellos los que habían fundado mal su pueblo. Otros -se convencieron- hubieran podido acceder. Pero ellos no.

Ellos estaban donde no debían, donde no podían.

Se fueron. Por no poder subir. Nunca supieron si otros lo intentaron, ni lo quisieron saber. Siguen buscando su sitio.