Volvió

No era Macondo, pero alguna vez quisieron que lo fuera.

Apenas quedaban ya paredes blancas, porque no había demasiados techos que sostener. Los marcos de las puertas señalaban lugares e invitaban a imaginar estancias de dimensiones tan grandes como uno quisiera.

Ahí hubo una vez un pueblo.

Llegó, por fin, cuando ya no recordaba el año en que hizo el camino contrario. Entonces miró atrás -imposible no hacerlo- y quedó fijada en su memoria la imagen de todas esas casas que ahora no encontraba.

La arena, empujada sin resistencia, había ganado ya en altura a lo que quedaba de iglesia.

Removió algo de tierra, buscando vida para sus recuerdos. Nada ni nadie.

De lejos se veían trozos de las vías del tren que no hizo más que el viaje inaugural. A unos 10 kilómetros el suelo se quebró, se tragó las vías y nunca hubo dinero para arreglarlas. No llegó ni a ser un tren de pasajeros ni de mercancías.

Anticipó bien el futuro del pueblo. Ni llegaron nunca visitantes ni se produjo nada que interesara a nadie. Lograron exportar sal cuando ya nadie pagaba por ella lo que les costaba sacarla, encontraron una veta de hierro un mes antes de que apareciera una a escasos kilómetros de la capital e invirtieron en una pequeña fábrica textil a la que nunca llegó la prometida electricidad.

No se podía decir que no lo intentaran, pero sí que jamás les sirvió de nada.

Los que se quedaron debieron morir de aburrimiento, porque ni banco había para robar ni riqueza en las casas que justificara que alguien les asaltara. Allí todo lo que pasaba era el ir de uno tras otro.

Tres calles a la derecha de donde estaba, dos a la izquierda y debía llegar a su casa. Le tocó cavar más de lo esperado. Una vez removida la pequeña duna el suelo se endureció. Partió las piedras que sus recuerdos le decían que hacían las veces de suelo y siguió dando paladas.

A medio metro, tras cavar un diámetro mucho más grande de lo necesario, encontró la caja. Dentro de ella otra, en mejores condiciones, y dentro, de nuevo otra. Hizo bien en usar más de una porque sólo la última estaba casi intacta,  a pesar de haber perdido todo el color.

Dentro, tan borrosa como había estado siempre, la foto de sus padres.

Nada más. Simplemente volvió para verlos de nuevo.

Aquellas escaleras

Nunca había bajado aquella escalera.

Tampoco había visto a nadie hacerlo. Suponía que llevaba al sótano, a los cuartos de caldera y esas cosas que imaginaba que tenía que tener el edificio.

La luz que supuestamente alumbraba el rellano de la escalera llevaba fundida años, por lo que desde entonces sólo eran visibles más de la mitad de los escalones cuando le llegaban los rayos de sol de la ventana del pasillo del que nacía. Al atardecer, en cambio, apenas se distinguían los primeros diez.

Nunca había visto a nadie subir por ella.

Sin luz y sin nadie que pisara esos escalones, su existencia podría incluso haberse puesto en duda. ¿Para qué sirve una escalera si nadie sube o baja por ella? ¿Existe lo inútil?

No había duda de que ahí estaba, había estado y seguiría estando. Cualquiera hubiera dicho que era una escalera de habérselo preguntado, incluso cuando nunca hubieran visto a nadie en ellas.

Tuve la tentación de usarla, de poner fin de golpe a mis dudas sobre si era justo considerar a un objeto por su nombre sólo por tener el diseño y no por cumplir la función encomendada. Si las bajaba y las volvía a subir las completaría, las haría realmente unas escaleras.

No lo hice. Me pareció demasiado presuntuoso ser yo el que pudiera cambiar aquella existencia de esa forma.

Yo tenía dudas de que fueran realmente unas escaleras, pero seguramente era el único así. Los demás no las miraban, no las usaban, no se preguntaban por ellas.

No me levanto

Alberto Sotillos, Aire de Bárdenas

 

Me acosté solo y amanecí rodeado.

Habían estado ahí toda la noche, como estuvieron otras veces, esas otras noches en las que me hablaban sin que quisiera responderles. Sobre todo ella, enemiga de cualquier silencio que uno pudiera necesitar.

La tarde anterior quise no haber estado donde estuve ni haber hecho lo que hice. Debía haber sido un momento para disfrutar de lo trabajado por la mañana, pero fue inútil.

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