Perdido

Se despertó en la playa.

No como en las películas -con el agua de las olas golpeando suavemente su cara-, sino en plena arena, al sol. Le picaba todo el cuerpo, tenía sed y la arena húmeda por alguna lluvia reciente le impedía poder librarse fácilmente de ella.

No podía haber sido una borrachera, vivía a kilómetros de la playa y recodaba haberse ido a dormir temprano. Podrían haberle robado porque no tenía ni su cartera ni su móvil, pero estando en pijama la teoría era simplemente una más.

Ni una marca en su cuerpo. Ningún golpe, rasguño o rojo más allá del roce de la arena. No le dolía la cabeza, no estaba mareado. Nada.

Empezó a recorrer la playa sin caminar demasiado. De lado a lado hasta que entendió que lo más lógico era salir de ella. Atravesó algunas palmeras, se adentró en una pequeña selva baja y siguió caminando.

A los diez minutos no encontró más que otra playa. Supuso, a pesar de lo ilógico de la situación, que estaba en una isla. Se dispuso a recorrerla y lo confirmó.

Pequeña, era muy pequeña. Un paraíso de tener un pequeño hotel, un buffet y unas hamacas. Calmó su sed con algo de agua de lluvia acumulado en algunas hojas y no gastó un segundo en gritar. Había visto mar y más mar mirase donde mirase.

Tampoco trató de hacer señales de auxilio, ni intentó hacer una hoguera más que para calentarse. De haber pasado alguna patrulla de rescate hubiera pasado desapercibido.

No se pellizcó. Si era un sueño prefería vivirlo. Era su sueño.

Vero

Hay una nueva red social.

Si no tenéis cuenta todavía es que llegáis tarde. Aunque apenas haya tres personas en ella actualmente. Tarde. No moláis.

Yo sí estoy. Es mejor que Facebook, como Telegram es mejor que Whatsapp. Pero lo mejor es poca garantía en estos momentos. Cualquiera puede ser el mejor, lo difícil es que te usen.

Son preciosos esos primeros momentos en los que llegas a un espacio por estrenar, donde te divierte explorar, donde se oye más el eco de tus publicaciones en el vacío que la de cualquier otro de tus pocos amigos que también se han abierto una cuenta.

Fíjense si es nueva que todavía no he visto un insulto, una noticia falsa, una fotografía espantosa o un estado irrelevante que trata de parafrasear a Paulo Coelho.

Me temo que o empiezan a aparecer pronto cosas de esas o los creadores se arruinarán.

Tampoco hay todavía política. Ni un enlace a encuestas he visto. No se sabe nada de Rajoy, ni de Pedro Sánchez, ni de la próxima mayoría absoluta de Ciudadanos.

Para los que no podemos irnos a vivir a una isla desierta por cobardes, por pobres o por lo que sea, estrenar una nueva red social es el mejor escape. Y eso que apenas entro. Es que no hay nadie.

Con 80 años

Las mismas ganas de levantarse que la mañana anterior. Esta vez con mayor obligación que la meramente fisiológica, pero con la misma lucha por alargar los segundos, dedicándose a verlos crecer en el reflejo de los rayos de sol en su suelo.

Una copia de sí mismo, cada vez más marchita, aparecía cada mañana en el espejo del baño. Ni siquiera la barba era ya capaz de tapar las arrugas y lejos de restarle años se los sumaba. Se miró poco porque no tenía nada especial que ver. Escupió con fuerza la pasta de dientes tras lavárselos, como si quisiera expresarse haciendo significativo ese gesto habitual .

Ropa, la de siempre. A partir de los 70 ya no quedaba color en su armario más allá del negro para las últimas visitas a sus amigos, el blanco -sin estrenar- para celebraciones y el marrón y verde oscuro para cada día.

Se abotonó la rebeca despacio, tratando de estirar su columna según llegaba más arriba. Con esfuerzo lograba incluso ganar más de un par de centímetros.

Vestido y ya cansado de nuevo salió a la calle. Para caminarla lentamente, para ser constantemente adelantado. No mantenía más conversación que las disculpas que recibía cuando tropezaban con él y para el resto resultaba invisible. Su existencia era un tropiezo ajeno, la molestia de tener que rodearle para seguir, el tiempo perdido al esperar que pagara.

Llegó a la pastelería cuando no había nadie. Creyó haber tenido suerte, tanta como para poder hacer su pedido sin prisa, sin ser de nuevo una pausa forzada para quienes no querían nunca parar. Eligió una tarta pequeña, poco más grande que una magdalena.

Dudó mucho, cuando en realidad sus gustos siempre acababan en la misma elección. Chocolate.

Al llegar a casa la metió en la nevera. Quería esperar a que el día avanzara más, a esperar, tal vez, alguna llamada. Se durmió de nuevo sin que ningún timbrazo le despertara. Durmió, como desde hacia ya años, mucho más de lo que deseaba. Dormía por no estar despierto.

Poco antes de la hora de comer borró su esperanza de hablar con alguien y decidió terminar con aquel día, para hacerlo de nuevo uno más.

Encendió una cerilla que pinchó sobre la tarta, así que apenas tuvo tiempo para soplarla. Nada de pedir deseos. Ni podía esperar tanto ni serviría.

Dio un bocado a la tarta, dejó el resto en el plato y se sentó en el sofá para ver de nuevo la televisión. Esta vez ya con 80 años.

 

Te lo dije

Tenía razón, pero daba lo mismo.

Porque la razón, cuando se tiene, casi nadie la reconoce. Nadie se digna a darla. La niegan con silencio porque es cara, porque acaba costando.

Es fácil tenerla, más en estos días. Así le pasó. Desde por la mañana acumuló tantos “te lo dije” que perdió la cuenta.

“Esa noticia es falsa”, acertó. “Se te van a olvidar las llaves”, literal. “Te dije hace dos días que hoy comíamos con mi madre”, estaba apuntado hasta en la agenda.

Pero ya era de noche y no había cobrado ninguna de esas victorias.

Incluso le pidieron perdón un par de veces, pero no le dieron la razón ni teniéndola.

A los locos sí se la dan, pensó. Igual porque nadie les tiene en cuenta. El problema de la razón es poder recordar a quien te la dio que la tuviste. Menudo arma.

Nadie se quiere quedar tan indefenso.

Tal vez nadie deba quedarse así de desvalido.

 

No me levanto

Alberto Sotillos, Aire de Bárdenas

 

Me acosté solo y amanecí rodeado.

Habían estado ahí toda la noche, como estuvieron otras veces, esas otras noches en las que me hablaban sin que quisiera responderles. Sobre todo ella, enemiga de cualquier silencio que uno pudiera necesitar.

La tarde anterior quise no haber estado donde estuve ni haber hecho lo que hice. Debía haber sido un momento para disfrutar de lo trabajado por la mañana, pero fue inútil.

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