El último periodista

Era su último día en el trabajo. Tecleó a desgana las frases finales de aquella pieza sobre movilidad en Madrid y se levantó de su silla, apagó el ordenador y pasó la mano por la pantalla, como forma de disculpa por los golpes propinados a lo largo de los años.

Mientras recogía la bolsa donde había metido las cosas para llevar, los operarios desmontaron todo. Fuera la CPU, fuera la mesa, fuera la silla, fuera todo el puesto de trabajo.

Fue el último artículo escrito por un humano, el último de la que había sido una extensa redacción. A partir del día siguiente, el director tan sólo tendría que meter parámetros a las inteligencias artificiales que les habían acompañado durante meses en pruebas.

Sin ellos, terminaba una larga historia de periódicos hechos por periodistas. Se resistieron al máximo, más allá de lo económicamente sostenible.

Durante algunos meses trataron de luchar contra una caída constante de lectores. La competencia era toda artificial y matemáticamente objetiva, decían. Fue irrelevante explicar que a las máquinas las seguían dirigiendo -los mismos- sobre lo que escribir, que no se quejaban, que no cuestionaban, que no trataban de meter entre líneas esa información que debía, supuestamente, ocultarse.

La audiencia consumía como loca esas nuevas noticias, esos reportajes, esas columnas. Variaban a la perfección con cada nueva lectura, se adaptaban a diario a los lectores, los algoritmos se ajustaban al segundo para cambiar el estilo, el tipo de frases, el nuevo vocabulario. El lector recibía el qué y el cómo que quería.

Ya no hacían esfuerzos por encontrar lo que les interesaba, esa labor le correspondía ahora a las máquinas. Menudo ahorro de tiempo suponía.

Nunca se habían publicado tantas noticias, tanto contenido. Ni todas las redacciones juntas hubieran podido competir con la producción informativa de una sola de aquellas inteligencias artificiales. Artículos por segundo, cuando ellos todavía estaban en frases por minuto.

Salió sin poder despedirse de nadie. Puerta mecánica, ascensor automático, coche autónomo. El garaje se abrió solo, las luces de casa se encendieron solas, la calefacción estaba encendida desde que hacía tres calles el coche había enviado la señal. El horno sonó cuando llegó a la cocina, con la comida lista. La tele se encendió con su programa favorito. Aparecieron en su reloj los mensajes pendientes, que pudo responder dando a aceptar a todas las respuestas automáticas propuestas. Se acostó, se apagaron las luces y se encendió la alarma.

Dormir lo tenía que hacer él, pero no pudo.

Un instante

Le escocían los ojos por su propio sudor. Casi no podía abrirlos y cuando lo lograba todo estaba borroso.

Un nuevo golpe, uno más y de nuevo al suelo. Normal, no veía.

Casi lo estaba desando, para poder ir a su rincón y limpiarse la cara, secarse todo lo posible y aclarar sus ojos. Ese último golpe recibido, en cualquier caso, había sido muy doloroso. No pudo cubrirse y de ahí la hemorragia nasal de la que era fiel testigo la toalla.

Dos minutos le dieron para cortarla. El algodón que su entrenador le encajó en la nariz hizo que doblara su tamaño, ya de por si hinchado y deformado.

Le sobraron algunos segundos para volver a ponerse en el centro, frente a su oponente. Demasiado bien le veía.

De nuevo la campana y a moverse. Esquivó bien, pero no lograba acercarse.

Necesitaba estar lo más pegado posible, tanto como para hacer perder fuerza a los golpes de su rival. Él, en cambio, había desarrollado una forma única de poder golpear desde muy cerca con mucha fuerza.

Pero le tenían ya estudiado. A cada paso suyo, otro se producía en sentido contrario para alejarse. Así hasta que pudo arrinconarlo en la esquina.

Regaló un nuevo golpe para poder entrar. Deseó que no volviera a sangrar y tuvieran que parar de nuevo, ahora que estaba a escasos centímetros. No se paró a comprobarlo y empezó a golpear. De abajo a arriba, en la boca del estómago. Perdió la cuenta.

Cuando ya no pudo golpear más en el mismo sitio soltó un directo a la cara. Perfecto, limpio, con la fuerza acumulada de la inercia de todos los anteriores.

Ahí pararon el combate.

Días así.

Encerrado en una habitación por horas. En soledad.

Fuera, ruido. Mucho. De gritos, de goles, de limpieza y de vida cotidiana.

Haciendo nada, preocupándose, con el agobio de no hacer, de no escribir, de no ganar.

Pasan las horas como condenas, juicios de lo poco hecho, de lo mal hecho, de lo poco productivo.

Salir igual que se entró, pero con menos tiempo. Con el cansancio de no haber hecho cuando se tenía que hacer.

Un día y otro, esperando a que llegue no se sabe bien qué.

Con los problema acumulándose, sin aplastar pero sin desaparecer. Con más llamadas en la lista, con más mails a la espera de recibir.

No es tan grave, pero pesa.

Ya cambiará el ritmo, ya habrá otros momentos. Buenos, incluso.

Vero

Hay una nueva red social.

Si no tenéis cuenta todavía es que llegáis tarde. Aunque apenas haya tres personas en ella actualmente. Tarde. No moláis.

Yo sí estoy. Es mejor que Facebook, como Telegram es mejor que Whatsapp. Pero lo mejor es poca garantía en estos momentos. Cualquiera puede ser el mejor, lo difícil es que te usen.

Son preciosos esos primeros momentos en los que llegas a un espacio por estrenar, donde te divierte explorar, donde se oye más el eco de tus publicaciones en el vacío que la de cualquier otro de tus pocos amigos que también se han abierto una cuenta.

Fíjense si es nueva que todavía no he visto un insulto, una noticia falsa, una fotografía espantosa o un estado irrelevante que trata de parafrasear a Paulo Coelho.

Me temo que o empiezan a aparecer pronto cosas de esas o los creadores se arruinarán.

Tampoco hay todavía política. Ni un enlace a encuestas he visto. No se sabe nada de Rajoy, ni de Pedro Sánchez, ni de la próxima mayoría absoluta de Ciudadanos.

Para los que no podemos irnos a vivir a una isla desierta por cobardes, por pobres o por lo que sea, estrenar una nueva red social es el mejor escape. Y eso que apenas entro. Es que no hay nadie.

Te lo dije

Tenía razón, pero daba lo mismo.

Porque la razón, cuando se tiene, casi nadie la reconoce. Nadie se digna a darla. La niegan con silencio porque es cara, porque acaba costando.

Es fácil tenerla, más en estos días. Así le pasó. Desde por la mañana acumuló tantos “te lo dije” que perdió la cuenta.

“Esa noticia es falsa”, acertó. “Se te van a olvidar las llaves”, literal. “Te dije hace dos días que hoy comíamos con mi madre”, estaba apuntado hasta en la agenda.

Pero ya era de noche y no había cobrado ninguna de esas victorias.

Incluso le pidieron perdón un par de veces, pero no le dieron la razón ni teniéndola.

A los locos sí se la dan, pensó. Igual porque nadie les tiene en cuenta. El problema de la razón es poder recordar a quien te la dio que la tuviste. Menudo arma.

Nadie se quiere quedar tan indefenso.

Tal vez nadie deba quedarse así de desvalido.

 

Desapareció

Por fin encontró la manera de ser invisible.

Seguía sin ser una misión sencilla, debía dejar muchas cosas atrás, pero la oportunidad merecía la pena.

Lo descubrió casi sin querer, con un cambio del algoritmo de Facebook. Algo provocó que sus amigos dejaran de ver sus publicaciones. Pasó de superar siempre los cincuenta “me gusta” a no pasar de un par de ellos.

Al principio le molestó y le entristeció. Se iba la fama, la repercusión, su supuesta importancia en el mundo. De golpe ya nadie veía -o a nadie le importaban- sus publicaciones, sus disertaciones sobre la política o sus chistes gráficos. Nada.

De la angustia pasó a la irremediable aceptación y de ahí a ver la oportunidad esperada.

Aquel sueño infantil que la madurez le había hecho olvidar estaba ante sí, a escasos golpes de ratón.

Desapareció de Facebook, cerró Instagram, olvidó Twitter. Le costó, física y emocionalmente, sacar su SIM del iPhone para volver a meterla en un viejo Nokia.

A la semana dejó también ese móvil en un cajón. Desenchufó el router de casa y desconectó el fijo.

Al mes nadie sabía que seguía existiendo. Le seguían viendo por la calle, pero ya solo tenía un nombre, vacío de cualquier identidad. No era nadie, nadie sabía qué hacía, dónde estaba ni qué deseaba comprar.

Se volvió invisible para Google, para Amazon, para Facebook. Apple no pudo seguir rastreando sus movimientos.

Los nuevos ojos, los que hoy son capaces de ver, eran incapaces de encontrarle.

Desapareció.

Nuevos partidos de izquierda

Hay quienes buscan líderes para la izquierda. Otros ponen su atención en la necesidad de proyectos renovados, atrevidos y atractivos.

He visto fracasar a la izquierda teniendo una de esas dos cosas, o incluso teniendo las dos. Por lo tanto, como poco, falta algo más.

No he visto, en cambio, un buen liderazgo durar, ni he visto esos proyectos implementarse. Tal vez ahí radique el problema.

Todos los nombres que han merecido llegar a puestos de toma de decisión y han llegado -pocos- han sido devorados o bien por su propio partido o por la presión mediática del exterior.

Sus buenas ideas, su buen talante, su inocencia y hasta su discurso se marchitaban en menos de dos años. Al poco tiempo de llegar, el partido les sacaba de la realidad social para meterlos en guerras internas, en debates de listas, en satisfacer intereses pequeños y en sentirse amenazados.

Sí, tan sencillo como meterles miedo. Miedo a dejar de estar dónde tanto les había costado llegar, a no poder sacar adelante su proyecto, ni sus ideas, ni su modelo de país, comunidad o ayuntamiento.

Estos buenos líderes, confiados en que si cedían ante su partido podrían a cambio hacer todas esas cosas buenas acabaron, todos, devorados por la política intestina de sus siglas.

El PSOE puede ser, sin duda, uno de los mejores y máximos exponentes de este drama para lo que solemos llamar “la izquierda”. Podrían tener a Obama, a Ghandi o al mismísimo Jesucristo de candidato y ocurriría lo mismo. Bueno, Jesucristo ya lo vivió on su última cena…

Por tanto, si, como ocurre, tenemos una política basa en liderazgos mediáticos de los que dependen los proyectos y éstos son devorados por ellos mismos o por sus partidos, todo lo que se pretenda construir sobre tales cimientos está abocado a terminar en el mismo punto en el que estamos.

La izquierda necesita, sobre todo, estructuras nuevas. A partir de ahí vendrá el resto.

Necesitan cambiar sus modelos de partido, de estructura interna. Necesitan una militancia más independiente, menos gregaria del partido y más crítica. Hacen falta organizaciones más flexibles, con renovaciones de cargos mucho más dinámicas y reduciendo al mínimo la “plantilla” de cargos.

Parafraseando a Kennedy, hace falta una militancia que no se pregunte qué puede hacer el partido por ellos, sino qué pueden hacer ellos por el partido.

Pero no es “culpa” de la militancia, es de la estructura de los partidos. Los de hoy, simplemente no permiten una militancia como la que realmente necesitarían para que, de ocurrir el milagro de volver a tener buenos líderes, con proyectos renovados, estos puedan ganar.

Así que dejen de invertir en nuevas caras y dejen de quemar propuestas hasta que no dispongan de unos partidos esencialmente coherentes con lo que tanto buscan.

Escribir

Escribía con gritos en forma de coro constante. Imposible acallarlos, suavizarlos, moderarlos.

Haber puesto el ordenador al lado de la televisión que tiene la Play no había sido buena idea, al menos esa tarde. Igual el fallo era suyo, por tratar de escribir cuando se juega. Recordó aquello de que tampoco se debía trabajar cuando se bebía.

Igual esa era la mejor salida. Una cerveza y a esconderse al cuarto. Pero las cervezas saben bien al sol, en verano. O en un día de nieve, pero bien abrigado, con guantes. En casa, solo, era una bebida demasiado fría. Para una copa mejor esperar un rato más.

La pelea estaba perdida. Le ganaban a ruido y hasta en número. Dos contra uno y con más energía y volumen de voz del que ni cabreado podría igualar.

Aún así se mantuvo firme, tecleando. Repasaba cada frase escrita para revertir las letras que había pulsado en orden incorrecto, para añadir las que se había comido y para volver a construir las frases inconexas, fruto de la nula posibilidad de concentración.

A la vez llegaban mensajes por Telegram, Whastapp y hasta por Facebook. Todos los que no habían llegado mientras estaba tirado en el sofá hacía apenas cuarenta minutos, cuando hubiera podido disfrutar respondiéndolos.

A pesar de ello siguió escribiendo, hasta que decidió, él, cuando debía poner el último punto.

Y disfrutó

Arrancó el día lento, saltando de canción en canción en una melancólica y espontánea lista de reproducción que mezclaba fados, coplas y tristezas varias.

Lloró de placer de nuevo con Carlos Cano y entró en un bucle de versiones que no sabía si le estaba robando tiempo o regalándoselo.

Logró olvidar lo que tenía que hacer, las llamadas que hacer, los mails que enviar. Pausó el mundo porque quiso pararlo, porque llevaba tiempo a ritmo cambiado, tarde, desacompasado.

Le pasaba cada vez más. Por la ventana de su Instagram veía un mundo veloz, intenso, volcado en exprimir cada día hasta la extenuación. Y él no. Él perdía el tiempo, capaz de no hacer nada hasta sentirse culpable.

La culpa la silenció esa mañana la música, como había callado el mundo, aislándolo tras unos auriculares blancos.

Por un momento, durante esos instantes, disfrutó.

Su recuerdo

Se preparó un café solo para que la casa tuviera ese olor.

No la recordaba por otro aroma que no fuera ese. No había una colonia especial, ni un suavizante que impregnara la ropa que todavía quedaba en el armario. Sólo las mañanas invadidas por aquel aire tostado lograban que sintiera de nuevo su compañía.

Una vez listo lo tiró por el fregadero para olvidarla.

Llevaba en esa lucha semanas. Ni siquiera tenía claro si llorarla u odiarla y pasaba de un recuerdo a otro para intentar decidirse.

Se dejó llevar. Con el café dominando el aire de toda la casa volvió a meterse en la cama, a taparse con el edredón y a abrazar la almohada entre sus piernas para imaginar esas cosquillas que Pastora cantaba en aquella canción.

Con los ojos cerrados estaba con ella. La olía, la sentía, la disfrutaba.