De nuevo, bipartidismo

La política rara vez es justa. Ni internamente, ni en los procesos electorales.

¿Recuerdan a Tomás Gómez enfrentándose a la privatización del servicio de lavandería de los hospitales públicos? Pues lo hizo, en incontables ocasiones, en los propios hospitales. Entonces ni caso, hoy, en cambio, los medios se escandalizan por los resultados de aquello. La privatización siguió, Tomás Gómez no.

Pero este recuerdo, casi melancólico, es una pequeña anécdota de esas injusticias que tienen muchas más vertientes.  Por ejemplo, estas últimas elecciones municipales han sido muy injustas con los partidos locales.

Partidos centrados en mejorar su municipio, sin más aspiraciones que sus barrios, sus vecinos. Son probablemente la mejor opción para un municipio (seguro que hay alguna excepción) y lo digo con conocimiento de causa. He trabajado con muchos de ellos, tengo grandes amigos que se desviven por su pueblo, que dedican horas desinteresadamente por mejorar sus calles y que están fuera de las guerras políticas porque su único interés es hacer las cosas bien.

Lo lógico, coincidirán conmigo, es que nada mejor para un municipio que ser gobernado por quienes se van a dedicar en cuerpo y alma a mejorarlo porque no tienen intención alguna en “ir subiendo” en el partido.

Pues no ha sido así. Han resistido, sí, pero su representación se ha visto muy reducida por una tendencia que está resurgiendo.

Vuelve el bipartidismo.

Probablemente no sea tan puro como el que veníamos teniendo hasta el 15M (qué recuerdos) pero vuelve. En el espacio de la izquierda Podemos no ha logrado configurar un espacio propio mayor que aquel que ya tuvo IU en sus buenos momentos y a la derecha -ciertamente ahora más fragmentada- se empieza a notar la debilidad electoral de VOX al no haber logrado hacer el sorpasso al PP en “provincias”.

No se ha conseguido romper el bipartidismo en aquellas circunscripciones donde se reparten dos, tres o cuatro diputados. Y si estuvo en algún momento un poco amenazado ya nada queda. El peor PP ha resistido, únicamente superado por el PSOE.

Habrá más diversidad en las ciudades, al menos durante un tiempo, pero más allá de las grandes zonas urbanas PP y PSOE copan toda representación posible.

El votante es muy injusto y busca seguridad. Durante unos años llegó a estar tan harto que se olvidó de sus miedos e hizo temblar el turno pacífico, pero aquello pasó. La oportunidad se va cerrando cada vez más y -olvidada la corrupción- vuelve a crecer el PSOE y no tardará en recuperarse el PP.

Al fin y al cabo tienen una solidez estructural inmensa, la memoria del votante es absolutamente reducida y su capacidad de perdón infinita.

No me olvido de Ciudadanos. Puede hacer que esta vuelta al bipartidismo sea más lenta y menos profunda. O puede ir diluyéndose si el votante empieza a dudar de su utilidad, de su capacidad de inclinar la balanza hacia ambos lados en vez de hacia el mismo siempre.

Seguimos lejos de las mayorías absolutas, pero veremos subir los porcentajes de voto de PP y PSOE cada vez más, y más, y más…

Fachas y terroristas

Estamos rodeados.

Un ciudadano cualquiera que cometa la osadía de desconectarse de su cuenta de Netflix, HBO -o la que tenga- y sintonice sin querer las noticias quedará aterrado en cuestión de minutos. Segundos si es tan temerario que abre alguna de sus redes sociales.

Para unos, casi todo el mundo es facha. Para otros, son terroristas. A un lado tenemos a golpistas traidores, rebeldes y sediciosos armando un nuevo grupo terrorista para romper la patria. Al otro, fascistas siervos del IBEX, controlando un Estado opresor que encarcela a quien piensa diferente y acaba con las libertades.

Y todo esto mientras la mayoría social ni se entera. Es decir, que para estar en un momento tan tenso, más bien bélico, sorprende que la gente en cambio vaya a trabajar cada día, vaya a ver a sus hijos jugar al fútbol, salga el domingo de cañas y hasta pidan hipotecas para comprarse una casa.

Si esto ocurre es porque quienes están fuera de sitio son los políticos. De tener razón, la sociedad estaría enfrentada, en armas, en un escenario fraticida. Afortunadamente, vuelven a estar equivocados.

Quieren tensión, es legítimo, pero se les está yendo de las manos. No puede ser que cualquiera sea terrorista. Eso es muy serio. Conocemos bien a los terroristas, les tememos lo suficiente como para acusar de tal cosa a cualquier chica independentista que se detenga. No llamen a todo terrorismo, o nos quedaremos sin forma de llamar a quienes de verdad lo fueron y lo son.

Porque si lo mezclamos todo, va a ser difícil que los más pequeños entiendan lo terrible que fue ETA, por ejemplo. Si crecen creyendo que levantar las barreras de un peaje es un acto terrorista jamás temerán de verdad a asesinos como los de Miguel Ángel Blanco. Los iguala por abajo, los hace buenos, hasta los justifica.

Tampoco puede ser que haya tantos fachas. Que los hay, pero son pocos. Sí, afortunadamente.

Flaco favor nos hacemos si les hacemos creer que son más de los cuatro que quedan. Y también pervertimos el término.

Si llamamos facha a un Almirante de la Armada de 1909, reconocido como héroe, menudo favor para los verdaderos fachas. ¿Eran fachas entonces “los últimos de Filipinas”? Les podríamos llamar muchas cosas. Fueron demasiado inocentes, leales, ilusos, valientes. Incluso podríamos llamarles patriotas con mal tono, como para que sonara a insulto. Igual eran nacionalistas. ¿Pero fachas? Si ni siquiera existían…

Todo es un síntoma. Es marcar la diferencia, es separarnos. Los que no son los míos son directamente el peor de los enemigos. O conmigo o facha, o me das la razón o terrorista.

¿Qué hacemos los que no creemos que Cervera fuera facha? ¿Los que no vemos terrorismo en levantar unas barreras de un peaje, aunque no nos guste?

Es lo de siempre. ¿Qué hacemos los que nos sentimos igual de felices ondeando la bandera de España que no ondeándola? ¿Los que no creemos que sea buena la independencia de Cataluña pero queremos que se hable sobre ello sin miedo?

¿Somos unos terroristas fachas?

Y lo peor para los actuales partidos: ¿A quién votamos?

 

 

Alberto Sotillos Villalobos.

 

Una nacionalidad agotadora

Los lunes son duros, la cuesta de enero es complicada y la lluvia moja, pero lo más difícil sin lugar a dudas es ser español.

No solo porque tengas que ser experto en fútbol, tenis, baloncesto, bádminton, F1, patinaje artístico o cualquier nuevo deporte en el que tengamos a un compatriota de éxito, sino porque cada día es una lucha por la propia definición.

Nos gusta la bandera, pero no. A veces, va a días. Pero preferimos que tenga un toque más morado, otros que mejor un pájaro. Para colmo, algún cuñado nos recordará que ni es franquista ni republicana, que es una bandera naval. Como si nos importara.

No podemos ver los Goya sin quejarnos, aunque nos gusten. Están mal, de entrada. Como la OTAN. Pero luego que sí.

Nos quejamos del cine español, pero disfrutamos con memeces de Hollywood que pierden en una competición de guión con cualquier película porno casera. Y nuestros actores son o dioses o subvencionados. Es más, pueden ser ambas cosas. Para unos lo uno y para otro lo otro.

No tenemos letra en nuestro himno. Ya ven ustedes qué problema. Pues mal que no la tenga y mal que la tenga. Si Marta Sánchez canta una versión como le da la real gana también mal. Porque no nos gusta, pero especialmente porque habla de Dios. Y de paso que qué es eso de pedir perdón.

Hoy ya hemos votado todos que esa no pude ser la letra oficial de nuestro himno, cuando nadie había propuesto en ningún lado semejante cosa. Otros en vez de votar a favor prefieren usarlo como arma contra los del no.

Es decir, que ni sí ni no. La cosa es gritarnos unos a otros. Pero cuidado con eso, porque habrá que ver si nos gritamos en castellano o en catalán, porque todavía no hemos resuelto eso de que cada uno hable como quiera. Nos apropiamos de los idiomas, como de las banderas, como de las letra del himno que no tiene.

Hay que odiar y criticar tantas cosas que uno no entiende como luego podemos disfrutar tanto ante una caña, aunque nos sentemos ante ella para seguir criticando.

Es agotador ser español con tanta gente diciéndote cómo debes serlo.

 

No decir nada

Lo primero que vi en Redes Sociales sobre el discurso del Rey fue una crítica por haber usado cinturón cuando llevaba un traje. La queja iba acompañada de otra que hacía referencia a la corbata.

Puede que me acuerde de tal análisis del discurso por la parte que me toca, ya que suelo llevar cinturones con traje, o puede que sea porque no he leído nada más relevante.

Felipe VI podría no haber salido en Nochebuena y no hubiera pasado nada. Ya salió en Octubre, dicen algunos, y puede que tengan razón. España está para un discurso, dos ya son demasiados.

Tal vez deba escribir con lamento que hayamos llegado a este punto, pero mi corazón republicano me provoca sentimientos encontrados. Un discurso irrelevante, en un momento tan relevante dice poco de la Corona y toda posibilidad por mostrar el anacronismo que representa tendrá siempre mi bienvenida.

Pero. Eso, hay un pero y es grande. Porque el problema no es de la monarquía, es general. Pensemos en los discurso en campaña de nuestros políticos y en lo que esperamos de ellos al escucharlos. Exacto, nada. No esperamos nada de lo que digan, los vemos porque resulta inevitable hacerlo, porque la campaña nos abruma, porque están ahí.

Podríamos votar sin escuchar uno solo de esos discursos.

Soy de los raros que lamentan que algo así pase. Creo en la fuerza de los discursos, en los que se dan cuando se tiene algo que decir, en los que sirven para cambiar conciencias, en los que marcan hitos en la historia y son recordados.

Obama lo sabía. Tanto que era capaz de hacer de palabras vacías un gran discurso.

En España ocurre lo contrario. Incluso quienes tienen algo que decir, algo que merece la pena y necesita ser contado hacen desaparecer su mensaje en sus discursos.

No es una cuestión de marketing, no pido que el Rey pronuncie su discurso desde un sillón de “Youtuber”, que haga un baile antes o que pida al final que la gente se suscriba a su canal. No va de audiencia tampoco.

Va de lo que los esperamos que signifique lo que dice. De la trascendencia que le damos a la previsión de lo que nos vayan a contar.

Aquí si puedo comparar ámbitos y decir que Felipe VI debería ser un “influencer”. Así es como viene descrito su papel en nuestra Constitución -con otras palabras, claro- y así es como debería afectar al resto de actores políticos.

Pero no está ocurriendo. Se lo que estaban haciendo esta Nochebuena numerosos periodistas y políticos de prestigio durante su discurso y desde luego no era estar frente al televisor.

Podríamos culparles, hasta decir que era su obligación seguirlo, pero lo cierto es que no. Porque sabían que lo que dijera, y esta es la clave de todas estas líneas, no iba a significar nada, cambiar nada o provocar nada.

Salvo sorpresa, me dirán, pero estarán de acuerdo que no es la Monarquía la institución de la que uno espera acciones inesperadas.

Somos raros los españoles. Podemos vivir semanas enteras con “días históricos”, con la expectativa de que todo se va a romper y a la vez no tener ninguna esperanza de que nuestros representantes vayan a decir algo que nos afecte lo más mínimo.

La duda

Es evidente que Puigdemont no cree la mitad de las cosas que dice. Siendo generosos.

El foco mediático atrapa, engancha y cual droga te lleva a hacer cualquier tontería para conseguir una nueva dosis. Encima es una droga barata y fácil de encontrar. Un titular cuesta poco, te dan varios gramos sin demasiado esfuerzo y claro, eso complica dejar la adicción.

Para no tener mono sabe lo que tiene que decir y cómo ofrecer mayores barbaridades a los periodistas a cambio de su chute. En ello está desde Bruselas, regalándonos cada mañana nuevas acusaciones, conspiraciones y teorías opresoras. Yo ya no espero menos, también necesito esas píldoras para poder evadirme de la realidad y entrar en trance.

En cambio con Marta Rovira es difícil decir lo mismo. Su rostro, sus gestos y la vehemencia que acompaña siempre a sus palabras hacen parecer que sus declaraciones son creencias profundas y no estrategias electorales.

Ella cree en el “Procés”, y claro, cree además en lo que le dice Junqueras. Es de suponer que hasta en lo que dice -o decía- Puigdemont.

Es una creencia que no se parece en casi nada a la de la independencia. Una cosa es creer en una Cataluña independiente, que igual llega -o igual no- y otra creer en esta forma de pretender llegar a ese paraíso prometido y a través de quienes han pretendido hacerlo.

Lo primero es comprensible, lo segundo -visto lo visto-, es un acto de Fe ciega. Irracional, apasionada, alejada de la realidad, que no pocos de sus hasta ahora defensores reconocen inviable.

Para creer en la amenaza de un Estado de llenar de muertos las calles hay que estar dispuesto a no dudar. Para asegurar que la declaración unilateral es un invento del Estado hay que, directamente, vivir en una realidad paralela.

Es ahí donde está sufriendo el independentismo. Porque las posiciones políticas dependen mucho de los argumentos en los que se basan y en su capacidad para generar dudas a quien tienes delante, con quien estás debatiendo.

Si un independentista habla de la necesidad de cambiar “la relación con España” debido a los errores cometidos por el Gobierno Central, por el recurso del Estatut y por la falta de entendimiento, es capaz de generar dudas en un argumentario rival. Pero si lo basa en la descripción de España como un estado totalitario y represor carente de valores democráticos, sin la más mínima independencia judicial y que amenaza con matar a civiles en las calles para imponer una DUI contra la que -a la vez- lucha, no logrará generar la menor de las dudas en ninguna conciencia y tendrá el debate perdido.

El riesgo de esos planteamientos es tan grande que hasta pueden hacer pensar a muchos que Rajoy tiene razón. Le regalan respuestas fáciles, rápidas, jocosas y sencillas con las que evita entrar en el fondo del debate.

Conozco a varios que, por ejemplo, imploran no tener que elegir nunca entre Rufián o Rajoy.