Votamos el ayer

Ponte a escribir algo alegre con lluvia. Peor, con un pronóstico de 15 días seguidos lloviendo. Todavía si fuera nieve…

Y eso que ya es marzo. O casi. Que antes o después ya estaremos quejándonos del calor -los que lo hagan, yo no-.

En cualquier caso, asombra la velocidad a la que va el pasado. Podríamos saborear todavía las uvas y resulta que vamos por el tercer mes, acabando el invierno.

El futuro, en cambio, va mucho más lento. Siempre está lejos, ya llegaremos.

Tal vez por eso pasamos más tiempo queriendo arreglar el pasado que el futuro. Porque sentimos que lo tenemos más cerca. “Si hubiera estudiado aquello”, “Si no la hubiera cagado entonces”…

Y eso que el pasado es de lo poco que no podemos cambiar. Porque podemos mentir, ocultarlo y vender versiones idílicas, pero seguirá siendo el mismo.

El presente es el momento en el que cometemos los errores, en vez del tiempo en el que pensar en el futuro. Así nos va.

Hablemos de las pensiones, por ejemplo.

(Me tengo que hacer ver lo de irme tan lejos para acabar tan cerca)

Con las pensiones sabemos los errores que han cometido todos. Unos no vieron la crisis, otros no cambiaron el sistema, otros se fueron al bosque y los de ahora se comieron todo el Fondo de Reserva.

Tal es así que los partidos, ahora, nos piden que les votemos porque no van a hacer lo que hicieron los otros, en vez de -y fíjense en el sutil diferencia-, decirnos que les votemos porque van a hacer lo que el otro no hará.

Total, que hasta votamos en pasado pretendiendo que nos gestionen el futuro. Menudo despropósito.

Miento. Al menos un poco. De vez en cuando sí nos hablan del futuro. Cuando nos prometen loquesea. Subirán las pensiones, el Salario Mínimo, reducirán la brecha salarial, implantarán la plena igualdad.

Pero resulta que eso lo prometen todos, así que no sirve como promesa de algo concreto a hacer, diferente de lo que hará el otro.

De tal forma que nos obligan a seguir votándoles en base a sus errores del pasado., pero se extrañan luego de las bajas notas que reciben… ¿Cómo vamos a valorarles mejor si se obstinan en que no olvidemos cuánto han fallado?

Hay una tercera opción que parece estar promoviendo Albert Rivera. Además de recordar los errores, ha considerado un gran valor no prometer. Decía en una entrevista reciente que no iba a hablar de subir pensiones porque es realista.

A este se le ha olvidado para qué está la política. Me explico; Una cosa es decir la verdad y otra olvidarse de la función transformadora de la política.

No necesitamos a un político que nos diga que la pirámide de población en España es tan terrible para las pensiones como efectivamente es o que nos recuerde que con bajos salarios pocas jubilaciones sos sostenibles. El problema ya lo conocemos.

Termino. Irremediablemente pesimista.

Hace falta un partido que hable en futuro. Con valentía para proponer lo que cree necesario y explicar alguna forma de hacerlo. Igual es tan fácil como crear un Fondo Nacional de Inversión, obteniendo beneficios del turismo para reinvertirlo en sectores con un gran valor añadido, con cuyas ganancias podamos garantizar mejores pensiones.

Incluso si no acierta, al menos debatiremos sobre posibilidades y no sobre errores ya cometidos.

 

Todo era correcto

Se le olvidó prácticamente todo.

Le aburrió la lectura, se dormía con los programas y bostezaba en las películas.

Nunca en su vida le ofendió algo. Nada le hizo sentir incómodo.

El día era siempre el mismo, sin sustos, sin pasiones.

La sociedad no le exigía más que su consumo.

Podía comprar y gastar en lo que quisiera.

Creció con juguetes seguros, educativos, apropiados a su edad.

Dormía bien, jamás habló con su almohada.

Tenían conciencias parecidas.

 

Los drones son para el verano

Empiezas queriendo uno para jugar y entretenerte, pero lo acabas necesitando para trabajar. ¿Era así, no?

Hay muchas cosas que cambian, otras permanecen bastante inalteradas. Las que cambian, en este caso, transforman por completo la realidad.

No es lo mismo una bicicleta que un dron, como no es lo mismo una posguerra que una crisis económica, aunque podamos sacar ciertos parecidos. España es diferente hoy, aunque lógicamente conserva las mismas inercias, cae en los mismos errores y sigue enfrentándose consigo misma de forma traumática.

Todo esto para decir que quiero un dron. Ya ven las vueltas que doy. No se bien para qué lo quiero, pero sí imagino para qué lo usaría.

Quiero ver las cosas desde arriba, alejarme, volar. Lo de GoogleMaps no está mal, pero no es lo mismo. Un dron es un pequeño satélite, son tus ojos con otra perspectiva diferente.

Desde arriba lo que tratamos de hacer grande, es más pequeño y viceversa, Todo tiene el tamaño que en realidad le corresponde.

Los problemas son imperceptibles, las malas personas apenas se distinguen, los beneficios bancarios tienen el mismo rostro que el resto de edificios, los carteles electorales no se sabe de qué partido son, los coches no lo dominan todo.

En cambio, mantiene un tamaño coherente con su importancia aquello realmente relevante. Se ve menos verde. Si nuestro dron tiene mucha autonomía hasta veríamos menos hielo en los polos. La deforestación muestra ser mayor de la que queremos creer. Las ciudades son enormes, infinitas. Sus luces exageradas. No veremos animales.

Desde ahí arriba se ve cómo contaminamos. Se ven nuestros vertidos y se ve lo cerca que en realidad estamos unos de otros. Somos más lo que realmente somos.

Cambio de idea. No quiero tener un dron, quiero que todos tengamos uno. Necesitamos ver desde arriba para tener perspectiva, para engañarnos menos.

Que tengamos los ojos en la parte más alta de nuestro cuerpo ya era un mensaje bastante claro de la naturaleza, de la importancia de verlo todo desde lo más lejos posible.

Ahora podemos mejorarlo. Voy a por un dron, ahora vuelvo.

¿Y esos pensionistas?

Forges tenía razón, como la suele tener El Roto, pero es que también Machado nos retrató bien.

Probablemente seamos la nación del mundo que mejor conoce sus defectos y a la vez la que con más comodidad convive con ellos. Ahora, que nadie nos lo diga.

Lo podemos ver en Concha y en Mariano, ahí sí. Porque no son ninguno de nosotros, aunque todos nos veamos representados en ellos. Ahora bien, ojo con que a cualquiera se le ocurra escribir que tenemos una economía en B  -generalizada-, que mantiene a buena parte de nuestra sociedad. O que nos recuerden que muchos van al trabajo, frente a los que trabajan.

Llevamos tantos años conociéndonos como prometiéndonos cambiar. Tanto es así que nos creemos a políticos que cada cierto tiempo llegan y nos aseguran tener la llave para cambiarlo todo. Con su llegada la Sanidad Pública resurgirá, las pensiones aumentarán, los bancos pagarán comisiones, los empleos serán fijos, las condiciones laborales justas, la Justicia rápida y eficaz y la corrupción perseguida hasta la extinción.

Y hasta les votamos. Porque sabemos que de hacerlo, de ponernos en serio a ser transparentes, legales y productivos todo lo bueno sería sostenible.

Pero luego no. Nada. No ocurre. Cambiamos de “a poco”, “al merme” que diría Mota. Y tampoco es poca cosa, porque avanzamos.

Fíjense, que ayer miles de pensionistas llenaron las calles para reclamar pensiones dignas sin haber llegado a Trending Topic en Twitter, sin memes, sin hastags. No se sabe muy bien cómo lo hicieron. A mi me pilló viendo una serie en Netflix.

Igual es eso, ellos lo tenían mucho más fácil para salir a la calle. La serie que veían era un día a la semana, a una hora concreta.  Nosotros, en cambio, tenemos que terminar las cuatro series que vemos a la vez antes de que llegue una nueva temporada. Así no se puede salir a protestar, no hay tiempo. O ganas. O ¿para qué?.

 

¿Un Bigfoot piensa?

Leo que un tribunal decidirá si el Bigfoot existe. Si en base a las -escasas- “pruebas” aportadas ese tribunal decide que existe, entonces existirá.

Supongo que, además, esa existencia llevará a que se puedan pedir fondos públicos para su conservación, para su estudio y cosas similares. Lo supongo o lo quiero suponer, por darme a mí mismo una explicación racional.

El caso es que la existencia de este monstruo animal va a estar determinada por ley. Indistintamente de que realmente exista o no, ese tribunal va a dotarle -si decide afirmativamente ante la demanda de una “experta en bigfoots” (signifique eso lo que signifique)- de una presencia jurídica.

Hay quien dice haberlo visto, aunque desde que todos llevamos cámaras en el móvil apenas hay fotos nuevas, muchos creen en su existencia y está a paso de aparecer en textos legales reconociéndolo. Permítanme la comparación, pero hay religiones que tienen las mismas bases para demostrar la existencia de sus dioses.

En cualquier caso no quiero seguir por esa vía, porque esta pretende ser una reflexión breve. Con lo que quiero quedarme es con la determinación de una existencia por la decisión de un tribunal.

El resto queremos creer que existimos porque pensamos, aunque a muchos no les venga mal tener por si acaso algún documento legal que lo acredite, pero ¿podemos pedirle lo mismo a un Bigfoot?

Dirán que estoy desbarrando demasiado. Creo que sí, pero el trasfondo sociológico de la existencia me atrapa demasiado a esta noticia.

Al fin y al cabo aquello que se percibe como real es real en sus consecuencias, así que el Bigfoot -exista o no- tiene consecuencias reales, probablemente además las acabe teniendo en forma de subvención. Pocas consecuencias hay mejores a una existencia.

Termino. Porque igual existe. Es más, puede que piense tanto como para no querer que los humanos tengamos el más mínimo contacto con él. Pero está a un paso de que no se nos escape, de que entre en nuestro proceso burocrático, de que alguien pueda denunciarle por haberle ofendido con su largo pelo.

Igual hasta tiene Twitter.

 

 

Una nacionalidad agotadora

Los lunes son duros, la cuesta de enero es complicada y la lluvia moja, pero lo más difícil sin lugar a dudas es ser español.

No solo porque tengas que ser experto en fútbol, tenis, baloncesto, bádminton, F1, patinaje artístico o cualquier nuevo deporte en el que tengamos a un compatriota de éxito, sino porque cada día es una lucha por la propia definición.

Nos gusta la bandera, pero no. A veces, va a días. Pero preferimos que tenga un toque más morado, otros que mejor un pájaro. Para colmo, algún cuñado nos recordará que ni es franquista ni republicana, que es una bandera naval. Como si nos importara.

No podemos ver los Goya sin quejarnos, aunque nos gusten. Están mal, de entrada. Como la OTAN. Pero luego que sí.

Nos quejamos del cine español, pero disfrutamos con memeces de Hollywood que pierden en una competición de guión con cualquier película porno casera. Y nuestros actores son o dioses o subvencionados. Es más, pueden ser ambas cosas. Para unos lo uno y para otro lo otro.

No tenemos letra en nuestro himno. Ya ven ustedes qué problema. Pues mal que no la tenga y mal que la tenga. Si Marta Sánchez canta una versión como le da la real gana también mal. Porque no nos gusta, pero especialmente porque habla de Dios. Y de paso que qué es eso de pedir perdón.

Hoy ya hemos votado todos que esa no pude ser la letra oficial de nuestro himno, cuando nadie había propuesto en ningún lado semejante cosa. Otros en vez de votar a favor prefieren usarlo como arma contra los del no.

Es decir, que ni sí ni no. La cosa es gritarnos unos a otros. Pero cuidado con eso, porque habrá que ver si nos gritamos en castellano o en catalán, porque todavía no hemos resuelto eso de que cada uno hable como quiera. Nos apropiamos de los idiomas, como de las banderas, como de las letra del himno que no tiene.

Hay que odiar y criticar tantas cosas que uno no entiende como luego podemos disfrutar tanto ante una caña, aunque nos sentemos ante ella para seguir criticando.

Es agotador ser español con tanta gente diciéndote cómo debes serlo.

 

Con 80 años

Las mismas ganas de levantarse que la mañana anterior. Esta vez con mayor obligación que la meramente fisiológica, pero con la misma lucha por alargar los segundos, dedicándose a verlos crecer en el reflejo de los rayos de sol en su suelo.

Una copia de sí mismo, cada vez más marchita, aparecía cada mañana en el espejo del baño. Ni siquiera la barba era ya capaz de tapar las arrugas y lejos de restarle años se los sumaba. Se miró poco porque no tenía nada especial que ver. Escupió con fuerza la pasta de dientes tras lavárselos, como si quisiera expresarse haciendo significativo ese gesto habitual .

Ropa, la de siempre. A partir de los 70 ya no quedaba color en su armario más allá del negro para las últimas visitas a sus amigos, el blanco -sin estrenar- para celebraciones y el marrón y verde oscuro para cada día.

Se abotonó la rebeca despacio, tratando de estirar su columna según llegaba más arriba. Con esfuerzo lograba incluso ganar más de un par de centímetros.

Vestido y ya cansado de nuevo salió a la calle. Para caminarla lentamente, para ser constantemente adelantado. No mantenía más conversación que las disculpas que recibía cuando tropezaban con él y para el resto resultaba invisible. Su existencia era un tropiezo ajeno, la molestia de tener que rodearle para seguir, el tiempo perdido al esperar que pagara.

Llegó a la pastelería cuando no había nadie. Creyó haber tenido suerte, tanta como para poder hacer su pedido sin prisa, sin ser de nuevo una pausa forzada para quienes no querían nunca parar. Eligió una tarta pequeña, poco más grande que una magdalena.

Dudó mucho, cuando en realidad sus gustos siempre acababan en la misma elección. Chocolate.

Al llegar a casa la metió en la nevera. Quería esperar a que el día avanzara más, a esperar, tal vez, alguna llamada. Se durmió de nuevo sin que ningún timbrazo le despertara. Durmió, como desde hacia ya años, mucho más de lo que deseaba. Dormía por no estar despierto.

Poco antes de la hora de comer borró su esperanza de hablar con alguien y decidió terminar con aquel día, para hacerlo de nuevo uno más.

Encendió una cerilla que pinchó sobre la tarta, así que apenas tuvo tiempo para soplarla. Nada de pedir deseos. Ni podía esperar tanto ni serviría.

Dio un bocado a la tarta, dejó el resto en el plato y se sentó en el sofá para ver de nuevo la televisión. Esta vez ya con 80 años.

 

Háblame de proyectos

Desayunamos estos días con numerosas encuestas. La más reciente la de Metroscopia para El País.

No es que haya que volverse loco con los resultados y tomárselos demasiado en serio (palabra de Sociólogo), pero estas encuestas sin elecciones a la vista tienen sus interés en si nos fijamos en las tendencias y en aquellas preguntas más cualitativas.

En todo caso un apunte: Decir que en España estamos en un momento en el que no hay elecciones cerca es demasiado arriesgado. La inestabilidad política es grande, la dificultad en ayuntamientos, comunidades y a nivel estatal para aprobar leyes tan importantes como los Presupuestos pone de manifiesto que la amenaza de un adelanto electoral está siempre presente. Y eso el votante lo sabe. Por no entrar a valorar cómo estas encuestas, además, pueden favorecer esos adelantos, entorpecer negociaciones…

Pero volvamos. Quedarse obsesionado con un porcentaje de votos de una encuesta telefónica es tan inútil para los partidos que cuesta entender que dediquen a ello tantos esfuerzos. Cierto que de ese porcentaje dependen los cargos, los boletines oficiales que se puedan controlar y los presupuestos que queden bajo sus siglas, pero para revertir la situación cuando esos datos son malos a lo que se debe prestar atención es al fondo.

En la encuesta de Metroscopia a la que hacíamos referencia, por ejemplo, señala que una de las mayores debilidades del PSOE ahora es una grave falta de proyecto. Esa falta de proyecto provoca que muchos de sus votantes pasen a Ciudadanos, a un ritmo mayor de lo que ellos recuperan votantes de Podemos. Según esta encuesta, llegan 300.000 nuevos votantes de Podemos pero pierden 900.000 hacia Ciudadanos. El saldo, para un partido que lleva varias elecciones bajando, es de -600.000 votos. Un dato que debería helar la sangre en Ferraz.

Sobre todo por lo que significa. Si hacemos la búsqueda más sencilla en Google poniendo “Proyecto político Ciudadanos” el primer resultado es una página de ese propio partido dedicada a explicar precisamente eso. Si hacemos lo mismo con el PSOE, las primeras referencias son a su programa electoral y a un PDF con el proyecto político de José Antonio Carrasco para mejorar Ceuta.

Sin dudar de la importancia del proyecto para Ceuta, sorprende que encontremos antes esta información que las propuestas del partido. Es cierto que el primer resultado sí se refiere al PSOE a nivel nacional, pero enlazando al programa electoral y, recordemos, se supone que no estamos en elecciones.

También resulta relevante la distinción que supone presentar un proyecto político frente a un programa electoral. ¿Qué preferirían leer ustedes…?

Esto, en cualquier caso, es simbólico. Cierto que resulta significativo, pero obviamente no hay masas de españoles buscando en Google los proyectos de cada partido. Estos se definen más por la prensa, las declaraciones y la labor parlamentaria.

Y en ese campo, en el de los medios, estamos ante un gran desierto político. Intenten hacer un juego mientras leen este artículo. Piensen en lo que ustedes saben de Ciudadanos. Lo primero que les vendrá a la cabeza es Cataluña. Ahí son firmes, sin cesiones. Si siguen pensando llegarán a una idea de bajos tipos impositivos, de buena relación empresarial. Dando un poco más de rato para pensar igual nos acordamos de que quieren reformar cosas como el sistema electoral, algunas administraciones…. y poco más.

¿Es eso un proyecto de país? Difícilmente, pero con eso vamos a votar.

Y ese proyecto, tan escaso, es el que está ganando el discurso. Con tan poco, tanto. Ese es el drama para PP, PSOE y Podemos. No les está ganando Mandela, ni Obama, ni Mujica, les está ganando Rivera que, permítanme decir, no está a la altura de los tres citados anteriormente por muy buenas cualidades políticas que posea y que efectivamente tiene.

El PP podrá agarrarse a la gestión, pero cada vez retiene menos votos. PSOE y Podemos lo tienen más complicado, aunque estos últimos, al menos, saben que su espacio está sí o sí a la izquierda.

Pedro Sánchez en cambio todavía no se ha decidido si ir a la izquierda o al centro. No creen en la independencia de Cataluña pero hay días que habla de la plurinacionalidad, de los estados federales y de otras ideas que, si bien es cierto que ayudarían a un debate sosegado, no pueden competir en un escenario de gran polarización y tensión.

Las últimas semanas se ha agarrado a las pensiones.  Sabemos que el PSOE quiere mantenerlas, incrementarlas y hacerlas maravillosas, pero no sabemos cómo. Lo que envía a la ciudadanía es que con el PP las pensiones están en peligro, cosa que puede hasta ser plenamente compartida por una mayoría de españoles, pero sin ofrecer una respuesta que les diferencie. Por eso sufre también en ese tema el PSOE, pues hay bastante consenso en que las actuales pensiones son difíciles de mantener, una batalla de la izquierda que -injustamente- ya se ha perdido hace tiempo.

Para Podemos el problema es simplemente un estrechamiento cada vez mayor de lo que es la izquierda electoral en España. La masa de votantes que algunos llaman “de centro” y que en realidad son millones de votos que simplemente se mueven con más facilidad que el resto entre partidos están ahora mismo escorados a la derecha. Se mueven con el pulso de la sociedad y en estos momentos no hay un debate que la izquierda esté siendo capaz de capitalizar.

Cataluña no le hace ningún bien a la izquierda, que se asfixia entre la defensa del derecho a decidir, el valor de las urnas, la democracia, etc. y su batalla lógica contra cualquier nacionalismo con el que no pueden ser compatibles por su propia esencia.

Perseguir el fraude fiscal suena bien, pero difícilmente ese agujero pueda tapar todos los demás. Lo de los impuestos a la banca también levanta auditorios, pero quienes fueron rescatadas fueron las cajas, los bancos poco o nada. El ciudadano sabe, además, que cualquier impuesto que se le ponga a la banca lo acabará pagando él.

Así, el votante de izquierdas en España se desdibuja sociológicamente. Queda un perfil cada vez más apasionado, cargado de razón, pero sin respaldo social y por otra parte una masa de votantes más adaptados al status quo que no encuentra motivación por seguir prestándoles su voto a los actuales partidos de izquierda.

Cuando hablo de votante apasionado cargado de razón lo hago para señalar que no es una radicalización ideológica hacia posiciones extremas en la izquierda (que también hay) sino hacia temas en los que lógicamente un perfil de izquierdas se siente claramente interpelado como es la inmigración, las guerras, los refugiados, el feminismo, el trato animal, etc. Temas que para ellos sí determinan su voto frente a otros votantes de izquierdas -que ahora son mayoría- para los que esos temas son relevantes, sí, pero no como para definir exclusivamente su voto por ellos.

Así, la radiografía -rápida- del votante que está perdiendo PSOE y Podemos sería algo así como un ciudadano comprometido por temas sociales pero sin voluntad alguna de participar activamente en una revolución social, con profundas creencias en el valor de lo público pero en convivencia con los sistemas privados y que se considera ciudadano del mundo, pero nacionalismos los justos.

Ese votante querría cambiar las cosas, pero hay que ponérselo fácil. Habrá quienes voten a la izquierda sólo por lo malo que es el PP, pero ahora la competencia es mayor y Ciudadanos, por mucho que lo repitan PSOE y Podemos, no es lo mismo que el PP.

No es lo mismo en cuanto a percepción social y mediática. Comparten -al menos en sus programas- buena parte de la carga ideológica- pero también confianza en su capacidad de gestión. El buen gestor se valora mucho electoralmente en España y más si para votarle no hay que mirar a otro lado para no ver la corrupción.

Vamos terminando ya. PSOE y Podemos (lo que podríamos llamar la izquierda en España) no tienen campo propio ni hacen por crearlo. La desesperación por tratar de controlar algo la agenda les hace, además,  mostrarse más radicales de lo que quieren ser, forzando debates en los que podrían ganar apoyos de tener tiempo, espacio y medios para explicarse, pero que la actualidad los devora hasta hacerlos insignificantes y por lo tanto dañinos para ellos. Sirva de ejemplo el uso del término “Portavozas”.

El resto del tiempo van a remolque y para colmo en temas en los que ni siquiera han sabido definirse. Por hacer una analogía más visual podríamos decir que salen a la arena del Coliseo a luchar sin saber si son mejores con la espada, con el arco o con la maza. Al final acaban dando con todo a la vez y el espectador no sabe a qué lucha. Lógicamente, acaba ganando el león, que sabe a lo que ha salido.

Votar es fácil, saber a quién votar es muy difícil. Ciudadanos y PP tratan de ponerlo lo más fácil posible, lo más predecible, lo más obvio y pasional. La izquierda ganaba a eso con lo emocional, lo sentimental y lo utópico (recordemos esos temas antes mencionados de los votantes de izquierda apasionados). Competían bien con la derecha cuando -simplificándolo mucho- hacían elegir al elector entre votar con el corazón o con la cartera.

Pero ya ni eso. La izquierda hoy en España ni emociona, ni apasiona ni mucho menos te hace soñar con una utopía porque es incapaz de definirla. Fíjense que por no atreverse, no se atreve ni a prometer la nacionalización de sectores estratégicos como la electricidad o el gas. Y bueno, sin llegar a tanto, vean que ni siquiera hablan de un modelo en el que empresas públicas puedan competir para garantizar calefacción y luz más barata.

Al final, si no proponen algo diferente, ganará lo de siempre.