Mira, me da igual

Pudiera parecer que estamos tan hartos de la política, que hasta hemos decidido volver a votar a los mismos de siempre.

En su momento nos enfadamos con ellos, ahora ya los asumimos como inevitables porque nos hemos rendido. Política y socialmente hemos entendido que nuestros dirigentes son los que son, que hacen lo que hacen y que poco más se puede esperar.

No es dramático. Siempre ha habido varias vías de activismo político, una es a través de los partidos políticos y otras en forma de diferentes organizaciones, como sociedad civil, y está creciendo con fuerza esta última.

No tanto en forma de ONG o asociación concreta, sino en una creciente conciencia colectiva que está dejando a los partidos absolutamente de lado.

Mientras VOX se indigna por los pocos metros cuadrados que tiene de despachos en el Congreso, mientras el PSOE explica lo que es un “Gobierno de Cooperación”, mientras Ciudadanos nos dice que no negocia con los que negocia, el PP se come sus palabras sobre los gobiernos de perdedores y mientras Podemos se empeña en pedir sillones, los ciudadanos se alejan cada vez más de ellos porque eso les da igual.

Incluso les da un poco lo mismo “el procés”, si me permiten decirlo.

Resulta que lo que más está motivando a la sociedad ahora, lo que no les da igual, es eliminar el plástico. Así de sencillo.

¿Hay algún partido hablando de eso? No. ¿Espera la sociedad que los partidos hablen de eso? Tampoco.

La distancia no solo es tan grande como viene siendo habitual, sino que ahora ya ni se espera ni se intenta que se reduzca.

Resulta que no hay quien coma ya pescado sin sentir que está ingiriendo dos kilos de plástico, no dejamos de ver paraísos costeros arruinados por la acumulación de basura y el gigante transparente y sólido sigue creciendo por momentos.

Es -y se percibe como- lo suficientemente grave como para que “oye mira, es que el resto me da igual”. Así que los políticos a lo suyo, a que se entretengan, a que la caguen lo menos posible, porque se espera poco o nada de ellos. Si hay riesgo de que la cosa empeore mucho hay movilización suficiente, pero si el riesgo baja, “allá ellos”.

Supuestamente, a los partidos, les debería preocupar esta distancia, este estar tan lejos de representar los intereses reales de la ciudadanía. Pero no, por lo visto ellos lo han asumido igual y por su parte, mientras les dejemos hacer, lo nuestro “les da igual”.

Todos contentos. Al fin y al cabo desilusionarse no es más que esperar aquello de quien no te lo va a dar.

Un enorme trozo

Tan solo tenían un enorme trozo de tela.

No era mucho, pero pensaban que era mejor que nada. Estaban seguros de que les protegería del frío, de la lluvia, incluso de los rayos del sol. Podrían usarla para recoger agua, para pescar o para vestirse con ella si fuera necesario.

No había en la isla ningún otro objeto de la civilización de la que venían.

A los pocos días se enfrentaron por aquel trozo. Unos pensaban que el uso prioritario era radicalmente opuesto al que los otros querían darle y no tardaron en usar estacas de madera para tratar de apropiarse de ello, arrancándolo de las manos de los desarmados. Aquella pelea les motivó a dividirse en grupos, a preparar más piedras y palos y a ver un enemigo.

Avanzaron, crearon cada vez herramientas más sofisticadas, armas más afiladas y fronteras con normas propias.

Pero las fuerzas se igualaban pronto.

Se dividieron para quedarse con la tela, pero nunca ninguno logró imponerse y  simplemente se quedó en medio, ondeando.

Así, se convirtió en bandera y ya no sirvió para pescar un solo pez, no vistió a ninguno. Ni siquiera la escurrían tras una lluvia para recoger el agua. La sombra que daba no la aprovechaba nadie, por miedo a los otros.

Con el tiempo desapareció. Perdió su forma y se volaban los hilos que quedaban sueltos.  Al final únicamente quedó el mástil y a cada lado dos pequeñas sociedades con las caras pintadas de colores opuestos.