Fachas y terroristas

Estamos rodeados.

Un ciudadano cualquiera que cometa la osadía de desconectarse de su cuenta de Netflix, HBO -o la que tenga- y sintonice sin querer las noticias quedará aterrado en cuestión de minutos. Segundos si es tan temerario que abre alguna de sus redes sociales.

Para unos, casi todo el mundo es facha. Para otros, son terroristas. A un lado tenemos a golpistas traidores, rebeldes y sediciosos armando un nuevo grupo terrorista para romper la patria. Al otro, fascistas siervos del IBEX, controlando un Estado opresor que encarcela a quien piensa diferente y acaba con las libertades.

Y todo esto mientras la mayoría social ni se entera. Es decir, que para estar en un momento tan tenso, más bien bélico, sorprende que la gente en cambio vaya a trabajar cada día, vaya a ver a sus hijos jugar al fútbol, salga el domingo de cañas y hasta pidan hipotecas para comprarse una casa.

Si esto ocurre es porque quienes están fuera de sitio son los políticos. De tener razón, la sociedad estaría enfrentada, en armas, en un escenario fraticida. Afortunadamente, vuelven a estar equivocados.

Quieren tensión, es legítimo, pero se les está yendo de las manos. No puede ser que cualquiera sea terrorista. Eso es muy serio. Conocemos bien a los terroristas, les tememos lo suficiente como para acusar de tal cosa a cualquier chica independentista que se detenga. No llamen a todo terrorismo, o nos quedaremos sin forma de llamar a quienes de verdad lo fueron y lo son.

Porque si lo mezclamos todo, va a ser difícil que los más pequeños entiendan lo terrible que fue ETA, por ejemplo. Si crecen creyendo que levantar las barreras de un peaje es un acto terrorista jamás temerán de verdad a asesinos como los de Miguel Ángel Blanco. Los iguala por abajo, los hace buenos, hasta los justifica.

Tampoco puede ser que haya tantos fachas. Que los hay, pero son pocos. Sí, afortunadamente.

Flaco favor nos hacemos si les hacemos creer que son más de los cuatro que quedan. Y también pervertimos el término.

Si llamamos facha a un Almirante de la Armada de 1909, reconocido como héroe, menudo favor para los verdaderos fachas. ¿Eran fachas entonces “los últimos de Filipinas”? Les podríamos llamar muchas cosas. Fueron demasiado inocentes, leales, ilusos, valientes. Incluso podríamos llamarles patriotas con mal tono, como para que sonara a insulto. Igual eran nacionalistas. ¿Pero fachas? Si ni siquiera existían…

Todo es un síntoma. Es marcar la diferencia, es separarnos. Los que no son los míos son directamente el peor de los enemigos. O conmigo o facha, o me das la razón o terrorista.

¿Qué hacemos los que no creemos que Cervera fuera facha? ¿Los que no vemos terrorismo en levantar unas barreras de un peaje, aunque no nos guste?

Es lo de siempre. ¿Qué hacemos los que nos sentimos igual de felices ondeando la bandera de España que no ondeándola? ¿Los que no creemos que sea buena la independencia de Cataluña pero queremos que se hable sobre ello sin miedo?

¿Somos unos terroristas fachas?

Y lo peor para los actuales partidos: ¿A quién votamos?

 

 

Alberto Sotillos Villalobos.

 

La duda

Es evidente que Puigdemont no cree la mitad de las cosas que dice. Siendo generosos.

El foco mediático atrapa, engancha y cual droga te lleva a hacer cualquier tontería para conseguir una nueva dosis. Encima es una droga barata y fácil de encontrar. Un titular cuesta poco, te dan varios gramos sin demasiado esfuerzo y claro, eso complica dejar la adicción.

Para no tener mono sabe lo que tiene que decir y cómo ofrecer mayores barbaridades a los periodistas a cambio de su chute. En ello está desde Bruselas, regalándonos cada mañana nuevas acusaciones, conspiraciones y teorías opresoras. Yo ya no espero menos, también necesito esas píldoras para poder evadirme de la realidad y entrar en trance.

En cambio con Marta Rovira es difícil decir lo mismo. Su rostro, sus gestos y la vehemencia que acompaña siempre a sus palabras hacen parecer que sus declaraciones son creencias profundas y no estrategias electorales.

Ella cree en el “Procés”, y claro, cree además en lo que le dice Junqueras. Es de suponer que hasta en lo que dice -o decía- Puigdemont.

Es una creencia que no se parece en casi nada a la de la independencia. Una cosa es creer en una Cataluña independiente, que igual llega -o igual no- y otra creer en esta forma de pretender llegar a ese paraíso prometido y a través de quienes han pretendido hacerlo.

Lo primero es comprensible, lo segundo -visto lo visto-, es un acto de Fe ciega. Irracional, apasionada, alejada de la realidad, que no pocos de sus hasta ahora defensores reconocen inviable.

Para creer en la amenaza de un Estado de llenar de muertos las calles hay que estar dispuesto a no dudar. Para asegurar que la declaración unilateral es un invento del Estado hay que, directamente, vivir en una realidad paralela.

Es ahí donde está sufriendo el independentismo. Porque las posiciones políticas dependen mucho de los argumentos en los que se basan y en su capacidad para generar dudas a quien tienes delante, con quien estás debatiendo.

Si un independentista habla de la necesidad de cambiar “la relación con España” debido a los errores cometidos por el Gobierno Central, por el recurso del Estatut y por la falta de entendimiento, es capaz de generar dudas en un argumentario rival. Pero si lo basa en la descripción de España como un estado totalitario y represor carente de valores democráticos, sin la más mínima independencia judicial y que amenaza con matar a civiles en las calles para imponer una DUI contra la que -a la vez- lucha, no logrará generar la menor de las dudas en ninguna conciencia y tendrá el debate perdido.

El riesgo de esos planteamientos es tan grande que hasta pueden hacer pensar a muchos que Rajoy tiene razón. Le regalan respuestas fáciles, rápidas, jocosas y sencillas con las que evita entrar en el fondo del debate.

Conozco a varios que, por ejemplo, imploran no tener que elegir nunca entre Rufián o Rajoy.

Mi voluntad del pueblo

Puede parecer mentira, dado el absurdo político con el que nos han obligado a convivir estos días, pero estamos ante un gran debate de fondo.

Casi me atrevería a decir que estamos ante un dilema político-filosófico que parecía resuelto, pero que ha vuelto a la duda.

Para verlo hay que dejar a un lado las bromas que reenviamos por Whatsapp, los dibujos de Puigdemont a lo Tintín y las rimas fáciles del 155. Ahora bien, no sabría decir si merece la pena. Tal vez lo mejor sea vivir entre “memes” que ir la filosofía política.

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