Perra

Jadeaba sedienta, desprendiendo un espantoso olor con cada exhalación.

Los perros no sienten la edad que tienen. Son jóvenes hasta que mueren. Toda una vida corriendo que terminan con un par de semanas lentos, cojos, meándose encima. Y así era ella.

Cerca de llegar a esas semanas finales, pero sin saberlo. Como no sabe tampoco los días, ni los meses ni el tiempo que ha pasado desde que su dueño salió de casa.

El corazón palpitaba descontrolado, ofreciendo -una vez más- el máximo para esa nueva carrera, olvidando que seguramente habría una nueva en minutos. Siempre todo, siempre desfondándose.

Aquella carrera era su vida, como lo habían sido todas las anteriores hasta este momento y como lo serían las pocas restantes. Perseguía lo que había visto, ahogándose con la correa, tratando de extenderla los milímetros suficientes para llegar a su presa.

A cada impulso agónico hacia adelante, un tirón para atrás. En seco, doloroso seguramente, como siempre.

Volvía a quedarse cerca, tan cerca que aumentan las ganas de hacer lo que quiere hacer desde que empezó a intentarlo. Pero no la dejan, no consigue llegar.

Sigue sana y viva por no haberlo logrado. Mantiene sus dos ojos por quedarse siempre lejos de las garras de los gatos que desearía cazar y no sangra.

Da lo mismo. Esta vez es tan única como las miles anteriores y su deseo quiere ser cumplido sin matices, sin miedos, sin cuidado. Se lanza, ladra y se desespera por no poder darse por completo a sus ganas de matar aquello que ha visto.

No lo consigue. Como no lo ha conseguido nunca. Volverá a intentarlo, como si siempre lo fuera a lograr.

Ser rico, hoy.

Leí el otro día -disculpad que no recuerde dónde- una frase magnífica:

“Dentro de poco, todos querremos tener nuestros 15 minutos de anonimato”

Hay tratados de filosofía de 500 páginas que no logran decir tanto. Se me quedó grabada, claro, como tantas frases, como le pasa a Salvador (Sí, no dejéis de leer Mejor no Saberlo 😉 )

De esa frase a este artículo está el tiempo dedicado a reflexionar sobre ella y tratar de corregir en mi cabeza -una vez más- prioridades y deseos. De lo que se espera lograr a lo que finalmente se consigue cambiar hay un largo camino, pero paso a paso.

Ser rico hoy es que no te tenga que conocer casi nadie para poder ganarte la vida. Ni networking, ni redes sociales, ni CVs (bueno, esto último no es un síntoma de nuevo rico, más bien uno habitual).

He pensado en los que más dinero tienen y apenas existen, apenas un nombre y un apellido en informaciones realmente especializadas.

Sin ser tan ricos hay otros a mitad de camino que no tienen smartphone. Son tan ricos, en realidad tan importantes, que la gente les llama a un fijo. Como yo dependa de que me tengan que localizar a mi y suponga el más mínimo esfuerzo, no pago el alquiler.

Se puede ser rico y tener Facebook, Instagram o incluso Twitter, siempre y cuando no lo lleves tú. Pero mejor no tenerlos. Para ser realmente poderoso no hay que estar en Redes. Yo estoy en todas.

Poder apagar el móvil, poder irte de vacaciones sin fecha de vuelta, no mirar un mail si no estás en horario laboral,… Esos lujos son los de verdad, los que no se pueden pagar con dinero.

Pero no todo es inalcanzable, hay una esperanza. Para eso llevo semanas dándole vueltas.

Se puede ser casi rico. Que no está mal. Y es relativamente sencillo.

Basta con frenar, con ir desconectando. Cada minuto en silencio ganado es como un éxito en la Bolsa. Irse un fin de semana sin avisar son dos días de reuniones con el CEO del que depende tu ascenso.

En realidad ser rico es hacer pocas cosas. Comer, dormir y….

Vamos, que un ascenso hoy es ganar menos dinero y lograr más tiempo. Esta parte sí que la tengo clarísima. Trabajar en lo que te gusta se llama tener un hobby, el resto es por dinero.

Desaparezcamos más, demos menos importancia a casi todo y aburrámonos. Menudo lujo es aburrirse, la última vez que lo logramos éramos niños, nuestros padres nos mantenían, nos pagaban la comida, la casa y lo que necesitáramos. Si eso no es un lujo…

Antes decíamos que el dinero no da la felicidad, ahora podemos ampliarlo:

“El dinero no te hace rico”.

Llegar

Vio la foto navegando sin rumbo por Internet.

Es lo que quería hacer con su vida, pero no podía. Por todo y por nada, pero no podía. Al menos ahora.

Lo compensaba así, perdiéndose en imágenes vía satélite, viajando sin saber a dónde y sin saber con quién. Aunque en realidad casi nunca había nadie en esas fotos. Desde arriba hay bastante soledad. Se le quitaban las ganas de ser Dios.

Ahí el agua, de golpe, se hacía imprescindible, pero insuficiente. Estaba, con ese color tan puro, pero incapaz de hacer crecer nada a su lado. Se fue más lejos, para ver más, pero la realidad no cambiaba. Agua y tierra, una combinación que no había sido capaz de crear más que esa maravillosa imagen.

Entonces sí pudo. Se fue nada más recuperar el complejo de Dios que la soledad del satélite le había ido quitando.

Había encontrado el lugar donde el hombre podía contribuir a la naturaleza, el sitio en el que en vez de destruirla podría encontrar su sitio en ella.

Llevó semillas, compró plantas y una camioneta.

En su casa le dieron por muerto, él se fue a dar vida.

Por satélite ya no se puede volver a ver aquella imagen. Lo logró.

Los drones son para el verano

Empiezas queriendo uno para jugar y entretenerte, pero lo acabas necesitando para trabajar. ¿Era así, no?

Hay muchas cosas que cambian, otras permanecen bastante inalteradas. Las que cambian, en este caso, transforman por completo la realidad.

No es lo mismo una bicicleta que un dron, como no es lo mismo una posguerra que una crisis económica, aunque podamos sacar ciertos parecidos. España es diferente hoy, aunque lógicamente conserva las mismas inercias, cae en los mismos errores y sigue enfrentándose consigo misma de forma traumática.

Todo esto para decir que quiero un dron. Ya ven las vueltas que doy. No se bien para qué lo quiero, pero sí imagino para qué lo usaría.

Quiero ver las cosas desde arriba, alejarme, volar. Lo de GoogleMaps no está mal, pero no es lo mismo. Un dron es un pequeño satélite, son tus ojos con otra perspectiva diferente.

Desde arriba lo que tratamos de hacer grande, es más pequeño y viceversa, Todo tiene el tamaño que en realidad le corresponde.

Los problemas son imperceptibles, las malas personas apenas se distinguen, los beneficios bancarios tienen el mismo rostro que el resto de edificios, los carteles electorales no se sabe de qué partido son, los coches no lo dominan todo.

En cambio, mantiene un tamaño coherente con su importancia aquello realmente relevante. Se ve menos verde. Si nuestro dron tiene mucha autonomía hasta veríamos menos hielo en los polos. La deforestación muestra ser mayor de la que queremos creer. Las ciudades son enormes, infinitas. Sus luces exageradas. No veremos animales.

Desde ahí arriba se ve cómo contaminamos. Se ven nuestros vertidos y se ve lo cerca que en realidad estamos unos de otros. Somos más lo que realmente somos.

Cambio de idea. No quiero tener un dron, quiero que todos tengamos uno. Necesitamos ver desde arriba para tener perspectiva, para engañarnos menos.

Que tengamos los ojos en la parte más alta de nuestro cuerpo ya era un mensaje bastante claro de la naturaleza, de la importancia de verlo todo desde lo más lejos posible.

Ahora podemos mejorarlo. Voy a por un dron, ahora vuelvo.

Te lo dije

Tenía razón, pero daba lo mismo.

Porque la razón, cuando se tiene, casi nadie la reconoce. Nadie se digna a darla. La niegan con silencio porque es cara, porque acaba costando.

Es fácil tenerla, más en estos días. Así le pasó. Desde por la mañana acumuló tantos “te lo dije” que perdió la cuenta.

“Esa noticia es falsa”, acertó. “Se te van a olvidar las llaves”, literal. “Te dije hace dos días que hoy comíamos con mi madre”, estaba apuntado hasta en la agenda.

Pero ya era de noche y no había cobrado ninguna de esas victorias.

Incluso le pidieron perdón un par de veces, pero no le dieron la razón ni teniéndola.

A los locos sí se la dan, pensó. Igual porque nadie les tiene en cuenta. El problema de la razón es poder recordar a quien te la dio que la tuviste. Menudo arma.

Nadie se quiere quedar tan indefenso.

Tal vez nadie deba quedarse así de desvalido.

 

Y disfrutó

Arrancó el día lento, saltando de canción en canción en una melancólica y espontánea lista de reproducción que mezclaba fados, coplas y tristezas varias.

Lloró de placer de nuevo con Carlos Cano y entró en un bucle de versiones que no sabía si le estaba robando tiempo o regalándoselo.

Logró olvidar lo que tenía que hacer, las llamadas que hacer, los mails que enviar. Pausó el mundo porque quiso pararlo, porque llevaba tiempo a ritmo cambiado, tarde, desacompasado.

Le pasaba cada vez más. Por la ventana de su Instagram veía un mundo veloz, intenso, volcado en exprimir cada día hasta la extenuación. Y él no. Él perdía el tiempo, capaz de no hacer nada hasta sentirse culpable.

La culpa la silenció esa mañana la música, como había callado el mundo, aislándolo tras unos auriculares blancos.

Por un momento, durante esos instantes, disfrutó.

Lo controlaba todo

Creía que era posible controlarlo todo y caer bien a casi todo el mundo.

Lo primero por miedo. Miedo a perder lo que quería y a quien amaba, a desaparecer, a sufrir dolor y a la muerte, que al final siempre está ahí.

Lo segundo podía ser consecuencia de lo primero. Si nadie le odiaba no le desearían ningún mal, no caería sobre él un mal de ojo o la peor de las suertes. Había, de todas formas, más motivos.

Trataba de controlar lo aleatorio, como quien cree entender a las tragaperras y saber cuándo van a soltar el premio. Establecía patrones y si no los encontraba los creaba. Con ellos podía controlarlo todo, incluso la nota de un examen o la llamada para un trabajo.

Se decía a si mismo que no tenía ningún trastorno, porque no necesitaba ir por la calle sin pisar las líneas, ni estrenar jabón cada vez que se lavara las manos, pero para alejar las enfermedades de su cuerpo de vez en cuando sí buscaba pisar un trozo de suelo completamente liso, sin manchas, donde encajar a la perfección la punta de su zapato.

Si el pensamiento negativo empeoraba, hacía crujir los músculos del hombro, forzaba la tos para alejarlo o volvía a morderse alguna uña.

Le tenía miedo a la muerte. Por eso soplaba fuerte cuando alguien hablaba del cáncer que habían diagnosticado a un amigo o familiar. Al exhalar con fuerza lo alejaba, lo enterraba y se libraba de él. Así podía olvidarlo y vencerlo.

Si todo eso fallaba esperaba que al menos alguien le siguiera recordando cuando muriera. También por eso quería caer bien a todos, para que incluso cuando no estuviera, hablaran de él.

Apreciaba tanto la vida que irracionalmente gastaba demasiado tiempo tratando de escapar de la muerte. Aunque sabía que no podría evitarlo y que ese momento llegaría, estaba lejos de asumir que no hubiera nada que pudiera hacer.

Navegaba así en un búsqueda que él mismo sabía había llevado a la locura a no pocos hombres y mujeres. En la que no quería caer del todo, pero de la que no podía salir.

Aquellas escaleras

Nunca había bajado aquella escalera.

Tampoco había visto a nadie hacerlo. Suponía que llevaba al sótano, a los cuartos de caldera y esas cosas que imaginaba que tenía que tener el edificio.

La luz que supuestamente alumbraba el rellano de la escalera llevaba fundida años, por lo que desde entonces sólo eran visibles más de la mitad de los escalones cuando le llegaban los rayos de sol de la ventana del pasillo del que nacía. Al atardecer, en cambio, apenas se distinguían los primeros diez.

Nunca había visto a nadie subir por ella.

Sin luz y sin nadie que pisara esos escalones, su existencia podría incluso haberse puesto en duda. ¿Para qué sirve una escalera si nadie sube o baja por ella? ¿Existe lo inútil?

No había duda de que ahí estaba, había estado y seguiría estando. Cualquiera hubiera dicho que era una escalera de habérselo preguntado, incluso cuando nunca hubieran visto a nadie en ellas.

Tuve la tentación de usarla, de poner fin de golpe a mis dudas sobre si era justo considerar a un objeto por su nombre sólo por tener el diseño y no por cumplir la función encomendada. Si las bajaba y las volvía a subir las completaría, las haría realmente unas escaleras.

No lo hice. Me pareció demasiado presuntuoso ser yo el que pudiera cambiar aquella existencia de esa forma.

Yo tenía dudas de que fueran realmente unas escaleras, pero seguramente era el único así. Los demás no las miraban, no las usaban, no se preguntaban por ellas.