Choque de realidades y pingüinos

No es sencillo convencer a cinco personas para ir a hacer un homenaje a un bolardo. Hagan la prueba si quieren. Imaginen convencer a 300.

No es una caricatura, es un pequeño síntoma de un problema de dimensiones más que considerables y cuyos frutos, al jugar siempre con la interpretación interesada de la realidad, maduran a veces de forma difícil de digerir.

Crear una realidad colectiva tan grande, con tantas incoherencias pero tan sólida al mismo tiempo, es sin lugar a dudas el mayor éxito del independentismo. Además es un paso imprescindible para crear un relato que justifique lo que se necesite en cualquier momento y oportunidad. Si lo piensan, se parece mucho a una creencia religiosa.

Mantenerlo en el tiempo también es un esfuerzo enorme, especialmente cuando de manera diaria su realidad choca frontalmente con la “general”, por llamarlo de alguna forma.

Con la publicación de la sentencia del “Procés” este choque de realidades ha provocado lo que podríamos llamar finamente “espacios de incompatibilidad social”. Es decir, que realidades tan distintas no pueden convivir con normalidad ante un hecho puntual que determina la veracidad de una frente a la otra.

Esto lleva a una serie de reacciones fácilmente identificables entre las partes:

  1. La rebelión contra la sentencia. No cabe la posibilidad de asumir lo que dice, la mera existencia pasa a ser una prueba irrefutable de su propia realidad. España es un Estado fascista, si hace falta, con tal de no flaquear en la construcción de mi marco mental. En realidad ninguna opción hubiera sido válida, puesto que venía del enemigo. La absolución total hubiera sido muestra de cómo les han reprimido sin motivo, una sentencia más dura hubiera enfurecido sus ánimos y la sentencia como tal es igual de mala porque al fin y al cabo les condena. Su situación es la más delicada y la que más provoca escenarios “tensos” al sentirse atacados. Para colmo las contradicciones en su grupo aumentan, se fracciona más y permite espacios de mayor radicalidad.
  2. El “se ha quedado corta”. Aquí entran aquellos que siempre desean más de lo que hay. Esperaban que la sentencia no sólo determinara una realidad contrastable, sino que generara una nueva más activa, la justificara y saltara directamente contra la opuesta con voluntad activa de eliminarla. “Son golpistas que deben estar siempre en la cárcel, esa violencia es terrorismo, quieren romper España,…”
  3. La pena. Una zona intermedia muy habitada por la comodidad que representa, especialmente en medios de comunicación, referentes sociales, etc. Se asume que el choque de realidades existe, forman parte de una de ellas pero comprenden la existencia de la otra y desearían que existiera una convivencia pacífica que no es posible. Esperan que todo sirva para evitar llegar al espacio de conflicto, incluso lamentan que una herramienta tan acotada como es la Justicia haga aquello que debe hacer y no lo que debería poder hacer. Saben que la solución implica pasar por zonas de más conflicto (ya sea verbal, político, social…) y lo evitan. Creen firmemente en la posibilidad de que ante cada pico de tensión se vuelva a la calma sin avanzar realmente hacia ningún lado. “Así no se arregla nada, estamos peor que ayer, no deberíamos haber llegado a este punto,…”
  4. El hastío. Personas que perfectamente han podido estar durante algún tiempo inmersas en las distintas realidades, que incluso han pasado en algún momento por la fase de “la pena” y que finalmente han asumido la existencia del problema y tratan de evitar sus consecuencias. Se reconocen claramente en la realidad mayoritaria, conocen la contraria y a pesar de compartir “pena” por todo ello, se han separado emocionalmente y su principal preocupación es el hartazgo que les provocan las consecuencias del choque de realidades. Les parece bien el diálogo, las reformas, el 155 y, si hace falta, que la policía cargue. Cualquier cosa menos alargar indefinidamente la situación. Valoran positivamente la sentencia, no les entristece especialmente, les alegra que no haya sido usada para otra cosa (así lo sienten) y esperan pacientes que su número crezca de manera natural, de la misma forma que ellos llegaron a formar parte de dicho grupo.

 

Como todo ahora tiene una repercusión electoral, aunque se podría terminar aquí el artículo, podemos entrar en el morbo. ¿Cómo afecta entonces todo esto a las elecciones?

Se pueden imaginar que la reacción 1 es claramente independentista, de ahí la fuerza de la transversalidad que han logrado en Cataluña entre derecha e izquierda. Beneficiados ERC, CuP (qué casualidad que se presente a estas Generales, ¿no?) y Torra.

La reacción 2 es prioritariamente VOX, pero con espacios compartidos con el PP. Porque ahora veremos que Casado no renuncia a votos de otros grupos ya que este espacio si bien es grande, no lo suficiente. Parte de Ciudadanos igual, a caballo entre esta reacción y otra.

La 3, de ser algo, es Podemos, Más País, Comunes, Colau y un trozo del PSOE. Sólo un trozo porque Sánchez se mueve mucho. Originalmente es el espacio de los socialistas (electoralmente hablando, conviene recordarlo) pero no suele estar demasiado premiado en momentos de gran polarización. Por eso el PSOE mantiene un pie aquí, especialmente  por el peso mediático en las tertulias y por los referentes que lo defienden.

Reacción 4. Un espacio creciente. Es decir, el maná para los partidos ante unas elecciones. Aquí viene Casado, aunque no Cayetana. Viene Rivera para que no le vean demasiado en la 2, donde rivaliza con un pez mucho más definido. Y lleva llamando a la puerta Sánchez desde que supo que se repetían elecciones. No es un espacio mediáticamente favorable, pues eso está más copado por la reacción de “pena”, pero saben del caladero de votos que representa. Ningún partido está definido aquí, así que viene a ser la Antártida electoral. Todos ponen sus bases, pero no pertenece a ninguno.

Para colmo, es un espacio difícil, ya que el mismo hartazgo generado ante las dos realidades es compartido hacia los responsables y actores principales de dichas realidades. Es decir, el votante del 4 no siente especial afinidad por esos partidos que no dejan de querer visitarles. Son, por decirlo de alguna manera, los pingüinos, que bastante tienen con soportar el frío, buscar comida y cuidar a sus polluelos.

La innovación de Sánchez

Se supone que es algo reservado a los analistas, a los asesores de campaña, a los “spin doctor” (sean lo que sean), a los grandes estrategas electorales, pero gracias a tantas y tantas series sobre ello cualquiera de nosotros sabe que en una campaña electoral marcar la agenda es fundamental.

Hay más cosas, claro. Saber el marco o encuadre de cada formación y de los votantes potenciales, el análisis acertado de las encuestas -de calidad-, la construcción del candidato y el tan manido pero no menos importante relato.

Pero la agenda es fundamental porque hace ganar o perder como casi ningún otro parámetro. El motivo de que esto ocurra es sencillo; si durante la campaña se habla de aquello que es mi fortaleza, lo votantes me percibirán como la mejor solución y, se supone, me votarán.

Pablo Iglesias estas cosas las sabe, claro. Por eso lleva horas luchando por dejar de hablar de Cataluña y meter otros temas en el debate público. Lo ha hecho sin sutilezas, pidiendo directamente hablar de otras cosas. El ejemplo es bueno. Si la campaña va de Cataluña y la sociedad está -como está- polarizada, la posición de Podemos sobre dicha Comunidad tiene pocos votos que rascar, más bien lo contrario.

Para el PP es un lujo, como para Ciudadanos -prueba de ello es la propuesta de moción de censura- porque son parte directa de ese discurso, los primeros de la clase por decirlo de alguna manera.

Si la campaña va de hablar de la unidad de España, Casado y Rivera pueden dedicarse simplemente a rivalizar entre ellos, algo mucho más sencillo que tener que convencer a los votantes con sus propuestas sobre justicia social, protección del Medio Ambiente, las inversiones públicas, el intervencionismo y un largo etcétera.

¿Y Pedro Sánchez?

Esto es lo innovador de este candidato. Mientras el resto de partidos mantienen y defienden intacto su “frame” (el marco y posicionamiento ideológico básico y la forma y lugar desde donde se interpreta la realidad), Sánchez lo cambia cada vez que se presenta a unas elecciones -ya sean internar o externas-.

Es muy positiva la capacidad de adaptación en política, pero nadie había llegado al punto de cambiar, en cada campaña electoral, todos los marcos y agenda de su partido.

Sánchez puede ser en una campaña rival directo de Casado con la bandera de España más grande. En otra puede defender un Estado Plurinacional. En una puede estar lejos del 155, en otra puede estar con la amenaza de activarlo a cada paso. Puede incluso ganar unas primarias con un marco absolutamente a la izquierda, posicionándose al lado de Podemos y en meses hacer una campaña moderada y centrada lejos de Iglesias.

De golpe aparece ante sus votantes como un candidato tan de izquierdas que los “grandes poderes económicos y mediáticos” del país le censuran y le impiden formar gobierno como es en las siguientes elecciones el candidato del establishment, mano a mano de las principales empresas del país y hermanado con los medios de comunicación.

Esto, que a priori nadie le recomendaría a un partido ni a un candidato, es la esencia de un Pedro Sánchez que no sólo recuperó la Secretaría General del PSOE, sino que llegó a ser -y sigue siendo- Presidente del Gobierno.

Tiene un coste. Personal y político para su partido también. La indefinición actual del PSOE es una debilidad a medio plazo ante los votantes. Si el líder termina por caer en algún momento y sus admiradores se quedan huérfanos, no habrá una cama ideológica clara donde refugiarse. Tras tanto movimiento ideológico pendular la reconstrucción de la fiabilidad del PSOE será larga y costosa.

Empieza de nuevo una campaña y esta vez Sánchez vuelve a la bandera de España. Habrá que ver si su capacidad camaleónica logra resultar más creíble que el posicionamiento habitual del PP ante una agenda tan favorable.

Cabe añadir, por último, que en tiempos de incertidumbre (económica, política, social) como el que vivimos, el votante busca lo más seguro. Parece que los asesores de Sánchez lo saben, queda saber si han medido bien la fuerza de la competencia y la capacidad del electorado de olvidar y creer.

Imaginad que os voto

Por arte de magia me olvido de todo, dejo de saber quienes sois, lo que habéis hecho, dicho y dejado de decir.

Llego nuevo al escenario político, soy de izquierdas y estoy dispuesto a creerme las promesas. Todas, por incongruentes que sean.

O mejor, me convenzo a mi mismo de que la responsabilidad de todo lo ocurrido es nuestra, de los ciudadanos. O de la derecha, los fachas, que es más fácil todavía. Cualquiera menos vosotros, a quienes decido dotar de un aire virginal, un aura de bondad espontánea.

Si lograra abstraerme a ese nivel, si naciera hoy en España de golpe a mis 34 años y tuviera que votar, miraría sin dudarlo a PSOE, Podemos o Más País. Parece obvio y sensato dudar entre ellos a la hora de decidir a quién votar.

Así que, llegados a este utópico punto de partida, no tendría más remedio que basarme en lo que viera desde aquí.

Entraría en Twitter, claro, y vería cientos de cuentas de Podemos insultar a Errejón. Ya se empieza a complicar la cosa, y eso que soy nuevo.

Vería a algunos del PSOE atacar a Errejón y otros a Podemos. No mejora la cosa.

Pero estamos en campaña, me digo, para seguir en positivo.

No vería ninguna propuesta concreta de Más País. Mi preocupación crece de nuevo. Leería que quieren facilitar un Gobierno Progresista, sin entorpecer su formación pero sin darlo gratis. Empiezo a confundirme y me planteo que para eso voto directamente al PSOE.

Voy directo a las encuestas, para optimizar mi posible voto. Nada, ni una mayoría clara. Cualquiera de esos tres van a tener que pactar sí o sí. Estoy convencido de que lo harán, que para eso no tengo recuerdo alguno.

Vuelvo a las redes, a la calle, al debate en las televisiones. Resulta que el PSOE me dice que no puedo votar a Podemos porque siempre que pueden impiden un acuerdo con el PSOE. Ni idea de lo que hablan, pero por lo enfadados que están me los creo, que es a lo que he venido, a creerme todo.

Estoy casi seguro de votar al PSOE. Pero escucho a Podemos y resulta que la culpa de todo es de Pedro Sánchez. Me lo creo también, claro.

Así que van a tener que pactar si quieren gobernar, pero lo que me dicen es que no lo harán bajo ningún concepto o no sumando los diputados suficientes. Es más, percibo rápidamente que no es sólo estrategia, hay más odio que asesores. Estos no van a pactar, se oye en mi cabeza.

Todos me dicen que les crea a ellos, que para hacerlo me acuerde de lo que hicieron en el pasado. Pero algo me dice que si vine hasta aquí, queriendo olvidarme de todo, sería por algo.

Así que a pesar de no recordar nada, de estar dispuesto a creerme lo que digan y de querer votarles, resulta que acabo en lo mismo…

¿Y ahora qué hago?

 

¿Quedan partidos políticos?

En estos momentos sería justo definir a la mayoría de las agrupaciones políticas electorales como “movimientos políticos” más que como partidos.

Sin estructuras internas consolidadas, sin espacios territoriales propios, sin pluralidad de liderazgos, sin corrientes críticas, sin rivalidades, sin primarias…

En parte por la atomización de los partidos tradicionales, causada por la desafección y la desilusión, estamos ante un escenario de movilidad constante. Un supuesto partido político se presenta a unas elecciones bajo unas siglas u otras sin necesidad de reflexión debate o análisis más allá del impacto electoral.

Si la marca Errejón tira más que la marca Iglesias-Montero simplemente se vuelcan las lealtades sin ningún tipo de estrés ni tensión interna.

No existe fricción en buena medida por la falta de militancia tradicional. Un partido “tradicional” -pensemos en el PSOE de Felipe González-, se apoyaba en una masa de militantes activos y comprometidos que no tolerarían movimientos tan rápidos. Cada paso que esos partidos daban requerían de tiempo, mucho tiempo.

Tal vez por esa difícil capacidad de adaptación fueron quedando relegados, en evidencia con el 15M y diluidos con el paso del tiempo.

Ante un escenario político tan voluble (provocado y causal al mismo tiempo) la maquinaria de los partidos tradicionales sufre demasiado. Una militancia crítica con espacios para debatir (Congresos nacionales o regionales, Comités orgánicos, etc) no es compatible con cambios de posición de la dirección en menos de 24 horas -siendo generosos-.

En cambio, movimientos basados en grandes liderazgos (mediáticos) que se agrupan en torno a un nombre son mucho más flexibles. No existe como tal el debate, simplemente se sigue al líder. No es una militancia, es un “follow”, un fenómeno fan.

Si el líder cambia, los seguidores cambian. No van a tener lugar donde debatir porque no forman parte de un partido, son parte de un movimiento.

Es fácil de ver en Podemos, fácil de ver también ahora con Errejón, pero similares características vemos en el PSOE, con el “hiperliderazgo” de Sánchez, Ciudadanos con Rivera y hasta en el PP con Casado (en menor medida porque no ha habido una evolución tan drástica) o con Vox.

Sánchez llegó a la Secretaría General del PSOE prometiendo que toda decisión importante pasaría por las bases y acabó ofreciendo votar a sus militantes sobre acuerdos ya firmados. Iglesias prometió democracia casi directa y acabó sometiendo a referéndum si debía quedarse con el chalet o no.

Errejón ha sido elegido a mano alzada, cono todo decidido, Rivera ni se acuerda de la limitación de mandatos.

Por no haber, ya no hay ni críticos. No da tiempo, ni se les espera. El que quiera debatir que se vaya a Twitter y grite a las paredes.

Lo mismo y nada

Normalmente, cuando coincide el detalle con el todo, es que se ha llegado a la máxima expresión de un momento.

Ahí tenemos a Pedro Sánchez, que es Presidente. Es Presidente del Gobierno, pero gobernar no gobierna. De todos los meses que lleva y los que le quedan, el tiempo en funciones -reales o tácitas- supera con creces la mayoría simple.

Así que es, pero poco puede hacer, avanzar, legislar, aprobar,…

Ese es el detalle, el todo es la situación política. Como en el caso de Sánchez, el resto también son, pero apenas hacen. Son lo mismo, que es como ser nada.

Años lleva España sin política, sin cambios, modelos o propuestas y en vez de eso se mantiene en un espasmo electoral sin fin.

Nadie es Gobierno, pero tampoco oposición. Unos porque no logran llegar a acuerdos que les ponga en la obligación de tener que hacer aquello que el nombre requiere y los otros porque tampoco saben quién manda más entre los que menos mandan ni tienen nada real a lo que oponerse, pues nada se hace.

Vivimos en lo mismo desde hace ya demasiado. Cierto que hace años ya se advertía de los mismo, pues daba la sensación de que todos estaban siempre en campaña, pero al menos entre unas elecciones y las siguientes se formaban gobiernos.

Lo de entonces era un problema a medio plazo. Se decía que nadie en España hacía política pensando en las siguientes generaciones, que no se presentaban modelos de país a largo plazo y que no daba tiempo a saber qué queríamos ser, pero al menos sí se hacía algo en el corto plazo.

No fuimos a mejor. ¡Quién volviera hoy a la política cortoplacista! Ahora ni siquiera existen los plazos.

España está en inercia. No porque nos dieran un gran empujón y sigamos aprovechando esa fuerza, más bien por un seguir caminando monótono, por no parar, por un “ya que estamos” que es realmente nuestro.

Ningún viento es bueno para quien no sabe a dónde quiere ir, dicen las frases de autoayuda, así que imagen como será lo de seguir avanzando por el mero hecho de hacerlo. Sin siquiera ir, simplemente “estar yendo”.

Políticamente es difícil saber cómo evoluciona un momento así, pero socialmente es más claro. La apatía es terriblemente mala. Se asocia de maravilla con la desidia, con la pereza, con el desánimo. Calculen el retraso que puede suponer para un país tener semejantes motores.

Hace falta tener Gobierno. Hacen falta ministros cometiendo errores y aciertos. Hace falta una oposición, aunque sea mala.

Hace falta dejar de hablar de los políticos para poder hablar de sus políticas.

Pablo, deberías aceptar

Por si acaso, al menos, sería útil dejar la puerta abierta a hacerlo e ir preparando un relato compatible con un giro de guión de último momento.

Como por ejemplo dejar de hablar de humillaciones y de la dignidad de los votantes, porque ante eso no hay salida, no hay opción lógica que explique elegir lo indigno. Más cuando es uno mismo el que lo define.

Es cierto que ahí está la decisión a tomar y que no es nada sencilla. Conozco de cerca casos de quienes, estando en política, tuvieron que elegir entre lo mejor para sus intereses y la posición digna. Los que conozco, precisamente, optaron por no pasar por el aro, pero acto seguido dejaron la política porque descubrieron que era sorprendentemente incompatible en demasiados momentos.

En la otra mano está la posición -llamada- racional. ¿Qué es lo mejor para aquellos ante quienes debes rendir cuentas?

Y ese es el caso, Pablo. Porque ahora no eres tú, es Podemos -como poco-.

Unas nuevas elecciones serían muy duras, especialmente estas. Podemos está desgajándose internamente, cogido en muchas provincias con alfileres y en otras con pactos más teóricos que reales. La posibilidad de que Errejón de un paso mas es real y afrontar de nuevo las tensiones con IU y hasta con EQUO no se antojan nada sencillas, más cuando los militantes de esas formaciones no están especialmente contentos con cómo se ha liderado esta negociación.

Pedro Sánchez quiere acabar contigo y en segundo lugar con Podemos. Me consta que lo sabes. De rebote lograste una oferta que incluía ministerios y lo rechazaste. Todavía lo estás lamentando. No es fácil pillar en un renuncio a Sánchez y lo lograste… para nada.

Ahora, como bien analizas, no quiere darte nada. No quiere que aceptes, salvo que sea en forma de rendición incondicional. Pero para que sea tu culpa te ofrece algo; medidas, oficina de control del acuerdo y puestos -imagino- bien remunerados.

Acepta. En serio. La supervivencia de Podemos en el tiempo lo requiere y abre de verdad un nuevo escenario de “coalición” y no sólo en forma teórica con ese manido “los votantes lo han pedido”.

Saca adelante las medidas, presiona para que se cumplan, pon en evidencia las incoherencias de Sánchez, la distancia entre lo que promete y lo que hace, lo que dice ser en campaña y lo que es en el cargo. Ahí tiene Podemos campo para correr.

Además asientas el partido. Sitúas a cargos medios, algo que sabemos que ayuda y mucho a cohesionar partidos y como no son ministros, pueden ser perfiles más cercanos. Sus errores serán inapreciables y Podemos ganará en experiencia de gestión, en saber lo que es dirigir y gobernar…

Más sencillo; no se lo pongas tan fácil a Sánchez. A unas nuevas elecciones el PSOE va con una maquinaria entrenada y con una solidez envidiable. Es el partido de Pedro Sánchez, no hay oposición interna, no hay corrientes, no hay debates, no hay tensión alguna. Enfrentarse a eso en la situación de Podemos es, lógicamente, lo que buscan.

No es justo lo que está ocurriendo, no son formas, no debería negociarse así… es verdad. Eso es evidente. Pero igualmente injusto es que no se responsabilizará a Sánchez por lo que pase, en parte porque el bochornoso espectáculo ha tenido dos actores principales en escena y sabes bien cuáles han sido.

Si eliges dignidad también es comprensible. Al fin y al cabo que dos enemigos íntimos estén gobernando juntos es a todas luces un camino con final poco prometedor, pero que sea sabiendo lo que supone, lo que gana Sánchez con ello (no sería la primera vez) y que conlleva un obligado paso a segunda fila que podría ser además de forma poco agradable tras el sufrimiento electoral.

Demostrar lo que dice ser Podemos, en un escenario como este, requiere de ciertos sacrificios y este en concreto no es tal o desde luego no tan elevado como vuestras declaraciones tratan de mostrar. No es decir sí a todo, no es callar para siempre por un puesto, no es una condena por ir en una lista. Eso sí es una cuestión de dignidad pura y dura.

Lo de ahora es aprovechar la oportunidad de estar en el Gobierno con voz propia y lo seguirá siendo por mucho que se incida en que podría ser mejor.

Claro, eso siempre.

 

 

Foto de La Moncloa. Gobierno de España
https://www.flickr.com/photos/lamoncloa_gob_es/47745462802
Imagen no modificada.

Vinimos por el peor camino

Seguro que lo recuerdan. Cuando todas las formas empezaron a desaparecer.

Entonces era crispación. La palabra de moda, la más utilizada, la clave de todas las tertulias. Y tenía un nombre que destacaba sobre todos; Jimenez Losantos.

Por aquel entonces se pasó de hacer críticas duras a insultos burdos, gracietas y a llenar la política de apodos hirientes. Bambi, Maricomplejines,…

De ahí la cosa fue subiendo y no precisamente de nivel. Mientras Federico seguía ampliando su diccionario de insultos la sociedad se crispaba cada vez más, polarizándose más visceral que ideológicamente.

De golpe, ya no estábamos en desacuerdo, directamente odiábamos. En los platós se abucheaba al tertuliano de un lado y otro y -dependiendo del programa- hasta se le insultaba desde el público mientras hablaba (créanme).

De las opiniones pasamos a los “zascas”, a la humillación, a los titulares en los que alguien “destrozaba” al otro. Entre medias Twitter, claro.

Con todo revuelto llega el esplendor de los casos de corrupción en España, con escándalos diarios y de ahí pasamos al 15M (¿Alguien lo recuerda?) donde la distancia se abre al máximo, “no nos representan” y “lo llaman democracia y no lo es”.

Podríamos decir que todos estábamos enfadados con todos. Mucho y de forma muy intensa.

Y llega Podemos. Nos explica que el problema es que en realidad esto es una batalla entre los de arriba y los de abajo. Nos dicen que la derecha es mala, claro, pero que el PSOE también, porque “PSOE y PP, la misma mierda es”.

No era perfecto el PSOE, desde luego, así que un incipiente Pablo Iglesias lo pone en su diana diaria y contra él dispara sus ataques; “No están en los desahucios”, “El PSOE envía a la policía contra la gente de la PAH”, “al que practica la política le tiene que afectar algo”, “Les da igual que haya sanidad mejor o peor”, “El PSOE vive en los Consejos de Administración”, “El PSOE hace recortes porque no les afectan”, “Ya me dirás lo que sufre Rubalcaba”, “No pasa nada por romper una vitrina de un McDonalds”... Seguro que les vienen a la cabeza algunos reproches más.

El PSOE pasó a ser tan malo como el PP, porque todos eran casta frente a “la gente normal”.

De tal forma que ya no sólo estábamos enfrentados los de izquierdas con los de derechas sino que además había que saber quién era de los de arriba para odiarle. Vertical y horizontalmente pasamos a estar todos enfrentados.

Fue hace muy poco cuando llegamos al punto más alto de enfrentamiento, cuando generamos tanto odio, tantos cordones sanitarios, tantos enemigos, tantos fascistas, tantos perroflautas, tantos bolivarianos, batasunos, franquistas, filoetarras,…

Mientras, el Parlamento se fragmentaba con los nuevos partidos, llevándonos irremediablemente a la situación actual. Desaparecen las mayorías absolutas, nuevos partidos entran en las Cortes y parlamentariamente están forzados a llegar a unos acuerdos justo cuando más se odian, desprecian e insultan entre ellos.

Elecciones, repetición de elecciones, moción de censura, elecciones, repeti… Gobierno de Cooperación, Coalición, elecciones.

Resulta que no hay más remedio que pactar. Pero es ciertamente difícil hacerlo con quien hacías responsable de todos los males apenas diez días antes. A izquierda y derecha, que este desastre está muy repartido.

Ciudadanos no adelanta al PP, VOX no lo remata y Podemos se desinfla ante la centenaria maquinaria socialista. Difícil pacto en la Comunidad de Madrid o Murcia, para tesis doctoral la Presidencia del Gobierno.

Pablo Iglesias quiere ministerios. Porque no se fía del PSOE. El PSOE no se fía de Podemos, entre otras cosas, porque para qué quiere ministerios. Los dos llevan años insultándose, incluso seguían haciéndolo cuando la realidad les mostraba la necesidad de entenderse. Bueno, lo siguen haciendo ahora después de cada reunión privada (esas que iban a desaparecer) en la que supuestamente están negociando.

Van a pasar años y muchos sapos van a tener que ser tragados hasta que aprendamos a pactar. Ayudaría mucho que los que pactaran hoy no fueran los mismos que se insultaban ayer. Es difícil que Rivera llegue a acuerdos con Sánchez, como que este último lo haga con Casado. No les digo nada de Iglesias con el resto.

Si se fueran los que nos han traído hasta aquí, tras agradecerles sus servicios, sería más fácil que el relevo continuara la marcha.

Eso, o volveremos a lo de antes, porque lo que es incompatible poco dura. O nos odiamos todos y se reparte al 50% en un bipartidismo tradicional o empezamos a entendernos y salvamos de la desaparición a este nuevo escenario de más partidos, más pluralidad y más debate.

Que los que mandan elijan, o elegiremos nosotros (entre las pocas opciones que nos queden).

 

Lo mezclamos todo

Y lo hacemos mal.

Fue inútil advertir que estas Elecciones Municipales eran municipales y no Generales. Se veía venir, de lejos, pero caímos de lleno en el error.

Tratamos de corregirlo, especialmente allí donde hemos podido colaborar y asesorar, pero la avalancha superó toda expectativa y un mes después, se votó lo que se había ya votado.

El error no acaba ahí, sigue con los pactos. Los partidos tratan de hacer grandes acuerdos que incluyan gobiernos negociados por “packs”. 20 alcaldías por un lado a cambio de otras 10 de más peso y presupuesto.

Hasta se negocian municipios a cambio de Comunidades, Diputaciones, etc. Como si fueran intercambiables, como si diera lo mismo todo porque sólo se mide en cantidad.

¿Resultado? Amenazas de mociones de censura a las 24h de formar gobiernos. Es de récord.

Además, este desastre en la negociaciones tiene un ingrediente extra que termina de convertir la política local en un destino de dimensiones épicas; los odios viscerales.

Esos que no tienen sentido, ni razón o motivo pausado y meditado.

Bildu es ETA, VOX es facha, Cs es colaboracionista de los fachas, el PSOE un aliado del comunismo etarra y el PP blanqueadores de los fachas. Así todos los días.

Y del nivel general se traspasa tal cual al municipio. A esos municipios donde la gente ha votado más por la persona que por el partido.

Igual les parece raro que lo escriba, pero si pudiera hacer una lista abierta de personas para que gobiernen mi municipio habría del PSOE, de Podemos, de Ciudadanos y hasta del PP o VOX.

Acusar a un partido que pacta con uno o con otro en un municipio, sin saber siquiera qué municipio es, no es más que un reduccionismo al absurdo.

Prefiero la altura de miras de Valls, fíjense, que no puede haber dejado más claro a Colau el motivo de que fuera ella la votada, con el fiel reflejo en la plaza donde tomaba la vara de mando.

Tal es la mezcla caótica, que el Gobierno de la Comunidad de Madrid depende del cumplimiento de un pacto en el Ayuntamiento de Madrid. Un pacto secreto, tanto, que revelarlo se usa como amenaza. Es un buen resumen…

Cada elección es diferente, cada municipio igual. La política está para que en ella exista toda posibilidad, hablando. “No se firma la paz con los amigos, se firma con los enemigos”, es una frase que se repite varias veces en una conocida serie y es cierta.

Que Podemos llegue a un acuerdo con VOX no tiene que ser necesariamente una mala noticia, puede ser más bien lo contrario. Forzosamente debe haber espacios comunes, de acuerdo, de mejora de una calle, de instalación de un parque nuevo, de solicitar un nuevo centro de salud.

A nivel municipal eso es lo que importa, aunque ahora es lo que menos está importando.

Si me lo permiten, como votante, valoraré los pactos por los resultados que hayan tenido, no por el hecho de que se hayan producido.

 

 

 

Mira, me da igual

Pudiera parecer que estamos tan hartos de la política, que hasta hemos decidido volver a votar a los mismos de siempre.

En su momento nos enfadamos con ellos, ahora ya los asumimos como inevitables porque nos hemos rendido. Política y socialmente hemos entendido que nuestros dirigentes son los que son, que hacen lo que hacen y que poco más se puede esperar.

No es dramático. Siempre ha habido varias vías de activismo político, una es a través de los partidos políticos y otras en forma de diferentes organizaciones, como sociedad civil, y está creciendo con fuerza esta última.

No tanto en forma de ONG o asociación concreta, sino en una creciente conciencia colectiva que está dejando a los partidos absolutamente de lado.

Mientras VOX se indigna por los pocos metros cuadrados que tiene de despachos en el Congreso, mientras el PSOE explica lo que es un “Gobierno de Cooperación”, mientras Ciudadanos nos dice que no negocia con los que negocia, el PP se come sus palabras sobre los gobiernos de perdedores y mientras Podemos se empeña en pedir sillones, los ciudadanos se alejan cada vez más de ellos porque eso les da igual.

Incluso les da un poco lo mismo “el procés”, si me permiten decirlo.

Resulta que lo que más está motivando a la sociedad ahora, lo que no les da igual, es eliminar el plástico. Así de sencillo.

¿Hay algún partido hablando de eso? No. ¿Espera la sociedad que los partidos hablen de eso? Tampoco.

La distancia no solo es tan grande como viene siendo habitual, sino que ahora ya ni se espera ni se intenta que se reduzca.

Resulta que no hay quien coma ya pescado sin sentir que está ingiriendo dos kilos de plástico, no dejamos de ver paraísos costeros arruinados por la acumulación de basura y el gigante transparente y sólido sigue creciendo por momentos.

Es -y se percibe como- lo suficientemente grave como para que “oye mira, es que el resto me da igual”. Así que los políticos a lo suyo, a que se entretengan, a que la caguen lo menos posible, porque se espera poco o nada de ellos. Si hay riesgo de que la cosa empeore mucho hay movilización suficiente, pero si el riesgo baja, “allá ellos”.

Supuestamente, a los partidos, les debería preocupar esta distancia, este estar tan lejos de representar los intereses reales de la ciudadanía. Pero no, por lo visto ellos lo han asumido igual y por su parte, mientras les dejemos hacer, lo nuestro “les da igual”.

Todos contentos. Al fin y al cabo desilusionarse no es más que esperar aquello de quien no te lo va a dar.

De nuevo, bipartidismo

La política rara vez es justa. Ni internamente, ni en los procesos electorales.

¿Recuerdan a Tomás Gómez enfrentándose a la privatización del servicio de lavandería de los hospitales públicos? Pues lo hizo, en incontables ocasiones, en los propios hospitales. Entonces ni caso, hoy, en cambio, los medios se escandalizan por los resultados de aquello. La privatización siguió, Tomás Gómez no.

Pero este recuerdo, casi melancólico, es una pequeña anécdota de esas injusticias que tienen muchas más vertientes.  Por ejemplo, estas últimas elecciones municipales han sido muy injustas con los partidos locales.

Partidos centrados en mejorar su municipio, sin más aspiraciones que sus barrios, sus vecinos. Son probablemente la mejor opción para un municipio (seguro que hay alguna excepción) y lo digo con conocimiento de causa. He trabajado con muchos de ellos, tengo grandes amigos que se desviven por su pueblo, que dedican horas desinteresadamente por mejorar sus calles y que están fuera de las guerras políticas porque su único interés es hacer las cosas bien.

Lo lógico, coincidirán conmigo, es que nada mejor para un municipio que ser gobernado por quienes se van a dedicar en cuerpo y alma a mejorarlo porque no tienen intención alguna en “ir subiendo” en el partido.

Pues no ha sido así. Han resistido, sí, pero su representación se ha visto muy reducida por una tendencia que está resurgiendo.

Vuelve el bipartidismo.

Probablemente no sea tan puro como el que veníamos teniendo hasta el 15M (qué recuerdos) pero vuelve. En el espacio de la izquierda Podemos no ha logrado configurar un espacio propio mayor que aquel que ya tuvo IU en sus buenos momentos y a la derecha -ciertamente ahora más fragmentada- se empieza a notar la debilidad electoral de VOX al no haber logrado hacer el sorpasso al PP en “provincias”.

No se ha conseguido romper el bipartidismo en aquellas circunscripciones donde se reparten dos, tres o cuatro diputados. Y si estuvo en algún momento un poco amenazado ya nada queda. El peor PP ha resistido, únicamente superado por el PSOE.

Habrá más diversidad en las ciudades, al menos durante un tiempo, pero más allá de las grandes zonas urbanas PP y PSOE copan toda representación posible.

El votante es muy injusto y busca seguridad. Durante unos años llegó a estar tan harto que se olvidó de sus miedos e hizo temblar el turno pacífico, pero aquello pasó. La oportunidad se va cerrando cada vez más y -olvidada la corrupción- vuelve a crecer el PSOE y no tardará en recuperarse el PP.

Al fin y al cabo tienen una solidez estructural inmensa, la memoria del votante es absolutamente reducida y su capacidad de perdón infinita.

No me olvido de Ciudadanos. Puede hacer que esta vuelta al bipartidismo sea más lenta y menos profunda. O puede ir diluyéndose si el votante empieza a dudar de su utilidad, de su capacidad de inclinar la balanza hacia ambos lados en vez de hacia el mismo siempre.

Seguimos lejos de las mayorías absolutas, pero veremos subir los porcentajes de voto de PP y PSOE cada vez más, y más, y más…