Bombillas, nada más.

La luz que parpadea es molesta porque está entre medias de lo que debe ser. Aceptamos una bombilla que funciona y comprendemos la que se funde. O se es una cosa u otra, pero la fase intermedia es pura ansiedad.

¿Se va a arreglar? ¿Cuándo se fundirá? ¿Puedo hacer algo para que esté de una vez definida?

Puede estar así semanas enteras, tintineando. Recordando cada día que no es ni deja de ser. Cambiarla antes de tiempo es forzar un devenir que evitamos por ahorro, pereza o esperanza en una solución espontánea .

No estamos preparados para la indefinición, para los espacios de cambio. Nos provocan nerviosismo, nos hace ser más irritables. No asumimos que las bombillas además de estar encendidas o apagadas pueden estar tiritando. Es parte de su ser, aunque no nos resulte inútil.

Sería mucho más sencillo si las bombillas no dudaran, si nunca tuvieran espacios intermedios. Literalmente blanco o negro. Eso nos relajaría mucho más. Disfrutaríamos cuando está encendida y nos enfadaríamos cuando se apagase. O al revés, otros disfrutarán más de esa bombilla apagada que brillando. O puede que dependa del momento, pero nunca en medio.

De eliminarse esa fase intermedia, las bombillas encendidas se diferenciarían con mucha facilidad de las apagadas, las podríamos dividir en grupos, separarlas en cajas. Sabríamos lo que haría una y otra si las enroscásemos en un casquillo. Una predecibilidad perfecta, completamente en calma.

En cambio las bombillas siguen una y otra vez demostrando que pueden parpadear, por mucho que lo señalemos como un error, un fallo, una putada.

Pero es que, a veces, no se puede estar de otra forma. Porque ni se está encendido ni se está apagado.

Ni en un lado ni en otro, por mucho que le den algunos al interruptor para tratar de forzar el devenir, para tratar de hacer a la bombilla huir de ese espacio al que ha llegado tras estar muchas veces encendida y otras tantas apagada.

 

Lo mismo y nada

Normalmente, cuando coincide el detalle con el todo, es que se ha llegado a la máxima expresión de un momento.

Ahí tenemos a Pedro Sánchez, que es Presidente. Es Presidente del Gobierno, pero gobernar no gobierna. De todos los meses que lleva y los que le quedan, el tiempo en funciones -reales o tácitas- supera con creces la mayoría simple.

Así que es, pero poco puede hacer, avanzar, legislar, aprobar,…

Ese es el detalle, el todo es la situación política. Como en el caso de Sánchez, el resto también son, pero apenas hacen. Son lo mismo, que es como ser nada.

Años lleva España sin política, sin cambios, modelos o propuestas y en vez de eso se mantiene en un espasmo electoral sin fin.

Nadie es Gobierno, pero tampoco oposición. Unos porque no logran llegar a acuerdos que les ponga en la obligación de tener que hacer aquello que el nombre requiere y los otros porque tampoco saben quién manda más entre los que menos mandan ni tienen nada real a lo que oponerse, pues nada se hace.

Vivimos en lo mismo desde hace ya demasiado. Cierto que hace años ya se advertía de los mismo, pues daba la sensación de que todos estaban siempre en campaña, pero al menos entre unas elecciones y las siguientes se formaban gobiernos.

Lo de entonces era un problema a medio plazo. Se decía que nadie en España hacía política pensando en las siguientes generaciones, que no se presentaban modelos de país a largo plazo y que no daba tiempo a saber qué queríamos ser, pero al menos sí se hacía algo en el corto plazo.

No fuimos a mejor. ¡Quién volviera hoy a la política cortoplacista! Ahora ni siquiera existen los plazos.

España está en inercia. No porque nos dieran un gran empujón y sigamos aprovechando esa fuerza, más bien por un seguir caminando monótono, por no parar, por un “ya que estamos” que es realmente nuestro.

Ningún viento es bueno para quien no sabe a dónde quiere ir, dicen las frases de autoayuda, así que imagen como será lo de seguir avanzando por el mero hecho de hacerlo. Sin siquiera ir, simplemente “estar yendo”.

Políticamente es difícil saber cómo evoluciona un momento así, pero socialmente es más claro. La apatía es terriblemente mala. Se asocia de maravilla con la desidia, con la pereza, con el desánimo. Calculen el retraso que puede suponer para un país tener semejantes motores.

Hace falta tener Gobierno. Hacen falta ministros cometiendo errores y aciertos. Hace falta una oposición, aunque sea mala.

Hace falta dejar de hablar de los políticos para poder hablar de sus políticas.

Mira, me da igual

Pudiera parecer que estamos tan hartos de la política, que hasta hemos decidido volver a votar a los mismos de siempre.

En su momento nos enfadamos con ellos, ahora ya los asumimos como inevitables porque nos hemos rendido. Política y socialmente hemos entendido que nuestros dirigentes son los que son, que hacen lo que hacen y que poco más se puede esperar.

No es dramático. Siempre ha habido varias vías de activismo político, una es a través de los partidos políticos y otras en forma de diferentes organizaciones, como sociedad civil, y está creciendo con fuerza esta última.

No tanto en forma de ONG o asociación concreta, sino en una creciente conciencia colectiva que está dejando a los partidos absolutamente de lado.

Mientras VOX se indigna por los pocos metros cuadrados que tiene de despachos en el Congreso, mientras el PSOE explica lo que es un “Gobierno de Cooperación”, mientras Ciudadanos nos dice que no negocia con los que negocia, el PP se come sus palabras sobre los gobiernos de perdedores y mientras Podemos se empeña en pedir sillones, los ciudadanos se alejan cada vez más de ellos porque eso les da igual.

Incluso les da un poco lo mismo “el procés”, si me permiten decirlo.

Resulta que lo que más está motivando a la sociedad ahora, lo que no les da igual, es eliminar el plástico. Así de sencillo.

¿Hay algún partido hablando de eso? No. ¿Espera la sociedad que los partidos hablen de eso? Tampoco.

La distancia no solo es tan grande como viene siendo habitual, sino que ahora ya ni se espera ni se intenta que se reduzca.

Resulta que no hay quien coma ya pescado sin sentir que está ingiriendo dos kilos de plástico, no dejamos de ver paraísos costeros arruinados por la acumulación de basura y el gigante transparente y sólido sigue creciendo por momentos.

Es -y se percibe como- lo suficientemente grave como para que “oye mira, es que el resto me da igual”. Así que los políticos a lo suyo, a que se entretengan, a que la caguen lo menos posible, porque se espera poco o nada de ellos. Si hay riesgo de que la cosa empeore mucho hay movilización suficiente, pero si el riesgo baja, “allá ellos”.

Supuestamente, a los partidos, les debería preocupar esta distancia, este estar tan lejos de representar los intereses reales de la ciudadanía. Pero no, por lo visto ellos lo han asumido igual y por su parte, mientras les dejemos hacer, lo nuestro “les da igual”.

Todos contentos. Al fin y al cabo desilusionarse no es más que esperar aquello de quien no te lo va a dar.

Así no se puede, Podemos

Se dijo que los nuevos partidos envejecían demasiado rápido y había algo de cierto en ello.

En el caso de Podemos el envejecimiento, mas que prematuro, era esencial. Iba en su propia construcción. El planteamiento de un partido abierto, en círculos, de abajo a arriba -de existir- apenas duro unos meses frente al liderazgo ilimitado de Pablo Iglesias.

Sobre él se construyó la dirección, el partido, los Congresos, las papeletas, las campañas y el relato. Los círculos daban vueltas mientras él dirigía.

En campaña funciona, al menos durante unas pocas campañas. Una figura potente, mediática y con un discurso interesante al espectador/votante resulta crucial en estos tiempos.

El riesgo es quedarse en esa construcción y no ampliar la base. Es una columna muy sólida, pero una pata no sostiene una mesa si lo que la rodea empieza a moverse, soplar viento y la empujan con un poco, tan solo un poco, de fuerza.

Sin escuderos con espacio para crecer, alianzas más solidas y coherentes y concentrando una y otra vez todo el discurso, el espacio y los errores, lo que estamos viendo era inevitable.

Cuando cae su relato cae el del partido, justo cuando no quedaba nadie para construir uno nuevo. Cae, además, en periodo electoral. Y no hay más, porque se le dijo al votante que todo era Pablo Iglesias.

Para colmo, quedan los muy fieles. Un mal común en los partidos “viejos”. Quedan los que quedan, que ya dice mucho.

Son normalmente los más fieros con cualquier posible crítica (no la hicieron en su momento, no la van a hacer ahora) y los máximos defensores del líder, haga lo que haga. Los enemigos son todos los demás y no dudan en sucumbir a la máxima de la derrota; “si tanto quieren a nuestro líder fuera, es que es el mejor”. “Pues que se lo queden”, responden los votantes a gritos en las urnas.

Pasó como el más moderado en el debate. Ni más ni menos que el más moderado, con lo que había sido. Le dejaron que lo fuera, le sabían irrelevante. Nadie ataca al que nada aporta, pero no lo vio entonces, porque sólo escuchó que había ganado el debate. Lo ganó, básicamente porque al resto le importaba poco que lo hiciera, pues bastante centrados estaban en que no lo ganara quien sí les podía perjudicar.

Pablo Iglesias no supo irse, ni ahora saben cómo quitarle. Los que quedan no quieren hacerlo y los que sí quieren ya están fuera.

La pena es que Podemos era mucho y podía ser mucho más. Iglesias logró que incluso quienes poco confiábamos en él, admirásemos su capacidad de convencer al votante aún sin entender que fuera posible. Abrió una ventana de oportunidad enorme que se quedó completamente solo sujetándola. Y se la van cerrando, claro. Porque menudo es el PSOE para cerrar ventanas ajenas.

Poca solución queda, pues el problema no es envejecer rápido, sino hacerlo mal.

Mientras, sus militantes seguirán empeñados en que “son los poderes económicos, mediáticos, las cloacas o incluso las tropas imperiales” los que están acabando con Iglesias, sin ver que son sus votantes los que se han ido. Porque las cloacas no le votaron, ni los poderosos, pero los demás sí. Y ya no.

 

PD. Como ven, es posible describir los problemas  de Podemos sin siquiera hablar de Galapagar, porque desgraciadamente es una cuestión de fondo, que supera las formas (y eso que las formas dan para un hundimiento en sí mismo)

La palabra dada

Cuando da su palabra, cumple.

No entendía por qué lo hacía pero así era, de forma inevitable, desde que podía recordar.

Llegaba incluso a más, sintiéndose responsable de lo que decía, aunque sobre ello no hubiera una promesa literal de cumplimiento. Si algo salía de su boca era siempre un nuevo compromiso.

Las apuestas las pagaba, claro, e irremediablemente ofrecía una puntualidad ajustada a décimas de segundo.

Nadie recordaba que no hubiese sido siempre así, como nadie negaba haberse aprovechado alguna vez de tal firmeza moral. Era fácil, decían, beneficiarse de un punto fijo al que agarrarse ante la marejada de mentiras, bulos y traiciones.

Esa firmeza era útil para los demás, en cuanto no estaba acompañada. A él le benefició poco. Cuando alguien necesitaba una certeza le consultaban, pero pocos le pagaban con el mismo compromiso.

Aquellos que más le conocen siempre le describen igual, comentando lo poco que habla, lo poco que dice. Cuando opina, relatan los testigos, lo hace remarcando que es una opinión y nada más que eso.

Nunca entró en política.

 

Era nuevo

Era nuevo. Muy nuevo, lo más nuevo.

No podía ser más moderno. A su lado todo se volvía viejo y caduco, se oxidaba, renqueaba, no arrancaba.

Todos lo querían, imposible no desearlo. Pasó a ser de las masas, ofrecía lo que no había, hacía sentir lo que ya no se recordaba.

Y eso que no era nada, que estaba vacío, que no se movía. Pero cómo no quererlo, si era nuevo.

Cientos, miles, millones. De golpe lo llenó todo. Había en varios colores; morado, naranja y otros menos destacados.

Hicieron más a toda velocidad, imposible saciar la demanda.

Quien se quedó con lo viejo era criticado. Por serlo, por tenerlo, por valorarlo.

Y pasó el tiempo. Muy poco, pero lo suficiente. El vacío de lo nuevo estaba lleno de todo lo viejo, lo denostado, lo supuestamente abandonado.

A la misma velocidad a la que llegó, se quedó obsoleto. De golpe fue igual que el resto, que todo lo demás. A veces hasta peor, por burda imitación.

Al final todo viejo de nuevo.

Fachas y terroristas

Estamos rodeados.

Un ciudadano cualquiera que cometa la osadía de desconectarse de su cuenta de Netflix, HBO -o la que tenga- y sintonice sin querer las noticias quedará aterrado en cuestión de minutos. Segundos si es tan temerario que abre alguna de sus redes sociales.

Para unos, casi todo el mundo es facha. Para otros, son terroristas. A un lado tenemos a golpistas traidores, rebeldes y sediciosos armando un nuevo grupo terrorista para romper la patria. Al otro, fascistas siervos del IBEX, controlando un Estado opresor que encarcela a quien piensa diferente y acaba con las libertades.

Y todo esto mientras la mayoría social ni se entera. Es decir, que para estar en un momento tan tenso, más bien bélico, sorprende que la gente en cambio vaya a trabajar cada día, vaya a ver a sus hijos jugar al fútbol, salga el domingo de cañas y hasta pidan hipotecas para comprarse una casa.

Si esto ocurre es porque quienes están fuera de sitio son los políticos. De tener razón, la sociedad estaría enfrentada, en armas, en un escenario fraticida. Afortunadamente, vuelven a estar equivocados.

Quieren tensión, es legítimo, pero se les está yendo de las manos. No puede ser que cualquiera sea terrorista. Eso es muy serio. Conocemos bien a los terroristas, les tememos lo suficiente como para acusar de tal cosa a cualquier chica independentista que se detenga. No llamen a todo terrorismo, o nos quedaremos sin forma de llamar a quienes de verdad lo fueron y lo son.

Porque si lo mezclamos todo, va a ser difícil que los más pequeños entiendan lo terrible que fue ETA, por ejemplo. Si crecen creyendo que levantar las barreras de un peaje es un acto terrorista jamás temerán de verdad a asesinos como los de Miguel Ángel Blanco. Los iguala por abajo, los hace buenos, hasta los justifica.

Tampoco puede ser que haya tantos fachas. Que los hay, pero son pocos. Sí, afortunadamente.

Flaco favor nos hacemos si les hacemos creer que son más de los cuatro que quedan. Y también pervertimos el término.

Si llamamos facha a un Almirante de la Armada de 1909, reconocido como héroe, menudo favor para los verdaderos fachas. ¿Eran fachas entonces “los últimos de Filipinas”? Les podríamos llamar muchas cosas. Fueron demasiado inocentes, leales, ilusos, valientes. Incluso podríamos llamarles patriotas con mal tono, como para que sonara a insulto. Igual eran nacionalistas. ¿Pero fachas? Si ni siquiera existían…

Todo es un síntoma. Es marcar la diferencia, es separarnos. Los que no son los míos son directamente el peor de los enemigos. O conmigo o facha, o me das la razón o terrorista.

¿Qué hacemos los que no creemos que Cervera fuera facha? ¿Los que no vemos terrorismo en levantar unas barreras de un peaje, aunque no nos guste?

Es lo de siempre. ¿Qué hacemos los que nos sentimos igual de felices ondeando la bandera de España que no ondeándola? ¿Los que no creemos que sea buena la independencia de Cataluña pero queremos que se hable sobre ello sin miedo?

¿Somos unos terroristas fachas?

Y lo peor para los actuales partidos: ¿A quién votamos?

 

 

Alberto Sotillos Villalobos.

 

Escribir sobre el PSOE

La primera duda es si hacerlo o no. Si merece la pena, si tiene sentido, si sirve de algo.

Se puede estar perfectamente sin escribir una línea sobre el Partido Socialista. Tal vez este sea el mejor resumen de lo que trato de plasmar. Igual debería dar a publicar y terminar por hoy.

Pero también se puede estar bien escribiendo, comentando y reflexionando. Que no sea mi partido, ahora, no significa que logre abstraerme de su devenir, ni de sentirme tan ajeno, como quisiera, de lo que allí pasa.

Desde fuera, pero como observador interesado, no puedo ser optimista. Me llegan muchos esfuerzos por el control interno -menuda novedad, me dirán- y poco debate de fondo. Veo más informaciones sobre gente que se va, que lo deja, que se cansa que cualquier otra noticia.

Es como un partido cansado, pequeño, centrado en proteger lo que tiene aunque sea poco o no sepa bien qué supone. Parece que le pesa su historia -la buena-, que le tiene entumecido, cobarde.

Ofrecer el gesto a los pensionistas, por ejemplo, de subir sólo el 0,25 el sueldo de los políticos se me antoja poco para el partido que más años ha gobernado. Además, a eso también te va a ganar Podemos pidiendo que los sueldos bajen.

No está adaptado bien, todavía no ha salido de su sede, no ha entendido el nuevo juego político. Pedro sabe perfectamente cómo ser Secretario General, pero no logro saber si además, tiene alguna idea para que su partido sea algo más.

Volver a quejarse de las encuestas, de los medios de comunicación… No ha servido antes.

Doy por sentado que quiere mejores pensiones. También que quiere mejorar los sueldos.

¿Y?

Me está costando contar más cosas. No se qué más decir del PSOE. Supongo que hay buena voluntad.

Votamos el ayer

Ponte a escribir algo alegre con lluvia. Peor, con un pronóstico de 15 días seguidos lloviendo. Todavía si fuera nieve…

Y eso que ya es marzo. O casi. Que antes o después ya estaremos quejándonos del calor -los que lo hagan, yo no-.

En cualquier caso, asombra la velocidad a la que va el pasado. Podríamos saborear todavía las uvas y resulta que vamos por el tercer mes, acabando el invierno.

El futuro, en cambio, va mucho más lento. Siempre está lejos, ya llegaremos.

Tal vez por eso pasamos más tiempo queriendo arreglar el pasado que el futuro. Porque sentimos que lo tenemos más cerca. “Si hubiera estudiado aquello”, “Si no la hubiera cagado entonces”…

Y eso que el pasado es de lo poco que no podemos cambiar. Porque podemos mentir, ocultarlo y vender versiones idílicas, pero seguirá siendo el mismo.

El presente es el momento en el que cometemos los errores, en vez del tiempo en el que pensar en el futuro. Así nos va.

Hablemos de las pensiones, por ejemplo.

(Me tengo que hacer ver lo de irme tan lejos para acabar tan cerca)

Con las pensiones sabemos los errores que han cometido todos. Unos no vieron la crisis, otros no cambiaron el sistema, otros se fueron al bosque y los de ahora se comieron todo el Fondo de Reserva.

Tal es así que los partidos, ahora, nos piden que les votemos porque no van a hacer lo que hicieron los otros, en vez de -y fíjense en el sutil diferencia-, decirnos que les votemos porque van a hacer lo que el otro no hará.

Total, que hasta votamos en pasado pretendiendo que nos gestionen el futuro. Menudo despropósito.

Miento. Al menos un poco. De vez en cuando sí nos hablan del futuro. Cuando nos prometen loquesea. Subirán las pensiones, el Salario Mínimo, reducirán la brecha salarial, implantarán la plena igualdad.

Pero resulta que eso lo prometen todos, así que no sirve como promesa de algo concreto a hacer, diferente de lo que hará el otro.

De tal forma que nos obligan a seguir votándoles en base a sus errores del pasado., pero se extrañan luego de las bajas notas que reciben… ¿Cómo vamos a valorarles mejor si se obstinan en que no olvidemos cuánto han fallado?

Hay una tercera opción que parece estar promoviendo Albert Rivera. Además de recordar los errores, ha considerado un gran valor no prometer. Decía en una entrevista reciente que no iba a hablar de subir pensiones porque es realista.

A este se le ha olvidado para qué está la política. Me explico; Una cosa es decir la verdad y otra olvidarse de la función transformadora de la política.

No necesitamos a un político que nos diga que la pirámide de población en España es tan terrible para las pensiones como efectivamente es o que nos recuerde que con bajos salarios pocas jubilaciones sos sostenibles. El problema ya lo conocemos.

Termino. Irremediablemente pesimista.

Hace falta un partido que hable en futuro. Con valentía para proponer lo que cree necesario y explicar alguna forma de hacerlo. Igual es tan fácil como crear un Fondo Nacional de Inversión, obteniendo beneficios del turismo para reinvertirlo en sectores con un gran valor añadido, con cuyas ganancias podamos garantizar mejores pensiones.

Incluso si no acierta, al menos debatiremos sobre posibilidades y no sobre errores ya cometidos.