Háblame de proyectos

Desayunamos estos días con numerosas encuestas. La más reciente la de Metroscopia para El País.

No es que haya que volverse loco con los resultados y tomárselos demasiado en serio (palabra de Sociólogo), pero estas encuestas sin elecciones a la vista tienen sus interés en si nos fijamos en las tendencias y en aquellas preguntas más cualitativas.

En todo caso un apunte: Decir que en España estamos en un momento en el que no hay elecciones cerca es demasiado arriesgado. La inestabilidad política es grande, la dificultad en ayuntamientos, comunidades y a nivel estatal para aprobar leyes tan importantes como los Presupuestos pone de manifiesto que la amenaza de un adelanto electoral está siempre presente. Y eso el votante lo sabe. Por no entrar a valorar cómo estas encuestas, además, pueden favorecer esos adelantos, entorpecer negociaciones…

Pero volvamos. Quedarse obsesionado con un porcentaje de votos de una encuesta telefónica es tan inútil para los partidos que cuesta entender que dediquen a ello tantos esfuerzos. Cierto que de ese porcentaje dependen los cargos, los boletines oficiales que se puedan controlar y los presupuestos que queden bajo sus siglas, pero para revertir la situación cuando esos datos son malos a lo que se debe prestar atención es al fondo.

En la encuesta de Metroscopia a la que hacíamos referencia, por ejemplo, señala que una de las mayores debilidades del PSOE ahora es una grave falta de proyecto. Esa falta de proyecto provoca que muchos de sus votantes pasen a Ciudadanos, a un ritmo mayor de lo que ellos recuperan votantes de Podemos. Según esta encuesta, llegan 300.000 nuevos votantes de Podemos pero pierden 900.000 hacia Ciudadanos. El saldo, para un partido que lleva varias elecciones bajando, es de -600.000 votos. Un dato que debería helar la sangre en Ferraz.

Sobre todo por lo que significa. Si hacemos la búsqueda más sencilla en Google poniendo “Proyecto político Ciudadanos” el primer resultado es una página de ese propio partido dedicada a explicar precisamente eso. Si hacemos lo mismo con el PSOE, las primeras referencias son a su programa electoral y a un PDF con el proyecto político de José Antonio Carrasco para mejorar Ceuta.

Sin dudar de la importancia del proyecto para Ceuta, sorprende que encontremos antes esta información que las propuestas del partido. Es cierto que el primer resultado sí se refiere al PSOE a nivel nacional, pero enlazando al programa electoral y, recordemos, se supone que no estamos en elecciones.

También resulta relevante la distinción que supone presentar un proyecto político frente a un programa electoral. ¿Qué preferirían leer ustedes…?

Esto, en cualquier caso, es simbólico. Cierto que resulta significativo, pero obviamente no hay masas de españoles buscando en Google los proyectos de cada partido. Estos se definen más por la prensa, las declaraciones y la labor parlamentaria.

Y en ese campo, en el de los medios, estamos ante un gran desierto político. Intenten hacer un juego mientras leen este artículo. Piensen en lo que ustedes saben de Ciudadanos. Lo primero que les vendrá a la cabeza es Cataluña. Ahí son firmes, sin cesiones. Si siguen pensando llegarán a una idea de bajos tipos impositivos, de buena relación empresarial. Dando un poco más de rato para pensar igual nos acordamos de que quieren reformar cosas como el sistema electoral, algunas administraciones…. y poco más.

¿Es eso un proyecto de país? Difícilmente, pero con eso vamos a votar.

Y ese proyecto, tan escaso, es el que está ganando el discurso. Con tan poco, tanto. Ese es el drama para PP, PSOE y Podemos. No les está ganando Mandela, ni Obama, ni Mujica, les está ganando Rivera que, permítanme decir, no está a la altura de los tres citados anteriormente por muy buenas cualidades políticas que posea y que efectivamente tiene.

El PP podrá agarrarse a la gestión, pero cada vez retiene menos votos. PSOE y Podemos lo tienen más complicado, aunque estos últimos, al menos, saben que su espacio está sí o sí a la izquierda.

Pedro Sánchez en cambio todavía no se ha decidido si ir a la izquierda o al centro. No creen en la independencia de Cataluña pero hay días que habla de la plurinacionalidad, de los estados federales y de otras ideas que, si bien es cierto que ayudarían a un debate sosegado, no pueden competir en un escenario de gran polarización y tensión.

Las últimas semanas se ha agarrado a las pensiones.  Sabemos que el PSOE quiere mantenerlas, incrementarlas y hacerlas maravillosas, pero no sabemos cómo. Lo que envía a la ciudadanía es que con el PP las pensiones están en peligro, cosa que puede hasta ser plenamente compartida por una mayoría de españoles, pero sin ofrecer una respuesta que les diferencie. Por eso sufre también en ese tema el PSOE, pues hay bastante consenso en que las actuales pensiones son difíciles de mantener, una batalla de la izquierda que -injustamente- ya se ha perdido hace tiempo.

Para Podemos el problema es simplemente un estrechamiento cada vez mayor de lo que es la izquierda electoral en España. La masa de votantes que algunos llaman “de centro” y que en realidad son millones de votos que simplemente se mueven con más facilidad que el resto entre partidos están ahora mismo escorados a la derecha. Se mueven con el pulso de la sociedad y en estos momentos no hay un debate que la izquierda esté siendo capaz de capitalizar.

Cataluña no le hace ningún bien a la izquierda, que se asfixia entre la defensa del derecho a decidir, el valor de las urnas, la democracia, etc. y su batalla lógica contra cualquier nacionalismo con el que no pueden ser compatibles por su propia esencia.

Perseguir el fraude fiscal suena bien, pero difícilmente ese agujero pueda tapar todos los demás. Lo de los impuestos a la banca también levanta auditorios, pero quienes fueron rescatadas fueron las cajas, los bancos poco o nada. El ciudadano sabe, además, que cualquier impuesto que se le ponga a la banca lo acabará pagando él.

Así, el votante de izquierdas en España se desdibuja sociológicamente. Queda un perfil cada vez más apasionado, cargado de razón, pero sin respaldo social y por otra parte una masa de votantes más adaptados al status quo que no encuentra motivación por seguir prestándoles su voto a los actuales partidos de izquierda.

Cuando hablo de votante apasionado cargado de razón lo hago para señalar que no es una radicalización ideológica hacia posiciones extremas en la izquierda (que también hay) sino hacia temas en los que lógicamente un perfil de izquierdas se siente claramente interpelado como es la inmigración, las guerras, los refugiados, el feminismo, el trato animal, etc. Temas que para ellos sí determinan su voto frente a otros votantes de izquierdas -que ahora son mayoría- para los que esos temas son relevantes, sí, pero no como para definir exclusivamente su voto por ellos.

Así, la radiografía -rápida- del votante que está perdiendo PSOE y Podemos sería algo así como un ciudadano comprometido por temas sociales pero sin voluntad alguna de participar activamente en una revolución social, con profundas creencias en el valor de lo público pero en convivencia con los sistemas privados y que se considera ciudadano del mundo, pero nacionalismos los justos.

Ese votante querría cambiar las cosas, pero hay que ponérselo fácil. Habrá quienes voten a la izquierda sólo por lo malo que es el PP, pero ahora la competencia es mayor y Ciudadanos, por mucho que lo repitan PSOE y Podemos, no es lo mismo que el PP.

No es lo mismo en cuanto a percepción social y mediática. Comparten -al menos en sus programas- buena parte de la carga ideológica- pero también confianza en su capacidad de gestión. El buen gestor se valora mucho electoralmente en España y más si para votarle no hay que mirar a otro lado para no ver la corrupción.

Vamos terminando ya. PSOE y Podemos (lo que podríamos llamar la izquierda en España) no tienen campo propio ni hacen por crearlo. La desesperación por tratar de controlar algo la agenda les hace, además,  mostrarse más radicales de lo que quieren ser, forzando debates en los que podrían ganar apoyos de tener tiempo, espacio y medios para explicarse, pero que la actualidad los devora hasta hacerlos insignificantes y por lo tanto dañinos para ellos. Sirva de ejemplo el uso del término “Portavozas”.

El resto del tiempo van a remolque y para colmo en temas en los que ni siquiera han sabido definirse. Por hacer una analogía más visual podríamos decir que salen a la arena del Coliseo a luchar sin saber si son mejores con la espada, con el arco o con la maza. Al final acaban dando con todo a la vez y el espectador no sabe a qué lucha. Lógicamente, acaba ganando el león, que sabe a lo que ha salido.

Votar es fácil, saber a quién votar es muy difícil. Ciudadanos y PP tratan de ponerlo lo más fácil posible, lo más predecible, lo más obvio y pasional. La izquierda ganaba a eso con lo emocional, lo sentimental y lo utópico (recordemos esos temas antes mencionados de los votantes de izquierda apasionados). Competían bien con la derecha cuando -simplificándolo mucho- hacían elegir al elector entre votar con el corazón o con la cartera.

Pero ya ni eso. La izquierda hoy en España ni emociona, ni apasiona ni mucho menos te hace soñar con una utopía porque es incapaz de definirla. Fíjense que por no atreverse, no se atreve ni a prometer la nacionalización de sectores estratégicos como la electricidad o el gas. Y bueno, sin llegar a tanto, vean que ni siquiera hablan de un modelo en el que empresas públicas puedan competir para garantizar calefacción y luz más barata.

Al final, si no proponen algo diferente, ganará lo de siempre.

Aquel poema

Se pasó una mañana entera intentando escribir alguna buena poesía.

No había manera. El poema, cuando lo terminas y lo lees te tiene que contar más de lo que pone, se decía a sí mismo, y aquello no estaba ocurriendo.

Se quedó pronto sin folios, tanto que dejó la impresora sin posibilidad de cumplir su función hasta no comprar más, por lo que pasó al ordenador.

Dudaba de si se podía escribir poesía con teclas. Nunca lo había intentado. Para él, la poesía se escribía, no se golpeaba con el índice.

Ahí estaba, borrando tanto como escribía, buscando la rima inconsciente, tratando de rematar, al menos, una pequeña estrofa.

Te dejé de ver pronto

tardé el doble en olvidarte.

Te soñé incluso cuando lo logré.

Te perdiste cuando desperté.

 

Lo leyó varias veces para cerciorarse, para estar seguro de la decisión.

Seleccionó todo, lo vio destacar en azul y volvió a darle a borrar.

No decir nada

Lo primero que vi en Redes Sociales sobre el discurso del Rey fue una crítica por haber usado cinturón cuando llevaba un traje. La queja iba acompañada de otra que hacía referencia a la corbata.

Puede que me acuerde de tal análisis del discurso por la parte que me toca, ya que suelo llevar cinturones con traje, o puede que sea porque no he leído nada más relevante.

Felipe VI podría no haber salido en Nochebuena y no hubiera pasado nada. Ya salió en Octubre, dicen algunos, y puede que tengan razón. España está para un discurso, dos ya son demasiados.

Tal vez deba escribir con lamento que hayamos llegado a este punto, pero mi corazón republicano me provoca sentimientos encontrados. Un discurso irrelevante, en un momento tan relevante dice poco de la Corona y toda posibilidad por mostrar el anacronismo que representa tendrá siempre mi bienvenida.

Pero. Eso, hay un pero y es grande. Porque el problema no es de la monarquía, es general. Pensemos en los discurso en campaña de nuestros políticos y en lo que esperamos de ellos al escucharlos. Exacto, nada. No esperamos nada de lo que digan, los vemos porque resulta inevitable hacerlo, porque la campaña nos abruma, porque están ahí.

Podríamos votar sin escuchar uno solo de esos discursos.

Soy de los raros que lamentan que algo así pase. Creo en la fuerza de los discursos, en los que se dan cuando se tiene algo que decir, en los que sirven para cambiar conciencias, en los que marcan hitos en la historia y son recordados.

Obama lo sabía. Tanto que era capaz de hacer de palabras vacías un gran discurso.

En España ocurre lo contrario. Incluso quienes tienen algo que decir, algo que merece la pena y necesita ser contado hacen desaparecer su mensaje en sus discursos.

No es una cuestión de marketing, no pido que el Rey pronuncie su discurso desde un sillón de “Youtuber”, que haga un baile antes o que pida al final que la gente se suscriba a su canal. No va de audiencia tampoco.

Va de lo que los esperamos que signifique lo que dice. De la trascendencia que le damos a la previsión de lo que nos vayan a contar.

Aquí si puedo comparar ámbitos y decir que Felipe VI debería ser un “influencer”. Así es como viene descrito su papel en nuestra Constitución -con otras palabras, claro- y así es como debería afectar al resto de actores políticos.

Pero no está ocurriendo. Se lo que estaban haciendo esta Nochebuena numerosos periodistas y políticos de prestigio durante su discurso y desde luego no era estar frente al televisor.

Podríamos culparles, hasta decir que era su obligación seguirlo, pero lo cierto es que no. Porque sabían que lo que dijera, y esta es la clave de todas estas líneas, no iba a significar nada, cambiar nada o provocar nada.

Salvo sorpresa, me dirán, pero estarán de acuerdo que no es la Monarquía la institución de la que uno espera acciones inesperadas.

Somos raros los españoles. Podemos vivir semanas enteras con “días históricos”, con la expectativa de que todo se va a romper y a la vez no tener ninguna esperanza de que nuestros representantes vayan a decir algo que nos afecte lo más mínimo.

Escribir

Escribía con gritos en forma de coro constante. Imposible acallarlos, suavizarlos, moderarlos.

Haber puesto el ordenador al lado de la televisión que tiene la Play no había sido buena idea, al menos esa tarde. Igual el fallo era suyo, por tratar de escribir cuando se juega. Recordó aquello de que tampoco se debía trabajar cuando se bebía.

Igual esa era la mejor salida. Una cerveza y a esconderse al cuarto. Pero las cervezas saben bien al sol, en verano. O en un día de nieve, pero bien abrigado, con guantes. En casa, solo, era una bebida demasiado fría. Para una copa mejor esperar un rato más.

La pelea estaba perdida. Le ganaban a ruido y hasta en número. Dos contra uno y con más energía y volumen de voz del que ni cabreado podría igualar.

Aún así se mantuvo firme, tecleando. Repasaba cada frase escrita para revertir las letras que había pulsado en orden incorrecto, para añadir las que se había comido y para volver a construir las frases inconexas, fruto de la nula posibilidad de concentración.

A la vez llegaban mensajes por Telegram, Whastapp y hasta por Facebook. Todos los que no habían llegado mientras estaba tirado en el sofá hacía apenas cuarenta minutos, cuando hubiera podido disfrutar respondiéndolos.

A pesar de ello siguió escribiendo, hasta que decidió, él, cuando debía poner el último punto.