Pies fríos

Con los pies fríos no se puede hacer nada. Es como intentar tener una buena conversación con un mal vino en la copa. Como bailar sin ganas.

No hay forma de abrigarlos. Los calcetines hacen lo que pueden, incluso las botas. Pero un pie, cuando se pone frío, se pone frío. Hagamos lo que hagamos por evitarlo.

Y ahí nos marchitamos, desde abajo. Te sube la indefensión por toda la espalda, notas cada etiqueta de la camisa y la alarma definitiva es ese frío final, de resfriado, cuando la punta de la nariz pierde su calidez.

Somos así de sencillos. Así de endebles. En invierno.

En verano renacemos. Hasta los pies fríos pasan a pujar al alza en las camas.

Al frío nos adaptamos, unos mejor que otros. En el verano somos.

Porque crecemos en el calor, salimos al sol, bebemos con sudor. Y con ganas.

El invierno debería durar lo que dure la Navidad más tres días de nevadas y una semana para esquiar (quién tenga la suerte). Ya. El resto sobra, porque nos consumimos y gastamos. Es carísimo vivir en invierno. Es como de ricos. El verano es mucho más democrático, incluso de izquierdas. Yo, desde luego, las revoluciones en verano.

Diría más, las cervezas saben mejor con calor. Suficiente.

Los drones son para el verano

Empiezas queriendo uno para jugar y entretenerte, pero lo acabas necesitando para trabajar. ¿Era así, no?

Hay muchas cosas que cambian, otras permanecen bastante inalteradas. Las que cambian, en este caso, transforman por completo la realidad.

No es lo mismo una bicicleta que un dron, como no es lo mismo una posguerra que una crisis económica, aunque podamos sacar ciertos parecidos. España es diferente hoy, aunque lógicamente conserva las mismas inercias, cae en los mismos errores y sigue enfrentándose consigo misma de forma traumática.

Todo esto para decir que quiero un dron. Ya ven las vueltas que doy. No se bien para qué lo quiero, pero sí imagino para qué lo usaría.

Quiero ver las cosas desde arriba, alejarme, volar. Lo de GoogleMaps no está mal, pero no es lo mismo. Un dron es un pequeño satélite, son tus ojos con otra perspectiva diferente.

Desde arriba lo que tratamos de hacer grande, es más pequeño y viceversa, Todo tiene el tamaño que en realidad le corresponde.

Los problemas son imperceptibles, las malas personas apenas se distinguen, los beneficios bancarios tienen el mismo rostro que el resto de edificios, los carteles electorales no se sabe de qué partido son, los coches no lo dominan todo.

En cambio, mantiene un tamaño coherente con su importancia aquello realmente relevante. Se ve menos verde. Si nuestro dron tiene mucha autonomía hasta veríamos menos hielo en los polos. La deforestación muestra ser mayor de la que queremos creer. Las ciudades son enormes, infinitas. Sus luces exageradas. No veremos animales.

Desde ahí arriba se ve cómo contaminamos. Se ven nuestros vertidos y se ve lo cerca que en realidad estamos unos de otros. Somos más lo que realmente somos.

Cambio de idea. No quiero tener un dron, quiero que todos tengamos uno. Necesitamos ver desde arriba para tener perspectiva, para engañarnos menos.

Que tengamos los ojos en la parte más alta de nuestro cuerpo ya era un mensaje bastante claro de la naturaleza, de la importancia de verlo todo desde lo más lejos posible.

Ahora podemos mejorarlo. Voy a por un dron, ahora vuelvo.