Muy cerca de llegar

No había camino más largo, agotador, asfixiante.

La suela de las zapatillas, reblandecidas por el calor, dejaban pasar las puntiagudas formas de cada una de las piedras que iba pisando y sus pies, igualmente desbordados, no impedían que los ángulos más pronunciados acabaran tocando hueso.

Las piernas le picaban aunque hacía ya kilómetros que había dejado de agachare para rascarlas. Demasiado esfuerzo para un placer tan frugal.

No había en cambio líneas rectas en su espalda. Toda ella era una gran curva que desde la mitad del recorrido ya descendía. Un desastre empresarial, una caída de acciones, una falta total de progresión en las ventas.

Sus cejas estaban desbordadas. Demasiado sudor para filtrar, separar de los ojos. Tampoco ayudaban ahí arriba las manos, que tan sólo colgaban de forma pendular a cada lado. Una sujetaba un bastón, para que el cerebro pensara que recibía ayuda externa. Mentira.

Como lo de que ya estaban llegando. No se llegaba. Nunca. Desde que había dejado de preguntarlo habían recorrido tres veces lo prometido.

La promesa lo valía. Supuestamente, porque no había estado.

Pero le habían hablado de aquella maravilla, aunque desde bocas que tampoco lo habían pisado.

Él era diferente. Lo había dejado todo para ir, tenía la fuerza, las ganas y la desesperación por hacerlo. Si no llegaba no llegaría nadie.

En esa promesa, en aquel camino, se desplomó. Caminó hasta que pudo, llegó tan lejos como la promesa de aquel paraíso le dejaba ir. Ni un paso más.

Un muerto más en el camino.

Votamos el ayer

Ponte a escribir algo alegre con lluvia. Peor, con un pronóstico de 15 días seguidos lloviendo. Todavía si fuera nieve…

Y eso que ya es marzo. O casi. Que antes o después ya estaremos quejándonos del calor -los que lo hagan, yo no-.

En cualquier caso, asombra la velocidad a la que va el pasado. Podríamos saborear todavía las uvas y resulta que vamos por el tercer mes, acabando el invierno.

El futuro, en cambio, va mucho más lento. Siempre está lejos, ya llegaremos.

Tal vez por eso pasamos más tiempo queriendo arreglar el pasado que el futuro. Porque sentimos que lo tenemos más cerca. “Si hubiera estudiado aquello”, “Si no la hubiera cagado entonces”…

Y eso que el pasado es de lo poco que no podemos cambiar. Porque podemos mentir, ocultarlo y vender versiones idílicas, pero seguirá siendo el mismo.

El presente es el momento en el que cometemos los errores, en vez del tiempo en el que pensar en el futuro. Así nos va.

Hablemos de las pensiones, por ejemplo.

(Me tengo que hacer ver lo de irme tan lejos para acabar tan cerca)

Con las pensiones sabemos los errores que han cometido todos. Unos no vieron la crisis, otros no cambiaron el sistema, otros se fueron al bosque y los de ahora se comieron todo el Fondo de Reserva.

Tal es así que los partidos, ahora, nos piden que les votemos porque no van a hacer lo que hicieron los otros, en vez de -y fíjense en el sutil diferencia-, decirnos que les votemos porque van a hacer lo que el otro no hará.

Total, que hasta votamos en pasado pretendiendo que nos gestionen el futuro. Menudo despropósito.

Miento. Al menos un poco. De vez en cuando sí nos hablan del futuro. Cuando nos prometen loquesea. Subirán las pensiones, el Salario Mínimo, reducirán la brecha salarial, implantarán la plena igualdad.

Pero resulta que eso lo prometen todos, así que no sirve como promesa de algo concreto a hacer, diferente de lo que hará el otro.

De tal forma que nos obligan a seguir votándoles en base a sus errores del pasado., pero se extrañan luego de las bajas notas que reciben… ¿Cómo vamos a valorarles mejor si se obstinan en que no olvidemos cuánto han fallado?

Hay una tercera opción que parece estar promoviendo Albert Rivera. Además de recordar los errores, ha considerado un gran valor no prometer. Decía en una entrevista reciente que no iba a hablar de subir pensiones porque es realista.

A este se le ha olvidado para qué está la política. Me explico; Una cosa es decir la verdad y otra olvidarse de la función transformadora de la política.

No necesitamos a un político que nos diga que la pirámide de población en España es tan terrible para las pensiones como efectivamente es o que nos recuerde que con bajos salarios pocas jubilaciones sos sostenibles. El problema ya lo conocemos.

Termino. Irremediablemente pesimista.

Hace falta un partido que hable en futuro. Con valentía para proponer lo que cree necesario y explicar alguna forma de hacerlo. Igual es tan fácil como crear un Fondo Nacional de Inversión, obteniendo beneficios del turismo para reinvertirlo en sectores con un gran valor añadido, con cuyas ganancias podamos garantizar mejores pensiones.

Incluso si no acierta, al menos debatiremos sobre posibilidades y no sobre errores ya cometidos.