Vero

Hay una nueva red social.

Si no tenéis cuenta todavía es que llegáis tarde. Aunque apenas haya tres personas en ella actualmente. Tarde. No moláis.

Yo sí estoy. Es mejor que Facebook, como Telegram es mejor que Whatsapp. Pero lo mejor es poca garantía en estos momentos. Cualquiera puede ser el mejor, lo difícil es que te usen.

Son preciosos esos primeros momentos en los que llegas a un espacio por estrenar, donde te divierte explorar, donde se oye más el eco de tus publicaciones en el vacío que la de cualquier otro de tus pocos amigos que también se han abierto una cuenta.

Fíjense si es nueva que todavía no he visto un insulto, una noticia falsa, una fotografía espantosa o un estado irrelevante que trata de parafrasear a Paulo Coelho.

Me temo que o empiezan a aparecer pronto cosas de esas o los creadores se arruinarán.

Tampoco hay todavía política. Ni un enlace a encuestas he visto. No se sabe nada de Rajoy, ni de Pedro Sánchez, ni de la próxima mayoría absoluta de Ciudadanos.

Para los que no podemos irnos a vivir a una isla desierta por cobardes, por pobres o por lo que sea, estrenar una nueva red social es el mejor escape. Y eso que apenas entro. Es que no hay nadie.

Desapareció

Por fin encontró la manera de ser invisible.

Seguía sin ser una misión sencilla, debía dejar muchas cosas atrás, pero la oportunidad merecía la pena.

Lo descubrió casi sin querer, con un cambio del algoritmo de Facebook. Algo provocó que sus amigos dejaran de ver sus publicaciones. Pasó de superar siempre los cincuenta “me gusta” a no pasar de un par de ellos.

Al principio le molestó y le entristeció. Se iba la fama, la repercusión, su supuesta importancia en el mundo. De golpe ya nadie veía -o a nadie le importaban- sus publicaciones, sus disertaciones sobre la política o sus chistes gráficos. Nada.

De la angustia pasó a la irremediable aceptación y de ahí a ver la oportunidad esperada.

Aquel sueño infantil que la madurez le había hecho olvidar estaba ante sí, a escasos golpes de ratón.

Desapareció de Facebook, cerró Instagram, olvidó Twitter. Le costó, física y emocionalmente, sacar su SIM del iPhone para volver a meterla en un viejo Nokia.

A la semana dejó también ese móvil en un cajón. Desenchufó el router de casa y desconectó el fijo.

Al mes nadie sabía que seguía existiendo. Le seguían viendo por la calle, pero ya solo tenía un nombre, vacío de cualquier identidad. No era nadie, nadie sabía qué hacía, dónde estaba ni qué deseaba comprar.

Se volvió invisible para Google, para Amazon, para Facebook. Apple no pudo seguir rastreando sus movimientos.

Los nuevos ojos, los que hoy son capaces de ver, eran incapaces de encontrarle.

Desapareció.