Una nacionalidad agotadora

Los lunes son duros, la cuesta de enero es complicada y la lluvia moja, pero lo más difícil sin lugar a dudas es ser español.

No solo porque tengas que ser experto en fútbol, tenis, baloncesto, bádminton, F1, patinaje artístico o cualquier nuevo deporte en el que tengamos a un compatriota de éxito, sino porque cada día es una lucha por la propia definición.

Nos gusta la bandera, pero no. A veces, va a días. Pero preferimos que tenga un toque más morado, otros que mejor un pájaro. Para colmo, algún cuñado nos recordará que ni es franquista ni republicana, que es una bandera naval. Como si nos importara.

No podemos ver los Goya sin quejarnos, aunque nos gusten. Están mal, de entrada. Como la OTAN. Pero luego que sí.

Nos quejamos del cine español, pero disfrutamos con memeces de Hollywood que pierden en una competición de guión con cualquier película porno casera. Y nuestros actores son o dioses o subvencionados. Es más, pueden ser ambas cosas. Para unos lo uno y para otro lo otro.

No tenemos letra en nuestro himno. Ya ven ustedes qué problema. Pues mal que no la tenga y mal que la tenga. Si Marta Sánchez canta una versión como le da la real gana también mal. Porque no nos gusta, pero especialmente porque habla de Dios. Y de paso que qué es eso de pedir perdón.

Hoy ya hemos votado todos que esa no pude ser la letra oficial de nuestro himno, cuando nadie había propuesto en ningún lado semejante cosa. Otros en vez de votar a favor prefieren usarlo como arma contra los del no.

Es decir, que ni sí ni no. La cosa es gritarnos unos a otros. Pero cuidado con eso, porque habrá que ver si nos gritamos en castellano o en catalán, porque todavía no hemos resuelto eso de que cada uno hable como quiera. Nos apropiamos de los idiomas, como de las banderas, como de las letra del himno que no tiene.

Hay que odiar y criticar tantas cosas que uno no entiende como luego podemos disfrutar tanto ante una caña, aunque nos sentemos ante ella para seguir criticando.

Es agotador ser español con tanta gente diciéndote cómo debes serlo.

 

Un enorme trozo

Tan solo tenían un enorme trozo de tela.

No era mucho, pero pensaban que era mejor que nada. Estaban seguros de que les protegería del frío, de la lluvia, incluso de los rayos del sol. Podrían usarla para recoger agua, para pescar o para vestirse con ella si fuera necesario.

No había en la isla ningún otro objeto de la civilización de la que venían.

A los pocos días se enfrentaron por aquel trozo. Unos pensaban que el uso prioritario era radicalmente opuesto al que los otros querían darle y no tardaron en usar estacas de madera para tratar de apropiarse de ello, arrancándolo de las manos de los desarmados. Aquella pelea les motivó a dividirse en grupos, a preparar más piedras y palos y a ver un enemigo.

Avanzaron, crearon cada vez herramientas más sofisticadas, armas más afiladas y fronteras con normas propias.

Pero las fuerzas se igualaban pronto.

Se dividieron para quedarse con la tela, pero nunca ninguno logró imponerse y  simplemente se quedó en medio, ondeando.

Así, se convirtió en bandera y ya no sirvió para pescar un solo pez, no vistió a ninguno. Ni siquiera la escurrían tras una lluvia para recoger el agua. La sombra que daba no la aprovechaba nadie, por miedo a los otros.

Con el tiempo desapareció. Perdió su forma y se volaban los hilos que quedaban sueltos.  Al final únicamente quedó el mástil y a cada lado dos pequeñas sociedades con las caras pintadas de colores opuestos.