El último superhéroe

Desde fuera era absolutamente normal e irrelevante, contratado al peso.

Como el resto, sabía que la felicidad estaba bastante cerca, que bastaba con mandarlo todo a la mierda, echarle huevos y cambiar su monótona rutina por una casa maravillosa en alguno de esos pueblos de la España vaciada. Los cálculos daban perfectamente y con mucho menos podría vivir mucho más.

En cambio, en 1970 -o incluso en 1980- hubiera sido un héroe. De los de verdad, de los que tienen poderes, de los de las películas. De haber sido necesario incluso se hubiera puesto calzoncillos sobre los pantalones y una capa del color que fuera necesario.

Por tener, tenía hasta su Kryptonita. Pero una real, no un trauma infantil ni una depresión por problemas de identidad.

Un héroe obvio, sin problemas más allá de combatir la maldad, la tiranía y los desastres naturales. Le gustaban sus poderes, los disfrutaba y podría haber sido protagonista de maravillosas películas y cómics.

Pero nació tarde. Cuando descubrió ser un superhéroe estaba rodeado de antihéroes. Mientras que él sonreía por la calle, disfrutaba de un helado y se iba de cañas con sus amigos, quienes copaban las series de fantasía eran personajes destruidos por su soledad, hundidos por su pasado, atormentados por los abusos sufridos en su infancia.

Trató siempre de hacer las cosas bien, de ser perfecto. Para eso sabía que era un héroe. Mientras, los caóticos monopolizaban la fama. Robaban, insultaban, maltrataban a sus parejas, decían tacos, despreciaban a la gente, odiaban al Gobierno, se cagaban en la policía, conducían temerariamente y… eran adorados.

Por eso acabó trabajando en aquella oficina ultracompartimentada. Creció en una sociedad inmune a sus poderes, obsesionada con la imperfección de aquellos antihéroes en los que se reconocían. Todos se había olvidado de los supehéroes, de la ambición y el esfuerzo de querer ser como ellos, de luchar por mejorarse y salvar el mundo. Mucho más fácil convivir con héroes con los mismo defectos, miedos e inseguridades, que no te obligan a mejorar, que simplemente te exigen tener una mínima evolución, un resquicio de empatía como gran acto de bondad.

Frente a eso, su velocidad era ofensiva, su fortaleza un abuso, su visión de Rayos-x una violación de la intimidad, su capacidad para volar un peligro, su exagerada masculinidad algo absolutamente inapropiado. Nadie quería sentir la obligación moral de imitarlo, de ser conscientes -por comparación- de sus individualistas vidas. Lo que pedían es que no existiera, no verlo.

Imposible encajar. Convivía en un mundo donde las virtudes eran defectos y los defectos virtudes así que madrugaba cada mañana, fichaba y volvía a su casa tras 8 horas delante de un ordenador.

Tirado en el sofá, se ponía alguna serie.

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