Es frustrante, agotador, desmoralizador. Despertarse cada mañana en España y leer la prensa supone una tortura a cualquier parámetro ético, moral o de dignidad que un ciudadano pueda osar tener en estos tiempos.
En un mismo día, lunes encima, el Fiscal General se sienta en el banquillo, Mazón dimite culpando a todos menos a su gestión y se conoce un informe de la UCO sobre un ministro, presionando para que se pague rápido a la empresa de una presunta organización criminal. La semana anterior más. Y la anterior. Y la que viene.
Ni siquiera los periodistas que se dedican a ello, ni los analistas políticos, ni los expertos en tribunales son capaces de absorber toda la información que aplasta a la anterior sin que se pueda digerir.
El cerebro colapsa. La sobreexposición a la corrupción política atonta, asfixia todo pensamiento, ahoga con nombres de empresas corruptoras, socios imputados, tribunales que juzgan, fraudes de ley y tipos penales que escalan hasta la incomprensión más absoluta.
Se hace prácticamente imposible obtener y analizar todos los datos, sobre todo en el tiempo récord que exige el actual consumo de información. Se lo dice -confiesa- quien debe lograr ambas cosas para tratar de exponerlas de manera fiable y sencilla a los demás.
Un ciudadano que no tenga la obligación de saber cada relación y correlación de casos y nombres, o que simplemente no quiera saberlo, queda absolutamente desprotegido informativamente cuando cada día cae sobre sus ojos una nueva avalancha mensajes analizados por la Guardia Civil, un torrente de nuevas imputaciones o una explosión de análisis y opiniones entre los que hábilmente se mezclan argumentarios de parte.
No estamos preparados para saber valorar como se merece aquello que llega en cantidades ingentes. Sabemos lo que es un millón de euros aunque no lo tengamos, pero nuestra mente sufre para comprender qué son 15 billones de euros. Sí, es mucho, pero tampoco sabemos cuanto. No sabemos ni lo que ocupa.
Podemos disfrutar de una pizza, pero somos incapaces de degustar nada si nos ponen delante 45 sabores diferentes.
Toda la corrupción no cabe es nuestras cabezas, es imposible. España ha llegado al punto de saturación a partir del cual quedamos casi inmunizados ante la siguiente información.
Ante la imposibilidad de analizarlo todo como se merece, el cerebro se protege desconectando, alejándose de un sinfín de datos que ya no puede procesar.
Entonces es normal que muchos se refugien en quien dan por llamar «los suyos» y se entrega a análisis sencillos y populistas. Ahí somos débiles, ahí nos quieren tener. Ahí la polarización se vuelve completamente rentable.
Analicemos, por ejemplo, el coste de una dimisión ¿Qué hace falta para que alguien dimita?
Cuando todo funciona, basta con una mentira, un desliz en una gestión, una mínima mancha en el expediente.
Cuando todo va mal, puedes tardar mas de un año de desastrosa gestión en hacerlo. O puedes seguir en tu cargo por mucho que tu mano derecha esté en la cárcel y tu otra mano derecha a un paso de lo mismo.
Los peores políticos viven mucho mejor en el desastre absoluto, porque ahí se camuflan.
Por tanto, basta con ver cada día las portadas, tertulias o informativos para hacer una sencilla regla de tres y calcular, entonces, qué clase de políticos tenemos.
