Hibernación económica

Nieve

Nos va a tocar ayudarnos y nos pilla inmersos en una de las sociedades más egoístas en siglos.

Parecerá una causalidad divina, en caso de creer en esos poderes, o una broma del destino, si confiamos en que todo está escrito. Podemos justificarlo de tantas formas como nuestra imaginación pueda contemplar pero, en resumen; vamos a estar a prueba.

Económicamente estamos mucho peor de lo que pensamos. No es una cuestión ya de grandes cifras, de primas de riesgo, de deuda pública y PIB, es del bar de la esquina cerrado. Y el de la otra esquina y el otro.

Llevo más de una década siendo autónomo, teniendo además una empresa. En un sector, el de la consultoría de comunicación, donde -más allá de que logres o no ingresarlo- se nota perfectamente si en la sociedad fluye el dinero, cuánto fluye y la confianza de los consumidores y las empresas.

En la crisis financiera sin duda bajó el dinero que se movía. Fue un parón en seco, pero puntual. De golpe todo se puso en pausa pero en poco tiempo se volvía a mover, aunque fue tímidamente, el dinero. Podías hablar con clientes, ofrecer servicios y todo se centraba en ajustar el presupuesto. Aquella crisis bajó los precios, pero había precios.

El primer confinamiento fue un buen aviso de cómo estamos ahora. Algunos clientes dejaron de serlo porque simplemente cerraban, otros porque pausaban sus inversiones y los que se quedaron, porque saben que su inversión en comunicación da beneficios, sufrían para poder mantenerla.

Salimos. Un poco como tras la primera crisis, la confianza en que en realidad todo siguiera bien imperaba. Más como deseo que como realidad. Llegaron un par de meses de cierto movimiento, de calma por saber que el colchón de ahorro había aguantado.

Entonces llegamos a esta nueva ola, que económicamente lleva siendo real desde mucho antes que los políticos la reconocieran. Se pasó de nuevo de lograr frenar las pérdidas a volver a ellas sin haber logrado ningún beneficio entre medias. Ya no hay, se ha gastado o no se genera. El dinero está concentrado en muy pocos productos, las inversiones paradas no por falta de ganas sino por imposibilidad de hacerlas y los clientes calculan los ahorros que tienen para valorar lo que les costará cerrar. Sí, cerrar. Es la decisión más común en estos momentos.

Cerrar no es una pausa. Cerrar es parar del todo, hibernar económicamente y esperar a que cuando pase el frío queden recursos para empezar de nuevo.

Esa hibernación individual, empresarial, económica, va a suponer un problema absolutamente real para millones de ciudadanos que, simplemente, no han podido nunca ahorrar, que no pueden irse a los cuarteles de invierno a esperar que escampe.

El único dinero que se mueve pasa por venta online (mucho menor que en tienda), por decoración y hogar (tanto tiempo en casa…) y por servicios esenciales (Salud, comida,…). Todo lo demás, todo el resto de dinero, se ha evaporado, gasta en simplemente seguir abierto.

No podemos permitirnos como sociedad una hibernación económica así, un “sálvese bien pueda” que dejaría a tantas personas sin nada. Una parte le corresponde a los gobiernos, claro, pero otra a todos nosotros.

Si puedes ayudar a un conocido comprando algo de su tienda, hazlo. Si puedes ir a ese masajista que conoces, llámale. Ve al gimnasio, o sigue al menos pagando la cuota. Seguro que puedes tomarte una cerveza, ir a cenar a las 8, comprar más cerca. Promociona las tiendas de tus amigos, habla en redes de sus productos, conviértete en un influencer pequeño pero efectivo. Compra ese libro autoeditado de tu conocido, pon una foto y recomiéndalo. Escucha su podcast, haz networking del de toda la vida, poniendo en contacto a demanda con oferta. Esa llamada que puedes hacer, hazla. Ese mensaje que puedes mandar, mándalo.

No nos haremos ricos, pero pasaremos el invierno juntos y cuando desaparezca el hielo, tal vez, quedará lo suficiente para no tener que empezar de cero. En el fondo es seguir construyendo una sociedad más cercana, más conocida. Justo lo contrario de lo que pide la polarización política… ¿Otra causalidad?