Saber lo que sabemos

Existe una dificultad habitual por definir lo que sabemos y cuánto sabemos. Se ha resuelto desde un punto de vista filosófico de múltiples formas, siendo el “saber que no se sabe nada” el más conocido, pero igualmente se ha abordado desde perspectivas matemáticas, económicas, educativas y un largo etcétera.

Los modelos educativos se centran en la acumulación de conocimientos apoyados en datos que pueden ser memorizados o, en los casos más revolucionarios, procesos de formación en los que se enseña cómo llegar a esos datos y lo que significan.

Desde un punto de vista más matemático y estadístico nos podemos fijar en los numerosos test de Coeficiente Intelectual (CI), que son capaces de dar un resultado numérico final. En tanto son equiparables y estables, ofrecen cierta capacidad de comparación y escala, pudiendo así determinar mayores capacidades de unos frente a otros. Lógicamente, no es posible asegurar que la inteligencia pueda ser medida con tal herramienta, ni mucho menos lo que supone saber, ser sabio.

Para lograr una mejor medición de cuánto sabemos y cómo sabemos lo que sabemos, es preferible un método capaz de adaptarse en el tiempo y en la forma, amplio para todas las posibles áreas de conocimiento y útil para que individualmente podamos conocer en qué punto estamos.

Aislando así los preceptos de que” más es mejor y que menos es peor” -lo que nos separa de los test de CI, de las notas de los exámenes o de los títulos que se puedan obtener- podemos generar una herramienta como la que se detalla a continuación.

Podemos hacer una autoevaluación o una evaluación externa en base a estas cuatro categorías, logrando situar con exactitud el grado de conocimiento que tenemos de forma general y en concreto sobre cada uno de los temas que queramos analizar. Los temas generales son aquellos que predominan en la vida pública, temas compartidos por una parte amplia del grupo social, mientras que los temas concretos son aquellas aéreas de conocimiento más específicas, que no ocupan la mayoría del tiempo o espacio en los momentos de convivencia normal.

  • La primera escala de conocimiento se basa en estipular si somos capaces de hacer preguntas y responder a preguntas generales sobre temas generales. Este espacio que denominamos “Cultura General”, es el lugar común de conocimiento, el acuerdo social mínimo. Preguntas como “¿Qué deporte practica Rafael Nadal?” y su correspondiente respuesta entran en esta categoría, determinando así una base cultural común. No es necesario una lectura específica, ni estar atento a noticias o informaciones concretas. Estos conocimientos llegan de forma espontánea a nosotros por la mera convivencia social. Aumenta con el paso de los años.
  • La segunda categoría comprende a aquellas personas que son capaces de formular y responder preguntas generales aunque el tema sea más concreto. Suponen un grado de conocimiento mayor, pero siguen siendo espacios de “Cultura General”, solo que de una forma más específica. Por ejemplo, son aquellos que forman parte de los procesos educativos mínimos y obligatorios en grupos sociales determinados. Preguntas como “¿Qué partes tiene una planta?” y su correspondiente respuesta entran en esta categoría.. Aumenta con el paso de los años, el interés por acceder a los canales básicos de información y el paso por los procesos educativos básicos.

Cuando se entra en el espacio de las preguntas concretas, se pasa a requerir un esfuerzo de conocimiento mayor producto como el estudio, la investigación o similar. Las preguntas y respuestas no están en el espacio de la “Cultura General”, no se obtienen de forma espontánea por la simple convivencia, ya que requieren de una voluntad de poder acceder a ellas.

  • Las preguntas concretas a temas generales exigen un esfuerzo mayor, una dedicación de tiempo específico. No llega a nosotros de forma espontánea ni aparece en los titulares de los medios, pero su acceso no es difícil. Estos conocimientos específicos son los que compartimos con grupos sociales más concretos, aquellos con los que compartimos gustos y aficiones y en fases más avanzadas de los procesos educativos comunes. Poder formular y responder preguntas concretas, aunque sea de temas generales implica aprendizaje y por ello, revelan un grado mayor de conocimiento. Saber contra quién se enfrentó Nadal en las finales de Roland Garros o poder preguntar, sabiendo la respuesta, lo que provocó la Primera Guerra Mundial, entran en este área.
  • La cuarta categoría es la más específica, la que requiere de tiempo y dedicación de forma más amplia. Aumenta de forma constante en base al tiempo dedicado al tema concreto, logrando así una especialización que es sólo compartida por aquellos miembros del grupo que comparten interés por ella. Provoca los mayores avances culturales, tecnológicos… Preguntas del tipo “¿Cómo utiliza el efecto suelo un Ekranoplano?” y su correspondiente respuesta solo pueden provenir de un espacio de conocimiento muy concreto.

Estas cuatro categorías nos sirven para poder evaluar lo que conocemos y cómo lo conocemos. Saber si llegamos al nivel de especialización, si hemos estudiado lo suficiente para un examen, si podríamos superar un concurso de televisión o el esfuerzo que dedicamos al saber. Poder hacer las preguntas nos determinará lo aprendido sin que eso suponga tener que caer en la comparación, en los “más y los menos”, en medir nuestra inteligencia.

Sobre cada tema podremos estar en una categoría, quedando a nuestra voluntad profundizar o no. Si bien es cierto que hay quienes pueden encontrarse en las cuatro categorías sobre un tema concreto, la especialización sobre todos los temas no será nunca posible, siendo así el conocimiento una elección no competitiva. En base a esto, de cierta forma, se apoyan algunos de los concursos televisivos de preguntas más conocidos. Si pensamos por ejemplo en “Quién quiere ser millonario”, la evolución de las preguntas seguía, aproximadamente, estas cuatro categorías. Las preguntas finales, concretas y sobre temas concretos, hacían que solo pudiera ganar el concursante con una especialización que coincidiera con ellas. Para llegar a ellas previamente había debido pasar por las preguntas generales de temas generales, las preguntas generales de temas concretos y las preguntas concretas de temas generales.

Con estas categorías se logra además, para sociedades donde leer y escribir es un conocimiento común, poder medir lo que supondría un grado de analfabetismo con más exactitud. Así, evaluar los sistemas educativos debería centrarse en analizar cuántas personas son sólo capaces de responder y formular preguntas de la primera categoría, que sería de facto un “analfabetismo moderno”.

En conclusión, esta herramienta nos permite saber lo que sabemos, dejando a un lado las implicaciones filosóficas sobre lo que esto supone, claro. Nos permite situarnos y nos facilita conocer los campos donde podemos ampliar nuestro conocimiento. No necesita ni lleva a comparaciones, no hay escalas morales ni curvas de distribución, simplemente nos lleva a poder ubicarnos en nuestro grupo social en base a lo que sabemos y lo que no.