La novela que no sale

Qué rematadamente difícil es escribir una novela cuando deseas hacerlo pero se ahoga en la primera fracción de segundo, cuando desaparece nada más haber aterrizado.

No va, incluso cuando se la fuerza como a un motor. Ni escribiendo a trozos, ni saltando a artículos, ni metiendo aceite con breves relatos para que fluya.

No está apagado, es peor. Se puede seguir escribiendo, pero sin que se cuente lo que en realidad se desea narrar. Hay que contar algo, pero qué. El cómo está, se ha probado y aún pudiendo perfeccionarlo -siempre- no se olvida.

El vacío de pensar que no hay nada que contar, cuando es lo que apenas sabes hacer medio bien. Se puede dejar de ser, aún sabiendo hacerlo.

Poder describir un momento, la luz que lo acompaña y los ruidos que lo dotan de sentido. Esas manos apoyadas en el sofá, con el mando de la televisión agarrado por inercia. En la televisión dibujos que les han obligado a poner en inglés, lo que hace que su interés baje por minutos pero que compiten todavía contra cualquier otra nada en la que les ha metido la cuarentena interminable. Paseo de ida y vuelta al desayuno frío que sigue en la mesa porque el porque el pequeño no termina nunca y de nuevo ante la pantalla, para joder al mayor. Gritos, empujones y el mando más agarrado que nunca. Ser mayor es tener ese mando.

Y se puede describir para nada, como ahora. Que es lo peor. Trozos que acaban acumulándose en olvidos, en breves emociones de que casi esa vez sí.

Acción, todo es movimiento y las cosas que van pasando, te dices. Pero pueden ocurrir y que tampoco sean nada, como casi todo lo que ocurre últimamente.

Y eso que el labio le sangraba, sumándose a un rostro descompuesto por los golpes. Apoyado en los codos, primero el brazo derecho y luego el izquierdo, de nuevo en pie. Apenas le podía ver ya, lo justo para esquivar de nuevo un par de golpes que sabía le llevaban a la trampa de otro que impactaría sobre él. Tal cual. Dejó no solo de ver, sino de sentir. Se ahorró el duro contacto contra el suelo y el ruido de su tabique al crujir por completo.

Abandonado, se levantó cuando por un extraño motivo sus ojos se abrieron un instante, borrosos, pegados y limitados por la inflamación de sus pómulos y la nariz. Ni cartera, ni reloj, ni móvil. No esperaba menos.

Llegó a la calle principal dando más asco que pena; lo notó por la ausencia total de ayuda. Se tiró sobre un par de personas, que se negaron a servir siquiera de apoyo. No le importó demasiado, pero en una de esas caídas la rodilla no sonó  bien.

Cojo siguió, como podría yo seguir narrando su historia. Con el mismo poco sentido, las mismas pocas probabilidades de llegar a algún sitio y con menos todavía de que alguien evite que este nuevo texto caiga al suelo.

Otra vez que no, que nada. Puede que no lo noten, pero esto es agobiante.

 

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