Aquellas escaleras

Nunca había bajado aquella escalera.

Tampoco había visto a nadie hacerlo. Suponía que llevaba al sótano, a los cuartos de caldera y esas cosas que imaginaba que tenía que tener el edificio.

La luz que supuestamente alumbraba el rellano de la escalera llevaba fundida años, por lo que desde entonces sólo eran visibles más de la mitad de los escalones cuando le llegaban los rayos de sol de la ventana del pasillo del que nacía. Al atardecer, en cambio, apenas se distinguían los primeros diez.

Nunca había visto a nadie subir por ella.

Sin luz y sin nadie que pisara esos escalones, su existencia podría incluso haberse puesto en duda. ¿Para qué sirve una escalera si nadie sube o baja por ella? ¿Existe lo inútil?

No había duda de que ahí estaba, había estado y seguiría estando. Cualquiera hubiera dicho que era una escalera de habérselo preguntado, incluso cuando nunca hubieran visto a nadie en ellas.

Tuve la tentación de usarla, de poner fin de golpe a mis dudas sobre si era justo considerar a un objeto por su nombre sólo por tener el diseño y no por cumplir la función encomendada. Si las bajaba y las volvía a subir las completaría, las haría realmente unas escaleras.

No lo hice. Me pareció demasiado presuntuoso ser yo el que pudiera cambiar aquella existencia de esa forma.

Yo tenía dudas de que fueran realmente unas escaleras, pero seguramente era el único así. Los demás no las miraban, no las usaban, no se preguntaban por ellas.

Un comentario sobre “Aquellas escaleras

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