Un porcentaje elevado de los jóvenes en España quiere ser funcionario. Hasta cierto punto es normal. Sueldo fijo, acceso a hipoteca, horario claro, vacaciones y tiempo para disfrutar.
En este país emprender es para pirados. Duran tres meses, con suerte. Al cuarto la burocracia los ha absorbido o esquilmado lo suficiente como para dejar de intentarlo.
Pero este texto no va de eso, aunque un poco tenga que ver.
Es la mentalidad que tenemos los españoles de un tiempo -lejano- a esta parte lo que resulta preocupante.
De montarnos en un barco y navegar por el horizonte para descubrir nuevos continentes a convertirnos en empleados desapasionados, asalariados, por cuenta ajena, sin más ganas que las de una caña o un sofá.
Un complejo de «milana bonita», de asumir al señorito, de lo que diga el jefe, tal vez ser un buen pelota, aceptar el sueldo que hay… inoculado durante años y años y que ha generado muchos problemas, entre otros, parte del político con el que convivimos.
Hemos dejado de ser exigentes. Ya no somos buenos jefes, no exploramos, no luchamos por casi nada.
No hace falta entrar a la falta de acción política, al vaciado de los sindicatos o las escasísimas protestas en las calles. Con ver los políticos que tenemos y hemos encumbrado es suficiente.
Los diputados y senadores trabajan para nosotros. Los ministros trabajan para nosotros. El Presidente del Gobierno trabaja para nosotros. Se nos olvida y así nos va.
Hemos delegado en representantes, a través del voto, la gestión de lo público. Es decir, gestionan lo nuestro, lo de todos.
Cada cuatro años (ciertamente es poco) podemos cambiar al equipo directivo. Cualquier empresa lo cambia de un día para otro si es necesario.
Pero esto tan básico se ha olvidado. Tanto, que parece que nos mandan ellos.
Como si el Estado fuera un ente independiente. Se dice incluso que por los impuestos trabajamos más de la mitad del año para el Estado y unos pocos meses para nosotros. Como si el Estado no fuéramos nosotros…
Si supiéramos mandar, si no nos hubieran robado la capacidad de liderar y ser responsables de nuestro destino, no toleraríamos -por ejemplo- que Mazón siga.
Los políticos, hoy, son empleados que se han dado cuenta de que no les pueden despedir.
¿Se imagina usted saber que haga lo que haga, su jefe no puede despedirle? Si no trabaja no pasa nada, si no va a la oficina no pasa nada, si no cumple las normas no pasa nada, si genera pérdidas no pasa nada,…
Menudo chollo. Igual la empresa se hunde, pero hasta entonces, lo que iba usted a disfrutar.
Y tienen razón. No vamos a votar/contratar a otros porque nos han dicho que es tirar el voto. No vamos a despedir al que hemos puesto nosotros porque el otro -creemos que- es peor.
Nos han convencido de que no hay más empleados en el mundo, que tenemos que elegir siempre de una bolsa de empleo creada por ellos mismos a través de los partidos políticos. Una vez contratados, fijos. Pero de los de verdad.
Nos hemos quedado sin capacidad de control. Lo hemos regalado.
Porque no sabemos ser jefes.
