Cuando uno se convence -o le convencen- de que quien tiene delante es un enemigo y no un ciudadano con una opinión distinta, casi todo vale.
Lograr llegar a un punto de polarización así es realmente valioso para un mal político, porque lo justifica todo; ante el mal absoluto, todo lo demás es un mal menor.
En ese todo lo demás, desgraciadamente, cabe mucho y el mal menor nos lo acabamos comiendo unos y otros con escándalos diarios.
En realidad males absolutos hay pocos y es necesario no banalizar cualquier otra diferencia de opinión como si fuera lo mismo porque se le resta valor a lo realmente grave. Mal absoluto es el nazismo, el genocidio, los crímenes de lesa humanidad, el terrorismo, una Guerra Civil,… Seguro que no es necesario un listado completo, nos entendemos.
Un sistema democrático no es el mal absoluto, aunque de cabida a pensamientos que no nos gustan, planteamientos que creemos realmente perjudiciales o que sean directamente contrarios a nuestra ideología.
Siendo más específicos; que gobierne la derecha en una democracia no es el mal absoluto.
Para un progresista será siempre algo a evitar, un motivo para argumentar en contra, para movilizarse y un aliciente para convencer a quien se pueda convencer, pero no lo justifica todo.
Básicamente porque un verdadero progresista sabe de la importancia de defender las instituciones democráticas ya que aseguran, entre otras cosas, que quien quiera pueda ser progresista, socialista, socialdemócrata, comunista o incluso anarquista.
Para evitar que gobierne la derecha -en una democracia- no vale retorcer la Constitución para hacer una amnistía a cambio de una investidura. No vale modificar lo que es malversación, no se debe aceptar tener un mediador internacional para hablar sobre una Comunidad Autónoma.
No es mejor estar sin Presupuestos por evitar unas elecciones. Es más, evitar unas elecciones para que no gobierne la derecha, tampoco es mínimamente aceptable.
Lo que sí está justificado hacer para que no gobierne la derecha es ofrecer mejores soluciones a los problemas de la ciudadanía, fortalecer las instituciones en vez de debilitarlas, reforzar los controles para que la contabilidad de los partidos no sea un cachondeo, no amparar, ocultar, silenciar o mirar para otro lado cuando un compañero incumple los más básicos estándares de decencia, por ejemplo, con el trato a las mujeres.
No todo vale. No vale cómo está el CIS, la Fiscalía o aplaudir a ministros dedicados al insulto zafio.
Si uno mueve la línea roja de lo justificable más allá del respeto a las Instituciones, la Ley y la Democracia, deja sin amparo, indefensos, a quienes las necesiten en un futuro.
Para no acabar pensando como algunos ya pusieron en práctica, es mejor siempre una España democrática antes que fanática.
