Nos roban nuestra nada. De la misma forma injusta y auto infligida que el pecado nos separaba del placer, del amor, de nosotros mismos.
Supimos rebelarnos contra esa moral impuesta de cilicio, culpa y repetición lastimosa de pecados por los que disculparse ante otros. Esos otros que también éramos nosotros juzgando a otros. De penas falsas, de lutos impuestos, de relaciones acotadas y sentimientos asfixiados.
Fueron años de pequeños pasos, imperceptibles, que resquebrajaban un orden estricto y mohoso salido del miedo y la dependencia. Hoy vemos los restos con estupor y convivimos con facilidad con quienes han adaptado sus creencias religiosas al respeto a otros y a uno mismo.
Libres de nuestras propias losas, siglos y siglos después. Por fin conscientes de que más allá de un dios, otro o ninguno, estamos los que estamos y de nuestra bondad dependemos.
Esos pasos, todos esos, habrá que empezarlos de nuevo para llegar a otro futuro que no veremos. Casi libres del pecado, ahora vivimos presos del todo en todo momento.
La culpa del pecado por la culpa laica del «debería estar haciendo algo». La culpa sin dios de necesitar más dinero y más trabajo porque así lo creemos. Ese señalar al otro, que es menos, que hace menos, que está en menos.
Sin Iglesia, acudimos al templo de las redes sociales. De una comunidad a otra, de unos bailes -ojalá Gospel- a las coreografías de Tik Tok. Hay más predicadores que nunca y en más formatos de los jamás imaginados. Todos haciendo sin parar, explicando todo lo que deberías hacer.
Subes lo que puedes. Tu historia dura 24 horas. Tras ellas no estás, salvo que llenes de más y más.
Terrible, porque somos mucho menos, nos basta con muchísima más cantidad de nada de la que tenemos. Es un nuevo pecado que nada tiene que ver con la pereza, que ahora es fruto de análisis sobre procastinación.
La pereza no es nada, la pereza es algo. Y necesitamos volver a la nada. Mirar a la nada, pensar en nada, hablar de nada. No poco, que es minimalismo. Nada.
Somos mucha más nada de lo que nos creemos. Reivindiquemos más nada para así saber cuando algo, es realmente algo.
