Un mundo irreal

Que nadie se ofenda, que nadie sufra, que a nadie le duela nada. Que no falte, que no queme, que no arañe. Que lo espere, que no asuste, que nada tema.

Nunca antes una sociedad había hecho tanto por evitar cualquier mal, emocional, a sus generaciones más jóvenes.

Protegidas las identidades como nunca, los deseos, los sueños y las pasiones. Ante la duda, se cancela, que más vale evitar cualquier posible estrés emocional injustificado.

El drama es que fuera de los guiones medidos, las expresiones controladas y la supuesta libertad sexual el mundo sigue siendo el mismo espanto de siempre.

¿De qué sirve proteger del estrés a nivel teórico si luego no hay empleo fijo? ¿De que sirve poder ser lo que se quiera ser si luego no se puede?

Crecí viendo películas y series donde se reflejaban un mundo que era básicamente un horror, injusto, donde todo era una pelea (en sentido figurado o literal en el caso de Rocky). Mostraban la crudeza de la sociedad, lo duro que era el mundo fuera.

Cuando te tocaba salir a ti a ese mundo, al menos sabías que no era un campo de rosas. Sabías lo que te gustaría cambiar, lo que no ibas a tolerar, por lo que había que luchar.

Ese mundo ha cambiado poco. Sí, ha mejorado algo, pero sigue siendo una selva donde desde que te despiertas hasta que te acuestas hay alguien que quiere quitarte tu dinero, por resumirlo mucho.

No hemos sido capaces de mejorarlo todo lo que nos propusimos, pero en cambio estamos educando a nuestros hijos como si lo hubiéramos conseguido.

Les hacemos creer que pueden tenerlo todo, que si algo les estresa pueden dejarlo, que las injusticias se denuncian y listo, que nadie les puede ofender, dañar ni decir lo que son o dejan de ser.

Y no, para nada es así. Debería, pero no.

Ahora que se lleva tanto, podríamos decir que les hemos colado un relato que poco tiene que ver con la realidad. Para colmo les traspasamos la presión de que el mundo debe respetarles, tal y como les hemos dicho que sucedería.

Pero no les van a respetar siempre. Les van a insultar y dañar. No hace falta que les metamos a boxeo para que devuelvan los golpes ni atemorizarles con que las calles son lugares oscuros y peligrosos como nos contaban a nosotros, pero asumir cierta injusticia es esencial.

No se ofendan. No es que vayamos a tolerar injusticias a nivel Derechos Humanos, pero sí asumir que hay infinitas formas de educar, que la sociedad no es uniforme y que antes o después ocurrirá algo injusto porque la vida y el mundo no es un reparto perfecto.

Por ejemplo; No toleremos el insulto, pero enseñemos a superarlo. No neguemos su existencia ni la posibilidad de que lo vayan a usar contra nosotros.

Si no separamos bien el «no debería ocurrir» del «no te puede ocurrir», acabaremos empeorando esta sociedad en la que crece de forma abismal el uso de antidepresivos, las frustraciones, la soledad y la anomia social.

Asumamos que el mundo no está arreglado, hagamos responsables de seguir mejorándolo a los que vienen, pero no les engañemos porque ahí fuera hay corrupción, machismo galopante, sueldos de mierda, horarios abusivos y miles de sueños rotos.

Nosotros sabíamos lo que había, parece lo justo.

Etiquetado con: