Lobo (23)

“… encontramos por fin un lugar. Asunción nos dijo que sabía de un edificio abandonado donde había trabajado, que llevaba mucho tiempo vacío, medio destruido. No engalanó nada la descripción del lugar, así que no nos llevamos ninguna decepción al verlo. Todo lo contrario.

Era una casa para nosotras, con un salón, con una cocina que iríamos poco a poco creando con herramientas de camping y con un baño. Allí pasamos nuestras mejores noches, allí casi fuimos felices. Más bien supusimos de lejos lo que debía ser esa sensación.

Adornamos aquel lugar hasta convertirlo en nuestro, hasta hacer de él un espacio libre, donde poder ser. Dejábamos nuestra ropa en un armario de la entrada y subíamos a la tercera planta sin miedo, puras, tranquilas. Miriam nos esperaba, cuando llegaba antes, porque no podía subir sola. Daba saltitos para avanzar, pero de no ser por nuestra ayuda, habría rodado escaleras abajo no pocas veces.

A veces hablábamos, otras simplemente éramos. Miriam disfrutaba el silencio, moviendo su boca tal y como hacen los peces, disfrutando de estar en el falso acuario que pudimos montar. Ella sentía el agua que no había, era todo lo pez que podía ser.

Asunción se ausentaba a veces, encerrándose en su habitación. Nunca he conocido a nadie disfrutar más del sexo que a ella. La envidiaba, deseaba gritar como ella, llegar a ese placer que nos narraba tras volver al salón. No necesitaba a nadie, le bastaba poder ser libre para entregarse a todas y cada una de las piezas de su infinita colección de vibradores, dildos, correas, pinzas, máquinas, geles, succionadores, cuerdas…

Me ayudó mucho, me enseñó a disfrutar como mujer, a sentir más allá de donde mi cuerpo siempre remitía la exitación”

-¿Tenían todo una casa montada y ahora no hay nada? -Lucía, que había guardado la pregunta, interrumpió cuando por fin Laura detuvo su frenética lectura.

-Eso parece

-Me vuelvo a perder. ¿Qué pasó con todas las cosas?

-No lo sé. Sigo.

Laura mantuvo el mismo ritmo de lectura, manteniendo a Lucía tan pegada a su voz como a la historia. El relato de Rocío era absorbente, formativo, clarificador. La siguiente pausa, forzada por el contenido, llegó con la mención a Lobo.

“… ese es el nombre que nos dio, el único que llegaríamos a conocer. Al final, al que llamaré morir para terminar mi historia, fue un acuerdo. Es la mejor forma de definirlo.

Pero no empezó así. Al principio todo fue miedo, mucho miedo. Entró en nuestra casa vestido de militar, con un cuchillo en la mano gritando que nos tenía, que ya estaba bien, que íbamos a pagar por lo que hacíamos.

Sentadas, acorraladas en el sofá, nos enseñó los vídeos que había grabado. Éramos nosotras. Prometió que el mundo entero se enteraría de lo que éramos, de lo que hacíamos. Repetía que destrozaría nuestras vidas, que lo haría, que lo haría.

Yo no pude moverme, Asunción ni siquiera abría sus ojos.

Miriam cambió el gesto de su rostro, volviendo a ser humana, para responderle.

-¿No preferirías matarnos?