ADN Mutado

Durante años, las remontadas estaban ahí. Parte de la historia, a un lado de tantas otras opciones para ganar. Se sabía que podían pasar. De vez en cuando, ocurría.

La afición las aceptaba y las celebraba, pero ese Chamartín silencioso y juicioso transmitía de fondo cierta duda con ellas. Frente a un tres a cero, nada.

Pero seguían apareciendo. Ganar obliga y una vez tras otra las gargantas se desgarraban en sacrificio a una nueva celebración. Tres puntos, una clasificación, no perder. Vale, se acepta.

Pero si solo vale la victoria, si la conviertes en modo de juego, en esencia de la superación, no hay más que rendirse a ellas.

Poco a poco, el Madrid las fue entendiendo a pesar de las reticencias iniciales. No son lógicas, no permiten una explicación y huyen de los análisis de los que quieren saber de fútbol. Las remontadas son, sin más.

Cuesta superar esa barrera racional, aceptar que en este deporte para un equipo hay algo que no es tangible, ni se le puede poner precio a aquello que muchos tienen dinero para comprar. Lo intentan y nada.

El Madrid superó el escepticismo en un salto de Fe hace algún tiempo. Como Indiana Jones, ya han puesto las piedrecitas y saben que hay puente. Tardó en romper lo que le ataba a una forma de jugar y rendirse a ser una forma de ganar, pero hoy la comunión es perfecta.

Mutó el ADN del aficionado, mutó el del Club, se transformó el Bernabéu. Misma cadena genética, pero con una evolución diferente al resto. Un cromosoma hacia la especialización en la victoria. No asegurada nunca, pero unida a lo que ya es.

La afición hoy no puede estar más cerca del equipo, el estadio acompaña. Un día una voz empezó a cantar eso de «cómo no te voy a querer» y propagó la mutación en toda la afición. Lo latente, despertó.

Del análisis futbolístico a la fusión con la victoria, de las quejas a la entrega, de haber escuchado pitos a rugir porque se puede. Que nos metan gol, que queden apenas dos minutos, que sea el tiempo añadido, que el rival pierda tiempo, que sea el último córner. Da igual, si se va a remontar.

Los futbolistas que llegan al Madrid se infectan en semanas. De golpe pasan del alemán, el inglés o el francés a un perfecto «así gana el Madrid» que sale de lo más profundo. ¿Qué futbolista no quiere vivir esos momentos? ¿Quién no sueña con meter los goles decisivos? En el Madrid, puedes.

Mientras, los rivales dudan entre no ganar -empatando-, o meter goles para perder. Va a pasar. Si el Madrid no ha metido en setenta minutos tirando a puerta una y otra vez, meterá los goles que sean necesarios una vez esté perdiendo. Lo saben. Punto. Y si es la Champions, más.

Cuando sabes que algo va a pasar, pasa. Es una predicción que se autocumple. El rival lo sabe.

Los de blanco empiezan a correr como locos justo cuando ya no puedes más. Los gemelos se les bajan cuando tú los tienes subidos, los pases los mandan al pie cuando tú ya fallas los tuyos. A tu portero, que no había dudado en todo el partido mientras estaba empate, le tiemblan las manos en cuanto vais ganando. La pelota va a rebotar y habrá uno de blanco. Van a llegar a ese balón al que no llegaban antes del gol en contra, el defensa va a regatear en la frontal del área, el delantero te va a quitar el balón en tu contragolpe, el que roza los 40 se va a recorrer el campo y te va a adelantar. Tu mano a mano con su portero será inútil, lo va a parar. Aunque vaya dentro. Aparecerá en la línea de gol una bota que despeje.

Habrá tiempo incluso cuando ya no quede tiempo. Ellos, hasta el final, porque al final, ganan.

Es la norma, es una mutación, es lo que ocurre. Lo raro pasó a ser lo contrario. Qué error sería no disfrutar de algo así.