Choque de realidades y pingüinos

No es sencillo convencer a cinco personas para ir a hacer un homenaje a un bolardo. Hagan la prueba si quieren. Imaginen convencer a 300.

No es una caricatura, es un pequeño síntoma de un problema de dimensiones más que considerables y cuyos frutos, al jugar siempre con la interpretación interesada de la realidad, maduran a veces de forma difícil de digerir.

Crear una realidad colectiva tan grande, con tantas incoherencias pero tan sólida al mismo tiempo, es sin lugar a dudas el mayor éxito del independentismo. Además es un paso imprescindible para crear un relato que justifique lo que se necesite en cualquier momento y oportunidad. Si lo piensan, se parece mucho a una creencia religiosa.

Mantenerlo en el tiempo también es un esfuerzo enorme, especialmente cuando de manera diaria su realidad choca frontalmente con la “general”, por llamarlo de alguna forma.

Con la publicación de la sentencia del “Procés” este choque de realidades ha provocado lo que podríamos llamar finamente “espacios de incompatibilidad social”. Es decir, que realidades tan distintas no pueden convivir con normalidad ante un hecho puntual que determina la veracidad de una frente a la otra.

Esto lleva a una serie de reacciones fácilmente identificables entre las partes:

  1. La rebelión contra la sentencia. No cabe la posibilidad de asumir lo que dice, la mera existencia pasa a ser una prueba irrefutable de su propia realidad. España es un Estado fascista, si hace falta, con tal de no flaquear en la construcción de mi marco mental. En realidad ninguna opción hubiera sido válida, puesto que venía del enemigo. La absolución total hubiera sido muestra de cómo les han reprimido sin motivo, una sentencia más dura hubiera enfurecido sus ánimos y la sentencia como tal es igual de mala porque al fin y al cabo les condena. Su situación es la más delicada y la que más provoca escenarios “tensos” al sentirse atacados. Para colmo las contradicciones en su grupo aumentan, se fracciona más y permite espacios de mayor radicalidad.
  2. El “se ha quedado corta”. Aquí entran aquellos que siempre desean más de lo que hay. Esperaban que la sentencia no sólo determinara una realidad contrastable, sino que generara una nueva más activa, la justificara y saltara directamente contra la opuesta con voluntad activa de eliminarla. “Son golpistas que deben estar siempre en la cárcel, esa violencia es terrorismo, quieren romper España,…”
  3. La pena. Una zona intermedia muy habitada por la comodidad que representa, especialmente en medios de comunicación, referentes sociales, etc. Se asume que el choque de realidades existe, forman parte de una de ellas pero comprenden la existencia de la otra y desearían que existiera una convivencia pacífica que no es posible. Esperan que todo sirva para evitar llegar al espacio de conflicto, incluso lamentan que una herramienta tan acotada como es la Justicia haga aquello que debe hacer y no lo que debería poder hacer. Saben que la solución implica pasar por zonas de más conflicto (ya sea verbal, político, social…) y lo evitan. Creen firmemente en la posibilidad de que ante cada pico de tensión se vuelva a la calma sin avanzar realmente hacia ningún lado. “Así no se arregla nada, estamos peor que ayer, no deberíamos haber llegado a este punto,…”
  4. El hastío. Personas que perfectamente han podido estar durante algún tiempo inmersas en las distintas realidades, que incluso han pasado en algún momento por la fase de “la pena” y que finalmente han asumido la existencia del problema y tratan de evitar sus consecuencias. Se reconocen claramente en la realidad mayoritaria, conocen la contraria y a pesar de compartir “pena” por todo ello, se han separado emocionalmente y su principal preocupación es el hartazgo que les provocan las consecuencias del choque de realidades. Les parece bien el diálogo, las reformas, el 155 y, si hace falta, que la policía cargue. Cualquier cosa menos alargar indefinidamente la situación. Valoran positivamente la sentencia, no les entristece especialmente, les alegra que no haya sido usada para otra cosa (así lo sienten) y esperan pacientes que su número crezca de manera natural, de la misma forma que ellos llegaron a formar parte de dicho grupo.

 

Como todo ahora tiene una repercusión electoral, aunque se podría terminar aquí el artículo, podemos entrar en el morbo. ¿Cómo afecta entonces todo esto a las elecciones?

Se pueden imaginar que la reacción 1 es claramente independentista, de ahí la fuerza de la transversalidad que han logrado en Cataluña entre derecha e izquierda. Beneficiados ERC, CuP (qué casualidad que se presente a estas Generales, ¿no?) y Torra.

La reacción 2 es prioritariamente VOX, pero con espacios compartidos con el PP. Porque ahora veremos que Casado no renuncia a votos de otros grupos ya que este espacio si bien es grande, no lo suficiente. Parte de Ciudadanos igual, a caballo entre esta reacción y otra.

La 3, de ser algo, es Podemos, Más País, Comunes, Colau y un trozo del PSOE. Sólo un trozo porque Sánchez se mueve mucho. Originalmente es el espacio de los socialistas (electoralmente hablando, conviene recordarlo) pero no suele estar demasiado premiado en momentos de gran polarización. Por eso el PSOE mantiene un pie aquí, especialmente  por el peso mediático en las tertulias y por los referentes que lo defienden.

Reacción 4. Un espacio creciente. Es decir, el maná para los partidos ante unas elecciones. Aquí viene Casado, aunque no Cayetana. Viene Rivera para que no le vean demasiado en la 2, donde rivaliza con un pez mucho más definido. Y lleva llamando a la puerta Sánchez desde que supo que se repetían elecciones. No es un espacio mediáticamente favorable, pues eso está más copado por la reacción de “pena”, pero saben del caladero de votos que representa. Ningún partido está definido aquí, así que viene a ser la Antártida electoral. Todos ponen sus bases, pero no pertenece a ninguno.

Para colmo, es un espacio difícil, ya que el mismo hartazgo generado ante las dos realidades es compartido hacia los responsables y actores principales de dichas realidades. Es decir, el votante del 4 no siente especial afinidad por esos partidos que no dejan de querer visitarles. Son, por decirlo de alguna manera, los pingüinos, que bastante tienen con soportar el frío, buscar comida y cuidar a sus polluelos.

Estar para siempre

Al menos le llegaban tres cartas. Una se la daba su madre, otra un amigo de su padre y otra llegaba por correo.

Era una garantía de seguridad, porque las tres eran iguales. Lo importante es que llegaran, siempre, pasara lo que pasara. Incluso esas tres personas tenían instrucciones de ceder el testigo a alguien más si era necesario.

En cada cumpleaños, cuando empezó la universidad, cuando la terminó, cuando empezó su primer trabajo, cuando lo dejó, cuando conoció a su novia, a la siguiente y a alguna más. Suponía que le llegarían también cuando se casara, tal vez cuando se divorciara, cuando tuviera hijos,…

Le sorprendía la capacidad de previsión que había tenido su padre, el nivel de detalle con el que había previsto todo posible paso en la vida y algunos extras más. Tuvo cartas incluso cuando repitió curso, algo que en principio no era lo esperado. Pero llegaron, como si hubiera una para cada posible devenir de la vida, para cada giro, acierto o error.

Realmente funcionaban. El recuerdo de su padre apenas fue necesario porque en realidad siempre estaba. Tal vez estaba olvidando sus gestos, su cara, jugar con él, pero por el contrario no tuvo nunca la sensación de que le faltara.

Se lo contó su madre, pero también lo hizo su padre en una de las primeras cartas que pudo leer. Le dieron unos meses de vida, se encerró en su despacho y estuvo escribiendo hasta que la sedación le convirtió en un cuerpo preparado para morir.

Invirtió esos meses en asegurarse que le acompañaría siempre, que tendría unas palabras, un consejo, una opinión.

Y creció sabiendo que volvería a saber de su padre antes o después, que en aquellos meses había estado toda una vida con él, imaginándola y viviéndola con detalle.

Fueron pocos meses para su padre pero para él, a cambio, toda una vida juntos.

El último superhéroe

Desde fuera era absolutamente normal e irrelevante, contratado al peso.

Como el resto, sabía que la felicidad estaba bastante cerca, que bastaba con mandarlo todo a la mierda, echarle huevos y cambiar su monótona rutina por una casa maravillosa en alguno de esos pueblos de la España vaciada. Los cálculos daban perfectamente y con mucho menos podría vivir mucho más.

En cambio, en 1970 -o incluso en 1980- hubiera sido un héroe. De los de verdad, de los que tienen poderes, de los de las películas. De haber sido necesario incluso se hubiera puesto calzoncillos sobre los pantalones y una capa del color que fuera necesario.

Por tener, tenía hasta su Kryptonita. Pero una real, no un trauma infantil ni una depresión por problemas de identidad.

Un héroe obvio, sin problemas más allá de combatir la maldad, la tiranía y los desastres naturales. Le gustaban sus poderes, los disfrutaba y podría haber sido protagonista de maravillosas películas y cómics.

Pero nació tarde. Cuando descubrió ser un superhéroe estaba rodeado de antihéroes. Mientras que él sonreía por la calle, disfrutaba de un helado y se iba de cañas con sus amigos, quienes copaban las series de fantasía eran personajes destruidos por su soledad, hundidos por su pasado, atormentados por los abusos sufridos en su infancia.

Trató siempre de hacer las cosas bien, de ser perfecto. Para eso sabía que era un héroe. Mientras, los caóticos monopolizaban la fama. Robaban, insultaban, maltrataban a sus parejas, decían tacos, despreciaban a la gente, odiaban al Gobierno, se cagaban en la policía, conducían temerariamente y… eran adorados.

Por eso acabó trabajando en aquella oficina ultracompartimentada. Creció en una sociedad inmune a sus poderes, obsesionada con la imperfección de aquellos antihéroes en los que se reconocían. Todos se había olvidado de los supehéroes, de la ambición y el esfuerzo de querer ser como ellos, de luchar por mejorarse y salvar el mundo. Mucho más fácil convivir con héroes con los mismo defectos, miedos e inseguridades, que no te obligan a mejorar, que simplemente te exigen tener una mínima evolución, un resquicio de empatía como gran acto de bondad.

Frente a eso, su velocidad era ofensiva, su fortaleza un abuso, su visión de Rayos-x una violación de la intimidad, su capacidad para volar un peligro, su exagerada masculinidad algo absolutamente inapropiado. Nadie quería sentir la obligación moral de imitarlo, de ser conscientes -por comparación- de sus individualistas vidas. Lo que pedían es que no existiera, no verlo.

Imposible encajar. Convivía en un mundo donde las virtudes eran defectos y los defectos virtudes así que madrugaba cada mañana, fichaba y volvía a su casa tras 8 horas delante de un ordenador.

Tirado en el sofá, se ponía alguna serie.

La innovación de Sánchez

Se supone que es algo reservado a los analistas, a los asesores de campaña, a los “spin doctor” (sean lo que sean), a los grandes estrategas electorales, pero gracias a tantas y tantas series sobre ello cualquiera de nosotros sabe que en una campaña electoral marcar la agenda es fundamental.

Hay más cosas, claro. Saber el marco o encuadre de cada formación y de los votantes potenciales, el análisis acertado de las encuestas -de calidad-, la construcción del candidato y el tan manido pero no menos importante relato.

Pero la agenda es fundamental porque hace ganar o perder como casi ningún otro parámetro. El motivo de que esto ocurra es sencillo; si durante la campaña se habla de aquello que es mi fortaleza, lo votantes me percibirán como la mejor solución y, se supone, me votarán.

Pablo Iglesias estas cosas las sabe, claro. Por eso lleva horas luchando por dejar de hablar de Cataluña y meter otros temas en el debate público. Lo ha hecho sin sutilezas, pidiendo directamente hablar de otras cosas. El ejemplo es bueno. Si la campaña va de Cataluña y la sociedad está -como está- polarizada, la posición de Podemos sobre dicha Comunidad tiene pocos votos que rascar, más bien lo contrario.

Para el PP es un lujo, como para Ciudadanos -prueba de ello es la propuesta de moción de censura- porque son parte directa de ese discurso, los primeros de la clase por decirlo de alguna manera.

Si la campaña va de hablar de la unidad de España, Casado y Rivera pueden dedicarse simplemente a rivalizar entre ellos, algo mucho más sencillo que tener que convencer a los votantes con sus propuestas sobre justicia social, protección del Medio Ambiente, las inversiones públicas, el intervencionismo y un largo etcétera.

¿Y Pedro Sánchez?

Esto es lo innovador de este candidato. Mientras el resto de partidos mantienen y defienden intacto su “frame” (el marco y posicionamiento ideológico básico y la forma y lugar desde donde se interpreta la realidad), Sánchez lo cambia cada vez que se presenta a unas elecciones -ya sean internar o externas-.

Es muy positiva la capacidad de adaptación en política, pero nadie había llegado al punto de cambiar, en cada campaña electoral, todos los marcos y agenda de su partido.

Sánchez puede ser en una campaña rival directo de Casado con la bandera de España más grande. En otra puede defender un Estado Plurinacional. En una puede estar lejos del 155, en otra puede estar con la amenaza de activarlo a cada paso. Puede incluso ganar unas primarias con un marco absolutamente a la izquierda, posicionándose al lado de Podemos y en meses hacer una campaña moderada y centrada lejos de Iglesias.

De golpe aparece ante sus votantes como un candidato tan de izquierdas que los “grandes poderes económicos y mediáticos” del país le censuran y le impiden formar gobierno como es en las siguientes elecciones el candidato del establishment, mano a mano de las principales empresas del país y hermanado con los medios de comunicación.

Esto, que a priori nadie le recomendaría a un partido ni a un candidato, es la esencia de un Pedro Sánchez que no sólo recuperó la Secretaría General del PSOE, sino que llegó a ser -y sigue siendo- Presidente del Gobierno.

Tiene un coste. Personal y político para su partido también. La indefinición actual del PSOE es una debilidad a medio plazo ante los votantes. Si el líder termina por caer en algún momento y sus admiradores se quedan huérfanos, no habrá una cama ideológica clara donde refugiarse. Tras tanto movimiento ideológico pendular la reconstrucción de la fiabilidad del PSOE será larga y costosa.

Empieza de nuevo una campaña y esta vez Sánchez vuelve a la bandera de España. Habrá que ver si su capacidad camaleónica logra resultar más creíble que el posicionamiento habitual del PP ante una agenda tan favorable.

Cabe añadir, por último, que en tiempos de incertidumbre (económica, política, social) como el que vivimos, el votante busca lo más seguro. Parece que los asesores de Sánchez lo saben, queda saber si han medido bien la fuerza de la competencia y la capacidad del electorado de olvidar y creer.