Una filloa pendiente.

Este texto nunca debió ser leído más que por una persona.

Esa persona debía memorizarlo y a ser posible, en gallego. Era lo justo, lo correcto.  Su espacio no es este, no se tecleó para aparecer en una pantalla, encerrado, sino para disfrutar de una fiesta abierta, en la que el esfuerzo de cientos de vecinos hacen que la Filloa de Muimenta sea tanto como merece.

Ahora más que nunca se notan las diferencias importantes, las distancias, lo que perdemos. Claro que pensamos en la familia, claro que no tenemos más remedio que acordarnos del trabajo, pero en la ecuación faltan piezas importantes.

Compartir tiempo juntos. Esa era la ideal central de un pregón que no podré dar hoy, pero que espero me reserven para más adelante y así no perder el honor de poder ser parte de A Festa da Filloa de Muimenta. Poner voz a la dedicación diaria que conlleva, a la apetitosa acumulación de filloas y al compromiso de tantos por mantener viva una tradición tan esencial es un regalo que espero poder compartir lo antes posible con todos ellos.

Vamos a necesitar más que nunca recuperar estos momentos, para volver a sentirnos juntos. Para volver a saber que el paladar no reconoce distancias, sino que se deleita con los sabores. Fácil, si hablamos de filloas.

Estar uno al lado del otro, para mejorar al resto. Es algo que ya sabíamos hacer mucho antes de que una pandemia nos pusiera a prueba y es precisamente lo que nos está robando en estos días así que no cejemos en el empeño de recuperar lo que es nuestro, lo que nos hace ser como somos.

Me pidieron brevedad para el pregón, y voy a respetarlo incluso por escrito.

Celebremos la fiesta, compartamos nuestra comida, bailemos la música que suene y no olvidemos que dentro de poco estaremos rebosantes de felicidad… y de filloas.

Yo, el primero.

#Filloa #FestaFilloa #FestaFilloaMuimenta

La novela que no sale

Qué rematadamente difícil es escribir una novela cuando deseas hacerlo pero se ahoga en la primera fracción de segundo, cuando desaparece nada más haber aterrizado.

No va, incluso cuando se la fuerza como a un motor. Ni escribiendo a trozos, ni saltando a artículos, ni metiendo aceite con breves relatos para que fluya.

No está apagado, es peor. Se puede seguir escribiendo, pero sin que se cuente lo que en realidad se desea narrar. Hay que contar algo, pero qué. El cómo está, se ha probado y aún pudiendo perfeccionarlo -siempre- no se olvida.

El vacío de pensar que no hay nada que contar, cuando es lo que apenas sabes hacer medio bien. Se puede dejar de ser, aún sabiendo hacerlo.

Poder describir un momento, la luz que lo acompaña y los ruidos que lo dotan de sentido. Esas manos apoyadas en el sofá, con el mando de la televisión agarrado por inercia. En la televisión dibujos que les han obligado a poner en inglés, lo que hace que su interés baje por minutos pero que compiten todavía contra cualquier otra nada en la que les ha metido la cuarentena interminable. Paseo de ida y vuelta al desayuno frío que sigue en la mesa porque el porque el pequeño no termina nunca y de nuevo ante la pantalla, para joder al mayor. Gritos, empujones y el mando más agarrado que nunca. Ser mayor es tener ese mando.

Y se puede describir para nada, como ahora. Que es lo peor. Trozos que acaban acumulándose en olvidos, en breves emociones de que casi esa vez sí.

Acción, todo es movimiento y las cosas que van pasando, te dices. Pero pueden ocurrir y que tampoco sean nada, como casi todo lo que ocurre últimamente.

Y eso que el labio le sangraba, sumándose a un rostro descompuesto por los golpes. Apoyado en los codos, primero el brazo derecho y luego el izquierdo, de nuevo en pie. Apenas le podía ver ya, lo justo para esquivar de nuevo un par de golpes que sabía le llevaban a la trampa de otro que impactaría sobre él. Tal cual. Dejó no solo de ver, sino de sentir. Se ahorró el duro contacto contra el suelo y el ruido de su tabique al crujir por completo.

Abandonado, se levantó cuando por un extraño motivo sus ojos se abrieron un instante, borrosos, pegados y limitados por la inflamación de sus pómulos y la nariz. Ni cartera, ni reloj, ni móvil. No esperaba menos.

Llegó a la calle principal dando más asco que pena; lo notó por la ausencia total de ayuda. Se tiró sobre un par de personas, que se negaron a servir siquiera de apoyo. No le importó demasiado, pero en una de esas caídas la rodilla no sonó  bien.

Cojo siguió, como podría yo seguir narrando su historia. Con el mismo poco sentido, las mismas pocas probabilidades de llegar a algún sitio y con menos todavía de que alguien evite que este nuevo texto caiga al suelo.

Otra vez que no, que nada. Puede que no lo noten, pero esto es agobiante.

 

Después, seguiremos igual

Si el coronavirus pasa, si realmente pasa, es muy probable que nada cambie.

No seremos una sociedad diferente, no se alterarán por completo nuestras costumbres, no habrá un renacimiento en nuestras formas de convivencia.

Si pasa, nos olvidaremos del vecino con el que aplaudimos porque volveremos a no tener casi nada en común, volveremos como locos a nuestras rutinas, no nos pondremos más mascarillas y llenaremos los bares. Será cuestión de tiempo. Salvo que después de este coronavirus venga otro y otro de manera seguida, salvo que a partir de ahora vivamos luchando contra un virus nuevo de forma constante, no vamos a cambiar.

Cambiar hábitos y costumbres lleva vidas enteras. Un mes -dos meses, tres meses- encerrados está muy lejos de hacer que una sociedad cambie, sobre todo cuando hablamos de comportamientos esenciales.

No vamos a ser mejores. Ni peores. Es mentira que no valoremos la Sanidad. A la Sanidad la valoramos muchísimo, más cuando hay una crisis, pero de aquí a que volvamos a votar habrá otro foco de atención.

No se nos olvidará lo ocurrido, tendrá más espacio en los discursos de campañas cercanas, pero nos diremos que ya ha pasado, que hay más cosas, que ahora el problema es otro. Como siempre.

Si fuéramos de otra forma, si como sociedad se actuara aprendiendo a la primera no habríamos llegado a este punto tan desastroso. Hay que presuponer que seguiremos contaminando, usando el coche, dejando el teletrabajo abandonado. Bueno, tal vez teletrabajemos más, pero porque la tendencia ya estaba iniciada, la costumbre nueva estaba ya en marcha y esto ha sido un acelerante.

No es pesimismo, es evitar lamentos cuando salgamos. Es rebajar la épica, para que el golpe no sea tan duro. Ahí fuera no ha cambiado nada, ni nosotros lo suficiente salvo que -una vez que pase- nos lo propongamos. Pero será, de ser, una decisión colectiva que está por venir y que conlleva hacer un cambio, no creer que lo vivido lo ha sido.

Lo que más durará será el miedo y las -terribles- consecuencias económicas. Justo los dos factores que menos tienden a hacer a las sociedades mejores en conjunto.

En ese día de mañana seremos igual de egoístas, de superfluos, de apasionados por los futbolistas, por Instagram, por la moda, por las playas y las terrazas. Mandaremos al distanciamiento social, día a día, cada vez más lejos mientras nos vamos acercando.

Porque es lo que somos, es a lo que tendemos.

Este confinamiento quedará en las pequeñas cosas, en las imperceptibles, pero no en las grandes. Quedará en ese extra de latas de conservas que compraremos por si acaso, en ese lavado de manos un poco más intenso, aunque se vaya haciendo menos frecuente. En taparnos un poco más al toser, en saludarnos un poco más afectuosamente en el bloque si nos cruzamos. Casi todas, cuestiones individuales no sociales.

Hasta la economía, luchará por volver a lo que sabe.

La prueba es que no es la primera vez que pasa.

Foto: Desinfectando a Pericles. Murió en 429 AC, por una epidemia.

 

Hay que atacar al Gobierno

Cada queja, ataque y petición al Gobierno es una buena noticia. Reclamarle, ponerle a parir, incluso pedir dimisiones es, en estos momentos de crisis, un maravilloso síntoma de que lo importante sigue en pie.

La alternativa es peor. Teman, de verdad, cuando no haya menciones a lo mal que lo hacen unos u otros porque entonces estaremos al borde del caos absoluto. Cuando a nadie le importe lo que haga o deje de hacer el Gobierno (nacional, local, el que sea) -esperemos que no lleguemos a eso- se habrá acabado todo tal y como lo conocemos.

Estamos mal, pasándolo como no lo habíamos pasado en años, pero la máquina sigue en marcha incluso cuando casi todo está parado. Eso es tan bueno, que casi no nos damos cuenta. Nuestro sistema social y político está resistiendo y hay que lograr que siga haciéndolo.

Toca dar las gracias por seguir teniendo oposición y porque puedan dedicarse a atacar y fiscalizar al Gobierno. Dar las gracias porque los medios sigan, incluso los que venden bulos. Aunque el motor no sea ahora mismo el mejor del mundo, es un lujo que siga carburando casi en modo normal.

Todo lo malo que estamos viendo es en realidad un buen síntoma, no debemos olvidarlo.

El resto, como sociedad, vamos también a seguir cometiendo errores, por perfectos que nos creamos. Somos, por naturaleza, seres sociales habituados al exterior y llevamos casi un mes encerrados así que no tratemos de ser maravillosos.  Tratemos de aguantar porque esto no es normal. Así de sencillo, no estamos hechos para esto.

Vamos a criticar, vamos a creernos los bulos, nos vamos a indignar, vamos a gritar contra los políticos, contra los vecinos que pasean a sus perros, vamos a desesperarnos, a tener ansiedad, a ir un día a comprar el periódico aunque no sea esencial. Es normal porque cada uno tiene su lucha, hace lo que puede, como puede. Igual que los gobiernos.

No se pueden hacer bien las cosas cuando todo está mal, porque ni siquiera las hacíamos perfectas cuando todo estaba bien.

Critiquemos y aprendamos a ser criticados. El Gobierno no lo va a hacer bien, nosotros tampoco todo el rato y no pasa nada por decirlo, por desahogarse un poco. Lo importante es que juntos sigamos manteniendo ese frágil pacto social que apenas vemos pero del que dependemos todos.

Sintamos la fuerza de la solidaridad, la esperanza de que cada vez estamos más cerca del final y de que esto pasará.

Porque poder decir “a estos no les vuelvo a votar”, convencidos de que es cierto y que ocurrirá, vale oro. Significa que todo lo importante sigue en pie.