Si lees todo esto, es que se puede.

Actualizamos nuestros móviles, las aplicaciones que usamos, el ordenador y hasta la televisión.

Es a lo que nos hemos acostumbrado, a que cada cierto tiempo las herramientas que manejamos a diario tengan mejoras, corrijan errores, ofrezcan más posibilidades y nos permitan hacer más cosas. Es una lucha constante por adaptarse a las nuevas necesidades, por competir con otras aplicaciones y por satisfacernos como clientes. A cambio les damos nuestra privacidad, tiempo y uso absoluto de la memoria de nuestros teléfonos, pero ese es otro debate.

Mientras estamos acostumbrados a este ritmo de mejora y adaptación constante en todo aquello con lo que compartimos nuestro día a día, nuestros sistemas de participación y acción política siguen quietos. Sin modificación, sin actualización, sin corrección de errores.

Por encima de todo ese entorno político está nuestra democracia, una que compartimos en formas semejantes con el resto de países de nuestro entorno y que, como la nuestra, están sufriendo problemas parecidos.

Su fórmula, absolutamente innovadora en su momento y que tanta fuerza transformadora tuvo en la construcción de los estados modernos, no es capaz de expandirse hoy a nuevos países y ahí donde está presente, su intensidad es cada vez menor.

Nos sirvió mucho porque se renovó. No inventamos la democracia, pero se adaptó a las necesidades políticas de un momento político y social (y económico) muy concreto. Un momento que no se da, por ejemplo, en los países donde la primavera árabe fue incapaz de asentar este sistema y que no se da tampoco ahora en nuestros países, donde está implantada.

La democracia que conocemos y que valoramos -por los éxitos conseguidos- lleva mucho tiempo sin ser exportable. Nos sirvió a nosotros, pero hoy tratamos de hacer llegar el mismo “producto” a otros sin entender la cantidad de cambios que ha habido entre un momento y otro. Intenten usar un cable de conexión de una consola de videojuegos de 1980 a una que haya salido este año.  No es que el cable no funcione, es que no es compatible con el resto de piezas.

El problema es más grande de lo que parece, porque allí donde no se logra asentar una democracia funcional surgen parches, “empalmes”, nada estables y que provocan no pocos cortocircuitos.

No es solamente que no podamos exportar ya nuestro modelo de democracia -algo que nos pone en riesgo porque era nuestro mejor arma en defensa internacional- es que además presenta graves deficiencias de funcionamiento en nuestros propios países. Sigamos con el símil; tenemos un sistema operativo relativamente obsoleto, con puertos de entrada y salida poco compatibles con los nuevos accesorios (jóvenes) y mucha dificultad para ejecutar nuevos programas (nuevos partidos, control más directo, transparencia, listas abiertas,…).

Los comandos usan un lenguaje demasiado codificado, no hay espacio de memoria para actualizaciones fundamentales y apagar y encender no puede ser nunca una opción viable.

Es fundamental renovar nuestra democracia, para adaptarla a unas nuevas necesidades y al cambio completo en la forma de relacionarnos con los demás y con las instituciones.

No es una cuestión meramente modernizadora, eso debería llegar por propia inercia (menos papel, más accesibilidad, relación digital sencilla con la administración y un infinito etcétera), es una reforma de fondo, que está unida a una serie de valores y compromisos que han variado en nuestra sociedad.

La España de 1970 y 1980 compartía unos valores políticos basados en una relación más estrecha entre sus individuos, una memoria reciente de las alternativas políticas, el relato de la guerra y el hambre más próximo y una concepción del trabajo y el ocio que no se puede comparar con la de alguien nacido en 2002.

La sociedad impregnaba de un compromiso político a sus jóvenes, el debate estaba en cualquier lado, la televisión era densa, los medios lentos y profundos, los políticos recientes y el camino a construir y seguir, difícil pero conocido .

Hoy la distracción del ocio es imperante, un opio esparcido sin medida. La velocidad que nos ha permitido correr tanto nos ha quitado el tiempo de reflexión y llegamos a debates médicos y científicos que determinarán el futuro entero de nuestra especie sin que podamos influir. Ni siquiera nos da tiempo a decidir si el planeta está al borde de la destrucción o no, así que seguimos cargándonoslo mientras se plantea el debate.

Firmamos online para cambiar las cosas, escribimos allí donde nuestra reflexión tarda en desaparecer lo mismo que en leerse 140 caracteres o dónde la contestación es un simple click a un “like”.

Y en política el atropello por exceso de velocidad es similar. Cuando descubrimos que nos han mentido sobre “A”, ya se está debatiendo sobre “B”, habiéndonos formado una opinión con lo dicho sobre “A”. Y ese plazo de tiempo para saltar de un tema a otro puede durar solo una mañana.

Dado que es poco probable que el ritmo baje y volvamos a la velocidad de 1980, lo sensato es asentar una serie de valores fundamentales que debemos estipular como sociedad. Una labor que irremediablemente tendremos que hacer, en coherencia con este tiempo, de forma rápida pero separándola del partidismo y la mentira.

Es tiempo de un proyecto nuevo. Eso es una democracia, un valor común que debe enseñarse, que debe ser esencial en la educación, en los medios y en casa para que haya un espacio en la sociedad que sea de todos y nos permita hacer los cambios esenciales.

Porque será clave determinar entre todos objetivos y medios para su consecución.

Hay que redefinir el valor del voto, lo que conlleva y su fuerza (tal vez deba ser más vinculante), hay que valorar nuevas formas de representación (seguimos con la directa o añadimos puestos por sorteo), hay que establecer de forma nítida el peso de los partidos políticos (¿seguimos dejando que determinen el resto de poderes o abrimos formas de listas abiertas y candidatos independientes?) y hay que definir los canales de participación y decisión (voto telemático directo para decisiones relevantes, facilidad o no de referéndums, procesos revocatorios, manifestaciones online).

Ante retos tan profundos como los que tendremos que afrontar en breve, como si los robots con IA deben o no pagar impuestos (¿y votar?) o cómo establecemos un sistema de pensiones y seguridad social ante seres humanos híbridos (con partes mecanizadas), más nos vale utilizar este tiempo, ahora, para asegurarnos poder ser parte de la toma de decisiones y que no acaben decidiendo por nosotros aprovechándose de las malas actualizaciones de nuestro sistema operativo…

De no hacer los cambios necesarios, ni los usuarios querrán usar este sistema (se olvidarán de lo bien que funcionaba) ni los dirigentes pelearán por defenderlo porque para algunos, cualquier otra opción es mejor, como ya estamos viendo con propuestas “simplificadoras” de la actual democracia.

Si queremos seguir siendo parte -esa sería la primera pregunta- debemos fomentar la creación de las herramientas necesarias para poder hacerlo y dejar de dar al botón de “recordar mañana”.

Mis amigos fachas

Ayer estuve con Adela Cortina y Manuela Carmena -que obviamente no son las que dan sentido al título de este artículo-, escuchando sus palabras sobre cómo cuidar la Democracia.

Carmena ha abierto un nuevo espacio de debate, de pensamiento. Eso que otros llaman Think Tank. Lo ha hecho precisamente para eso, para pensar en cómo cuidar entre todos este sistema político que tanto nos da, dio y dará si los planes de Carmena resultan. No se puede negar lo necesario de un espacio así en estos momentos en los que un mal paso nos puede llevar, sin notarlo, a perder lo ganado en siglos de enfrentamientos.

Como pueden imaginar se dijeron cosas realmente interesantes, especialmente referidas a la forma de combatir la desigualdad que era el tema concreto de este diálogo. Yo me voy a quedar con una parte más concreta de esa charla, algo de fondo y a lo que Adela Cortina, como bien hace, le puso el nombre que tiene, el que le dio Aristóteles; La Amistad Cívica.

La recuperada propuesta es sencilla, aunque defendida por pocos. Ayer sí estuvo en boca de Cortina y Carmena y qué mejor ocasión para aprovechar ese empuje y darle desde aquí más espacio.

Se trata de llevarnos bien. De tener las ideas que queramos tener pero saber que es posible la amistad y la convivencia porque estamos en lo mismo. Ahí entran mis amigos fachas.

Lo de fachas es una simplificación, especialmente en un momento como este en el que en política se ha llamado facha a casi todo el mundo, pero sirve para darle la carga emocional necesaria.

No tiene mérito tener amistad con un socialdemócrata, ni siquiera con un liberal. Eso lo hace cualquiera. La clave es el extremo. Tener amigos fachas y más que fachas.

Yo los tengo. En Vox, en el PP, en Falange y en los sitios más insospechados. Aquello en lo que no coincidimos políticamente no podemos estar más alejados, pero en todo momento soy consciente de que quieren lo mejor para todos. Comparten las ganas de vivir tranquilos, de poder tener y mejorar en el trabajo, de comprar una casa, de irse de vacaciones, de poder ahorrar dinero y comprarse algún capricho.

La amistad cívica es ser conscientes de que compartimos el mismo espacio y que los adversarios en el campo ideológico son eso, adversarios. Si fueran enemigos -y esto es lo que algunos quieren hacernos creer- habría que combatirles hasta eliminarlos.

Yo no quiero eliminar a nadie, por facha que sea. Quiero convivir, porque será un éxito compartido basado en el respeto mutuo y en la empatía. Fíjense todo lo que hay dentro de esa frase; Convivir, respeto y empatía.

Con esos pilares la política sería por necesidad otra cosa completamente distinta a la actual. Sería un espacio para llegar a acuerdos, para señalar las coincidencias, para progresar. Un progreso compartido.

Estoy seguro que a esa política volveríamos muchos. A esa, sí.

Sexo y lo que diga VOX

No entremos en sus debates, no usemos sus palabras, no caigamos en su agenda. Mejor el vacío, mirar a otro lado, silenciar los gritos.

Perfecto, hay teorías que afirman que eso ha funcionado más de una vez y en su justa medida, sin duda tiene efecto. Pero no nos pasemos… de listos.

Hay temas y debates que creíamos superados, como creíamos erradicadas ciertas enfermedades y ahí están de nuevo, infectando a gente. A ningún médico se le ocurriría tratar los nuevo contagios cambiando el nombre al virus, negando sus síntomas u obviando sus consecuencias. Lo que hará es sacar de nuevo las vacunas que tan bien funcionaron en el pasado y se pondrá como loco a usarlas.

Con Vox es algo parecido. La libertad sexual, la libertad de los hijos, la educación, los valores, la moral, el amor libre, el placer, la masturbación y un largo etcétera que teníamos superado resulta que de nuevo se pone en duda.

Por agotador que parezca tener que volver a hablar de esos temas, no puede haber mejor escenario. Nos habíamos creído que por educar a una generación el resto heredaría lo aprendido y nos confiamos, porque siempre hay y habrá terraplanistas que crecen en nuestro silencio, en nuestra soberbia y exceso de confianza.

Fíjense si son buenos temas que en el pasado ya vencimos argumentalmente en ellos. ¿Cómo aceptar que la libertad sexual es un tema de agenda de Vox? Eso sí que sería perder en la casilla de salida.

Lo que toca es esforzarse de nuevo. Debatir del Pin parental todo lo que haga falta, hasta que se muestre y demuestre lo que de verdad es. Toca incidir de nuevo en el amor, de quien quiera hacia quien quiera. Que esa libertad no es privada, que es pública. Que no tenemos que ser libres encerrados en casa o en un armario, que nuestra libertad es una expresión social y que ejercerla no ataca ninguna otra salvo aquellas que desean cercenarla.

Nada me hace más feliz que debatir de temas con aristas, filosóficos. Un placer que la política vuelva a ello tras tantos años de debates agotados y agotadores.

Al fin y al cabo son temas que siempre deberían estar en activo, porque atañen a lo que somos y a cómo nos relacionamos. Debatir sobre ellos nos perfeccionan y nos adaptan mejor a la situación del momento.

La ausencia de estos debates en el espacio de la mayoría provoca que queden en los extremos. No es cuestión de igualarlos, pero ahí es donde dejamos de sentirnos representamos los muchos y son los pocos los que nos hacen posicionarnos más en contra que a favor.

Cuando eso pasa, el espacio común se rompe y hasta Vox puede sacar rédito de aquello que estaba superado. La respuesta no es lo contrario, es volver al escenario común previamente configurado.

Negar las propuestas de Vox, por ser claros, no pasa por abrazar a quienes nos plantean una supuesta heterosexualidad que oprime solo por existir, o que las relaciones heterosexuales normalizadas son la recreación histórica del machismo dominante. No es necesario ir corriendo a la necesidad de la penetración anal al hombre para igualar las formas de relaciones sexuales.

Lo resolvimos bien en su momento. Seamos libres y respetuosos. El que quiera y disfrute de una relación heterosexual que lo haga. Que añada todos los tipos y formas de penetración que mutuamente deseen.

Quieres quieran otros tipos de relaciones, que lo hagan. Que las disfruten.

Y así nos respetamos todos, sin decir al resto cómo deben ser, follar y disfrutar o cómo no deben hacerlo.

En ese punto, en ese respeto a la libertad de cada uno, Vox se disuelve porque no es más que una reacción en negativo a una acción que, a priori se plantea en positivo, pero que en demasiadas ocasiones se ha excedido.

Educación, información, respeto y libertad. Y al sexo a disfrutar.

El pin parental

Son ilusos. O les gusta engañarse. No hay más explicación ante esta tendencia por implementar un “control” sobre lo que se les explica a nuestros hijos en el colegio.

Ese supuesto pin es la exageración al absurdo de la hipocresía de buena parte de la sociedad actual, falsamente preocupada por desconocidos adoctrinamientos en las aulas y que se escuda en la libertad de los padres como mantra absolutorio de semejante chaladura.

No hay duda sobre la potestad de los padres a educar a sus hijos como mejor consideren. Se les puede decir que Dios existe, se les puede enseñar que vale más el dinero que la palabra, se les puede hacer ver que los libros son inútiles, nos pueden ver día y noche pegados al móvil, pueden ver cómo casi no se habla en la mesa, pueden aprender de nosotros a insultar, a denostar, a humillar y a culpar a otros. Somos libres de cometer todos les errores posibles y no hablarles nunca de la ética, ni de la empatía, ni de la solidaridad.

Es más, pueden ver la televisión, ver a nuestros políticos actuar (sin pin, por cierto) y a nosotros mismos comportándonos como trogloditas.

Podemos, por tanto, transmitirles todos los valores que queramos sin que nadie lo impida.

Ahora bien, creer que eso da derecho a evitar que en el colegio se enseñen las cosas como son, trasciende la libertad individual de los padres. Yo les puedo decir a mis hijos que fue su abuelo quien descubrió América, que yo mismo inventé la bombilla y hasta les puedo asegurar que los hombres tienen pene y las mujeres vagina, pero no debería esperar que la realidad cambie por mis deseos.

Negarle a un hijo el conocimiento sobre la diversidad sexual es como negarle la posibilidad de conocer las raíces cuadradas. Es más, a lo largo de su vida probablemente acaben usando más lo aprendido sobre diversidad, que las raíces cuadradas.

Los poderes públicos no pueden tolerar que se denomine adoctrinamiento a la mera explicación de la realidad. Contar que los seres humanos se pueden amar indistintamente de su sexo está al nivel de que el dividendo es igual al divisor por el cociente más el resto.

De la misma forma que espero que la educación forme en matemáticas, física, lengua, biología, etc. a nuestros hijos, espero que lo haga con cuestiones sexuales puramente objetivas. “El clítoris está aquí y se estimula así, la penetración es así, todas estas zonas son o pueden ser erógenas, esta práctica tiene estos riesgos, esta otra estos otros, las relaciones sexuales requieren de una voluntad compartida, aquellas prácticas sexuales que se hagan con el consentimiento mutuo y conociendo los riesgos son válidas,…..”

El espacio de los padres no es un pin que evite conocer la realidad, es trabajar con sus hijos los hechos ciertos. Si tras estudiar en el colegio la Guerra Civil los padres luego quieren contar a sus hijos que que fue algo necesario para frenar al comunismo están en su derecho. Pueden decirle lo que quieran de los rojos, de los republicanos, de los fachas o de las Brigadas Internacionales, pero no tienen ningún derecho a evitar que se explique que la Guerra Civil ocurrió, lo que supuso y cómo acabó.

El pin parental es, por tanto, la mayor forma de adoctrinamiento en tanto evita a nuestros hijos poder formar su propia opinión con la mayor cantidad de recursos posibles. Es evitar la realidad a los hijos por una falta de argumentos que en casa puedan negar la diversidad sexual. Es negar la homosexualidad como algo real creyendo que así se evita. Es reconocer que los argumentos morales de esos padres no se sostienen ante la evidencia de lo real.

Y de eso no tienen ninguna culpa ni los profesores, ni las escuelas, ni las asociaciones, ni los comunistas, ni los podemitas, ni los rojos, ni los depravados. La moral es cosa suya, es su labor transmitirla, es su trabajo hacer frente a las contradicciones que pueda tener sin que sea el Estado el que saque las castañas del fuego. Ejerza su libertad como padre, ya que tanto lo reclama, pero de la posibilidad a su hijo de tener herramientas suficientes para ejercer la suya.

Porque usted, como padre, tiene derecho a engañar a su hijo en su casa o a tratar de ocultarle la realidad -allá su conciencia-, pero no a que la sociedad colabore en su mentira o reste posibilidades a la formación de su hijo para que pueda ser igual de libre que usted.

Institucionalizados

Nuestra democracia está en mejor forma que nunca. Cuando más la acusaban de débil y frágil, su maquinaria lenta y constante ha logrado mutar a sus enemigos sin apenas inmutarse.

Lejos de romperse España, el “sistema” acaba de asimilar, de golpe, a un número considerable y variopinto de políticos que hasta hace bien poco sólo defendían su ruptura, denostaban sus logros y amenazaban a ese supuesto régimen con su fin inmediato. El asalto a los cielos fue anunciado.

Aquellos que durante años fomentaron la ruptura y se valieron de llevar al extremo los fallos de nuestra democracia para justificar su demolición, hoy llaman Rey al Rey, se integran perfectamente en esas estructuras del Estado que señalaban como corruptas, callan ante nombramientos que apenas hace unas semanas ejemplificaban la podredumbre del régimen político y pasan a vivir exactamente como aquellos  a los que señalaban por vivir bien.

Sin hacer nada extraordinario, más bien algo tan cotidiano en una democracia como es la formación de un Gobierno, todas las voces que clamaban por un nuevo sistema han pasado a ser parte activa del mismo.

Con su sueldos, con sus prebendas, con sus títulos, con sus despachos, con su todo. Todo lo que antes resultaba, por lo visto, insoportable.

No es negativo, todo lo contrario. Salvo que no haya sido un cambio por convicción. Es decir, si han descubierto las bondades del sistema, lo útil que resulta para los españoles y lo extraordinaria que es nuestra democracia en el mundo nada que objetar. Se confundían entonces, cuando decidieron proclamar los fallos del sistema como si fueran fallos sistémicos. Nada que ver una cosa con la otra…

Si es una trampa y en realidad se han colado en las entrañas del sistema para acabar con él desde dentro, el peligro es mayor, pero lo cierto es que lo disimulan perfectamente. Si es esto, chapó por la actuación y se merecen derruir lo que consideren necesario.

Tiene pinta, a riesgo de equivocarme, de ser lo primero. De haber descubierto que la reforma es más efectiva que la ruptura. Esto es una alegría suficientemente grande como para olvidar todas las broncas que durante años nos han soltado acusándonos de ser poco menos que “colaboracionistas” con una especie de Estado opresor mandado por las élites a las que servíamos gustosos por un puñado de privilegios.

Ahora, a ellos, la institución les ha absorbido, fagocitado, convertido en parte del sistema.

Si no se olvidan de los errores que había que solucionar, de aquello que en sus primeros mítines era tan terrible y hacen por cambiarlo, no quedará menos que seguir felicitándose porque nuestra democracia, cuál organismo vivo, sigue regenerándose.