Te lo dije

Tenía razón, pero daba lo mismo.

Porque la razón, cuando se tiene, casi nadie la reconoce. Nadie se digna a darla. La niegan con silencio porque es cara, porque acaba costando.

Es fácil tenerla, más en estos días. Así le pasó. Desde por la mañana acumuló tantos “te lo dije” que perdió la cuenta.

“Esa noticia es falsa”, acertó. “Se te van a olvidar las llaves”, literal. “Te dije hace dos días que hoy comíamos con mi madre”, estaba apuntado hasta en la agenda.

Pero ya era de noche y no había cobrado ninguna de esas victorias.

Incluso le pidieron perdón un par de veces, pero no le dieron la razón ni teniéndola.

A los locos sí se la dan, pensó. Igual porque nadie les tiene en cuenta. El problema de la razón es poder recordar a quien te la dio que la tuviste. Menudo arma.

Nadie se quiere quedar tan indefenso.

Tal vez nadie deba quedarse así de desvalido.

 

Desapareció

Por fin encontró la manera de ser invisible.

Seguía sin ser una misión sencilla, debía dejar muchas cosas atrás, pero la oportunidad merecía la pena.

Lo descubrió casi sin querer, con un cambio del algoritmo de Facebook. Algo provocó que sus amigos dejaran de ver sus publicaciones. Pasó de superar siempre los cincuenta “me gusta” a no pasar de un par de ellos.

Al principio le molestó y le entristeció. Se iba la fama, la repercusión, su supuesta importancia en el mundo. De golpe ya nadie veía -o a nadie le importaban- sus publicaciones, sus disertaciones sobre la política o sus chistes gráficos. Nada.

De la angustia pasó a la irremediable aceptación y de ahí a ver la oportunidad esperada.

Aquel sueño infantil que la madurez le había hecho olvidar estaba ante sí, a escasos golpes de ratón.

Desapareció de Facebook, cerró Instagram, olvidó Twitter. Le costó, física y emocionalmente, sacar su SIM del iPhone para volver a meterla en un viejo Nokia.

A la semana dejó también ese móvil en un cajón. Desenchufó el router de casa y desconectó el fijo.

Al mes nadie sabía que seguía existiendo. Le seguían viendo por la calle, pero ya solo tenía un nombre, vacío de cualquier identidad. No era nadie, nadie sabía qué hacía, dónde estaba ni qué deseaba comprar.

Se volvió invisible para Google, para Amazon, para Facebook. Apple no pudo seguir rastreando sus movimientos.

Los nuevos ojos, los que hoy son capaces de ver, eran incapaces de encontrarle.

Desapareció.

Nuevos partidos de izquierda

Hay quienes buscan líderes para la izquierda. Otros ponen su atención en la necesidad de proyectos renovados, atrevidos y atractivos.

He visto fracasar a la izquierda teniendo una de esas dos cosas, o incluso teniendo las dos. Por lo tanto, como poco, falta algo más.

No he visto, en cambio, un buen liderazgo durar, ni he visto esos proyectos implementarse. Tal vez ahí radique el problema.

Todos los nombres que han merecido llegar a puestos de toma de decisión y han llegado -pocos- han sido devorados o bien por su propio partido o por la presión mediática del exterior.

Sus buenas ideas, su buen talante, su inocencia y hasta su discurso se marchitaban en menos de dos años. Al poco tiempo de llegar, el partido les sacaba de la realidad social para meterlos en guerras internas, en debates de listas, en satisfacer intereses pequeños y en sentirse amenazados.

Sí, tan sencillo como meterles miedo. Miedo a dejar de estar dónde tanto les había costado llegar, a no poder sacar adelante su proyecto, ni sus ideas, ni su modelo de país, comunidad o ayuntamiento.

Estos buenos líderes, confiados en que si cedían ante su partido podrían a cambio hacer todas esas cosas buenas acabaron, todos, devorados por la política intestina de sus siglas.

El PSOE puede ser, sin duda, uno de los mejores y máximos exponentes de este drama para lo que solemos llamar “la izquierda”. Podrían tener a Obama, a Ghandi o al mismísimo Jesucristo de candidato y ocurriría lo mismo. Bueno, Jesucristo ya lo vivió on su última cena…

Por tanto, si, como ocurre, tenemos una política basa en liderazgos mediáticos de los que dependen los proyectos y éstos son devorados por ellos mismos o por sus partidos, todo lo que se pretenda construir sobre tales cimientos está abocado a terminar en el mismo punto en el que estamos.

La izquierda necesita, sobre todo, estructuras nuevas. A partir de ahí vendrá el resto.

Necesitan cambiar sus modelos de partido, de estructura interna. Necesitan una militancia más independiente, menos gregaria del partido y más crítica. Hacen falta organizaciones más flexibles, con renovaciones de cargos mucho más dinámicas y reduciendo al mínimo la “plantilla” de cargos.

Parafraseando a Kennedy, hace falta una militancia que no se pregunte qué puede hacer el partido por ellos, sino qué pueden hacer ellos por el partido.

Pero no es “culpa” de la militancia, es de la estructura de los partidos. Los de hoy, simplemente no permiten una militancia como la que realmente necesitarían para que, de ocurrir el milagro de volver a tener buenos líderes, con proyectos renovados, estos puedan ganar.

Así que dejen de invertir en nuevas caras y dejen de quemar propuestas hasta que no dispongan de unos partidos esencialmente coherentes con lo que tanto buscan.