Reírse con ella

Entró en Twitter nada más despertarse. Empezaba esa semana como la había acabado, deslizando su dedo de arriba a abajo sobre su pantalla para ver las novedades.

Tardó poco en volver a prometerse que nada más tener un rato libre lo usaría para dejar de seguir a todos esos nuevos y reinventados “coaches motivacionales” que le invadían cada mañana con mensajes obvios, repetidos y ya vacíos de todo significado, enalteciendo un falso positivismo.

Había vivido los suficientes lunes como para saber que la vida no te devuelve una sonrisa por mucho que amanezcas regalando la mayor de las tuyas al mundo, ni que un desayuno de frutas fuera el mejor primer paso de nada.

Sí, ayudaba afrontarlo todo con alegría, pero por el bien de uno mismo, no porque eso fuera a ser recompensado, o desde luego no al mismo nivel.

Estaba a punto de cerrar la aplicación cuando leyó un último mensaje.

“¿Y si no hay riesgo, para qué?”

Aquello sí le gustó. No porque compartiera esa idea de que era necesario salir de lo que llamaban la “zona de confort”, sino porque entendía que para él ese confort era arriesgarse. Le pareció que servía para acercarse a la definición más certera de lo que era realmente la vida y le inspiró para escribir un tweet. Sin citar ni mencionar dio a publicar.

“No hay que sonreír a la vida, hay que reírse con ella, y si se complica, de ella”